Archivo de la etiqueta: no le toques ya más que así es el PP

La gran decepción

Y de repente, Rajoy.

Y de repente, Rajoy.

Yo no sé si este país está preparado para ver a don Mariano renovando mandato. Desde luego no lo están nuestros platós, donde se oficia el entierro del bipartidismo ya no con alegría, sino casi con el fastidio burocrático con que despachamos el spam cada mañana. ¿Cómo reaccionarían los televidentes que contemplaran al mismísimo PP en las instituciones? ¿Han pensado los programadores en habilitar un teléfono de aludidos y defraudados, como cualquier espacio decente del corazón? ¿Es posible que la democracia, pensarán los regeneradores, resulte en la práctica tan decepcionante?

Veamos. El CIS marca una tendencia al alza del partido en el Gobierno que los analistas no han dudado en calificar de remontada. Si la remontada alcanzará cotas de altitud suficientes para mantener al PP en el poder, es pronto para decirlo. No es pronto, sin embargo, para concluir que necesitará el apoyo de Ciudadanos, de quienes las malas lenguas aseguran que ya han puesto precio a tan lúbrico servicio: la cabeza de Rajoy y la investidura de Soraya. Es solo un rumor, pero yo no le prestaría mucho crédito: los meigos gallegos son difíciles de sumergir, y en cualquier caso poseen un número indeterminado de cabezas. Otro rumor apunta a que el PSOE de don Sánchez anhela el abrazo de Rivera antes que el de Iglesias, pero me temo que la experiencia suele vencer sobre la esperanza y que don Sánchez empastará el bajo continuo de su celebrada voz en la polifonía que más sume, como hizo en mayo, con tal de salir de opositor. Cómo suene luego el orfeón, una vez ocupado el coro, es lo de menos.

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7 agosto, 2015 · 16:59

No le toquéis ya más

Economía. What else?

Economía. What else?

Al parecer los estrategas electorales del PP -allá donde estén nos estarán mirando- han decidido «humanizar» a Rajoy. Había faraones en Egipto con ambiciones más modestas. Suponemos que Mediapro ya habrá pujado por los derechos de retransmisión de la hazaña. Pero a nosotros, que no nos gusta la telerrealidad, nos parece que llamar Mariano a Rajoy, o multiplicar a última hora sus contactos con periodistas, o televisar su chapuzón en un río gallego no es la forma de recuperar al votante de derechas, aunque desde luego sí lo es de inmolarse ante los humoristas de izquierdas.

Hace unas semanas me encontré en los alrededores del Congreso a un destacado asesor monclovita. Cuando le pregunté por el célebre manejo marianista de los tiempos, me contestó: «Lo que importa es la gestión. Hoy coges un mono, lo vistes y fabricas una candidatura en dos meses». Me quedé pensando que si ésa es la opinión que impera en La Moncloa, no hace falta excavar mucho más para explicar la pérdida de dos millones y medio de votos el pasado 24 de mayo.

Es posible que aquella cita marcara el fondo electoral del PP. Algunas encuestas señalan ya un rebote, lo que probablemente se deba más a los deméritos de los emergentes, quemados en la hoguera de una expectativa insostenible. Rajoy no es que no se haya quemado explicando la recuperación: es que ni siquiera se ha bronceado. Y ahora pretenden meterle en una cabina de rayos UVA para la boda de diciembre.

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3 agosto, 2015 · 14:06

Don Mariano el Afásico

Qué queréis que os diga.

Qué queréis que os diga.

Don Mariano, como cualquier artista de vanguardia, es un hombre que encuentra un extraño placer en frustrar el horizonte de expectativas de su público. Da igual que su público lo formen periodistas, políticos, comentaristas de bar o contribuyentes del común. Si la sociedad de la información es una conversación perpetua que se nutre de la novedad, Rajoy es un heraldo de edades analógicas empeñado en desmoralizar a quienes viven de dar noticias y a quienes pagan por recibirlas. O no pagan pero las consumen igual. Si de él dependiera, informaría de las crisis de Gobierno por la noche y mandando cuervos desde su Invernalia monclovita. Otros, más adelantados tecnológicamente, enviaban motoristas.

