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Bale y la edad de la inocencia

La masa y el coloso.

La masa y el coloso.

Si una final de Copa en Mestalla detonó el principio del origen del declive culé, otra final de Copa en Mestalla había de servir para certificar la caída. Hoy hasta los periódicos más acérrimos y locales coinciden en decretar oficialmente el famoso “fin de ciclo”, sintagma-botín de la entrañable codicia periodística, como “crisis de gobierno” o “estallido social”. En ambas finales restallaron las piernas de látigo combado de Di María, mezcla inusual de fondista y velocista en el mismo cuerpo, y en ambas finales acabaron resolviendo las grandes estrellas del firmamento financiero y muscular: en 2011 Cristiano, ayer con gorra de caddy espiritual, y en 2014 Gareth Bale, ayer desagraviado ante el senado y el pueblo romano y reivindicado para los restos en virtud de una gesta homérica, un gol icónico destinado a colgar en papel satinado de la sala de santiaguinas del Bernabéu y de Valdebebas junto a otras tallas sacras y altorrelieves gloriosos.

La alegría de Florentino, aunque la contuviera en los márgenes reventones del protocolo, tenía ayer la cualidad dulcísima de la revancha interior. Daré audiencia a las doce: poneos en fila y secad los espumarajos de vuestras bocas maledicentes en el borde de armiño de mi manto, mis queridos caínes. El bonapartismo de Florentino tiene hoy todo el derecho a la autocoronación porque su trono es una condena que obliga a batallar cada día contra el borboteante patrimonio de rencor que mana de España y porque su campeón galés le ha venido a dar la razón en el campo de batalla contra el dicterio de algún olvidado rey gurú. No cabe mayor éxtasis para él.

También Ancelotti tenía anoche derecho a descorchar el mejor Vega Sicilia en el reservado más selecto de Madrid, usando apergaminadas portadas ofensivas como posavasos. Pero el italiano ha alcanzado la ataraxia del alto burgués a la que aspiran secretamente los dirigentes de Podemos, la suprema sabiduría del Lazio que concilió epicureísmo y estoicismo: terma, vino, doncellas, hijos legionarios y filosofía. Ancelotti no ajusta cuentas porque es demasiado afortunado para perder el tiempo en odiar. Y puede ser aún tan afortunado como para llevar al madridismo a Cibeles alguna vez más este año. Salve, Carlo, bendecido por la diosa, magnánimo en la lucha, conductor de escuadras.

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17 abril, 2014 · 17:30

Dejad algo de Suárez para nosotros

Pudo prometer y prometió.

Pudo prometer y prometió.

Yo, perdonadme, nací en 1982 y todo mi vínculo con Adolfo Suárez se reduce a mis libros de historia de España, mi fidelidad a la imprescindible serie documental de Victoria Prego y un padre que votó a la UCD, aunque ahora dice que se arrepiente. Avanzo estas cosas para que quede claro el lejano ángulo del salón desde el que observo el retrato del prócer ido, colgante ya del muro de la eternidad, pinacoteca de la historia, galería de padres de la patria. Puedo prometer y prometo que escribo en consecuencia desde la resuelta falta de conocimiento personal, desde la limpia ausencia de testimonio coetáneo, desde la exclusiva impresión –si aún resulta perceptible– de su huella sobre la memoria cívica de mi generación, que es a la que corresponderá poco a poco asumir la dirección de este país, si es que nos dejan. Porque sí, caballeros: el tiempo pasa y ahora nos toca a nosotros.

¿Y qué interés puede tener lo que sobre Suárez opine un debutante en la treintena que ni estuvo allí, ni de la Transición escribió un mal teletipo, y ni siquiera oyó zumbar las balas sobre su democrática cabeza un excitante 23 de febrero que los ancianos del lugar recuerdan con puntualidad de club de veteranos de Omaha? Se lo preguntarán despectivamente los tertulianos de la Santa Transición, todos ellos en activo, todos ellos eternamente hegemónicos, todos ellos dispuestos a morir con la voz en el micrófono y la pluma en la columna como si ello entrañara alguna gloria y no el dudoso mérito de obstruir la reposición generacional del periodismo español, descarrilada de la ley de vida por la tormenta perfecta, el sabotaje conjunto en el que conspiran crisis económica, debacle industrial, rigidez sindical, cobardía empresarial y cainismo profesional. En su epicentro boquea mi generación cuando va y se le muere Suárez, el hombre que citó a Machado ante nuestros padres el día de junio de 1976 en el que ofició el bautismo de los partidos políticos: «Está el hoy abierto al mañana. / Mañana, al infinito. / Hombres de España: ni el pasado ha muerto / ni está el mañana / ni el ayer escrito».

