Archivo de la etiqueta: Genios absolutos

Nadal no es español

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Quién es la némesis de quién.

Quizá sea Rafael Nadal el único español que merece el retrato de un genio muerto. Nadal aún está con nosotros, pero ya no viven los pintores que habrían podido dar a su figura la posteridad que reclama. Un Romero de Torres, un Zuloaga o ese Sorolla que un día, viajando por la conmovedora melancolía de Castilla, anotó: «Las cosas adquieren aquí un vigor extraordinario. Una figura en pie en esta gran planicie toma las proporciones de un coloso». Nadal no es castellano, pero sobre la meseta acotada de una pista de tenis se antoja el coloso vertical, sobrehumano, de Sorolla.

Tampoco vive ya David Foster Wallace, que en 2006 elevó la rivalidad Nadal-Federer a categoría antropológica: «Nadal es la némesis de Federer. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del Norte. Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo».

Pero si Nadal es el mejor deportista español de la historia no es porque cumpla los tópicos idiosincrásicos de los que ni siquiera el talento de DFW se salvó, sino porque los ha negado minuciosamente. Nadal no es una masa armoniosa de músculo con un corazón latino de sangre caliente pegado a la piel: es sobre todo una mente poderosa y maquinal, que cursa órdenes precisas a sus extremidades y que no consiente que las circunstancias alteren el rigor imbatible de su mecanismo. No es el espartano estereotipado: ejecuta sus exclamaciones como un ingeniero planifica desagües a la tensión generada en la expectativa previa al golpeo.

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29 enero, 2017 · 10:53

El hereje y el negociante

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Comercia como un marsellés o guerrea como un astur.

Dicen que la relación del PSOE con el PSC es el único puente que va quedando para unir España con Cataluña, valga la redundancia. Pero aunque un caderazo de Iceta en plena conga echara abajo ese puente, todavía quedaría en pie otro mucho más sólido, que es el clásico. La rivalidad entre Real Madrid y Barcelona tiende una pasarela de cemento por la que circula fluidamente la historia viva del fútbol español, zurciendo dos veces por año la trama de afectos con esa variante nuestra del enamoramiento que es el antagonismo. Necesitan tanto ganarse entre sí que mientras sigan enfrentándose no cabe preocuparse de que la independencia se salga de los estrictos márgenes de la ficción.

Esta semana pasé por Barcelona, maravillosa ciudad, pero en cuyas tertulias al parecer escasean los madridistas. No se trataba tanto de defender a Zidane, que se defiende solo tras un grueso colchón de seis puntos, como de comparar su inquebrantable sosiego con el desabrido triatleta que baja de Covadonga en cada rueda de prensa. «Es que Luis Enrique vive cómodo en el conflicto. Cuando jugaba ya nos reconocía que nos odiaba», me explicó un periodista de allí. Tratándose de Cataluña no insistiremos en la rentabilidad de los conflictos crónicos, pero este caso es distinto. Luis Enrique es un culé heterodoxo, un hereje del cruyffismo que ha despoblado el centro del campo y ha legitimado el contraataque. Sabe que sólo le sostienen los títulos, o sea, Messi. Y ha de ser duro depender del capricho de un genio afásico.

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4 diciembre, 2016 · 21:59

Bob Dylan contra el pueblo

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Y además, Dylan también ha escrito.

Que Bob Dylan gane el Nobel de Literatura parece la última victoria del populismo, que conquista el corazón más frío de la élite: la Academia Sueca. Al lado de este cónclave de exquisitos, el Vaticano de Bergoglio se antoja un comité federal del PSOE. Y sin embargo sus fallos anuales imantan la atención del planeta como ninguna cita electoral lo lograría, salvo si se produjese en Corea del Norte. Lo habitual es que nada atraiga tanto la curiosidad de la plebe como los usos más rancios de la aristocracia, norma que durante siglos han observado con lucrativo escrúpulo los novelistas, los dramaturgos y los editores del corazón. Pero los tiempos están cambiando, según cantaba el agraciado, y vivimos unos en que las élites deben fingir que se interesan por el pueblo, razón que explica que Donald Trump compita por la presidencia de la primera democracia surgida de la Ilustración. Que los académicos suecos quieran hacerse perdonar su olimpismo distinguiendo al gran icono vivo de la música popular expresa perfectamente el signo horizontal, demofílico y gatopardesco de nuestra era.