La revolución política de Mariano Rajoy -y así se lo reconocerán los libros de historia- no es la que ha desatado contra el déficit, sino contra la charleta de sobremesa. De acuerdo, no parece una empresa demasiado ambiciosa, pero a juzgar por la desesperación que en estos días de cambio rumoreado se apodera de las enfebrecidas redacciones, hay que reconocer que su éxito es incontestable. Rajoy no solo no cambia de ministros salvo que se los mate un dron, sino que cuando pierde dos millones y medio de votos y alguien le traduce el mensaje -porque al parecer necesita que se lo traduzcan-, todavía musita la necesidad de un relevo a regañadientes por tener que violentar su estatismo estructural. ¿Qué durará más tiempo quieto, Rajoy o la Torre de Hércules? Una vez le preguntaron a Bill Shankly por la alineación que sacaría su equipo, el Liverpool, en la Copa de Europa.

-¿Qué alineación voy a sacar? No voy a revelar un secreto como ese al Milan. Si por mí fuera, procuraría que no se enterase ni de la hora del partido.

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Nos queda Portugal

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

En la hora violeta del réquiem, con el marianismo de cuerpo presente y aún tibio, los analistas menean la cabeza en el velorio y musitan un diagnóstico: el PP no supo explicar el sacrificio exigido por la recuperación.

-Cuando una empresa que no vende su producto alega problemas de comunicación, el problema es del producto, nunca de la comunicación -me explica un empresario portugués con la vista abismada en el Duero a su paso por Oporto, donde he sido convidado a un gañote magnánimo en pago de mi dudosa elocuencia.

A Portugal han llegado los ecos del 24-M y el noticiero aquí los rebota con acentos jacobinos, pero yo tranquilizo a mis anfitriones y les digo que no hay razón para desempolvar la epopeya de Camoens: que mi país sigue fiel a la ley del péndulo, que tocaba un redoble de estatalismo y que toda la novedad estriba en el color de los collares.

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Lo último que se pierde

Qué quieren que les diga.

Qué quieren que les diga.

Mariano Rajoy votó en un colegio de Aravaca que lleva el nombre de Bernadette, la monja que atestiguó 18 apariciones marianas en Lourdes. A partir de ahora tendremos que circunscribir las apariciones marianas a La Moncloa, por donde vagará en soledad don Mariano rumiando la ingratitud de los españoles que han rebajado bruscamente la hegemonía territorial del PP: el azul purísima se diluirá en gris pacto. Como la esperanza es lo último que se pierde, Rajoy ayer confiaría aún en un milagro a la británica que finalmente no se produjo. Y si de fe hablamos, la Inmaculada Mayoría tampoco atendió las plegarias de otra monja con nombre de vidente, sor Lucía Caram, que tuvo que contemplar cómo la CiU de su donjuán Mas cedía el ayuntamiento de Barcelona a una Colau también bíblica que se ve como David frente a Goliath. Se ve que el cupo de milagros, en España, lo agotó todo Íker Casillas.

La Esperanza acabó perdiéndose en Madrid en favor de una presumible coalición de izquierdas que liderará Manuela Carmena, histórico sorpasso que edifica una paradoja: la candidata más exitosa de esa joven fuerza que es Podemos ni es joven ni es de Podemos, y quizá precisamente por eso ha ganado. Durante la campaña asistimos a un desplazamiento dialéctico del eje izquierda-derecha a la dicotomía experiencia-esperanza, o casta-juventud; Rajoy reivindicaba la veteranía del gobernante serio, y Rivera restringía el protagonismo del cambio a los nacidos en democracia. Sin embargo, el pueblo (decía Steinbeck que el público es el crítico más estúpido, y al tiempo el más sagaz) no ha entrado a ese trapo de adanes contra próceres y se ha limitado a jibarizar el poder de un partido salpicado, hermético y funcionarial. La edad de doña Carmena, 71, conviene más a un papisa que a una alcaldesa, y sin embargo le alcanzó con no ser Esperanza y atraerse así el voto del odio a la condesa huracanada y cortante, lejos de su mejor forma. No le ha hecho falta a nuestra juez de progreso articular una oferta política medianamente consistente, ni explicar cómo gestionar mejor una gran capital europea: la campaña se la ha hecho Aguirre, que entre defenderse de Génova, manotear contra el espectro de Stalin, señalar a Moncloa y tarifar con Montoro ha terminado consumida. Ya no le quedan fuerzas ni para cazar talentos.

