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Entrevista a Jorge Bustos en El Minuto 7

Bustos haciendo el narciso en un plató.

Bustos haciendo el narciso en un plató.

 1)      En tu biografía de Twitter se lee: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar” ¿Te ha perjudicado en tu vida ir a contra corriente?

R- Veamos, no he sido perseguido por la ndrangueta, y ni siquiera por Bildu. Como mucho habré perdido unos puñados de followers y quizá un empleo de los que exigen obediencia debida. Estoy en paro, y si esto sigue así quizá cambie la bio del avatar, a ver si pillo moqueta. Sucede que las multitudes me repelen.

2)      En el estereotipo imaginativo de la multitud, el periodista escribe su artículo con un cigarrillo esquinado en los labios, un vaso de whisky y con la radio de fondo. ¿Cómo y cuáles son las condiciones ideales para Jorge Bustos?

R- Como ideales, una casa solariega con amplios ventanales sobre un acantilado cantábrico, en Donosti o en las Rías Baixas, donde pegara fuerte el mar. De momento he de conformarme con mi estudio madrileño del Barrio de las Letras, gélido en invierno y fundente ahora, donde tecleo en gayumbos bajo el fuego cruzado de dos ventiladores. Antes fumaba y bebía, ahora soy Pascal en una habitación (excepto cuando salgo). Los estereotipos ya no son lo que eran.

 3)   ¿Si un joven estudiante apasionado de periodismo te pide consejo, le motivarias a estudiar esa profesión o le dirigirías a algo diferente y quizá con más futuro? Y tú, si debieras volver a empezar, ¿harías los mismos estudios o dirigirías tu carrera por otros caminos?

R- Si ese estudiante es un verdadero apasionado del periodismo, de poco servirá que yo le advierta de la ciénaga ruinosa donde se mete, en la cual de todos modos a veces crece una amapola. Yo le diría que leyese a los clásicos de todo tiempo y lugar, que yo descubrí en Filología, pues no estudié Periodismo gracias a Dios. Hoy elegiría Barcenología directamente, como carrera orientada férreamente al beneficio.

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18 julio, 2013 · 15:22

Pep y la Escuela de Frankfurt

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta que publiqué el 18 de enero de 2013 a cuenta de la elección bávara de Pep Guardiola, quien fue presentado ayer como técnico del Bayern de Múnich. Los organizadores de la referida presentación se inspiraron en las bellas sesiones polifónicas del Senado español, donde toda oprimida identidad periférica encuentran satisfacción a su anhelo libertario por la vía del pinganillo de Babel. Sin embargo, durante la comparecencia de Pep no se planteó la verdadera pregunta, que no es si Alemania le va bien al estilo de Pep, sino si Pep le va bien al estilo de Alemania. Dada su pertinencia, por tanto, replanteo la cuestión candente]

Y Pep vino pa' Alemania.

Y Pep vino pa’ Alemania.

 Un español de nuestro tiempo normalmente emigra a Alemania tras un año en paro, pero Pep Guardiola lo hace tras un año sabático, y este privilegio ciertamente le resta españolidad más eficazmente que su publicitada voluntad de circunscripción al pequeño país del nordeste. Si Pep no es español, es porque tiene dinero bastante para tirarse un año en Nueva York pisando las huellas de otros iconos populares como Sinatra o Warhol; pero sobre todo, porque además tiene ofertas de trabajo.

Se desatan en esta hora sesudos debates futbolísticos –valga el oxímoron– sobre el acierto de la decisión guardiolana. Se dirime si este Bayern de Múnich ofrece arcilla de suficiente calidad al demiúrgico molde táctico de Guardiola. Se discute la idoneidad de Alemania para Pep, y a nadie se le ocurre sospechar de la idoneidad de Pep para Alemania. Por muy buen entrenador que aseguran que es Pep Guardiola, a uno le parece desproporcionado tomar del ronzal a un país hecho y derecho como Alemania –presidido por una mujer de firmeza masculina– y pasearlo ante Pep –que es un hombre de delicadeza femenina– del mismo modo que se pasea a un caballo dudoso en el paddock ante los apostadores, subordinando todo un Estado federal al capricho de un solo individuo, si bien hemos de convenir en la histórica propensión de los teutones al mesianismo. A uno todo esto le evoca las reservas que en Chesterton suscitaban los abusos del capitalismo yanqui:

—El hombre no se pregunta como correspondería: “¿Deberían tolerar los hombres casados ser asistentes de un comercio moderno?”, sino que se pregunta: “¿Deberían casarse los asistentes de comercio?” La inmensa ilusión del materialismo se ha visto coronada por el triunfo. El esclavo no se pregunta: “¿Me merezco estas cadenas? Sino que, muy ufano, se pregunta científicamente: “¿Soy lo suficientemente bueno para estas cadenas?”

