Archivo de la etiqueta: Franco

Kermesse roja en Alcalá y fascismo de lujo en El Pardo

Está Madrid de un guapo subido una vez que ha estallado la primavera, a pesar de la manifa dominical de rigor. Las manifestaciones han sustituido en las sociedades secularizadas a las misas, de modo que el rito de paso semanal lo cumple el hombre de occidente repitiendo lemas en lugar de salmos responsoriales. Hoy, 14 de abril, la manifa debía celebrarse en favor de la república, naturalmente. Por la calle de Alcalá, entre Sol y Cibeles, unas falanges de tiernos ninis con un sentido de la coralidad digno de mejor causa voceaban consignas perentorias, rabiosamente ajustadas a la coyuntura histórica de España: «¡Partido bolchevique, le pique a quien le pique!», «Madrid se-rá la tumba del fascismo», «¡No pasarán!», «¡A, an-ti, antirrevisionistas!» y otras de pareja pertinencia y densidad conceptual. Me infiltré algo por entre el optimismo marcial de los camaradas, con cuidado de no atropellar ni a los veteranos artríticos del antifranquismo ni a las púberes canéforas del nuevo guevarismo, cuyo marcado rouge de labios resulta indiscernible del de las fans de Crepúsculo, y no podía evitar sonreír con ternura y aun contagiarme de indignación generacional, porque no hay derecho a que estas melancólicas expansiones constituyan el único ocio a que la crisis nos aboque. Estas kermesses heroicas continuarán mientras las autoridades se obstinen en penar el botellón.

Futura zamarra de La Roja.

Futura zamarra de La Roja.

Sabemos que hay dos clases de fascismo, el fascismo y el antifascismo, que la elección ya va en el gusto y temperamento de cada cual, y uno venía de todos modos vacunado de fascismo a secas porque pasó el sábado en El Pardo, el único palacio real de los cinco que hay entre Madrid y Segovia que aún no había visitado. Confieso una querencia natural hacia los palacios, el lujo refinado, las paredes ensedadas, el mármol pulido, los candelabros rococós, los frescos neoclásicos, los tapices flamencos, los camafeos de marfil, las mesas de malaquita, los techos estucados, las cómodas con reloj de bronce sobredorado y la vida aristocrática en suma, aunque temo no ser en nada de esto demasiado original. Pese a haber nacido con clara vocación de príncipe, fácticamente desgrano mis días en un piso céntrico de 30 metros sin calefacción. No se puede tener todo: el deseo y la realidad. En estos momentos, de hecho, he vuelto a constiparme y la nariz me gotea sobre el puto teclado.

English: Royal Palace of El Pardo, Madrid, Spa...

El Pardo, sede de reyes. (Wikipedia)

Al coqueto gusto dieciochesco de su arquitectura une El Pardo su emplazamiento bucólico como el cazadero real que fue y la reserva de monte mediterráneo que sigue siendo, cuyos gamos hemos visto tantas veces desde el tren, aplastando alborozados la nariz contra la ventanilla, de camino al colegio o de regreso de la redacción. Pero El Pardo justifica decididamente la curiosidad cuando se repara en el dato de que Francisco Franco, el general que ganó la guerra, fijó allí su residencia durante 35 años. La visita guiada te enseña el despacho de Franco, el comedor del consejo de ministros de Franco, la alcoba de Franco -con reclinatorio para súbitos rezos poscoitales, imaginamos-, la televisión de Franco -un soberbio ejemplar analógico de 1956 donde comparecerá el pelazo de Hermida si lo encendemos-, el baño pequeñoburgués de Franco. Y en realidad nada de eso era de Franco sino de la monarquía, que está representada en cada centímetro pintado de pared, lo cual efectivamente no parecía incomodar demasiado a Franco, que fue allí un intruso de confortable duración debido al respeto atávico que infunde en este país el eterno concepto de cojonudismo, sea color verde oliva, negro sotana o -más fehacientemente- morado bin laden.

Agustín de Foxá, a quien se deben algunas estrofas del Cara al sol, dejó escrito: «Lo que menos le perdono al comunismo es que me impulsara a hacerme falangista».

3 comentarios

Archivado bajo Otros

Espada y la venenosa faloides de la leyenda

«La memoria de los diplomáticos europeos que trataron de salvar la vida de las comunidades judías cuajó por esa película. Se trata del mérito de La lista de Schindler y del cine de la historia, en general. La otra cara del mérito son los problemas que tiene cualquier escritor cuando vuelve sobre un hecho que el cine ha narrado y comprueba con desesperación que escribir es corregir»

Esta declaración de intenciones colada in medias res resume tanto el tema como la intención del laborioso libro que acaba de publicar Arcadi Espada. Durante cinco años, el periodista barcelonés, que se ha ganado a pulso la personalización terca del escrúpulo en el discernimiento entre fiction y faction, ha indagado en la gloria poco esclarecida que corresponde a un reducido grupo de inequívocos franquistas, capitaneados por el embajador Ángel Sanz Briz, que se jugó la vida por salvar la de millares de judíos durante el invierno caníbal que en 1944 desató el terror en la capital húngara, gobernada por asesinos de razas y asediada por criminales de clases. Por ese infierno minuciosamente recreado por el cine se movieron Sanz Briz y su equipo de justos –la secretaria Elisabeth Tourné, el abogado húngaro Zoltán Farkas y el judío italiano Giorgio Perlasca– y por aquel escenario semivelado se mueve, separando la leyenda de los hechos, la navaja de Espada para hacer aflorar una verdad histórica mucho menos provocadora de lo que parece: que hubo virtud no ya bajo el franquismo, sino directamente en su nombre. A estas alturas de trayectoria –heredera del talante antisectario de un Chaves Nogales–, al autor le importa poco contradecir la historiografía oficial antinazi que en toda Europa –no sólo en España– ha patrimonializado la izquierda, aunque ello le acarree la incomprensión de los que viven cómodos en la estricta simetría.

Porque En nombre de Franco logra acreditar que hubo «franquistas buenos»: heroicos, de hecho. Que Sanz Briz fue uno de los primeros diplomáticos europeos en alertar con un detallado y puntual informe de la puesta en marcha de la Shoah cuando nadie aún le daba crédito. Que, amparado oficialmente por la cadena de mando que, a través del falangista Javier Martínez de Bedoya, llegaba hasta el mismo ministro de Exteriores, Francisco Gómez-Jordana, usó la condición neutral de España en la contienda para expedir pasaportes españoles a judíos húngaros en trance inminente de deportación a los hornos nazis. Que la jerarquía franquista, evidentemente, no impulsó esta estrategia projudía por meras razones de humanidad, sino por cálculo político, pues su respaldo a las gestiones salvíficas de Sanz Briz se hizo más expreso según crecía la evidencia de que el Eje perdería la guerra. Que Sanz Briz abandonó la legación con el permiso del Gobierno español ante el riesgo cierto de muerte que corría cuando los rojos –a los que había combatido en la guerra civil española– entraran en Budapest, tras asegurarse que 2.295 judíos se hallaban sanos y salvos al día de su partida. Que su sucesor en la embajada, Giorgio Perlasca, continuó la labor salvadora y más tarde quiso atribuirse en los periódicos y en sus libros todo el mérito, encaramando su propia figura sobre la supuesta cobardía del español huido, cuya elegancia personal le impidió en vida blasonar de su gesta y cuya memoria no ha conocido el enaltecimiento debido hasta la publicación de este libro.

Leer más…

Deja un comentario

12 abril, 2013 · 13:55