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24 marzo, 2014 · 14:45

Vente ‘pa’ Alemania, Carlo

Crónica del partido según Tiziano.

Crónica del partido según Tiziano.

Y se quedaron los alemanes cantando, porque los alemanes o duermen o marchan. Un alemán despierto es una garganta presta a la épica, sea la de la victoria o la de la derrota. Y qué manera de ser derrotados, qué paseo militar el del Real Madrid, que tomó Alemania como no se veía desde Carlos V en Mühlberg. Si en estos momentos no suena la Marcha Radetzky en el iPod de Benzema entonces no sé cómo justifica la nómina Pardeza, que para eso es el que pone la cultura.

Empezaron cantando las gradas de Gelsenkirchen su himno de mineros, su tonada siderúrgica, y abajo en el césped los muchachos del Schalke obraron en consecuencia: adelantaron la presión y lograron poner nerviosos a Pepe y a Ramos. Pero aquello duraría poco. Pronto se advirtió que el histórico tembleque del Madrid en Alemania se curaría esta noche.

Gareth Bale agarraba el balón y salía disparado hacia el área con la determinación de no parar hasta la boca de la mina. Sorteaba defensas con fastidio, porque se veía que lo que le apetecía era traspasarlos directamente. Karim Benzema no es que esté enchufado: es un puro calambre, un roce de electricidad estática que se prende en la combinación con Cristiano. Así llegó el primero: diagonal galesa, taconazo portugués y remate galo. La BBC sintonizada en prime time para traerles el show del más difícil todavía, pasen y vean.

Enseguida pudo empatar el Schalke, pero apareció el Santo. Su parada de santería, brazo incorrupto. Gran acción de Casillas para enmendar una confusión infantil, enojosa, entre Ramos y Pepe, que eligieron el peor momento para ponerse a jugar al Twister. Pero de ahí en adelante los mineros se empequeñecieron, fueron devueltos a las profundidades de su campo como una raza tolkieniana de enanos. El elfo Modric cogió su carcaj y ya no paró de correr hasta completar once kilómetros, según las últimas estadísticas. Di María hizo lo mismo, cubriendo un recorrido larguísimo y bombeando centros que invertían el guión de los agoreros: ¿no habíamos quedado en que el juego aéreo era la especialidad local? Marcelo se sumaba al doblaje y la BBC en general buscaba el desmarque constante. Así resulta muy difícil cegar el avance madridista, que llegaba en oleadas ansiosas bajo el grito tarzanesco de Ronaldo, hambriento como los lobos del amigo Félix.

Huntelaar, con esa cara como salida del Diario de Ana Frank, llamaba desesperado a sus compañeros. Pero no podían oírle. Farfán, nombre de entrante árabe –yo tomaré cuscús; para mí farfán–, tocaba algo más de bola, trataba de progresar por banda y fue el mejor de los suyos, lo que no es decir mucho visto lo visto. Porque de pronto se oyó un silbato en la estación: era Karim con visera y banderita, robando un balón a un lateral incauto y abandonándolo suavemente en la vía por la que llegaba el expreso de Cardiff. Bale recortó a uno, recortó a otro y soltó la zurda un segundo antes de descarrilar. El segundo estaba aquí, y era un golazo que estira el repertorio intuido a este jugador extraordinario, cada vez más barato: tiene el disparo, tiene el remate, tiene el autopase en velocidad y ahora tiene también el doble regate en estático seguido de gol. Bale ya es el Bale del YouTube, para catástrofe del franciscanismo mediático que le busca los millones con recelo digno de mejor causa. La de Neymar, sin ir más lejos.