Esa del materialismo es acusación proverbial que pesa sobre el carácter catalán, mientras que el idealismo trascendental tuvo cuna alemana. En consecuencia, y desvelando mi propia opinión sobre el sensacional caso de la migración alemana de Guardiola, observo un matrimonio perfecto de identidades opuestas en donde la severidad espiritual del país de Merkel casa con el pragmatismo mujeril del esbelto Pep como casan el hambre y un cocido, la lujuria y el burdel, el paro y la nómina. Además, el de Sampedor tendrá allí a mano a mi tocayo Jürgen Habermas –no confundir con Jürgen Klinsmann–, el último epígono de la Escuela de Frankfurt que postula la recuperación del proyecto ilustrado. Ya estoy viendo a Pep y a Jürgen, hundidos en sillones de oreja, señalando las fallas del programa kantiano en un vibrante diálogo patrocinado por Deutsche Bank.

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La indiscutible españolidad de Andrés Iniesta

Debió marcar él el gol del Mundial porque no hay nada más parecido a España que Iniesta. Iniesta es una paradoja tremenda: un individualista de equipo, un centrocampista moderno con fisonomía antigua, una estrella sin telegenia, un gran jugador de estatura irrisoria, un pueblerino de renombre mundial, un madridista culé. Para explicar a Iniesta habría que sustituir en las tertulias deportivas a tanto aforista de mondadientes por Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías y otros historiadores que han coincidido en lo complejo, lo ambivalente de España. También a Iniesta se le ha cargado con una leyenda rosa de aculturado modélico en los valores masíos y con una leyenda negra como de hermano pequeño de Pascual Duarte labrándose en Barcelona una reputación de Pijoaparte.

Ambas son falsas, claro. Iniesta fue un prometedor esqueje albaceteño –un brote decididamente verde– trasplantado en La Masía a los doce años que floreció más allá de lo concebible en lo futbolístico, pero que jamás dará la talla dramática en el belén bufo del redentorismo catalán más que como zagalillo invitado. El bueno de Andrés lleva el pancismo manchego pintado en la cara, y hace el ridículo cuando trata de hablar en catalán o defiende el derecho a decidir del nordeste peninsular. Es como meter a Maritornes en la cocina de Ferrán Adrià. Pero Guardiola, con esa sensibilidad tan suya para eso que los cursis llaman relato, se apresuró a celebrar sus goles decisivos como la obra artesanal de un hombre sencillo, sin tatuajes ostensibles ni damas aparatosas esperando en el reservado. El lindo Pep intentaba forjarle la más sofisticada de las leyendas, que es la de la sencillez, pero yo creo que si Iniesta no se serigrafía los antebrazos ni va petando los jacuzzis de escorts es porque toda la fantasía se le agota en el regate corto y el pase electrizante.

En el ángulo opuesto, hay quien no le perdona que no se haya revelado contra el tiquitaca, y esto es injusto. A Iniesta le ha perjudicado mucho la admiración de Ángel Cappa, al modo en que el refrán árabe lamenta que los necios nos humillen con su elogio, pero lo cierto es que su juego encajaría igual de bien en el Barça que en el Madrid, en River Plate que en el Rapid de Viena, porque a ningún equipo le sobra la habilidad. Ahora el fútbol, como el periodismo, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin un despliegue prolijo de cartabones y pizarras, de la misma manera que un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Al fútbol entre otros de Iniesta lo tildó Guardiola de izquierdista, pero yo creo que el número 6 de la Selección se conduce por el campo con la independencia de criterio del cura Merino: cuando no está sorteando emboscadas, está tendiéndolas. En todos los partidos de todas las ligas se producen emboscadas puntuales y pocos como el mágico monaguillo de Fuentealbilla saben salir de espacios achicados con recursos más baratos y eficaces. Los rivales se hartan de que se escurra siempre y acaban zancadilleándole, como pasó el otro día en el debut de España en la Copa de Confederaciones contra la pendenciera Uruguay.

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24 junio, 2013 · 10:49

España. Mi verdad

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

 [Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, el artículo que publiqué en La Gaceta el 3 de julio de 2012 bajo el título «España. Mi verdad». La Selección acababa de ganar entonces su tercera Eurocopa aplastando a Italia en una comodísima final. Ayer, en otra comodísima final, la Selección sub 21 —nos negamos, claro, a transigir con el sonrojante apelativo de La Rojita, cuya mera pronunciación agita en su tumba al fantasma de sor María, hasta que termine incorporándose y dejándose caer por los alrededores de La Masía en busca de nuevos bebés que robar a las categorías inferiores del tiquitaca— ganó el Europeo celebrado en Tierra Santa, como santos son algunos porteros y ningún entrenador. Naturalmente nos alegramos de ambos triunfos, pero si en 2012 no creí inconveniente matizar con alguna reflexión esa parte grosera que alienta en toda euforia colectiva, ahora tampoco. Escucho los prontuarios de ética urgente que improvisan esta noche los locutores, releo el primero de los argumentos escritos hace un año y la verdad, no creo que el texto haya perdido toda su vigencia]

