Lamentan los profesores de instituto que a los alumnos no les interese la Constitución tanto como el cambio climático o el género. Es natural, porque la ley siempre se ha llevado mal con la adolescencia. La facultad del pensamiento abstracto no mezcla bien con las ebulliciones químicas o el ternurismo Disney propios de una desdichada etapa de indefinición de la que yo tengo exclusiva noticia por los libros, donde se narran tribulaciones psicológicas que misteriosamente jamás experimenté. Quiero decir que no hay que lamentar que nuestra acneica muchachada prefiera las rimas sicalípticas del trap al cuestionamiento de la disposición adicional primera. Lo lamentable es que los profesores no sean capaces de cultivar en los chicos el interés sobre los fundamentos de nuestra libre convivencia, y sobre todo que los políticos nacionalistas o progresistas -¿hay ya alguna diferencia?- les amenacen si se les ocurre intentarlo.
Nace el tiempo de la excepción, arranca el mandato del muro sobre los escombros del 78. La historia de España nos sale al reencuentro con el gesto torvo de antaño. Vuelven las carreras delante de las porras y hasta retorna el protagonismo de los cantautores. A cambio, por fin podremos bañarnos en ese río incesante que es el cine español sobre la guerra civil sin aquella gélida sensación de anacronismo. Anoche revisé La vaquilla y hoy empiezo el segundo tomo de los diarios de Morla Lynch, que ilustran bien las ventajas del asilo diplomático. Quizá también repase los editoriales de Camus en Combat.
Él le gritó «¡que te vote Txapote!» y Pedro respondió «ya me ha votado». Así empezó su idilio a primera vista, una amistad instintiva bajo los ropajes equívocos del odio.
La escena sucedió en la playa. El presidente, sintiéndose al fin legitimado por las urnas -con la legitimidad que solo da quedar segundo-, se atrevió a salir a la calle, a pasear por los alrededores del palacete estival, a echarse una carrerita matutina por la arena flanqueado únicamente por cuatro guardaespaldas. Pero ninguno de los cuatro pudo evitar que un chaval que sesteaba al sol sobre su toalla se incorporara como un resorte al verle pasar y prorrumpiera en el famoso ripio.
Dos semanas exactas desde hoy para someter a Pedro Sánchez al juicio de las urnas. Se ha hecho larga la desértica travesía y sin embargo ahora querríamos que se alargara un poquito más para seguir atesorando en nuestra risueña retina todo el ridículo que regala la edad de oro del progresismo español. Periodistas bien retribuidos doblados de toscos milicianos, chequistas digitales aireando su nostalgia de saca y paseo, barones silenciosos que afilan el puñal, articulistas de fondo perdido cuya docilidad sonrojaría al ejército de Nicaragua, manifiestos de intelectuales independientes de cualquier roce accidental con el coraje. Degenerando desde Javier Pradera hasta el perrete de Astérix desfilan ante nuestros ojos agradecidos los profetas del Apocalipsis Nítidamente Facha. Es decir, Alberto Núñez Feijóo. Menos mal que el show no va a durar 15 días sino cuatro años como mínimo. Algunas inercias tardan en decelerar cuando se ha educado minuciosamente a una generación de sedicentes progresistas en el odio dobermaniano a la mitad del país.
El partido de Miguel Ángel Blanco tuvo que escuchar este martes, de boca de un presidente socialista, que «hizo lo imposible» para que ETA durara más. Claro que no es un presidente socialista cualquiera, sino el único que acordó su investidura, sus presupuestos y sus leyes y decretos con los herederos políticos de la mafia. Claro que no es una mafia cualquiera, sino la única que justificó el estallido de nucas y la amputación de piernas porque así lo exigía ser muy vascos y ser muy de izquierdas. Y claro que esta no es una legislatura cualquiera, sino la única que ha logrado completar el vuelco ideológico y afectivo del PSOE, su desnaturalización constitucional, su empoderamiento cainita: mejor, mil veces mejor Otegi que Feijóo, porque Arnaldo al fin y al cabo es progresista. Un tal Pedro Sánchez Pérez condujo a la presunta izquierda de Estado a un territorio moral desconocido, varios pueblos más allá de las fronteras del 78, y ese es un lugar del que ya no se vuelve.
