Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.
Cuando este pobre hablador vino al mundo, Isabel Preysler ya llevaba mucho tiempo siendo Isabel Preysler. Y cuando alcancé eso que los penalistas codificaron como uso de razón, la Preysler no solo seguía siéndolo sino que había redoblado su preysleridad. Después han pasado los años, las hojas del calendario de la vida han ido alfombrando las melancólicas aceras de nuestra memoria y en el lúcido umbral de la madurez constatamos que el mundo es distinto, que las cosas han cambiado, que las personas son otras… salvo Isabel Preysler. Ella es el eje inmóvil en torno al cual giran los polos achatados de este globo cósmico donde se consumen los oscuros deseos de los hombres y las luminosas siluetas de las mujeres.
El periodismo de investigación está de enhorabuena. Por fin dejará de ser confundido con los bulos de los seudomedios, con las deposiciones de la fachosfera, con el fango esparcido por la máquina del fango. Con el fascismo, en una palabra. Por fin los demócratas residentes en España encontrarán el referente informativo que venía faltándoles hasta la esperada irrupción de Leire Díez en la escena editorial. No todo lo puede hacer Silvia Intxaurrondo.
Mira lo que has hecho, Pedro, muchacho. La semilla tarada que plantaste en aquel Peugeot, aquel proselitismo invertido que predicaba el resentimiento en compañía de Koldo, Santos y José Luis ha producido al fin sus monstruitos, incubados a la sombra de una cañería. Ahí tienes el fruto de años de inducción turulata en la militancia socialista, de sectarismo berroqueño, de zafiedad ágrafa. Cierta mañana la cáscara del huevo se rompe en un Novotel y emerge una mutación fuera de catálogo que está reclamando un Humboldt que la clasifique o una oportunidad en Supervivientes. Leire Díez Castro. «A estas alturas no tengo que precisar quién soy». Y comienza el espectáculo.
Ya avisó el poeta de que el mundo no acaba con una explosión sino con un gemido. Algo similar a la unánime interjección que emitimos todos los habitantes de esta península pasadas las doce y media de un lunes histórico. Ya hemos perdido la cuenta de los días memorables que nos ha tocado vivir: algunas fuentes apuntan a que este jueves llegan los extraterrestres.
Acabo de terminar El odio, de Luisgé Martín. El libro tiene dos problemas insolubles. Uno es lo que cuenta. El otro es lo que no.
Hay que juzgar cada libro por lo que el autor se propone hacer con él, y con este el autor pretende adscribirse al género de no ficción que Capote o Carrère han conducido a la excelencia. No se trata tanto de la distancia insalvable que va del talento de Martín al de sus dos referentes sino de la lealtad a un patrón narrativo que impone sus propias reglas. Y esas reglas prescriben la investigación honesta y excluyen la autoficción terapéutica. El autor de El odio cuenta demasiado de sí mismo para justificar su personalísimo interés por un asesino que carece por completo de atractivo literario. Y lo hace desde la primera página: «Sabemos que hay muchas personas a nuestro alrededor a las que deberíamos poder matar. Pero no somos capaces de determinar quiénes». Lo trágico de esta declaración de intenciones es que no hay en ella sombra de ficción o de ironía. No habla un personaje de Poe ni la voz provocativa de Thomas deQuincey: habla el árido corazón de Luisgé Martín. Un cínico puede escribir bien, pero existe una diferencia crucial entre escribir bien y hacer literatura.
Cuando este miércoles vi a Antonio Pelayo bajando por via Frattina, con su traje de raya diplomática y dos periódicos bajo el brazo -el Corriere y La Repubblica-, me sorprendió que no llegara acompañado de Audrey Hepburn y Gregory Peck. Me había citado a las once y media en la terraza de su cafetería favorita, no lejos de la majestuosa escalinata de la plaza de España. Yo pedí un capuchino. Él fue directamente a la barra y regresó con un plato de canapés y una generosa copa de prosecco. El desayuno de los maestros.
En la tórrida noche del 1 de agosto de 1914, todavía conmocionado por la noticia, un joven catalán se sienta a escribir la primera entrada del diario que lo convertirá en una estrella: «Hoy también hemos sabido que Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Ya no queda ninguna esperanza».
Se aloja en la buhardilla de una pensión parisina no lejos de la Sorbona, donde estudia Filosofía. Pero Agustí Calvet no será filósofo. Aunque a sus 26 años atesora una vasta formación humanística, experimenta también la pasión por la actualidad y la vocación de influencia. Su padre, tan fenicio como el de Pla, quiso que fuera notario; pero Calvet, como Pla, contestó sin reservas a la llamada de la literatura de observación: la expresión más noble del periodismo. Su nombre de guerra será Gaziel, y a los 60 años de su muerte aún brilla con fuerza en la constelación de los grandes cronistas de la Edad de Plata, que no solo iba a dar poetas o dramaturgos o pensadores: Pla, Chaves, Camba, Ruano, Fernández Flórez, Xammar, Barga o Assía. Todos maestros en el arte liberal de la distancia justa.