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Benítez en Alesia

Cómo defender los balones parados.

Cómo defender los balones parados.

La pasada campaña no se recordará por el fútbol primoroso que desplegó el Madrid de James hasta enero, ni menos por el pecado de chulería y contraataque que madrugó la condena de Lucho; se recordará por el triplete del Barça. El fútbol está concebido por empiristas, y aunque los argentinos le añadieran la lírica y el barrio sabemos cómo acabó lo de las Malvinas. Porque lo sabe, Florentino ha fichado a Benítez, un hombre de la casa pero graduado en el extranjero con una fórmula anticastiza, eficiente, compacta: escasamente madridista. Pero los madridistas necesitamos un título como los diabéticos insulina y los títulos, empezando por el Mundial de España, se logran tapiando tu portería.

Para eso se ha despedido a Casillas -mal, como compete a las leyendas-, se ha encomendado la puerta a brazos ágiles y se ha blindado el compromiso de la zaga, capitaneada por Ramos y enriquecida con Danilo. Y se apuntala el medio con Kovacic, quien solo por ser paisano y alumno de Lukita esperanza nuestros corazones. «Yo haría un equipo completo de mercenarios yugoslavos, obedientes y letales», me confesó el otro día un hombre del presidente. Raza criada en el plomo.

Benítez es un táctico, justo lo que no era Ancelotti. ¿Significa eso que corremos el riesgo de acabar presentando los partidos del Madrid al festival de Sundance en la categoría de habla no inglesa? No creo, por dos razones: porque la BBC gozará de libertad creativa arriba y porque tampoco estamos seguros de que la koiné en que se entienden no sea el inglés. Si el Bernabéu está mal acostumbrado a valorar solo las goleadas épicas y las remontadas agónicas, habrá que educarle el gusto en la defensa zonal, el control de los tiempos, la basculación en línea, la puñetera defensa del balón parado y demás farmacopea de pizarrín. Que luego bien que se hacen selfies con la copa.

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20 agosto, 2015 · 12:32

Iker Casillas de todos los santos

Milagro, y Novena.

Milagro, y Novena.

Para explicar por qué el portero más importante de la historia de España y uno de los mitos más indiscutibles del madridismo no se va bajo el agradecimiento unánime de su afición, sino sobre la cumbre ardiente de nuestro cainismo, habría que escribir un largo ensayo de sociología hispánica, con calas en Larra, Goya, Machado, Unamuno y Puerto Hurraco. No tenemos tiempo ni ganas de hacer eso aquí, pero daremos algunas notas en la esperanza de aclarar el enigma que hace de Iker Casillas a un tiempo héroe y villano, ángel y demonio, santo y topo en extremos de pasión irreconciliable. En la hora histórica de su adiós, tras 25 años en el club que lo formó y que atestiguó sus semanales milagros -también su caída de Ícaro con guantes-, la opinión pública ha de escoger entre la elegancia de recordar solo sus años de gloria (inolvidables hasta para sus detractores más amargados) y la justicia de deplorar su decadencia final (inocultable aun para sus turiferarios más piadosos).

Siendo esta una nación discutida y discutible, ¿no iba a serlo el futbolista que mejor la ha encarnado? Que las grandes leyendas del Real Madrid se han ido mal del mejor club del mundo es conocido, de Di Stéfano a Raúl pasando por estrellas menos emblemáticas pero tan históricas ya como Figo o Xabi Alonso. Irse bien del Madrid es una vulgaridad solo al alcance de los mediocres. Del Madrid, como del paraíso, hay que irse liándola parda como hicieron Adán y Eva, porque para eso es el paraíso y porque afuera esperan los partos con dolor y el jornal ganado con el sudor de la frente. O bien el puro tedio. Que se lo digan a Di María y Özil, cuyos nombres en su día también municionaron las habituales cargas de fusilería antiflorentinista y hoy vagan errantes como sombras de contrición. Que el Madrid será un carajal, pero un carajal galáctico, y fuera de él se ve crecer la hierba y pasar las plantas rodadoras, como bien sabe cualquier periodista deportivo. Precisamente porque se va como se va, Casillas es sin duda uno de los más grandes de la historia blanca.

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Benítez o la llegada del Mesías

De la ley a la ley.

De la ley a la ley.

Según el chiste judío, el oficio más seguro del mundo es el de vigilante de la llegada del Mesías. Pues bien: el oficio más inseguro del mundo es el de entrenador del Real Madrid, cuya duración es tan quimérica como la conquista de todas las ediciones de Champions que resten hasta el fin de los tiempos. Y aún ganándolas todas, seguramente el equipo lo haría con un míster diferente cada dos años, como máximo. ¿Por qué es así el Madrid?

En realidad no es una característica privativa del Madrid. Si nos pusiéramos filosóficos, actitud temeraria cuando se mete uno en un bar (que eso es hablar del Madrid), diríamos que la sociedad del espectáculo es una superestructura del consumismo que acelera el deterioro de la imagen pública, y hay pocas imágenes en Occidente más expuestas al fuego devorador de la opinión pública que la del entrenador de turno del Real Madrid Club de Fútbol. El circo mediático se alimenta de la novedad con bulimia destructiva y trata a profesionales como estrictos fusibles: solo sirven mientras dan luz. Lo intentó explicar Casillas: «Hay gente que sencillamente se cansa de tu cara». No es tan sencillo en tu caso, Iker, pero algo de eso hay, más allá de que a los 34 se pierden los reflejos y, definitivamente, la esperanza de aprender a salir por alto. Sobre el modo en que una leyenda devino un quiste, el santo un traidor, el Jekyll de la campechanía un Hyde de la delación podríamos escribir un libro, pero ese descenso a las sentinas del cainismo merengue y la venalidad periodística no está pagado.

