Estoy harta. Como diría mi amiga Ada, no puc més. Escribo esta entrada en la intimidad de mi camarote, un espacio seguro donde rumiar las tribulaciones de mi conciencia, al amparo de un candil de queroseno con certificado energético de bajas emisiones. Habitualmente uso este cuaderno para aliviar la presión que la injusticia del mundo pone sobre mis hombros, pero hoy empuño esta pluma de faisán sintético para testimoniar mi descontento privado con el derrotero moral de esta Flotilla. No me dejaré llevar en público por la indignación, porque no quiero hacerles el juego a los creadores de memes de la ultraderecha neoliberal. Pero reconozco que estoy hasta donde cambia el clima de toda esta gente.
Las redes se han convertido en un comedero de patos zurdos graznando su euforia por el asesinato de Charlie Kirk. Da un poco de vergüenza puntualizar que uno no comulga con los postulados ideológicos de la víctima, pero desde luego tampoco es un pato incapaz de entender que de Kirk ahora solo importa su condición de víctima. Trump ha elevado esa condición a la categoría de mártir de la libertad de expresión, y en cierta manera laica tiene razón: fue ejecutado en una universidad (templo de la palabra, dicen) y solía invitar a debatir a sus adversarios ideológicos. Se conoce que a uno de ellos le herían tanto las palabras de Charlie que tuvo que recurrir a las balas para ganar el debate.
Todos hablan de la canción de Sergio Ramos, y no es para menos. Yo mismo la he reproducido fascinado una y otra vez a lo largo de esta semana, y puedo decir que creo haber penetrado en el sutil espíritu que anima su composición. En las líneas venideras, con las luces que permita mi pobre juicio, trataré de desentrañar las claves líricas de esta obra notable, claramente deudora del Siglo de Oro español.
Has terminado la PAU y algo te dice que todo ha ido bien. Sacarás la nota que necesitas para la carrera que quieres, así que tienes por delante el mejor verano de tu vida: tres meses suspendidos del cielo más azul, en el umbral exacto que cierra la confusión de la adolescencia y abre la potencia de la juventud. Te propones apurar cada día de sol y cada noche de fiesta y debes hacerlo, porque los afanes sin recompensa se pudren en el alma y dejan un poso de abulia y resentimiento que torcerían el brillante despliegue de tu personalidad. Solo una vez se nos concede el dulce limbo de un hoy soleado, sin ayer y sin mañana, en la animalidad pura del presente. La seriedad de la vida ya la empezarás a comprender más tarde.
¿Cuándo dejarán de gustarnos los genios torturados? ¿Regresará Occidente a la mayoría de edad que perdió victimizándose, enamorándose de sus propias ruinas? ¿Archivaremos de una vez el mito del romanticismo, con sus egos problemáticos y sus psiques atormentadas, para redescubrir el arte espléndido que nace de la serenidad clásica? Ni la lista de novelas más vendidas ni la apuesta programática de TVE permiten abrigar grandes esperanzas, pero no será porque el Museo del Prado no lo esté intentando. De hecho, la muestra de Veronese que acaba de inaugurar puede interpretarse como un ejercicio de subversión cultural; precisamente porque no hubo pintor más disciplinado, exitoso y seguro de sí mismo en el Renacimiento italiano.
La galerna azota el barco que trasporta el cuerpo enfermo y el alma melancólica de Gaspar Melchor de Jovellanos desde su Gijón natal hasta el Cádiz de las esperanzas liberales, circunnavegando un país invadido. Ha tenido que zarpar apresuradamente del puerto gijonés porque la ciudad está a punto de caer otra vez en manos francesas. Pero conviene obedecer al Cantábrico cuando avisa, de modo que el capitán ordena buscar refugio en Puerto de Vega. Y en aquel puerto de donde zarpaban los balleneros asturianos, al abrigo del temporal que resume su vida de capitán Ahab del liberalismo, será donde se extinga el brillo de la inteligencia más corajuda de nuestra Ilustración. Tenía 67 años y un virus en los pulmones que le robó el último aliento.
Si el bachillerato obligara a estudiar -como debería- una asignatura troncal llamada «Estado de derecho», el libro que ha escrito Manuel Marchena (Las Palmas, 1959) debería ser su manual. En La justicia amenazada (Espasa) el magistrado del Tribunal Supremo que presidió el juicio más importante de la democracia -el golpe del separatismo catalán en octubre de 2017- no se pronuncia sobre escándalos de actualidad, pero disecciona sus causas profundas y expone las debilidades de un sistema amenazado por la voluntad de poder de gobernantes con pocos escrúpulos… y por la incultura jurídica de demasiados opinólogos.
El libro parte de un diagnóstico inquietante: la justicia está amenazada en España. Y el culpable de la amenaza es aún más inquietante: el poder político. Los políticos siempre han querido controlar el poder judicial. ¿Por qué ahora la gravedad de la amenaza es mayor?
Efectivamente, creo que el diagnóstico es inquietante. La tendencia del poder político a controlar a los jueces forma parte de la Historia. Lo que sucede es que en los últimos años estamos viviendo episodios de especial gravedad. No sólo en España. El enfrentamiento entre Trump y los jueces, por ejemplo, está marcando un hito en la historia de EEUU y es fiel reflejo de lo que pasa cuando el populismo se enfrenta a cualquier intento de control. La sociedad española se está familiarizando con una normalidad que es patológica. Los ataques a los jueces, incorporados incluso a acuerdos políticos que hablan de lawfare, están teniendo un efecto demoledor en la credibilidad de la justicia. Y creo que se pone en riesgo la paz social si la sociedad no confía en los jueces y empieza a creer que los conflictos jurídicos pueden resolverse mejor en las redes sociales o a puñetazos.
El hombre comparece en la sala de prensa con su cabeza debajo del brazo, precedido por la nostalgia anticipada que origina su destitución. Luce la equipación de siempre, tan blanca como su noble cabellera. Un centenar de periodistas se han citado a la espera de que suceda algo distinto, algo imposible; no exactamente una reacción destemplada, pero sí una fugaz concesión al ensimismamiento en su indiscutible legado, o un lametazo furtivo a esas heridas íntimas que se forman por el roce entre la expectativa y la ingratitud. Una vez más, sin embargo, la prensa solo cosechará titulares impecables. Ni un mal gesto ni una factura intempestiva ni esa palabra airada que alimenta la lucrativa industria de la polémica futbolera. El fútbol, como la vida, es una aventura que empieza y termina. No hay que hacer ningún drama. Esto ha sido inolvidable. Me marcho feliz y agradecido. Eso dice. Y a continuación Carlo Ancelotti (Reggiolo, 1959) anuncia oficialmente que se va del Real Madrid para entrenar a Brasil.