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27 febrero, 2014 · 14:35

Luka Modric, padre de la transición

Luka no tiene quien le robe.

Luka no tiene quien le robe.

Sorprende que un campo que no es el Bernabéu aplauda a un jugador del Madrid cuando se retira. Que una afición rival, viendo perder a su equipo contra el Madrid, manifieste voluntaria y públicamente su admiración por un jugador blanco, que además ni siquiera juega en La Roja ni ocupa la mediática posición de delantero, constituye un fenómeno lindante con lo paranormal. Y sin embargo eso es justo lo que hizo el Coliseum Alfonso Pérez de Getafe con el gran Luka Modric, y el gesto merece una reflexión, más allá de los muchos madridistas que infestaban la grada.

Lo que está haciendo Modric en el Madrid esta temporada equivale a una refundación de la medular madridista. Si pudiéramos comparar el centro futbolístico con el centro político, Modric sería nuestro Adolfo Suárez. Modric es flexible, nunca se cansa de negociar, acomete reformas audaces en el tiempo y el espacio del juego y defiende el principio irrenunciable del equilibrio, que es la santa ideología de Ancelotti.

Muchos años llevaba el equipo buscando a alguien como el croata para concederle el bastón de mando del medio ofensivo sin desguarnecer con ello el terreno que se abre a su espalda. Si Xabi Alonso garantiza la solidez ósea, Luka parte de él para armar el sistema circulatorio, para bombear balones a las prodigiosas extremidades que el Madrid exhibe en ataque. La movilidad incesante del croata cumple en el equipo las mismas funciones que el riego sanguíneo en un cuerpo vivo, y el Real Madrid se despliega y se contrae a un ritmo mucho más armónico y saludable desde que Modric lleva el pulso del centro del campo.

El público de fútbol, respire cerca o lejos de Chamartín, se ha dado cuenta de todo esto: sabe que una de las causas del momento imperial que atraviesan los de Ancelotti se llama Luka, como el título de aquella canción. La concentración en defensa y la calidad arriba pueden ser las otras, pero hoy nadie cuestiona la influencia decisiva del pequeño balcánico. En los ratos libres salva goles bajo palos o ejercita su disparo inteligente desde fuera del área, afición perversa que suele acabar en golazo estilo Premier. Y en todo momento recibe, sortea, abre, descarga, bascula y raja la defensa contraria con pases letales. Entre la formidable delantera y la reencontrada zaga, solo hay que buscar a Modric: él se encarga de hacer la transición, como Suárez.

Viéndole jugar hay que rendirse a su raro talento, que deja el parangón con cualquier otro centrocampista a la altura de lo vulgar. Sigue haciéndonos felices, Lukita, y cuando los campos rivales dejen de aplaudirte no te preocupes: es que les habrá vencido el rencor por no poder ficharte.

(La Lupa, Real Madrid TV, 18 de febrero de 2014)

La locución aquí.

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El último héroe de Troya

¿Loco hasta qué punto?

¿Loco hasta qué punto?

Hubo un tiempo en que Alemania no miraba a Grecia como el cobrador al moroso y en que sus relaciones no se cifraban en la materialidad de una prima de riesgo, sino en la fuerza del espíritu que cantó la musa, la cólera terrible de Aquiles, de pies ligeros, cuyas hazañas fundan la historia de la literatura occidental. Como surgiría de Alemania el Sturm und Drang que detonaría la tempestad romántica por toda Europa (en colaboración con los lakistas ingleses), también de la tierra de Goethe brotó la mirada neoclásica que idealizó la cultura y el arte grecolatinos, reclamó la vigencia de los antiguos modelos y fundó la Filología, la Arqueología y la Historia del Arte como modernas disciplinas humanísticas de pleno derecho académico.