Y, sin embargo, está bien que Dylan haya ganado el Nobel. Asumo demasiado riesgo en esta defensa, porque España es un país que no deja mucho espacio entre el cuñado sentimental y el esnob genialoide. Y si el primero celebró ayer el galardón a pecho limpio, el esnob de red social tardó segundos en rasgarse la túnica inconsútil de su excepcionalidad, que no puede tolerar la coincidencia con el sentir general, y por ello inferior. Y es verdad que Dylan no necesita abogados como cantante pero sí como escritor.

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Mi videocomentario en COPE sobre el Nobel a Dylan, con todos los matices convenientes

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14 octubre, 2016 · 10:56

En el café de los existencialistas

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Vino, rosas y existencialismo.

Tiene Sarah Bakewell el raro don de la oportunidad filosófica. Si su laureado Cómo vivir. Una vida con Montaigne respondía a una intuida nostalgia del yo íntimo en tiempos de ruido identitario, esta cálida reivindicación del existencialismo repone el anhelo de libertad radical en los asfixiantes escaparates del pensamiento único. Porque eso fue el existencialismo, un hondo grito libertario, si aceptamos el axioma de Sartre según el cual la existencia precede a la esencia. Nada nos determina. El hombre es arrojado al mundo y debe construirse decisión a decisión, lidiando con la ansiedad que provoca la conciencia implacable de la responsabilidad personal. Fue esa ansiedad, preconizada por Kierkegaard, la que propaló un aura fúnebre de jersey de cuello alto lucido por extranjeros espirituales. Nada más lejos, al menos en la escena francesa. Los existencialistas fueron trasnochadores libertinos y carismáticos que exprimían la vida de café y boîte sin entrar en contradicción con sus tesis sino por coherencia con ellas, y así los retrató el espumoso Boris Vian.

Demuestra Bakewell que el rigor no excluye la amenidad. Un grato instinto anglosajón para lo comercial -aunque la cubierta promete más sexo del que el libro da- sostiene el pulso ensayístico de la autora, alentado por un tono confesional en primera persona mediante el que la Bakewell madura se enfrenta a los ídolos intelectuales de su juventud inquieta. Se trata de hacer una relectura personal, alejada del academicismo de una monografía o una biografía, aunque cada afirmación está documentada en los apéndices. El jugoso anecdotario -del puñetazo de Koestler a Camus a la adicción al Corydrane de Sartre- contribuye a avivar el fresco.

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10 octubre, 2016 · 16:06

Noventa ‘minuti’

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Albert Einstein explicando el espíritu de Juanito.

No sabemos si Einstein era hincha del Madrid, pero podemos demostrar científicamente que el Madrid es el equipo que mejor aplica la teoría de la relatividad. Desde que Einstein vinculó la percepción temporal a la posición en el espacio, los partidos de fútbol en el Bernabéu dejaron de durar los 90 minutos reglamentarios más el descuento y se alargan lo que haga falta hasta que el equipo de casa marque un gol. O dos. Y esto ocurre no por culpa de un árbitro poco preciso, como alegan los resentidos con osadía absolutamente anticientífica, sino en función de las dos variables descritas por la ortodoxia einsteniana: velocidad y gravitación.

La dilatación por velocidad se produce cuando los jugadores del Madrid, viendo que se les escapa el partido en presencia de su afición, se ponen a correr todo lo que no habían corrido durante la hora ya transcurrida. Si eso no basta, Zidane interviene desde fuera mediante cambios de refresco que aceleren la ecuación ganadora. En cuanto a la dilatación temporal por gravitación, esta depende más del talento concreto que algunos futbolistas despliegan sobre el terreno: la fuerza gravitacional de Cristiano o Modric suele ser determinante en estos trances.

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DEBUT de mi nueva sección en La Linterna de COPE: cada viernes a las 22.15 ajustamos las cuentas políticas de la semana en El bueno, el feo y el malo

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18 septiembre, 2016 · 11:55

La eternidad de un día

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Peter Altenberg en su Café Central de Viena.

Auguramos a este libro un exitoso recorrido por las bibliotecas de los periodistas patrios, algunos de los cuales ya han saludado su publicación como un pequeño acontecimiento editorial. No deja de tratarse de una antología de artículos de periódico, pero la nómina de los autores abruma por su categoría, y los nombres menos conocidos en absoluto desmerecen la compañía de los más canónicos. Hablamos de las plumas alemanas más conspicuas de finales del XIX y principios del XX: Heinrich Heine, Karl Kraus, Joseph Roth, Stefan Zweig, Thomas Mann, Hermann Hesse, Robert Musil, Alfred Döblin o Walter Benjamin. Pero también de Alfred Polgar, Peter Altenberg o Egon Erwin Kisch: escritores que elevaron el género del folletín a una condición plenamente literaria, reuniendo la filosofía con la amenidad, el costumbrismo con la denuncia, el yo con el nosotros. La eternidad y el día: deshacer en el folio cotidiano este bello oxímoron debería ser la tarea del articulista ideal.

