De esta legislatura titánica (violines de balance triunfal en cubierta mientras el peso de la corrupción parte el casco) solo nos interesa ya su final. ¿Cómo se irá del poder este niño en quien la responsabilidad no logró prender jamás para alumbrar al hombre? ¿Le acometerá una desconocido cierzo de decencia en la hora crucial? ¿Cederá el testigo como todos sus antecesores, reconociendo el alto honor de haber sido presidente y deseando aciertos a su democrático sucesor? Sería un hermoso giro narrativo, casi un happy end, que acaso permitiría a sus viudos mediáticos despedirlo con el verso de Petrarca: «Un bel morir tutta una vita onora«.
De todas las rimas de la historia no viviríamos otra como la caída simultánea del chavismo y el sanchismo, dos ismos chochos conectados por algo menos inocente que una aliteración: conectados por el socialismo codicioso de un expresidente español. Hace mucho tiempo que José Luis Rodríguez Zapatero perdió la «bobería solemne» que le atribuyó Rajoy y descubrió en el fondo asombrosamente simple de su conciencia las viejas pulsiones coloniales. Ni su militancia en el Grupo de Puebla obedece al mero odio a la derecha ni su minuta por representar internacionalmente al dictador de Caracas es precisamente modesta, como a estas alturas bien sabe su notario.
Si alguien tan grande como Robe Iniesta pidió ser enterrado con la picha por fuera para que se la comiera un ratón, no logro imaginar la clase de entierro político que pedirá alguien tan pequeño como Pedro Sánchez. Cabeza de un gobierno ratonero que chilla y huye: de los jueces, del Parlamento, de las urnas, de la vida misma. De tanto huir del pánico a perder el poder el solista de la banda desarticulada por la UCO corre cada vez más rápido al encuentro de su innoble calavera. Y las calaveras ya no pueden ser feministas. Ni siquiera machistas: sencillamente no son.
Hay gente, incluso gente de izquierdas, sorprendiéndose sinceramente de que PS (Pedro Sánchez) tapara las denuncias de acoso sexual contra PS (Paco Salazar). Gente que no se explica que PS protegiera a PS durante meses y quizá años pese a conocer perfectamente, «en su dimensión personal», la conducta de PS. Pero la coincidencia de las iniciales señala otra más profunda que ayer ilustraba Roberto Benito apoyándose en Zweig: la que se produce cuando «las personas de amplia visión moral e inconmovibles convicciones se ven desbordadas por los tahúres profesionales, los artistas de las manos ágiles, las palabras vacías y los nervios fríos». Al construirse contra el aparato socialdemócrata más reconocible, el proyecto sanchista operó necesariamente desde el primer momento bajo el principio de selección inversa. La inmoralidad se convirtió en virtud maquiavélica, en premisa eficiente. Para la aventura de sus vidas sobraban los integrados, los fieles, los leídos, los escrupulosos.
Arranca la campaña extremeña más quijotesca desde que Cortés salió de Medellín. Guardiola sueña con la absoluta, hazaña pareja a la de Juanma Moreno. Según Google el candidato de Vox se llama Óscar Fernández, pero su concienzudo anonimato no afecta a las altas expectativas del partido de Abascal, el verdadero candidato en todas las circunscripciones de España.
La cárcel, como la muerte, es eso que les sucede a los demás. Tal cosa piensa al menos el delincuente cuando delinque, que a él no lo van a pillar, y tal cosa pensamos todos los mortales hasta que la vida nos da el primer susto o doblamos el cabo de cierta década psicológica: que nosotros no nos vamos a morir. Un delincuente se ve a sí mismo como un vitalista irrestricto, un apóstata del orden o un hombre de fe en los mares sin orillas, en las noches sin finales y en las democracias sin leyes. Lleva el carpe diem tatuado bajo la costra de su conciencia, y no tiene tiempo que perder hasta el día en que el juez le quita de golpe el tiempo que le quedaba.
Un presidente socialista acudió a la puerta de la cárcel para despedirse de Barrionuevo, pero nadie acudirá ahora a despedirse de ti, Jose. Y es posible que en el duro trance de bajar del furgón y encarar el recinto siniestro te preguntes si acaso es más grave robar que matar. La respuesta es tan lacónica como la que se te escapó incontenible ante la reportera que quiso saber si tenías miedo: «Sí». Y te voy a explicar por qué.
Será una paradoja lo que voy a decir, pero la izquierda antiayusista se ha vuelto tan conservadora como la derecha antiayusista de Abascal, aunque ambas odiarán reconocerlo. Por las dos orillas de la ideología van rezongando al unísono por el traspaso de la propiedad del Café Gijón, o por la epidemia de restaurantes con ínfulas de acuario para ricos que someten a la tasca y al bareto, o contra el cierre de una farmacia histórica que ahora oferta bisutería china. Es culpa de este Madrid misceláneo y fluido que no negocia con la unanimidad museística de las nostalgias ochenteras. En esa añoranza rígida coinciden el humorista de Más Madrid, la charo sociata y el joven Quero de Vox, que tiene pendiente y estudios, a diferencia de todos sus compañeros, y eso lo vuelve inevitablemente llamativo como una tarántula sobre un trozo de bizcocho. Desde la razón iliberal compartida con el progre, los pisazos en Salamanca o Chamberí pagados a tocateja por un mexicano podrido de pesos irritan al portavoz de ese giro lepenista que quieren imprimirle los visionarios de Bambú a la derecha de toda la vida (tarea hercúlea que vamos a ver si no termina como el rosario de la aurora, porque quiero ver yo al cayetanado votando a favor de más intervención del Estado y menos libertad para las empresas).