A este cronista le dijo una vez Pedro J. Ramírez: «Federico cree que la izquierda es mala y que la derecha es tonta». A esa conclusión solo se llega después de militar en ambas y conocerlas a fondo. En El retorno de la derecha -pronto best seller- la voz más influyente de la derecha española desde la Transición repasa las siglas de la no izquierda -UCD, AP, PP, UPyD, Cs, Vox- para constatar su adecuación o su traición a los principios inmutables de su base social, que hoy espera ganar la batalla contra el sanchismo.
Afirmas que todos los problemas de la derecha se resumen en que los representantes no se reconocen en los representados y viceversa. ¿No pasa lo mismo en la izquierda?
No, porque la derecha ha cambiado hasta nueve veces de partido. La izquierda tiene al PSOE y a los comunistas. El bloque numérico de la derecha social no ha cambiado: son 10, 11 millones desde la Transición. ¿Qué es lo que cambia? La derecha no cree en la política profesional. Cree en la familia, la nación, la propiedad, la Historia de España, la religión o al menos la tradición religiosa, cosas más de sociedad civil que política. Pero tiene una idea instrumental de los partidos. El problema es que en la derecha se instala una negación de su pasado, que no viene del alzamiento de Franco sino de antes: del sectarismo republicano. Las raíces de la derecha están en aquella vivencia traumática, y en cómo luego los mataban por ir a misa o les quitaban lo que habían heredado de sus padres. ¿Cómo no va a tener derecho a existir y a gobernar media España? Y esa injusticia, convertida en terror ya en la guerra, explica que la derecha se entregara a Franco. Dicen, vamos a dedicarnos a la familia, a lo nuestro, a rehacer nuestra propiedad, se casan con los del otro bando, reanudan la vida fuera de la política. En ese sentido Franco les viene bien, pero al mismo tiempo que salva al enfermo lo escayola. Y cuando al escayolado le quitan la escayola en democracia, no puede andar.
No pasa nada por ser conservador, pero es que a veces el conservadurismo es la única forma de demostrar inteligencia. Uno de esos momentos es una vuelta de cuartos de final cuando se lleva una ventaja de dos goles. Por esta razón y no por halagar a don Juan Carlos, presente en el palco de Stamford Bridge,el Real Madrid salió al campo dominado por una noción monárquica del paso del tiempo y echando un vistazo furtivo al reloj mental en cada saque de banda. Bastaba aguantar el resultado para reinar sobre la eliminatoria. Y sin embargo ni el Chelsea arriesgó tanto como se esperaba ni el Madrid en Europa sabe jugar a contemporizar sin aburrirse.
Quedan pocos diputados constituyentes tan activos como el que fuera ministro de Exteriores de Rajoy, que le atribuyó un ego «estratosférico». Defiende en la radio el legado constitucional frente a Pablo Iglesias, pero no es un inmovilista: tiene un plan para reeditar el pacto de la Transición, que cree que debe liderar Feijóo para capear otro fracaso histórico cuyos precedentes analiza en España en su laberinto (Almuzara)
Usted fue diputado constituyente. Hoy comparte tertulia con Pablo Iglesias, que cree que ustedes diseñaron una continuación del franquismo.
No solo Iglesias. En La Transición explicada a nuestros padres, Juan Carlos Monedero sostiene que la Transición fue un movimiento de adaptación del ordenamiento del Estado sin modificarlo para permitir la entrada en la Unión Europea, que era el fin perseguido por los intereses financieros sin alterar las esencias del régimen, bajo la vigilancia del Ejército. Eso es rigurosamente falso, y es desmerecer el proceso constitucional. En el momento de la muerte de Franco aquí no había absolutamente nada: había unas Cortes de procuradores que no representaban a nadie, una Cámara del Consejo Nacional del Movimiento -que era el partido único-, no había organizaciones empresariales ni sindicales reales, el poder local estaba en manos de alcaldes designados por los gobernadores civiles. No se había previsto nada y había que improvisar un nuevo sistema institucional. Estábamos sufriendo la crisis del petróleo, con una inflación galopante. Y para colmo ETA mataba más que nunca, y ciertamente había resistencias al cambio en una parte de las Fuerzas Armadas. Así que la situación era mucho más compleja de lo que algunos cuentan.