Solo hay alguien más jartible que un entusiasta de Halloween y es un odiador de Halloween. Una trifulca indefectible entre papanatas y cruzados condena por estas fechas al español a ir detrás de una calabaza con un cirio o con un garrote. El pecado del aprendiz de Tim Burton es meramente estético y le lleva a suspender el sentido del ridículo hasta abrazar la mamarrachada triunfante. El pecado del fan de Bernarda Alba es ideológico y le lleva a censurar por extranjera una liturgia importada como si el cristianismo no hubiera sido exportado desde Jerusalén en su día, tomando por el camino no pocos aderezos rituales de los cultos paganos. Equidistar de ambas tentaciones nos ayudará a honrar al muerto que todos seremos con la inteligencia del vivo que aún somos.
PRENSA – HERALDO DE MADRID – PERIODISTAS – REDACTORES, REDACTORES JEFES Y DIRECTORES\MANUEL CHAVES, REDACTOR JEFE
Ira es la primera palabra de la historia de la literatura occidental. «Canta la cólera, musa, del pélida Aquiles». Así arranca el primer verso de la Ilíada, con el terrible sustantivo abriendo la frase, estrenando el género de la epopeya, inaugurando la poesía y hasta preconizando el periodismo si limpiásemos de mitos los hechos de armas en la playa de Troya. Pero no es la musa sino Homero quien canta admirado la ira de los hombres, porque Homero sabe que solo la guerra iguala a los hombres con los dioses. Y alguien deberá contar esa apoteosis de sangre y de fuego para que el mundo no olvide. Para que el recuerdo de lo que hicieron perviva de generación en generación.
Hay una línea improbable que a través de veintiocho siglos conecta a Homero con Manuel Chaves Nogales. Uno era un bardo mitómano que embellecía lo que no vio y creía en los dioses; otro fue un periodista insobornable que anotaba lo que veía en una España rota que ni siquiera dejaba espacio a la fe en la condición humana. Pero hay una cualidad que los emparenta, una virtud rarísima, casi sobrehumana: la ecuanimidad. Homero no juzga a los hombres que se matan en el campo de batalla. Admira su valor o deplora su destino al margen del bando y la causa en la que militan. Y eso mismo hace Chaves Nogales en el implacable fresco del horror fratricida que es A sangre y fuego. Para que tampoco lo olviden. Y para que no lo recuerden como algunos sectarios de ayer y bastantes de ahora mismo quieren que lo recordemos.
A todo aquel que alcanza el poder de forma heterodoxa le conviene borrar el rastro de su ascenso. Porque cuando llega el tiempo de la tribulación -es la economía, estúpido-, el mero poder ya no se basta para disciplinar a los propios, que tan pronto detectan la debilidad del jefe como experimentan la tentación de abandonarlo para ganar mejor plaza en la carrera de relevos. El ejercicio del poder necesita ahí una garantía adicional de sumisión, una emoción de pertenencia que selle las grietas como la pez sobre los barcos astillados. En las tribus el chamán recurre a los mitos ancestrales, en las dictaduras sobra con el terror y en las partidocracias se atiza el patriotismo de partido. Por eso lo que vimos este fin de semana no fue un congreso político sino una ceremonia religiosa donde el líder orquesta su legitimación ante lo que ha de venir.
Cómo no va a tener éxito El juego del calamar si es una traducción perfecta de la mente populista a la narrativa audiovisual, y nadie cuenta cuentos mejor que un populista. El populismo no es una ideología y ni siquiera una estrategia; no es una oferta de soluciones simples a problemas complejos ni tampoco el cultivo calculado del antagonismo entre élites culpables y pueblo engañado. Es más bien el conjunto kantiano de condiciones perceptivas que determinan el juicio de los votantes asustados. El miedo es la premisa emocional del populismo; por eso el primer deber del líder o del partido populista es identificar la clase de amenaza que se cierne sobre su audiencia: la casta, el globalismo, las eléctricas, los inmigrantes, el hombre blanco, la mujer pantera, los fondos buitre, los burócratas europeos. Si el público acepta la premisa narrativa, el pacto de ficción queda sólidamente establecido y la trama empieza a fluir, con sus héroes, sus villanos y su carne de cañón.
Me divierte leer los análisis plañideros sobre la «deriva radical» de Casado en boca de quienes jamás vieron nada remotamente inquietante en negociar los presupuestos con Iglesias, la reforma laboral con Otegi, los indultos con los reos y la ley de educación con Rufián. Es como escuchar a un coro de proxenetas encareciendo el valor de la castidad desde el interior en penumbra de un prostíbulo nigeriano, el hisopo en una mano y los gayumbos en la otra.
Génova dice que Génova siempre gana, pero Sánchez no está de acuerdo. En febrero del año en curso el PP estaba en la lona, Vox le había arrancado las pegatinas al pasarlo en Cataluña y Pablo Casado anunciaba por vídeo que vendían la sede. Nadie hubiera jurado entonces que Génova siempre gana, a no ser que se refiriera a la plusvalía inmobiliaria. Cómo sería el grado de postración en que languidecía el partido que las glándulas carroñeras de Sánchez rompieron a salivar, y la gula le perdió. Moncloa autorizó la cadena de mociones de censura llamada a rematar al PP arrebatándole sus últimos bastiones territoriales con la ayuda de un Cs titánico (de Titanic). Y entonces Ayuso reaccionó. Dos meses después no solo arrasaba en las urnas sino que catapultaba a Casado en las encuestas. Sus posibilidades de ser presidente en dos años son ya tan reales que Iglesias se refugia en Gara y Sánchez se prodiga en medios amables para vender su purga de sanchistas como una aurora socialdemócrata, tristemente oscurecida por el precio de la luz.
El mundo es más seguro que hace décadas, España lo es, Madrid lo es, Malasaña lo es. Empíricamente más seguro. Pero corren malos tiempos para el empirismo, según prueba el trato académico que recibe Hume. Su lugar hoy lo ocupan Foucault y otros desdichados zahoríes del sufrimiento estructural que pusieron los cimientos de la cultura woke o victimismo identitario. Se trataba de ampliar el campo de batalla del sujeto revolucionario tras el fracaso de la lucha de clases. Lo personal sería político. Pequeños apocalipsis subjetivos confundidos con el gran apocalipsis colectivo. El individuo reducido a sinécdoque, su parte sexual o racial tomada por el todo.Fraccionar al hombre simplifica la tarea de manipularlo como siempre han hecho las sectas: alarmando a un infeliz con el advenimiento del fin del mundo, del fascismo, del globalismo. Convertíos, entregad la autonomía de la razón y creed en el evangelio del partido. Porque vienen a por nosotros.
Madrid es una ciudad segura y tolerante donde un chico gay puede practicar la modalidad sexual que le resulte más excitante, lesiones incluidas, siempre que medie el consentimiento. Estos son los hechos, pero con estos hechos un Gobierno hundido en las encuestas y desbordado por la escalada del precio de la luz no puede hacer nada más que felicitar a Madrid por su acreditada liberalidad. Y Sánchez no ha llegado hasta aquí reconociendo hechos y felicitando adversarios sino inventando amenazas. Una, en concreto: la del fascismo. El día que al dragón se le apague el fuego, disipado el humo de la confusión, los votantes de izquierdas quedarán expuestos a la vergonzante desnudez de lo que Sánchez es y de lo que Sánchez hace. A evitar ese escalofriante escenario que precede a la abstención masiva se orienta toda la acción del Gobierno y toda su estrategia comunicativa.