El destino de los pueblos, como el de los hombres, está cifrado en su carácter. Dicen que los españoles enterramos como nadie, pero para seguir llevando flores al panteón nacional hace falta algo más que el alfilerazo urgente de la pena (cuando no del remordimiento) desde el que se despachan aquí los obituarios más efusivos. Para una memoria histórica sin intención política y para una identidad patriótica sin aspavientos reaccionarios se precisa conocimiento, convicción y constancia. Se precisa al menos saber dónde diablos tenemos enterrados a los nuestros. O dónde siguen cumpliendo con el dictado de su honor.
La autovía de Levante es un hilo de alquitrán que conecta la realidad con la ficción. Todas las catástrofes tienen al menos esa virtud: desvelan violentamente la condición artificiosa de nuestra seguridad. A cualquiera que tenga ojos para ver y corazón para sentir le parece hoy Madrid un lugar inconcebible: lo real es Valencia.
La cruda dimensión en la que va ingresando el coche viene anunciada por señales turbadoras: vehículos militares, furgonetas atestadas de cajas, arcenes costrosos de arcilla, quitamiedos retorcidos como si fueran de regaliz. Pero la que sale a recibirnos no es una dimensión espacial sino temporal. Entramos en otra época, una antigua y terrible que solo hemos visto en los cuadros de ciertos museos y en las películas que recurren a la distopía por falta de imaginación.
Tiene 27 años, un padre carlista al que ha decepcionado, una esposa de conveniencia a la que no ama y un contrato oneroso con el empresario del Teatro de la Cruz. Apurado por las deudas cargadas a sus hábitos bohemios, cierta noche de insomnio concibe José Zorrilla el pastiche romántico de un arquetipo trillado, entre el barroco truculento de Tirso de Molina y el moralismo preilustrado de Antonio de Zamora. En el escritorio de la modesta pensión donde se aloja se sienta a escribir al día siguiente, y 21 días después el drama está concluido.
Era el único tenista que jugaba con el alma. Y eso que el suyo no era precisamente un cuerpo vulgar. Incluso un observador tan inteligente como David Foster Wallace abonó el tópico maniqueo del poderío físico de Rafa frente a la elegancia mística de Roger. «Nadal es la némesis de Federer. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del norte. Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo». Error, David. Te traicionó la sensibilidad protestante.
Está previsto que suceda un milagro en el Congreso de los Diputados. Tras dos años y medio de prórrogas mezquinas, a dos meses de cumplirse el primer aniversario del alzamiento del muro, la ley que garantizará una vida digna a los enfermos con esclerosis lateral amiotrófica empezará a tramitarse gracias al dispar compromiso de PP, Junts, PSOE y Sumar. Por una vez los parlamentarios españoles -incluidos aquellos que no quieren ser españoles- se elevarán por encima de sí mismos, reventando el corsé tribal que sujeta su disciplina de voto. La política se reconciliará con la vocación de servicio, rehabilitando la dignidad del representante a ojos de sus representados. La ética derrotará a la táctica.
Los vikingos llegaron a América, pero hoy allí no se habla precisamente sueco antiguo. Por eso no basta con haber llegado a la Luna: ahora se trata de colonizarla. O al menos eso pensó Elon Musk cuando fundó SpaceX, compañía aeroespacial que aspira a satisfacer el persistente anhelo humano de ir más allá. El mismo anhelo que devoró corazones tan distantes como el de Alejandro Magno, el de Magallanes, el de Oppenheimer. Quizá nada defina mejor al hombre que su deseo de ser algo más que un animal o apenas nada inferior a un dios.
Conocí a David Gistau en el mesón Paxairiños de Madrid, un asturiano tradicional de esos que predisponen a la desinhibición de la amistad y a la derrota de todos los eufemismos. Debió de ser hace catorce años, en 2010, yo andaba en la veintena larga y empezaba a ser lo que siempre había querido ser. No poeta ni narrador: exactamente columnista. A Gistau lo había traído al mesón para presentármelo Ignacio Ruiz-Quintano, que lo apadrinó en sus inicios como luego hizo en los míos, pertrechándonos de referencias clásicas (pero olvidadas) del articulismo español. El almuerzo fue un festín dialéctico. Recuerdo que David y yo lo rematamos intercambiándonos los números de teléfono y que esa misma tarde le escribí agradecido, y que me contestó al instante con aquella camaradería tan suya que confinaba con la generosidad. Había conocido por fin al hombre tras la firma que buscaba con avidez en LaRazón y en ElMundo desde mi primer curso universitario. Había contraído con él, con su personalidad impresionada en el folio como el fogonazo atómico que tizna la tapia blanca, una misteriosa sensación de familiaridad. Las columnas de Gistau suponían una ampliación del campo de batalla: yo no sabía que se podía escribir en periódicos de tan irreverente manera hasta que lo leí.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.