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La Copa no se tira

Clos, o la amarilla robótica.

Clos, o la amarilla robótica.

Según todos los indicios Clos Gómez es un ser humano, y como tal comete errores. Preferiblemente los comete en contra del Madrid, porque los seres humanos tienen sus filias y sus fobias, y el Real Madrid no se encuentra entre las aficiones más calientes del buen Clos, como ya demostró en la final copera en que expulsó a Mourinho por lo mismo que podría haber expulsado a Simeone, o en aquel partido ante Osasuna en que tangó vergonzosamente un penalti sobre Modric, entre otras hazañas. Sin embargo todos los humanos tienen derecho a segundas oportunidades, e incluso a terceras si nos ponemos navideños.

El problema es que la paciencia con Clos del madridista, aunque ese madridista sea el mismísimo Santa Claus, se agota irremediablemente cuando en la ida de Copa en el Calderón ve cómo las entradas de los blancos se castigan con amarilla automática, mientras que las de los recios muchachos rojiblancos se solventan con una advertencia paternal.

Decir que el penalti de Ramos sobre Raúl García fue riguroso parece un elogio al recto y severo Clos, como si nos encontráramos ante un Eliot Ness del reglamento. Sergio debió recordar quién era el árbitro cuando forcejeaba con García en el área, pero la imagen prueba que el delantero primero se abraza al defensa y luego clava los pies para vencerse hacia atrás como delicada damisela, en la esperanza de que Clos hiciera el resto. Y lo hizo: penalti y gol. Luego vino el segundo en el sempiterno córner atlético que creíamos haber aprendido a conjurar.

El Madrid, hay que decirlo, no jugó un buen partido. Lo cierto es que tampoco lo jugó el Atleti, pero mientras que contra el Madrid basta ganar como sea, al club blanco se le exige ganar divirtiendo y dando ejemplo a los niños. Sea como sea, urge encontrar el modo de atacar los puntos débiles del bloque de Simeone, porque el Madrid no piensa tirar la Copa. El Bernabéu debe bullir como en las noches de Champions y ejecutar una remontada épica con el compromiso de todos los jugadores, sin escatimar piernas ni intensidad, como se dice ahora.

Faltan 90 minutos. Y siempre nos gustaron los retos difíciles. Démonos el gusto de callar a los madrugadores del apocalipsis.

(La Lupa, Real Madrid TV, 8 de enero de 2015)

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El dios del bipartidismo llora sobre 2014

El autor, acreditado por Zoom News en la tribuna de prensa del Congreso para cubrir la proclamación de Felipe VI.

El autor, acreditado por Zoom News en la tribuna de prensa del Congreso para cubrir la proclamación real.

En la hora del balance, que es el pasatiempo encontrado por los periodistas para demorar el encuentro en la cena con el cuñado, se abre paso un acuerdo general en torno a la emergencia de Podemos como noticia del año. La competencia es dura: la abdicación de Don Juan Carlos y la proclamación de Felipe VI, la retirada de Rubalcaba y la elección en primarias de Pedro Sánchez, la crisis del ébola, los asaltos a Melilla, el desborde de la corrupción, la dimisión de dos ministros, la Décima del Real Madrid. No necesariamente en este orden. Pero la impresionabilidad tertuliana insiste en que el dios del bipartidismo llora sobre 2014.

Si abrimos el foco al tablero internacional, la competición se recrudece: la ígnea Ucrania, el terror del Estado Islámico, las paces cubanoamericanas, las cosas del zar, el escaso humor norcoreano, la catequesis global de Francisco, los polvos de Hollande y los lodos de Grecia. Y sin embargo nadie se atreve a sugerir la noticia más importante para el interés directo del español: el despunte de la recuperación económica. Con todos los matices, pero sin miedo a la fatwa temible que cae sobre el sospechoso de propagandista pepero, porque la verdad a veces coincide con la odiosa propaganda oficial y en esos momentos se requiere tanto coraje para decirla como cuando no coincide. O más.

Dejaré al margen mi simpatía entomológica hacia don Mariano, que es la clase de afecto libre que nace por el político al que no hemos votado. (El que sí hemos votado nos compromete a una indignación por día, generalmente.) Reconozco que don Mariano me resulta simpático por las mismas cosas por las que les resulta antipático a todos los demás: porque no sabe comunicarse la primera de ellas, aunque uno lo ha visto durante años defenderse en el Congreso con suficiencia insultante. Pero lo que me importa de este hombre, al margen de que le respete y no le vote, es lo que hace con mi país. Con el que, por otra parte y como ha señalado Pablo Iglesias en reciente artículo, poco se puede hacer por la escasez de margen soberano que le queda a un Estado miembro de la Unión Europea que no sea Alemania. En la Europa del siglo XXI solo hay un camino: la economía social de mercado al dictado de una ortodoxia supranacional. Peor fue el camino del siglo XX.