Fue Jacobo Joachim Winckelmann el historiador germánico que asignó a Grecia el alfa y el omega de toda educación ilustrada, la cual a partir de entonces se orientaría al ideal humanístico de la paideia, cuyo fin persigue la integración de belleza y virtud, de estética y ética. Aunque yo no perdono a Winckelmann sus intemperantes diatribas contra el Barroco italiano, cuyo sentido dramático no podía entender, tengo que agradecerle la honda siembra de humanismo con que fertilizó Europa, esa entusiasta propuesta de elevación espiritual –hoy, de nuevo, tan pertinente– que más tarde los historiadores catalogarían con ternura como “visión winckelmanniana”, idealizada, de la Antigüedad. Uno de los frutos de esa semilla de fascinación clasicista se llamó Heinrich Schliemann (Mecklemburgo, 1822-Nápoles, 1890), y se trata del genio alemán más loco y entrañable de entre toda la caudalosa historia de visionarios que ha parido la inefable Alemania.

Tenía Heinrich cinco años de edad cuando oyó de su padre, pastor protestante, las primeras historias homéricas. En ese momento las reputó verídicas, como haría cualquier niño de su edad; lo original en Schliemann es que no solo se negó a suspender su credulidad a medida que fue creciendo, sino que cuando murió había probado al mundo que la fantasía desatada de un niño podía equivaler a pura cartografía. A los ocho años anunció en casa que se proponía encontrar Troya, poco más que un nombre mítico para la comunidad científica de su tiempo, y a los diez años escribió un ensayo en latín que postulaba la existencia real de la ciudad de Héctor, de tremolante penacho. Luego le sobrevino la adolescencia y aparcó el proyecto para colocarse de vendedor en una droguería. El pragmatismo le fue ganando, hasta el punto de embarcarse rumbo a Venezuela para hacer fortuna, pero su barco naufragó en la costa holandesa. Tomó el suceso como una invitación a enrolarse en afanes más factibles y decidió hacerse viajante de comercio y después banquero, actividades que suelen rentar más que la filología, dónde va a parar.

Pero mientras sus pies se cosían a la tierra con el hilo de cobre de una incipiente fortuna, su mente seguía soñando con el mundo de Homero. Se hizo rico comerciando con armas durante la guerra de Crimea, pero él secretamente hacía planes para la guerra de Troya. Por sus constantes viajes de negocios se aplicó al estudio de lenguas con resultados bochornosos para la considerada hoy generación-mejor-preparada-de-la-historia: a los 22 años, Heinrich Schliemann dominaba el holandés, el francés, el inglés, el italiano, el español, el portugués, el polaco, el árabe y el ruso. Además de latín y de griego antiguo, por supuesto. El ruso en concreto le sirvió para intimar con una aristócrata de la corte zarista, Ekaterina Lishin, que admiraba más la cartera de su rumboso esposo que su creciente delirio helenístico. Pero dejemos que sea Indro Montanelli quien en su preceptiva Historia de los griegos cuente lo que pasó acontinuación:

“De improviso cerró banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Enrique se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto”.

Acompañado de su griega esposa Sophia Engastromenos, el loco Schliemann se dirigió a Hirsalik, en la esquina noroeste de Turquía, donde algunos historiadores habían situado más bien tímidamente la mítica Troya o Ilión que da nombra a la Ilíada. En 1870, tras un año de negociaciones con el gobierno turco para obtener el permiso de excavación, comenzó a escarbar en busca del casco de Patroclo, amado entre los compañeros, o la calavera de Menelao, famoso por su lanza, o ya puestos el talón de Aquiles, destructor de hombres. Pasaron doce meses y de allí solo salía mucha arena y mucho dinero derrochado en operarios y maquinaria. Pero Heinrich por fin estaba haciendo lo que quería en la vida, y los dioses recompensaron su fidelidad: un día el pico chocó contra algo metálico que resultó ser una caja de cobre que contenía un puñado de antiquísimos abalorios de oro y plata. Con ojos alucinados, Schliemann identificó enseguida el cofre con el tesoro de Príamo, rey de los troyanos. Se fue corriendo a su casa, se encerró en la alcoba con su mujer y la engalanó con las joyas que habían adornado los cuerpos míticos de Helena y Andrómaca, no cabía duda.

