Les habla el único periodista de este diario que lamenta el regreso de la tilde a solo. Durante años batallé por la adecuación de nuestro libro de estilo al criterio académico en las reuniones editoriales de EL MUNDO, pero salí derrotado. Los otros jefes despachaban mis argumentos con una mezcla de piedad y escepticismo, aferrados a su memoria escolar, y Joaquín Manso recurría siempre al mismo escabroso ejemplo para desautorizarme: «Esta noche tuve sexo solo dos veces». ¿Exceso onanista o coito doble? Trampa saducea de nuestro director para elevar la excepción a norma.
No es posible comprender tres décadas de historia literaria española sin detenerse atentamente en el creador de la mítica colección Espejo de España y posterior director literario de Planeta. No hay hogar sin libro editado por él. Entre el veneno madrugador de la escritura y la urgencia del compromiso democrático, el joven Borràs resolvió tirar por la calle de en medio y hacerse editor, paseando un espejo stendhaliano con el que retratar a escritores de todas las aceras. Borràs también ha escrito: tres tomos de imprescindibles memorias, tres ensayos sobre (contra) la monarquía y dos novelas que cuentan mentiras muy verdaderas sobre su experiencia de editor. Hemos venido a Barcelona a entrevistarle, sin ninguna excusa, porque sí, justo cuando la ciudad se llena de zombis tecnológicos atraídos por el Mobile. Su luminosa atalaya del paseo de Sant Joan solo tiene espacio para libros de papel que forran las paredes. En ella nos recibe, pulcro como un esteta de las palabras; zumbón como un viejo rockero de la contracultura; cordial como un superviviente del humanismo.
Hay una izquierda interesante en los diagnósticos y garrafal en los tratamientos que encarna como nadie Íñigo Errejón. No es habitual que el portavoz de un partido con dos diputados logre que todo el hemiciclo, de Bildu a Vox, vote a favor de la misma proposición. Ha sucedido esta semana con el plan de prevención del suicidio que presentó Errejón con oratoria honesta y voluntad de acuerdo, esos dos mamuts extintos de nuestra política. El diputado recordó que cada día se suicidan once españoles y lo intentan bastantes más; que muchos otros emiten señales desatendidas; que tener cerca a alguien puede marcar la diferencia entre vivir o morir; y que el Estado debe facilitar ese acompañamiento, por ejemplo mediante bajas laborales concedidas a los acompañantes de personas diagnosticadas con riesgo de suicidio.
No hace falta ser animalista para saber que existe un lugar en el infierno reservado a los maltratadores de perros. El animalista se figura que pertenece al bando perruno, y no entiende que si los perros no le gruñen será únicamente porque les da de comer. El animalista odia a los hombres mucho más de lo que ama a los perros, y por esta razón es imposible que un perro ame de veras a un animalista; no digamos ya que lo acepte como abogado. Porque lo propio de los perros es el amor a los humanos. Y en justa correspondencia los humanos sensibles -muchos de ellos cazadores- cuidan a sus perros, detestan a los maltratadores y combaten con la razón y el corazón esa desviación herética de la condición humana y canina que llamamos animalismo.
Hay pocos científicos cognitivos más respetados en el mundo que Stanislas Dehaene (Roubaix, Francia, 1965), pionero de la neurociencia del lenguaje verbal y matemático. Ha dedicado su vida a decodificar el funcionamiento de la mente humana, logrando avances significativos que ha detallado en El cerebro lector, El cerebro matemático o Con ustedes… ¡nuestro cerebro!Ganador del Brain Prize, equivalente al Nobel en su disciplina, Dehaene asesora a EmmanuelMacron en política educativa y ha ejercido su magisterio sobre una nueva generación de neurocientíficos en la que brilla especialmente MarianoSigman (Buenos Aires, 1972). Maestro y discípulo conversan con Papel, entre otras cosas, sobre lo que significa conversar. Y enseñar, leer, memorizar y vivir.
El cerebro es la obra maestra de la evolución, y de algunos milenios de cultura. Escribe: «Aceptarlo es una lección de humildad, tolerancia y buen humor». No todos se lo tomarán así…
Es una idea perturbadora, pero es lo que hay: aceptarlo es mera honestidad intelectual. Hay que mirar al cerebro de frente, cara a cara, con humildad. Pero también con la admiración con que miramos la galaxia: es un órgano maravilloso, que no nos reduce, sino que posee una complejidad y esplendor que no es comparable ni de cerca al de ningún ordenador. Y esta maravilla resulta de millones de años de evolución y de la cultura que el cerebro mismo produce.
Soy madrileño, hijo de madrileños, nieto de madrileñas. Podría decir que yo no elegí Madrid sino que Madrid me eligió a mí. Pero no sería cierto porque Madrid es siempre una elección, con todas sus consecuencias. Y la primera de ellas obliga a aceptar que Madrid no es de nadie. Lo prueba el libro que ha editado primorosamente la Comunidad de Madrid y que reúne 300 voces (o más) de madrileños de todos los orígenes. Incluso han admitido a algunos nativos de Madrid, en una concesión al exotismo.
Sin ánimo de declarar cruzada alguna, y sin necesidad de coincidir con Federico en que todos los periodistas sean yihadistas -como mucho la mitad-, confieso que me admira el desparpajo con que la brocha mediática ante el crimen machista es sustituida por el fino pincel ante el crimen islamista. Pero ya se sabe que la actualidad es un lienzo infinito sobre el que cada cual proyecta su sesgo ideológico. De ahí que quienes apresuren el diagnóstico identitario en el caso de una mujer asesinada «por el hecho de ser mujer» prefieran acudir a la sociología o a la salud mental del autor («es pobre», «está desequilibrado») antes que afirmar que un sacristán ha sido asesinado por el hecho de ser cristiano. Por si faltaran pistas, los ataques ocurrieron en dos parroquias, un cura y tres feligreses también han resultado heridos y el asesino era fan del Daesh en Facebook. Igual no hace falta llamar a Sherlock Holmes.
El edificio del TC es un híbrido extraño entre paraninfo universitario del desarrollismo y salón de bodas varado en la carretera de Burgos. No puede aspirar a la pompa neoclásica de las Salesas, pero a cambio ofrece el calor vecinal de una corrida de toros: «Esto parece Las Ventas», rezongaba mi compañero de tendido mientras trataba de encajar las piernas en la estrecha fila de una sala abarrotada. No era para menos: se celebraba el santo desbloqueo de la renovación del TC por obra y gracia del canto del cisne del consenso. Los magistrados llamados conservadores y progresistas prefirieron acordar sus nombres antes de que el Ejecutivo entrara allí con el bulldozer legislativo que conduce don Bolaños.