Alguien dijo que escribir en periódicos es llevar cada día flores a nuestra propia tumba. Como los hombres que fuimos, como las mujeres que amamos, los artículos de prensa están por naturaleza excluidos de toda participación en el mañana. Y ahora que nace noviembre parece más difícil creer en la inmortalidad de un oficio que tanto tiene de oficio de difuntos. Pero no porque las flores se marchiten dejamos de regalarlas, y no porque las frases caduquen al paso frenético de la actualidad renunciaremos a extraerlas del cerebro o a bombearlas desde el corazón en la esperanza de que el lector unte nuestra idea en la tostada y trasiegue una metáfora con el café.
Hubo un tiempo, desde los Reyes Católicos hasta el último de los Austrias, en que la hegemonía cultural del mundo se disputaba en las plazas barrocas de Roma. Esa competición política a través de la belleza la ganó España durante tres siglos, para frustración de Francia, la otra gran potencia católica. La huella española en la Ciudad Eterna es profunda y bien conocida: desde la majestuosa escalinata que conecta la iglesia de Trinitá dei Monti con la embajada ante la Santa Sede hasta la Academia Española en Roma, con sus codiciadas becas para artistas, de la que este año se cumple siglo y medio. Entre otras muchas improntas debidas a la Monarquía hispánica, que no en vano asumió el liderazgo imperial de la Contrarreforma, con Ignacio de Loyola a la cabeza.
No es habitual que el gran creador coincida con el teórico sutil. Pocos escritores son minuciosamente conscientes de la fórmula literaria que ponen en práctica, de sus deudas y su novedad. Italo Calvino pudo hacerlo porque se apoya en el punto de equilibrio entre clasicismo y vanguardia. Su obra crítica versa a menudo sobre el primero, pero la originalidad de sus narraciones bien merece la etiqueta de experimental.
Calvino resolvía la aparente contradicción citando a Raymond Queneau: «El clásico que escribe una tragedia observando cierto número de reglas que él conoce es más libre que el poeta que escribe lo que le pasa por la cabeza y que es esclavo de otras reglas que ignora». Frente a los tópicos de un romanticismo trasnochado, nuestro ensayista sabía que el respeto a la estructura permite la libertad. Sus ficciones son artefactos perfectamente medidos, pero causan un efecto de improvisada ligereza que disfrazan de juego el significado.
El más leído de nuestros novelistas no habla nunca de escribir novelas: habla de hacerlas, con orgullo fabril. Esa consumada artesanía se aquilata ahora con El problema final, la feliz incursión en el género detectivesco clásico de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), que enreda al lector en un juego perverso y elegante de la mano de un Holmes conradiano y un Watson español. Una novela magnética, técnicamente perfecta, que envasa la nostalgia no como una queja amarga sino como un aroma delicioso. Un retorno a la inocencia.
Todo escritor tiende a pensar que su último libro es lo mejor que ha escrito. ¿Cuál es su listón interior, esa obra de referencia con la que se mide cada vez que se pone a escribir una nueva?
Una novela corresponde a un momento y a una intención. No hay mejor novela como tal: cada una responde a lo mejor que puedes o quieres hacer en un momento dado. El club Dumas (1993), por ejemplo, es una buena novela. El pintor de batallas (2006) es mi novela, digamos, más seria, más densa, más importante como novela. Pero cada novela me pide el momento en el que está escrita, así que no puedo decir si una es mejor o peor. Quizá mejor técnicamente sí, pero tu mejor novela no es tu última novela. Hay autores que están muertos y no lo saben, los mataron los lectores o ellos mismos se suicidaron hace años y no se dan cuenta. Por eso es tan importante estar pendiente de los lectores. Pero no de los amigos, que nunca te dicen la verdad. Hay que salir fuera, mirar librerías, no encerrarte, mirar cómo te ven y darte cuenta de cuándo el lector, que es el juez auténtico, empieza a aburrirse de ti. Cuando un escritor dice «Oye, es que a mí el público me da igual», o miente o no se entera. Porque el público es tu espejo. Aunque el lector de verdad no enjuicia una novela sino una obra en su conjunto.
De Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925-Madrid, 1969) conocíamos sus cuentos, encaramados con razón a lo más alto del canon narrativo no ya de la Generación del 50 sino de las letras españolas del siglo XX. Pero esta lujosa edición de sus cuatro novelas a cargo de Hipólito Esteban Soler reafirma y amplía la talla literaria de quien fue quizá el escritor mejor dotado de su tiempo junto con Ferlosio, y al que solo una muerte prematura privó de cuajar una obra más imponente.
Hace siglo y medio nació quizá el prosista más elegante de la lengua castellana, en palabras de Mario Vargas Llosa. Que el Nobel peruano dedicara su discurso de ingreso en la Real Academia Española al elogio de la obra de José Martínez Ruiz puede causar extrañeza, tratándose de un arquitecto de catedrales narrativas en el caso del estudioso y de un decorador de interiores semánticos en el caso del estudiado. Pero la materia del arte literario al cabo es una y la misma: las palabras. Y muy pocos las han manejado en nuestro idioma con la devoción y la pureza de Azorín. De ahí que don Leopoldo Alas, crítico senatorial de las revistas de entonces, saludara la irrupción finisecular del rebelde Martínez Ruiz con esta sentencia: «Entre las pocas cosas que respeta está el castellano».
A finales de noviembre de 1781 la tripulación del Zong, propiedad de un sindicato negrero de Liverpool que cubría la ruta entre Ghana y Jamaica, tomó la decisión de arrojar por la borda a 142 esclavos africanospara poder cobrar el seguro de 30 libras por cabeza que la póliza estipulaba, alegando que así salvaban el resto de la mercancía: otros 300 esclavos. El primer día arrojaron a 54 mujeres y niños; el segundo, a 42 varones; en los días sucesivos se deshicieron de varias decenas más. Una vez en Jamaica los tripulantes del Zong reclamaron la compensación por la pérdida. Si se celebró un juicio llamado a sacudir las conciencias del sedicente siglo de las luces fue únicamente porque la aseguradora se negó a pagar.
Dicen que a Madrid le falta un icono incontestable. Que carece de un anfiteatro romano, una torre de hierro puntiaguda, un puente colgante sobre un caudaloso río o una sirenita de bronce posada sobre una piedra. Pero cualquiera que acceda al Campo del Moro por el paseo de la Virgen del Puerto dejará de buscar alternativas a la imagen más elocuente y poderosa de la capital. Allí, dominando la cornisa de poniente que desciende entre los parterres del jardín hasta más allá de la fuente de las Conchas, se alza la milenaria sede de la historia de Madrid, que es la de España. Allí erigieron los árabes su fortaleza fundacional en el siglo IX, relevada por el alcázar de los Austrias, sustituido con los Borbones por el palacio real más grande de Europa occidental.