Hay personas descubriendo ahora que en el Real Madrid manda Florentino Pérez, y todo apunta a que Xabi Alonso es una de ellas. Su proyecto necesitaba paciencia, pero olvidó que la paciencia no es la marca de la casa más laureada del fútbol mundial. Quien desee ejercitarse en la paciencia antes que en la acumulación bulímica de títulos lo mejor es que se haga del Atleti, donde reina una calma geológica gracias a la figura del entrenador vitalicio. Dinástico incluso, si aguardamos pacientemente a la retirada de Giuliano, que activará la sucesión al trono de su padre.
Concedamos que tanto Vinicius José Paixão de Oliveira Júnior como Lamine Yamal Nasraoui Ebana son dos jugadores desequilibrantes. El romanticismo propagó la especie de que toda personalidad desequilibrante aloja un desequilibrio interior que vuelca hacia afuera, de tal manera que el artista desequilibrante esconde a un individuo desequilibrado. Yo no creo que eso sea cierto ni en el arte ni en el fútbol, valga la redundancia. Los temperamentos neoclásicos opinamos que la mitomanía del malditismo ya ha hecho demasiado daño como para que sigamos prestándole crédito, pero tenemos que reconocer que la doctrina del genio turbulento o del enfermo sublime no ha perdido poder de sugestión. Y para demostrarlo no hace falta remontarse a Maradona: nos toca más de cerca Morante.
El plan era desquiciar a Vinicius. Pero fue Courtois quien desquició a ese sector anacrónico de la afición por el que Simeone siente una gratitud culpable. El mejor portero del mundo se fue al Madrid a ganar las Champions que el Atleti le negaba, y eso irrita por igual al ultra y al míster. Que el salvaje trate de buscar coartadas a su salvajismo manoseando el pringoso concepto de provocación delata el atraso moral de la porción menos brillante de la especie; pero que el técnico mejor pagado del mundo acuda a negociar el grado de violencia que resulta aceptable en el Metropolitano y termine aplaudiendo a sus encapuchados al término del partido y justificándolos en rueda de prensa debería abochornar a cuantos atléticos aspiran a competir con el Madrid de poder a poder, no bajo un síndrome psicológico de guerrilla lacandona.
Al presidente no le gusta la poesía. Todos recordamos el día en que se refirió a Albert Camus como «aquel viejo poeta argelino». Lo cierto es que no dio ni una: Camus era de nacionalidad francesa, escribió novela, drama o ensayo y murió joven. En otra ocasión se plantó en Collioure y habló de la «cuna soriana» de Machado, cuya infancia -como sus lectores de verdad saben- son recuerdos de un patio de Sevilla.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.
España ha ganado la Eurocopa e Inglaterra no, y estamos felices. Mariano Rajoy, filósofo estoico, tenía razón: en el fútbol y en la vida no sirve de nada ser un cenizo. Su precursor Séneca razonó el absurdo del pesimismo sostenido aunque experimentemos la desgracia, porque si el dolor es profundo no será duradero y si es duradero no será tan profundo. Gracias a los jóvenes héroes de Luis de la Fuente ahora sentimos una alegría que quiere durar, haciendo surco en la memoria sentimental de una nación mucho menos conflictiva de lo que nos empeñamos en creer y crear.
Incurrió L’Équipe en la temeraria provocación de titular con el «No pasarán» y a España no le quedó más remedio que empecinarse en pasar. Para hacer historia al equipo de Luis de la Fuente solo le faltaba la rabia, la vieja furia española que parece erradicada del fútbol contemporáneo. Hoy el talento y la táctica se presuponen pero el carácter no se enseña: se demuestra. Aflora en edades tempranas y se aloja en el corazón, no en las piernas. El gol de Yamal reunió la personalidad con la técnica, la maestría con el coraje. Un adolescente con la ESO recién aprobada ideó un disparo legendario a la escuadra tras desequilibrar a su marcador con un golpe de pelvis y devolvió a España el latido apagado por un gol madrugador de los franceses. No creo que Lamine sea del todo consciente de lo que ha hecho. Tendrán que explicárselo en clase detenidamente.
Yo no me acuerdo de Juanito llorando pero los futbolistas han llorado siempre. Lo que pasa es que ahora lloran por motivos diferentes. Antes dejaban escapar lágrimas de impotencia por una derrota inmerecida, o de rabia ante un tangazo arbitral, no pocas veces de alegría una vez rota la presa de la tensión.