Iba la Piel de Toro adquiriendo una rica policromía según avanzaba el escrutinio. Llegaban los primeros datos de participación cuando se supo que la mente maravillosa de John Nash se apagaba del todo. Una pérdida especialmente irreparable ahora que queda inaugurada la geometría variable del pacto postelectoral. A ver quién calcula gobiernos y sus contraprestaciones a dos bandas: municipal y autonómica, más el desbloqueo pendiente de Andalucía y el pánico a quedar desambiguado con vistas a las generales.

Pero el protagonista -el antihéroe- del 24-M será para los anales el marianismo. La misma tecnocracia que logró revertir en tiempo récord el ciclo bajista de la economía nacional ha descarnado al PP hasta dejarlo en una correduría de seguros: un autómata aquejado de raquitismo comunicativo, inanidad intelectual y desnaturalización ética. Valle-Inclán aceptó ir en las listas del Partido Radical de Lerroux a condición de no dignarse a hacer campaña; cuando le comunicaron que no había sacado el escaño, murmuró con esa acritud aristocrática tan suya: «Esperaba que los gallegos tuvieran vergüenza». Seguramente su paisano monclovita piensa hoy exactamente lo mismo de los españoles, lo cual probaría que nadie le ha explicado todavía la idiosincrasia de un país cuyos gobernados, a diferencia de su gobernante, ven la tele y experimentan emociones. No se hace política con la prima de riesgo, como no se llama a filas para morir por el sistema métrico decimal, que diría Foxá.

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Los molinos de viento de Cospedal

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Según reciente confesión, María Dolores de Cospedal está leyendo La templanza, de María Dueñas. Es de suponer que la novela metaforiza de algún modo esta virtud cardinal, tan importante en campaña para un político expuesto al vaivén de la demoscopia, razón para elogiar la pertinencia con que la presidenta de Castilla-La Mancha -y secretaria general del Partido Popular- escoge sus lecturas.

Las encuestas sientan al PP manchego en un balancín que oscila entre el cielo de la mayoría absoluta -fijada en 17 escaños por la nueva Ley Electoral- y el infierno del pacto necesario si saca 16 o menos. En este segundo supuesto, Ciudadanos emerge como árbitro merced a una horquilla de entre tres y cuatro diputados; en una correlación de fuerzas tan apretada, y dado el emblemático perfil de Cospedal, no es descabellado calcular que aquí los de Rivera acaben cerrando el paso al PP. Los dos o tres que los sondeos otorgan al otro partido nuevo, Podemos, volverían insuficiente un presumible frente de izquierdas con el PSOE de Emiliano García-Page, que bascula entre los 10 y los 11 asientos. Así que sobre el tablero manchego el bipartidismo puede pese a todo aguantar bastante bien el tipo.

Cospedal se juega el 24 de mayo su carrera política: su sillón en el Palacio de Fuensalida y puede que su despacho en la planta noble de Génova. Si internamente ya ha sido muy cuestionada la compatibilidad de ambos cargos, e incluso se ha atribuido a este pluriempleo la falta de una estrategia política clara a lo largo de la legislatura -por no hablar de la relación Soraya-Cospedal, manifiestamente mejorable-, mantener a una perdedora al frente del partido podría resultar difícil de justificar hasta para Rajoy. Así que en los comicios manchegos se dirime una clave nacional, en tanto que juicio al PP en la efigie de su número dos. No deja de ser la persona que se enfrentó en solitario a Bárcenas, y también la que avaló su finiquito «en diferido».