Pero claro que nos rompimos los hombros abrazándonos a cada gol de la Selección, señores, cómo no íbamos a hacerlo. Es España, después de todo, mis amigos y yo nacimos allí. Ahora bien. La hora de la victoria es muy traicionera, es resbaladiza y psicotrópica y calienta los hocicos y desata las lenguas con una eufórica facilidad de la que a menudo nos terminamos avergonzando. Por si esa vergüenza redentora no llegara, vamos a identificar modestamente los argumentos que deberían generarla sólo minutos después de concluido el atroz protagonismo de Reina.

—“Son un equipo de chicos normales. Buenísima gente. Sencillos y humildes”. Esto es una perversión lógica muy propia de un pueblo de moralistas. La excelencia profesional no sirve, debe revestirse de honorabilidad. No vale con jugar muy bien al fútbol, se tiene además que dar ejemplo a los niños. Yo no creo que los chicos de La Roja sean sencillos, sino simples, que es lo que son los futbolistas en general. Pinchan el bendito perreo de Pitbull en el bus, no las dodecafonías de Schönberg, y leen el Marca, no la Ética de Spinoza. Son humildes si entendemos por humildad la de Clooney cuando al acercarse a la valla en Cannes le roza la mano a una groupie sin calzarse antes unos guantes de látex. Son gente simple pero excepcionalmente habilidosa, y eso debería bastarnos. Que no nos baste prueba el arraigo de lo religioso en el sapiens sapiens y los siniestros taquillazos que cosecha la Marvel.

—“Pan y circo. Con la que está cayendo. Nos distraen con una pelota pero mañana el paro seguirá igual”. Esto no es demagogia, es oligofrenia. Hemisferios cerebrales dotados con cicatería de tendero de posguerra. Lo carnavalesco, lo que Bajtín definió como subversión folclórica del orden establecido es el fundamento mismo de la civilización. Un pueblo que celebra la eficiencia acaba poniendo Europa perdida de checas y campos de concentración. Un hombre que se arroja al botellón cuando baja la prima de riesgo está a punto de romper en Breivik. Los concejales de festejos en este país lo saben bien: se puede vivir sin Estado de Bienestar, pero no sin Sanfermines.

— “Cuando la final de la Eurocopa terminó, los incendios de Valencia todavía estaban allí”. Es una variante de lo anterior que debemos a Ignacio Escolar, el Gramsci de Torresandino. Intolerable ver a Rajoy en Kiev en vez de en Andilla o Cortes de Pallás. Soplando.

—“Los políticos deberían aprender de La Roja. En especial de la sensatez de Del Bosque”. No nos volvamos locos. Los políticos deberían aprender de los buenos políticos, no de sanos muchachos que le dan gloriosamente a la pelota y que, salvo Xabi Alonso, responden con un conmovedor “no entiendo de esas cosas” cuando les preguntan por el rescate. Del Bosque es un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, el que recibe no uno ni cinco talentos sino dos –y al menos saca otros dos–, pero no multiplica panes ni peces, que es lo que se le exige al refundador del euro.

—“Los jugadores, que ya son indecentemente ricos, deberían devolver la prima, con la que está cayendo”. Y los propietarios no deberían escriturar sus casas por encima de su valor, ni los tertulianos prodigarse en cenas de gañote. Y así.

— “La Selección simboliza el triunfo de la unidad en la diversidad”. La Selección simboliza el triunfo, a secas. El picapleitos de Los Simpsons, Lionel Hutz, imagina un mundo sin abogados –un corro multirracial entrelazándose bajo el arco iris– y de inmediato le sacude el espinazo un escalofrío como nos lo sacude a nosotros. En ese vestuario no son todos amigos ni falta que hace. Algunos ni se tienen por españoles, aunque se silencie para que el venero periodístico del Whatsapp no se seque. Unidad, la justa para pasar y recibir pases. Y bien está.

— “Celebremos la victoria”. No sería estrictamente preceptivo celebrar las victorias de ese modo obvio, organizado y mostrenco que postula autobús, fuente y un micro en manos de Reina. La alegría si no es espontánea suele ser desviación de fondos reservados. Por otro lado, celebrar victorias incurre en el pleonasmo. En lo vulgar. Lo distinguido sería celebrar las derrotas y encerrarse voluptuosamente en casa cuando lo ganamos todo aparatosamente.

Ninguno de estos ratoneros mantras en circulación resulta inesperado. España es la nación más vieja de Europa, se dice, y será verdad. Por eso mismo es tan predecible y por eso mismo es una nación tan cansada, piel de toro amenazada de cuarteamiento donde marca Abel y critica Caín, y esto es lo que más nos gusta de ella, porque disfrutamos dos veces.

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