La ejecutoria de Rajoy no ha sido desastrosa sino directamente imperceptible en todo lo que no fuera economía, donde ha practicado el inevitable continuo socialdemócrata con guarnición de austeridad: recortes e impuestos, reforma laboral y a esperar a que escampe. El ajuste ha funcionado y ya hasta se pueden pactar subsidios de desempleo con los sindicatos: quien vea liberalismo o conservadurismo ahí es un sentimental. La poda del Estado, la regeneración política o el lío territorial son asuntos temerariamente aplazados. Ahora bien, soy de los que se malician que don Mariano todavía puede rendir un balance positivo en las generales si el empleo sigue creciendo y el separatismo catalán desinflándose. ¿Se imaginan ustedes que el plan le sale bien y gana las elecciones en 2016 y gobierna otros cuatro años? No habría bronce suficiente en los casetones del Panteón para fundirle la estatua al dios celta de la indiferencia. Porque de momento don Mariano está sentenciado por la opinión pública, que es esa señora del sketch de Martes y Trece que rechaza dos cajas de detergente Gabriel en lugar de una del mismo detergente Gabriel.

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El derecho a la rabona

Genialidad técnica.

Genialidad técnica.

Tras la nueva exhibición de los blancos ante el Cruz Azul uno está tentado de darle la razón a Fabio Capello cuando dice que el Real Madrid es una máquina y los demás, solo equipos. El Mundialito de Clubes, aunque heredero de la Intercontinental que sí tenemos, es el único título como tal que falta en las vitrinas de Concha Espina. Lo cual, evidentemente, es un escándalo que hay que remediar.

Será este mismo sábado cuando se remedie a poco que los jugadores demuestren el mismo compromiso que les ha llevado a ganar 21 partidos seguidos, liderar con cómoda ventaja la Liga, mandar en Europa como solo el vigente campeón puede hacerlo y meter 79 goles por 10 encajados, lo cual es un disparate que tiene asustados a los medidores de estadísticas, que no estaban tan pendientes de los números desde el efecto 2000.

De la semifinal contra los mexicanos yo me quedo con varios fogonazos: las asistencias de Ronaldo, que cuando no marca hace marcar a sus compañeros, y normalmente las dos cosas a la vez; la polivalencia rematadora de Ramos, Karim y Bale; el segundo penalti parado por Casillas en cuatro días; pero me quedo sobre todo –y que me perdonen los meapilas– con la rabona a botepronto de Cristiano, que no es la frivolidad ni la afrenta que ahora quieren vender los hombres grises de la cofradía del santo reproche, sino un recurso de genio porque la bola se le quedaba atrás. Y aunque no se le quedara atrás: Cristiano Ronaldo se ha ganado el derecho a hacer rabonas hasta para sacar de inicio, si le apetece, porque el fútbol no es un debate de teología moral, ni una cumbre diplomática, ni la conferencia de un gurú de los derechos humanos: el fútbol es un espectáculo y las rabonas dan espectáculo. Puestos a ofenderse, a mí me ofende más que Casillas tenga la desfachatez de pararme un penalti.

Bienvenidas sean las rabonas, las chilenas, las espuelas, los tacones y las dejadas de espalda si hay jugadores que las saben hacer, porque esas jugadas son precisamente las que divierten y entusiasman en los patios del mundo. Ponle a un niño cinco minutos de tiki-taka: verás como sale corriendo. Algunos quieren instaurar la era del córcholis en las gradas y acabarán censurando hasta los caños en el césped, por humillantes. Conmigo que no cuenten: ¡vivan las rabonas!

(La Lupa, Real Madrid TV, 17 de diciembre de 2014)

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Blanca Navidad

Solo le faltan los renos.

Solo le faltan los renos.

Será difícil que a un madridista no le guste la Navidad, la blanca Navidad, más blanca este año que nunca con su equipo lanzado por la pista de los récords con la felicidad de los esquiadores expertos. Las marcas van cayendo una tras otra sin haber ganado nada todavía, pero con las mejores intenciones de ganarlo todo.

