Cierta vez Ledesma Ramos, cofundador de Falange, se dirigió a su tocayo Maeztu buscando su complicidad y le llamó nacionalista. Don Ramiro, un conservador sin ínfulas revolucionarias, protestó: «¿Nacionalista yo? El nacionalismo es chusma y petróleo».
Hay un mérito que la oposición nunca le ha escatimado al sanchismo y es el diestro manejo de la propaganda. A falta de principios que mantener, de ideas para dirigir y de escaños con que legislar, Pedro se fue especializando en la producción febril de relatos que ocuparan el vacío dejado por la gestión. Estos años de vicio ficcional (que en realidad Pedro contrajo de Pablo) han extendido hasta tal punto la cultura del simulacro que a algunos por momentos nos domina la nostalgia de la cachaza marianista. La política ya es solo política de comunicación. Desmoraliza un poco trazar la huella de carbono de este viaje tóxico -«¡Jugada maestra!»- en la retórica de los veteranos más corrompidos y en el jabón de los noveles menos pudorosos.
Nos dijeron que el periodismo debe salir a la calle, acudir al concreto lugar donde se produce la noticia, pero hoy la mejor manera de contar la vida pública española exige guardar una higiénica distancia del Congreso. De allí no sale una verdad ni por orden del Tribunal Supremo. Y como este miércoles no pude asistir a la sesión de control, seguramente estoy en disposición de interpretar mejor la realidad política que cualquiera de los sufridos compañeros que aún creen que personarse en el epicentro del infundio parlamentario forma parte de sus obligaciones profesionales.
El abrazo entre los diputados de Junts y ERC en Madrid tras la aprobación de la Ley de Amnistía podría repetirse en Barcelona la noche del 12 de mayo, y esa es una clase de reconciliación que entristece a Salvador Illa. Y ni siquiera hará falta que se abracen bajo forma de coalición para volver inútil una posible victoria del PSC: basta que Junts amenace con boicotear todas las votaciones en el Congreso si el poder en la Generalitat se lo reparte Illa con ERC, clausurando de facto la legislatura sanchista. ¿Se conformarían los neoconvergentes con recuperar el Ayuntamiento de Barcelona? ¿Qué cabeza propiciatoria rodará antes para satisfacer el próximo chantaje del prófugo, la de Collboni, la de Illa o ambas? ¿Veremos a don Salvador vender en campaña muy serio el retorno a la gestión mientras en Suiza la cúpula de su partido trama el referéndum con Puigdemont? ¿Se encamina el PSC a otro triunfo melancólico con tal de que el derrotado en las generales de julio conserve su puesto? Son preguntas que atormentan las noches de nuestro filósofo de la normalización pese a que de día, en los campanudos mítines con Pedro, debe fingir que se siente lealmente acompañado.
El día en que empezamos a vencer. Es un título perfecto para una novela falangista (Umbral le habría apeado la preposición: La noche que llegué al Café Gijón), pero fue elegido por la brigada de cursilería de progreso para rotular otro hito de la guerra híbrida sanchista, algo entre la provocación y la propaganda. Se trataba de ¿celebrar? el aniversario del comienzo del estado de alarma. Ya avisó Kundera de que la cursilería suele ser el reverso de la brutalidad, y brutal fue en efecto la gestión gubernamental de la pandemia en España que el pasado miércoles Pedro Sánchez decidió autoamnistiar, necesitado como está del cariño que la calle no le da y los sondeos le retiran.
Suena un teléfono en la sede del Partido Socialista de Portugal. Es la línea personal del candidato derrotado, Pedro Nuno Santos, que mira el nombre en la pantalla y descuelga con gesto de resignación.
-¡Tocayo! Soy yo, Pedro de España. ¿Cómo te va?
-Hola, presidente. Pues he tenido días mejores. Ha ganado la derecha. Y tiene derecho a gobernar.
-Tú no has perdido: solo has quedado segundo. Yo he quedado segundo muchas veces y mírame.
-He prometido no contribuir al bloqueo político y debo cumplir mi palabra en aras del interés general.
-Qué cosas más raras decís los portugueses.Tu deber es cerrarle el paso al fascismo. ¿No tuvisteis un Franco vosotros también? Pues eso.
Si medimos éxito político por el respaldo popular en los sondeos o en la calle y no por la sintonía con la dirección del partido, Emiliano García-Page está en su mejor momento. Recibe a EL MUNDO cuando Pedro Sánchez ha cedido a la amnistía integral que pedía Puigdemont y que indigna al presidente de Castilla-La Mancha.
La trama de Koldo le ofreció mascarillas y usted las rechazó. ¿Qué le llevó a albergar sospechas?
De entrada quiero precisar que afecta a la imagen del PSOE pero no al PSOE en términos de participación. Hay unas cuantas personas que han hecho barbaridades y que lamentablemente colectivizan esa mala imagen, pero ni de lejos afecta a multitud de cargos públicos y de alcaldes o responsables que se comportan con otro criterio. No deja de ser una cosa excepcional, por mucho dolor que nos ocasione. En la pandemia no había fórmulas mágicas. En todos los presidentes que he conocido -del PP, del PSOE, incluso lo he dicho de Torra, que en esto fue muy español- me he encontrado a gente compartiendo el mismo dolor, teníamos básicamente los mismos problemas y terminamos dando las mismas recetas. Illa hizo un trabajo impecable de coordinación entre los consejeros. Salvo la gente desaprensiva y los depredadores económicos, la mayoría estábamos a lo que estábamos.
Entre los progresistas más honrados, los que todavía escuchan el susurro de su conciencia bajo el tintineo vil del precio del poder, cunde esta correosa esperanza: «Nos hemos comido esta amnistía infame para poder desplegar ahora nuestra agenda social. Por fin se volverá a hablar de políticas materiales para mejorar la vida de la gente». Con todo el dolor de mi liberal corazón debo recomendar a estas sufridas almas bellas que abandonen toda esperanza. Nada remotamente progresista sucederá ya en esta legislatura secuestrada por el supremacismo catalán y roída por la corrupción orgánica.