El género francés del feuilleton (“hojita”, “suplemento”) lo inventa el Journal des Débats cuando el 19 de febrero de 1800 adjunta a su edición un cuadernillo con noticias ligeras y críticas de espectáculos. La buena acogida de los lectores acabó provocando que los contenidos del suplemento se incorporaran a la propia edición del periódico, bien que separados por una línea en portada que marcaba la diferencia tipográfica entre el rigor de la información y las licencias del entretenimiento (siglos después internet vendría a desbaratar para siempre esta noble distinción). Desde Francia el folletín se extendió por todo el periodismo europeo, recalando con especial éxito en Alemania y en la propia España. Aquí los llamamos columnistas, pero Larra no era más que un folletinista a la francesa, y la estirpe de opinadores con vocación de estilo que de él arranca resulta, a la vista de este volumen, menos endémica de lo que pensábamos.

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2 agosto, 2016 · 20:23

PSOE: una distopía

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Einstein calculando la vida del PSOE.

Einstein no anticipó la III Guerra Mundial, pero sabía que en la IV se lucharía con palos y piedras. No sabemos quién será el causante de las terceras elecciones, pero nos tememos que a las cuartas concurrirá directamente la CEDA contra el Frente Popular, si es que no se presentan Cánovas y Sagasta o los partidarios de la Beltraneja versus los de Isabel. Tal es la infame regresión que experimenta la política en España, y en realidad en toda Europa.

No es necesario haberse tragado a un adivino para ensayar algunas conjeturas verosímiles, partiendo del hecho entrañable de que España ha vuelto a partirse en dos bloques simétricos de mutuo rechazo. Por la izquierda, el 26-J certificará el sorpasso en votos y escaños de la alianza radical-populista sobre una socialdemocracia desalentada. Esa misma noche los albaceas del naufragio agradecerán a don Sánchez los servicios prestados. Decir que Iglesias será presidente es una exageración, porque de él se exagera todo, hasta la riqueza que piensa redistribuir, cuando la especialidad de esa casa siempre fue el reparto de la ruina. El PSOE jamás votará sí a la investidura de Iglesias por repugnancia personal, incompatibilidad programática y orgullo partidista. O bien Iglesias, aun ganando, entrega al PSOE la Presidencia a cambio del poder real en la coalición, o bien el PSOE se abstiene para que Rajoy emprenda una legislatura minada. En la oposición, Susana Díaz pugnará por evitar lo inevitable, que es la escisión de las dos almas socialistas: la moderada emigrará a C’s y la nostálgica del puño en alto será bien recibida en Podemos. Con el tiempo la sigla pervivirá como fuerza regional en Andalucía, Castilla, Extremadura. Y en España quedarán tres partidos nacionales: derecha, centro e izquierda. PP, C’s y Podemos. Nunca hubo mercado para cuatro, la verdad.

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20 junio, 2016 · 11:32

Bienaventurados los fieles

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«¡Ramón, que no fue en Lepanto!»

La fidelidad al propio estilo es una norma de gran prestigio entre los aprendices de escritor, entre los trompetistas de jazz y entre los equipos de fútbol que profesan el tiquitaca. En cambio los economistas, con Keynes a la cabeza, son más partidarios de adaptar su opinión a las circunstancias; por no hablar de los profetas de la nueva política, en la que la coherencia está tan valorada como la castidad en un Erasmus. Y sin embargo en ocasiones los fieles acaban heredando el reino de los cielos, o al menos los octavos de final de la Eurocopa. Y con el liderazgo del grupo casi asegurado.

España fue idéntica a sí misma en todo menos en su frustrante unocerismo. Contra los turcos los goles les fueron dados a los españoles en pago de su sostenida ejemplaridad. Morata fue Villa al fin, vio premiado ese fútbol suyo hecho de voluntad y ángulos rectos, torpe y generoso como un pívot, agónico como un Sánchez Vicario del remate. La habilidad la pone Silva, la profundidad es cosa de Alba y Juanfran, la seguridad viene blindada por Busquets. Qué decir de Piqué, que cerró una modélica primera parte subiendo a la boca de gol. Pero es que todos estuvieron bien contra una Turquía que no era precisamente la que mancó a Cervantes, digámoslo todo.

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18 junio, 2016 · 13:12