Consciente de lo que se juega, la presidenta reformó la Ley Electoral al poco de llegar al poder, y volvió a reformarla el verano pasado. La oposición no duda en tildar la medida de cacicada, aunque el Tribunal Constitucional ha salvado su legalidad. El hecho es que también José María Barreda había reformado la Ley Electoral: se conoce que aquí es tradición cambiar las reglas del juego si uno cree que le perjudicarán en las próximas elecciones. «La diferencia es que nosotros lo llevábamos en el programa, mientras que Cospedal primero aumentó de 49 a 53 los diputados un Miércoles Santo de 2012, y cinco meses después anunciaba un nuevo recorte que equiparaba nuestro nivel de representación al de La Rioja. Todo con tal de facilitarse la reválida. Pero le ha salido el tiro por la culata: no contaba con la irrupción de C’ s y Podemos, y la nueva ley pone tan caro el escaño que en cuanto entra una tercera fuerza se vuelve imposible la mayoría absoluta», explican fuentes del entorno de García-Page. Desde el PP justifican la medida por el deseo de adelgazamiento de la Administración manifestado en las encuestas por los ciudadanos.

Y es verdad que si una palabra ha guiado la primera ejecutoria del PP en Castilla-La Mancha, esa ha sido austeridad. A Cospedal no le ha temblado la mano que empuña la tijera -el PSOE cifra el tajo en 26.000 empleados públicos-, pero esgrime razones tan poco originales como imperiosas para hacerlo: una herencia ruinosa, que les habría obligado a gestionar la miseria y a embridar un déficit galopante (7,8%: la autonomía más deficitaria de España) como primera medida. El desempleo, pese a la última mejoría, se dispara hasta el 28,7%. Cospedal llegó a replantear el método de registro de paro para afinar su tipología, según el PP; para maquillar el dato, según la oposición.

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El otro Principado de Lampedusa

De aquellos Cascos vienen estos lodos.

De aquellos Cascos vienen estos lodos.

Asturias es cuna de muchas cosas. Para empezar de España, don Pelayo mediante. Fue chispa de la revolución. Su Principado es la fuente heráldica del trono. Y su Parlamento fue el primero que vio caer al bipartidismo por el empuje personalísimo de Francisco Álvarez-Cascos y de su criatura Foro, escisión del PP que ganó las elecciones de mayo de 2011. En su liderazgo carismático, Foro ya prefiguraba el partido de Pablo Iglesias y el de Albert Rivera. Pero un año después Cascos tuvo que convocar elecciones porque nadie le apoyaba los Presupuestos. Perdió cuatro diputados y la nueva correlación de fuerzas permitió al socialista Javier Fernández alzarse con la investidura gracias a IU y al único voto de UPyD: el del diputado Prendes, que concurre a los comicios del 24 de mayo por Ciudadanos, al que el CIS concede cuatro diputados. Para redondear la policromía de la tarta astur Podemos irrumpe con fuerza -10 escaños según el CIS, a uno del PP-, debatiéndose con C’s por recoger el voto descontento y transversal de Foro, que se quedaría en cinco, y disputándole a la vez el espacio por la izquierda al hegemónico FSA-PSOE, que con 13 es el último bastión con el andaluz que parpadea en el oscurecido mapa de poder territorial de Ferraz. Un pacto de izquierdas con Podemos e IU mantendría a Fernández en el poder.

Asturias es mina de añejas esencias que no permiten un análisis unitario: poco tiene que ver el tradicional obrerismo de Gijón con el modelo burgués, clariniano, que Gabino de Lorenzo (PP) ha fomentado durante décadas en Oviedo. En la ciudad de La Regenta el PP es inexpugnable. Su mayor oposición la desempeña otra Ana, de apellido Taboada, candidata a la Alcaldía por Somos Oviedo, marca local del partido de otro Iglesias. En la céntrica sede de Podemos Oviedo cierran a contrarreloj un programa de unidad popular. Y se trabaja por amor al arte de lo posible; o sea, a la política. «Somos un equipo de 10 o 15 pero cobrar, cobran tres», cuenta entre risas Daniel Ripa, secretario general de Podemos Asturias.

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Ignacio González y el último corrillo

Últimas mañanas con González.

Últimas mañanas con González.

La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.

Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.

En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.

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