El arqueólogo telegrafió su victoria a todo el mundo pero la comunidad científica, que seguía con escepticismo los trabajos de aquel lunático alemán, repuso que las joyas provenían seguramente de un mercadillo de Atenas. Solo el gobierno turco le creyó y se puso a pleitear con Schliemann por la propiedad del tesoro hallado. Las excavaciones continuaron y los eruditos menos prejuiciosos acabaron desplazándose a Hirsalik para atestiguar la maravilla: no una, sino nueve ciudades sedimentadas una encima de otra fueron apareciendo bajo las febriles piquetas de Schliemann. El desafío ya no consistía en probar la existencia de Troya, sino en establecer a cuál de aquellas nueve Troyas cantó el ciego Homero. Hoy los especialistas se inclinan por señalar como homérica a Troya VII-A, cuyas ruinas informan de una ciudad amurallada de la Edad del Bronce, de entre cinco y diez mil habitantes, que guerreó contra las colonias aqueas del Peloponeso hacia el 1.250 a. C., cinco siglos antes de que un trovador itinerante nacido quizá en Quíos ordenase métricamente sus memorables ecos para embelesar al público de las aldeas.

Heinrich Schliemann sumó a aquel hallazgo otros muchos si no tan emblemáticos, siempre igual de improbables. Con entusiasmo indeclinable marchó a Micenas para buscar la tumba y el cadáver del mismo Agamenón, conductor de pueblos. Y escribe Montanelli: “Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados”. Más tarde excavó en Ítaca, buscando probablemente la bitácora de Ulises, fecundo en recursos, y volvería varias veces a Troya a profundizar en su obsesión de niño.

El gran visionario del XIX junto con Verne moriría poco después en Nápoles, aquejado de una infección de oído, probablemente de no utilizarlo frente a tanto agorero como se opuso a su determinación. En cumplimiento del testamento sus restos fueron llevados a Atenas, al mausoleo con forma de templo dórico que allí se había hecho construir. “Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás”, concluye Montanelli. Su historia no solo es la del genio que acaba demostrando el fundamento de sus intuiciones meramente fantásticas en un mundo de escépticos incurables. En efecto, muchos hombres han alcanzado el Olimpo, pero a ningún otro le hizo Zeus en vida el secreto favor de mostrarle sus cimientos.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de enero de 2014)

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La música callada del recorte

La plena integración de Croacia en la Unión Europea no se produjo hasta julio de 2013, en paralelo a la plena integración en el Real Madrid de Luka Modric, quien ya llevaba meses presentando firme candidatura a la titularidad. Hoy todo el vestuario blanco habla croata, al menos en el campo, y apetece llamarle Real Modrid. En justa correspondencia, Lukita se ha españolizado hasta el punto de conducirse como un torero de poder en los medios, desde donde cita, recibe, da pases, vigila los derrotes, burla la embestida, gesta la faena y dispensa en suma la música callada del recorte que ayer se hizo sinfonía en el gol de Benzema. Tres defensas al suelo con un gesto y el balón cosido como una muleta para cuadrar al portero indefenso ante el remate del francés. ¿Cómo es posible, siendo croata?

Otro partido genial del pequeño Luka, cuyo recorte de hoy entronca con la dinastía del taconazo de Guti (jugada que también coronó Benzema: un terminador en piel de gato) y del regate de Di María a Puyol, y torerías por el estilo. Para ponerse líder del campeonato el Madrid recuperó precisamente el querido estilo vertical, el gozo de la zancada, la lujuria de la transición sin componendas debidas al ídolo azteca de la posesión. Llegaba el Madrid con prisa arriba, con tanta prisa por marcar el primero que Cristiano no quiso correr más y tiró a la salida del primer quiebro. De su rica panoplia esta vez desechó el misil teledirigido y eligió el mortero, el zapatazo Premier, empeine total, el golazo de toda la santa vida por la escuadra. Un gol difícil de ver en el Madrid que vuelve a argumentar la superioridad de repertorio a favor del luso y en contra de Messi, quien siempre mete más o menos el mismo gol, por más que sea un golazo.

