No acaban de sentirse los efectos de unidad espiritual que pretendía el retiro en Quintos de Mora. Pero no porque en el gabinete asomen brotes de pensamiento propio y dignidad rebelde sino por un exceso de celo entre los agradadores del presidente. La vicepresidenta Ribera, experta en sostenibilidad, ataca al juez García-Castellón (el mismo que procesa a Jorge Fernández Díaz por la Kitchen) porque no distingue entre sostenedor y sostenido, entre Puigdemont y Sánchez. Ambos piensan lo mismo del juez que pone en peligro la premisa corrupta de esta legislatura, que es la amnistía. Así que Ribera, harta de que las escopetas disparen a los pájaros y de que los jueces persigan a los delincuentes, invierte los términos de la normalidad democrática con tal de preservar el hábitat de poder que ella vicepreside.
La influencia de Pedro en Davos se midió esta semana por el número de desmayos mediáticos que causó la austeridad de su abrigo. Ni el hábito de arpillera de un místico penitente habría provocado tales arrobamientos, oigan. El culto al líder ya atropella de tal modo el sentido del ridículo que Pedro deja a su paso la misma cantidad de cerebros fundidos que de corazones rotos. La prensa plegable no solo sincroniza consignas sino también fluidos, segregan excitación a coro en una modalidad del porno que no se prohíbe: se subvenciona. Es el gran bukake progresista.
Lamentan los profesores de instituto que a los alumnos no les interese la Constitución tanto como el cambio climático o el género. Es natural, porque la ley siempre se ha llevado mal con la adolescencia. La facultad del pensamiento abstracto no mezcla bien con las ebulliciones químicas o el ternurismo Disney propios de una desdichada etapa de indefinición de la que yo tengo exclusiva noticia por los libros, donde se narran tribulaciones psicológicas que misteriosamente jamás experimenté. Quiero decir que no hay que lamentar que nuestra acneica muchachada prefiera las rimas sicalípticas del trap al cuestionamiento de la disposición adicional primera. Lo lamentable es que los profesores no sean capaces de cultivar en los chicos el interés sobre los fundamentos de nuestra libre convivencia, y sobre todo que los políticos nacionalistas o progresistas -¿hay ya alguna diferencia?- les amenacen si se les ocurre intentarlo.
Me escribe gente espantada con lo que está pasando y no entiendo por qué. Comprendo la depresión de mis amigos de izquierdas -los que aún vinculan su identidad política con la igualdad, no con el paquete que marca el timonel-, porque les han robado el partido y las causas por las que lo votaron. Pero me sorprende que mis amigos liberales y conservadores se dejen llevar por cierto pesimismo paralizante. Incluso me enfada. ¿Pensabais que la democracia es natural como el yogur o gratis como la radio? ¿Leísteis que el precio de la libertad es la eterna vigilancia en una taza de café con leche de soja?
La ola autocrática que se prepara para descargarnos encima una amnistía infame se estrelló este domingo contra el rompeolas alzado en la plaza de Felipe II, el rey que decidió la capitalidad de Madrid. El escenario era nuevo y el formato también: ni aún manifestación ni ya acto de partido, el gentío desbordó las costuras propias del mitin cerrado y colapsó las calles adyacentes al WiZink Center -O’Donnell, Alcalá , Goya, Conde de Peñalver- con la desorientación propia de la falta de costumbre. Otra cosa que la gente de orden jamás perdonará a Pedro Sánchez es haberla obligado a manifestarse. Los papeles tradicionales están invertidos: la izquierda insta al silencio frente al privilegio y la derecha se echa a la calle en defensa de la igualdad. Otra revolución psiquiátrica que le debemos al sanchismo.
Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
No me dirijo a ti, que no vas a abrir la boca, que no fuiste diseñado para el ejercicio del pensamiento crítico, para identificar verdades incómodas, o las identificas pero nunca encontrarás valor para señalarlas porque no conoces otra libertad que la de obedecer, porque bebes la libertad del cuentagotas con que va mojando tu lengua seca el magnánimo jefe de tu tribu, el que tiene poder para meterte en una lista y para sacarte de ella, la lista de la que dependen tu nómina pública o tu tertulia privada o ese bonito simposio de politología, porque no tienes otra cosa y el sector está fatal, afuera hace mucho frío y las redes están patrulladas a todas horas por ojos insomnes y cuchicheos de sicofante y manos ágiles para tirar la primera piedra, la segunda y la tercera, y en una mala tarde pueden sepultar tu reputación de progresista sin fisuras, es decir, uno del que jamás pueda esperarse otra cosa que sumisión en tiempos de mutua vigilancia, cuando la ambición ágrafa de un solo hombre ha extirpado de la izquierda el viejo compromiso por la libertad, la igualdad y solidaridad para no ser ya más que militancia castrense, coro de balidos saliendo del redil acechado por el lobo, que viene el fascismo, y quien no sea oveja será lobo, como esos ancianos de vida resuelta, Felipe y Alfonso, fachas como el que más, haciéndole el caldo gordo a la derecha, por más que rechacen la amnistía en los mismos términos en que tú la rechazaste cuando tocaba rechazarla, la misma amnistía que abrazarás cuando toque abrazarla, así que cómo voy a dirigirme a alguien como tú, que ya solo aspira a seguir sirviendo su carne de cañón en la guerra civil perpetua contra la derecha española -exceptuadas la vasca y la catalana- con el cerebro rendido por el odio, la voluntad anulada por el miedo y el lomo aplanado para servir de alfombra al triunfo de Puigdemont.
Ahora entendemos mejor el concepto de matria que doña Yolanda puso en circulación hace dos años. No se trataba de subrayar la vocación maternal del Estado de bienestar -semejante interpretación abundaría en los roles de género fijados por el patriarcado, según los cuales el padre castiga y la madre cuida- sino su destino personal de paridora de naciones ibéricas, de partera de la profecía plurinacional que está a punto de consumarse entre nosotros. Se nos anuncia una navidad constituyente, con el PNV de mula, Junts de buey y un jovencísimo Frankenstein balbuceando lenguas cooficiales en el pajar.