El campeón de Europa es el único equipo del continente que cuenta por victorias sus partidos de Champions, ha encadenado 19 victorias seguidas, apenas encaja goles, las rotaciones funcionan, los teóricos suplentes levantan polémicas sobre la conveniencia de su titularidad en cuanto juegan, canteranos como Medrán se inician con gol, su máxima estrella acelera hacia su tercer Balón de Oro con el mejor registro goleador de siempre y hasta sus defensas suben a meter goles, como hizo Arbeloa. “Solo me falta el Mundialito y tengo muchas ganas”, declaró Álvaro. Nosotros también esperamos el triunfo en Marruecos: nos habéis malacostumbrado.

La Navidad es blanca, y no diremos que Ancelotti es Santa Claus porque nos levantaría una ceja admonitoria, pero lo cierto es que de su trineo inmaculado no paran de caer regalos sobre la afición. El último de ellos, y es justo reivindicarlo, se llama Illarramendi. Un jugador joven y tímido, venido de un pueblo pequeño, necesitado de un tiempo de adaptación –porque no todo el mundo puede ser Toni Kroos– que aquí no se suele conceder. Pero Ancelotti es un hombre que sabe vestir despacio a sus jugadores jóvenes cuando más prisa hay, de forma que el día que se les necesite de veras comparezcan perfectamente presentables. Lo ha hecho con Isco y lo está haciendo con Illarra, que contra Celta y Ludogorets enseñó las razones de su fichaje con su trabajo defensivo, e incluso animándose a dar el pase incisivo entre líneas. Porque la calidad estaba: solo se necesitaba la paciencia del buen minero para extraerla.

Llega la Navidad más blanca que nunca, aunque la cabalgata de la ilusión por la Castellana la tenemos aplazada para finales de primavera, como el año pasado.

(La Lupa, Real Madrid TV, 10 de diciembre de 2014)

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Jesé: el retorno

El rugido del regreso.

El rugido del regreso.

Lo mejor del retorno de Jesé es, en primer lugar, que ha vuelto. Las lesiones de rodilla siempre son dramáticas y han truncado la carrera de no pocos jugadores; pero el drama es mayor si el que la sufre es un jugador tocado por el genio pero aún joven, demasiado inexperto como para afrontar el dique seco sin desesperarse, y a la vez demasiado contrastado ya como para que no nos desesperásemos los demás viendo al Madrid privado de su talento.

Cuando Jesé se lesionó hacía tiempo que excedía la etiqueta de canterano. Era ya una estrella en ciernes y todo el mundo lo sabía. Marcaba goles trascendentales, revolucionaba los partidos cuando se requerían sus servicios. Su capacidad de agitación, ha reconocido Ancelotti, podría haber sido decisiva para la consecución del triplete en el Real Madrid, y parece muy probable que con Jesé el papel de España en Brasil habría sido otro. Por eso la otra noche contra el Cornellá don Carlo besó a su pupilo antes de empujarle de vuelta a su elemento, como se besa a un talismán o a un soldado determinante para las batallas largas.

Y Jesé retomó el juego en el mismo punto de excelencia ofensiva donde lo había dejado. Aquí un caño de tacón; allá un gol de tiro cruzado marca de la casa; en todo momento ataque vertical, directo al área como solía. Y el Bernabéu aplaudiendo a rabiar a su joven ídolo regresado del infierno en cuerpo glorioso.

Jesé ha vuelto y es el de siempre. Escudado por Isco y James, acompañado por Chicharito y apadrinado por la BBC, su papel en la presente campaña será la continuación del trabajo de perforación de redes que la lesión no le dejó concluir el año pasado. Uno mira el ataque del Madrid, y mira luego las edades de sus paladines, y no puede más que prever buenos tiempos para la épica blanca.

(La Lupa, Real Madrid TV, 4 de diciembre de 2014)

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El tributo de Benzema

Genius at work.

Genius at work.

En la noche europea en que Carlo Ancelotti alcanzó a Miguel Muñoz y Cristiano Ronaldo a Raúl González, el talento más exquisito corrió a cargo de Karim Benzema. Ocurrió en el minuto 35 de un encuentro de control y oficio en comparación con las goleadas gloriosas a las que nos tiene acostumbrados este Madrid. Pero ese solo minuto justificó el partido entero.

Un balón llueve en el centro del campo sobre Karim, que está encimado por su marca. Con la sutileza habitual el francés cede de cabeza a James e inicia el desmarque hacia la banda, donde el colombiano se la devuelve. Benzema llega de cara pero todavía lejísimos del área; está condenadamente lejos de la que se supone su zona de influencia, pero el genio lo es porque se resiste a demarcaciones estrictas. Así que Benzema hace lo imprevisto: se disfraza de Bale y sin control previo le tira un autopase con el exterior al defensa para ganarle en velocidad.