Saciada la primera sed con la que salta al campo, no le importó a Cristiano ceder una falta a Bale, que se lo agradeció marcando con sutileza caballeresca. Bale mete una de cada dos faltas que tira, registro solo al alcance de Lee Harvey Oswald. El Betis intentaba levantarse de la lona pero la defensa del Madrid –¡albricias!– ha vuelto a soldar, y a la espera de sopletes ofensivos más fundentes no tuvo problemas para mantener la puerta a cero ni cuando Marcelo se quedaba arriba alisando las sábanas. Correcto estuvo Carvajal, Pepe puso otra piedra en el fiel de la fiabilidad que contrapesa sus episodios oscuros y Ramos se fue aplaudido del Villamarín, no solo por los béticos. Nacho cumplía hoy 24 y Carletto, que es un padrazo, le regaló unos minutos; me gusta Nacho por sobrio y porque va al balón dividido con decisión y limpieza, por lo que le suelen pitar la falta a favor. En las coberturas se aplicaba Di María, que está cumpliendo su penitencia a base de gol y sacrificio, y ya parece claro que será un jugador importante lo que queda de temporada. Al menos fuera de casa: el Bernabéu decidirá cuándo corta la soga que une al pecador al fardo ominoso que arrastra catarata arriba como Rodrigo Mendoza en La Misión. Marcó un golazo de empalme desde Rosario que levantó en su escaño (albi)celeste al padre Bartolomé de las Casas, el primer intelectual que creyó en la dignidad de los indios.

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19 enero, 2014 · 13:39

Kalashnikov y la culpa placebo

Y Mijaíl soltó su fusil.

Y Mijaíl soltó su fusil.

Un día de verano de 1865 el químico Alfred Bernhard Nobel descubrió la forma de estabilizar la nitroglicerina. De amaestrar las explosiones. Se tomó el empeño como algo personal, porque el año anterior su hermano Emil había volado por los aires experimentando con aquel líquido diabólico en la fábrica familiar. Alfred halló el modo de convertir la nitroglicerina en pasta transportable y de detonarla a voluntad. Y sobre todo, a distancia. Llamó a su creación dinamita, y la noticia de la patente –si me permiten el juego– corrió como la pólvora por toda Europa, haciendo a su creador inmensamente rico y llevándolo a fundar laboratorios de explosivos por medio mundo del mismo modo que en el siglo XVI una detonación espiritual había llevado a Santa Teresa a recorrer España fundando conventos.

Pero la dinamita no solo revolucionó la minería, sino también, como era de esperar conociendo al ser humano, la entrañable práctica de la guerra. Los ejércitos se aplicaron con lujuria al desarrollo de un nuevo armamento que permitía multiplicar exponencialmente el daño deseado al enemigo. Alfred Nobel, que era un hombre culto y un poeta frustrado, envejeció contemplando el uso letal que los hombres hacían de su invento, de manera que al sentir la ronda de la parca agarró un pedazo de papel, redactó su testamento y en él consignó su arrepentimiento como deben hacerlo los multimillonarios: destinando el grueso de su colosal fortuna al mecenazgo a través de unos premios que cada año distinguieran a los mejores exponentes humanos de la ciencia, la literatura y la diplomacia. Si su talento apadrinó la destrucción, su apellido patrocinaría la excelencia.

Medio siglo después, Julius Robert Oppenheimer dirigió con tanta brillantez el proyecto Manhattan que acabó ofreciendo al hombre la realización de un viejo sueño: el poder absoluto que da la aniquilación garantizada. Oppenheimer no era tonto y sabía lo que hacía: lo que aparecería sobre su mesa de operaciones si continuaba esforzándose en el parto. Pero se consolaba pensando que, conociendo al hombre, el engendro frankensteiniano –o einsteiniano a secas, en este caso– vería la luz de todos modos, y que lo mejor para la humanidad era que al incorporarse en la camilla la criatura llamara papá a los buenos y no a los nazis. Los buenos, sin embargo, acabaron subiendo a Frankenstein a un avión y soltándolo sobre Hiroshima y Nagasaki.

Al comprobar lo que pasó después, la piel de 140.000 humanos a un millón de grados centígrados, algunos de los participantes de la misión invocaron la razón patriótica o el deber marcial y nunca declararon problemas para dormir. Así Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, considerado un héroe nacional a todo lo largo de su tranquila vida posterior; o el tripulante Theodore van Kirk, quien sigue vivo y orgulloso. La dermatología es disciplina procelosa y hay pieles más duras que otras, ya se sabe. Otros, sin embargo, consagraron el resto de su existencia a concienciar al mundo contra la proliferación nuclear, como el propio Oppenheimer, que le dijo a la cara al presidente Truman que sus manos estaban manchadas de sangre. Claude Robert Eateherly, otro de los pilotos de la flota atómica, perdió el juicio y acabó recluido en un manicomio. Y el sacerdote que bendijo las bombas, George Zabelka, decidió partir de misionero a Japón tras la guerra y en 1984 peregrinó desde Tokio a Hiroshima para pedir perdón a los hibakushas, los supervivientes japoneses de las bombas.

Por los años en que Oppenheimer se afanaba en fisionar el núcleo de un átomo, un soldado ruso con talento para la ingeniería fue herido en el frente y destinado al taller con el encargo de diseñar un fusil de asalto de fuego rápido, material resistente, funcionalidad todoterreno, manejo sencillo y mecánica a prueba de atascos. En 1947 lo tenía terminado. Aquel soldado se llamaba Mijaíl Kalashnikov y decidió llamar a su criatura AK-47, acrónimo de Avtomat Kaláshnikov, modelo 1947. Acababa de nacer la herramienta favorita del ideal revolucionario, ese que llama lucha al ajuste de cuentas y emancipación al revanchismo. Son incontables las personas que en el siglo XX y lo que llevamos de XXI han caído bajo las balas escupidas con inmaculada eficiencia por el AK-47. Con 100 millones de ejemplares vendidos es el arma más utilizada del mundo, de África a Oriente Medio, de la selva tropical a las malas calles del este de Europa, y ha matado a bastante más gente que el invento de Oppenheimer, el cual a cambio las mata sin dolor: por evaporación instantánea.

Mijaíl Kalashnikov murió el pasado 23 de diciembre. Esta semana la BBC informó en exclusiva de la carta que la vieja gloria soviética, que había declarado su orgullo ante el hecho de que el AK-47 llegara a ser identificado con la causa abstracta de la libertad, envió a la Iglesia Ortodoxa Rusa para manifestar un íntimo sufrimiento moral: “Mi dolor espiritual es insoportable. Sigo haciéndome la misma pregunta sin resolución: si mirifle le quitó la vida a personas, ¿podría ser que yo sea culpable de esas muertes, aun cuandofueran enemigos?». Llevaba la misiva una temblorosa firma manuscrita. Un portavoz del patriarca Cirilo I ha tratado de calmar póstumamente la desazón de Kalashnikov enfatizando que cuando las armas sirven para defender la patria, la Iglesia Ortodoxa apoya a quienes las crearon. Para esa respuesta, que ya le había dado el Partido en forma de consecutivas condecoraciones, un hombre atormentado por el remordimiento no toma la pluma.

En su momento, el escritor Ian McEwan, autor de Expiación, no quiso alinearse con la crítica estándar al belicismo de la era Bush. Cuando un periodista le preguntó escandalizado que dónde estaba su pacifismo, ese que todo intelectual digno de tal nombre debe promover, el novelista británico contestó: “Yo sería pacifista si todo el mundo fuera pacifista”. Todo inventor de armas se consuela pensando que las hace para defender la civilización, para combatir la barbarie, para repeler el ataque y no para iniciarlo. Y lo cierto es que tiene razón, porque la libertad no es una realidad hegemónica sobre la tierra emergida, por desgracia. Con cualquier catecismo en la mano, ni a Nobel, ni a Oppenheimer, ni a Kalashnikov pueden imputárseles los crímenes perpetrados con sus inventos porque el pecado no está en el objeto sino en su uso. ¿Acaso no hizo progresar a la industria la dinamita, no llevó luz a los pueblos la energía nuclear, no disuadió al asesino el soldado de un país democrático bien equipado con su fusil?