El extremo del Basilea aprieta los dientes y se vacía en un sprint para coger al galo, que no parece tener prisa: se vuelve a detener, como esperándole, y en el segundo exacto en que el rival se le echa encima arranca de súbito con un cambio de ritmo hermoso que le concede dos metros más de ventaja. La portería ya está muy cerca y nadie se explica qué está haciendo Benzema, qué juego inverosímil se trae entre manos.

El delantero blanco ya pisa área pero no se detiene, quiere más profundidad, él sabrá por qué. Y lo sabe, claro que lo sabe, porque con el rabillo del ojo –o con la pura telepatía que los hermana– ve llegar a Cristiano Ronaldo por el medio, directo al punto caliente. Para facilitarle al máximo el remate, Karim sabe que tiene que apurar aún un poco más, como apuró Redondo cuando intuyó la llegada de Raúl tras aquel taconazo ante el Manchester. Y va Karim y lo repite: atrae sobre sí a los dos defensas y al portero con un último toque lleno de maldad y abre un claro maravilloso en medio del bosque del área por donde llega, completamente solo, el gran cazador. Benzema ya solo tiene que ceder suavemente el balón atrás y descansar los ojos en la sacudida de la red.

Toda la jugada se cifra en media docena de toques. La síntesis de precisión, belleza, generosidad, visión y eficacia es el enésimo tributo que Benzema rinde a la inigualable historia del campeón de Europa.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de noviembre de 2014)

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Los predicados del madridismo

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

[Los amigos de Qué Crack me pidieron un texto para su sección de Cómplices y les pasé esta tipología del madridismo que escribí como prólogo a un libro de relatos editado en mayo por la peña Primavera Blanca, libro que sujeto en la foto adyacente. Lo reproduzco en su práctica integridad porque sigo estando de acuerdo conmigo mismo]

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose inexorablemente al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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El mejor

Tres son pocas para él.

Tres son pocas para él.

Yo comprendo que en la sociedad en la que vivimos el deseo de ser el mejor se tome como una provocación. El mundo es amable con los humillados y suspicaz con los excelentes. Así es la naturaleza humana y ni siquiera el Real Madrid puede cambiarla. Por eso a Cristiano Ronaldo le salen tantos consejeros que le recomiendan un poco más de hipocresía, es decir, un poco más de falsa humidad. Es decir, que diga que no está entre los mejores de siempre, que simule que no aspira obsesivamente al número uno, que se conforme con lo que ha conseguido.

Pero Cristiano Ronaldo no nació en Funchal para llegar a la cima y, una vez allí, fingir que nada ha cambiado. Yo entiendo que eso lo hagan los cantantes, los políticos, los emprendedores corruptos y los novelistas comerciales, porque su trabajo depende de la simpatía del público. Pero el trabajo de Cristiano Ronaldo consiste mayormente en marcar goles, y ese trabajo lo cumple realmente bien. Tan bien que va por su tercera Bota de Oro y mantiene el mejor promedio goleador de la historia del fútbol español. O sea, que es el mejor. Y si los números dicen que es el mejor, sería una tontería subir a un estrado a recoger un premio y proclamar lo contrario.

Yo criticaría a Cristiano si no se diese cuenta de que en el fútbol, por muy bueno que sea uno, nadie puede brillar sin el concurso de los compañeros; pero Cristiano, cada vez que recoge un premio, que va siendo cada semana, se deshace en gratitud hacia el equipo, el club, la institución, la familia. Y cuando juega, ya da casi tantas asistencias como goles marca. Y cuando a sus compañeros, o a los chicos del filial, o a los chicos del filial de otro equipo que se le acercan les preguntan por el trato de Ronaldo, siempre responden lo mismo: “No entendemos por qué le ponen esa imagen de arrogante”. Creo que esto lo ha declarado hasta Piqué.

Yo sospecho que la imagen de arrogancia del portugués es la manera que ha encontrado el antimadridismo de reprocharle su exceso de eficacia, que saca los colores a todos los demás por comparación. Personalmente, prefiero que Cristiano siga aspirando obsesivamente a ser el mejor de todos los tiempos, y que además lo reconozca, y que además haya quien llame arrogancia a su honestidad profesional sencillamente porque no tuvo la fortuna de tenerlo en su equipo.

(La Lupa, Real Madrid TV, 6 de noviembre de 2014)

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