Y sin embargo, en la contrición final de los tres inventores no hay nada superfluo. La facilidad con la que el intelectual, el hombre teórico, ha justificado la violencia por causas políticas se estrella contra el desasosiego irreductible del hombre práctico que diseñó las armas empleadas en el nombre de heroicas empresas. Nobel buscó la redención en el fomento del conocimiento y el arte; Oppenheimer se refugió en el activismo pacifista para calmar su conciencia; Kalashnikov pidió amparo a la religión.

Yo observo en estos tres remordimientos una expiación manifiesta a una acusación no formulada. Como se siente culpable el padre al que le sale un hijo traficante. Y puede que sea la peor de las culpas, la culpa placebo, porque todos te dicen que no eres responsable y te hurtan así el primer paso en el camino de tu curación.

(Publicado en Suma Cultural, 18 de enero de 2014)

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La reconquista

Una dinastía en marcha.

Una dinastía en marcha.

Pelé dijo tu nombre y bajaste la cabeza para que resbalara hasta el suelo la carga insoportable de la expectativa. Besaste a tu novia y subiste las escaleras pensando, ingenuamente, que serías capaz de contenerte. Pero esta vez no. Esta vez habían pasado demasiadas cosas. Ahí estaba Blatter, sin ir más lejos. Echaste el resto al tocar la brillante esfera, pero cuando tu hijo te abrazó ya no te quedaban fuerzas. Lo vio todo el mundo en cuanto te incorporaste: lágrimas como puños corriendo pómulo abajo libres como el alivio, líquidas como el deseo cumplido, incontrolables como el recuerdo de una vida consagrada a la propia superación.

“Es muy difícil ganar este premio”, dijiste a modo de excusa, aprovechando uno de los pocos segundos en que aflojó el nudo de la garganta antes de cerrarse luego definitivamente. ¿Desde cuándo lloran los comandantes?, podríamos preguntar con el manual del buen soldado en la mano. Pues desde siempre que se gana una guerra, señores. El buen soldado no llora en la derrota, sino cuando vuelve a casa con la misión cumplida.

Sobre todo si la misión es imposible. Nadie antes ha ganado un segundo Balón de Oro cinco años después de haberlo ganado por primera vez. Se entiende que los cuerpos empeoran con el tiempo, las habilidades menguan, las de otros más jóvenes o mejor relacionados se imponen. Solo hay una sensación más dulce que una conquista, y es una reconquista. En la reconquista llora el que pierde, como Boabdil, pero debe llorar más el que gana, porque recupera aquello por lo que lloró cuando lo vio perdido.

Irina lloraba también, llanto unísono de quien conoce las confidencias de mucho sacrificio derrochado y mucha frustración acumulada. Ella sabe lo que le importaba a Cristiano este premio y, como hemos dicho en las tertulias de Real Madrid TV, si le importaba a él también nos importaba a nosotros. Así que lloró Cristiano, antes lloró Pelé, lloró Irina, lloró la madre del premiado, casi llora Florentino y lloró mucho madridista enrabietado, deseoso del desquite oficial que supone, lo queramos o no, este galardón esquivo pero poderosamente mediático.

Descartando que tanta lágrima naciera exclusivamente de la visión del traje de Messi, quien por otro lado estuvo elegante reconociendo lo merecido de la elección, hay que señalar que el llanto sincero del triunfador ha humanizado una gala hasta ahora fría, impersonal, con un tufo indisimulable a comida precocinada. Este segundo Balón de Oro de Cristiano Ronaldo quedará en los anales del fútbol como un premio a la tenacidad insensata de un campeón que forzó los límites de la estadística hasta hacerla jirones para reclamar lo que era suyo y se le estaba escamoteando. Cuando rindes a tu burlador delante del mundo entero pero sobre todo ante los tuyos y ante tus rivales, si no lloras es que estás loco o has perdido las ganas de vivir. Ahora muchos entenderán mejor la personalidad sin dobleces de Ronaldo.

“No dije lo que quería decir”, reconociste después. Yo creo que no te hacía falta hablar. Pero luego, en zona mixta, diste la clave de todo con esta declaración: “Lo celebraré tranquilo, con la gente que me quiere. Tomaré un vaso de champán porque mañana hay que madrugar para entrenar”.

(La Lupa, Real Madrid TV, 16 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 56:00.

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