Iker no es ni mucho menos el mayor culpable del año en blanco, y cada minuto que pase fuera del Madrid -si toma este verano la decisión correcta- contribuirá a restituirle la devoción que merece su mito erguido en Glasgow y Suráfrica. Que es uno de los grandes lo prueba el hecho de que se va a ir mal, lo mismo que Di Stéfano o Raúl. Dejando de lado su (no) concurso, el Madrid de Ancelotti funcionó tan solo a ráfagas, algunas épicas, pero el problema del huracán cuando amaina es que deja una calma insoportable. El bar sí la soporta, incluso la ama, y por eso se evacuan estos días en las barras de la capital comentarios como el que oí esta mañana: «Yo no lo habría echao, era formal y educado como el que más». A este respecto evoca Hughes el consejo sabio de su preparador: «Si por las mañanas, camino del despacho, el personal es simpático y te da los buenos días, es que lo estás haciendo mal». Y si te aplaude la prensa especializada, ya no digamos. Ahí está el caso de Luis Enrique, desahuciado por la prensa culé y hoy el español con más capacidad de ajustar cuentas pendientes desde Fernando VII.

Cómo no iba a caernos bien Carletto, por favor. Qué hombre tan admirable y qué entrenador tan guadianesco, capaz de la gesta de Múnich y de las capitulaciones ante Barça o Atleti. La pura verdad -y uno, sin ser periodista deportivo, alguna fuente tiene en ese club- es que Ancelotti perdió la confianza de la directiva cuando dejó ir la Liga de 2014 que redondeaba un triplete para la historia: el primero del Real Madrid. El cabezazo de Ramos (y sobre todo el siguiente de Bale, del que se habla menos) amarró al buen Carlo al banquillo, y el vistoso juego de la primera vuelta de esta Liga parecía que lo atornillaba. Pero un odioso axioma del fútbol determina que esto es como acaba, nunca como empieza. Y la temporada la acabaron los jugadores en el pasillo que va del diván del psicólogo a la enfermería del fisio. Nada nuevo en la esquizoide historia blanca, porque el mandato fijo de la excelencia no puede arrojar mentes equilibradas. Ancelotti la tiene, y esa ha sido su tumba en un club que vive del vértigo perpetuo; Mourinho no la tenía, y ha sido el más longevo en el puesto en lo que va de siglo.

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Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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Florentino underground

Calibrando micros antes del disparo.

Calibrando micros antes del fuego a discreción.

Parece incontestable que Florentino Pérez pasará a la historia como el segundo presidente más importante de la historia del Real Madrid. O, más exactamente, como otro Bernabéu que devolvió al equipo el orgullo competitivo y modernizó su modelo financiero para meterlo en posición de cabeza en la era de la globalización (posición en la que permanece), después de haber asegurado la gloria pasada con el título de mejor club del siglo XX. Todo ello se logró sin que el club dejara de ser propiedad de sus socios, estructura entrañable pero anacrónica ante al empuje desleal de oligarcas rusos y petrolíferos jeques. Ahora bien: logros tan gigantescos no se consiguen impunemente. Y menos en España.

La dimensión mediática del Madrid es tan disparatada que a nadie le deja intacto. Concierne en especial al madridista, pero no menos al antimadridista, y esta bipolaridad condiciona definitivamente el periodismo deportivo: cada periódico o cada programa de radio o televisión se ocupa del Madrid a favor o en contra por razones de estricta rentabilidad, como bien saben los presentadores y locutores cuando les traen los datos de audiencia segmentados por contenidos.

El apogeo de esta polarización se vivió bajo el trepidante trienio mourinhista, al que daba réplica desde Barcelona el guardiolismo para completar un guión maniqueo que ni la Marvel se habría atrevido a soñar, de tan perfecto. Pero las guerras cansan a la tropa y hacen soñar a las poblaciones castigadas con amaneceres silenciosos y comida abundante. Florentino despidió a Mourinho y apretó la mano blanda de Ancelotti, y este trajo la Décima y tres títulos más. Por una ley infalible del madridismo, la felicidad de su afición crece en proporción directa a las ganas de hundimiento que va incubando el antimadridismo, y en fútbol ese ajuste de cuentas siempre es mera cuestión de tiempo. No se puede ganar todo, decimos: pero sabemos que eso vale para el Atleti. Cuando el Madrid no gana, incluso cuando gana sin dar espectáculo, se desata una ansiedad demencial que revuelve las críticas constructivas con las interesadas y abona el terreno para la teoría de la conspiración. Pero el Madrid debe asumir que el precio por su historia gloriosa y su presente millonario y su futuro hegemónico es la fiscalización constante, la magnificación de sus faltas mínimas, la espera constante del batacazo. Así es el juego, y los madridistas no querríamos otro, ni mayor deferencia, porque significaría que nuestro equipo ha dejado de ser rival a batir, leyenda en marcha, sinónimo de importancia.

En este punto debo ser honesto con el lector. Es sabida mi condición madridista, que nunca he ocultado, como tampoco mi admiración por Mourinho, pues nunca me divirtió tanto el fútbol como entonces ni creo que lo vuelva a hacer. Colaboro en Real Madrid TV y he estrechado creo que dos veces la mano de Florentino Pérez, una de ellas en Lisboa. Oteando el horizonte no se me ocurre mejor presidente para el Real Madrid, y son bien conocidos mis accesos de hooliganismo tuitero, que con la edad voy tratando de corregir. Pero creo que hoy Florentino Pérez se ha equivocado. Ardiendo de ira santa hacia la prensa, ha llevado la identificación de su persona con el club a un extremo escasamente institucional, cercano al mundo tribal ‘underground’ donde toda discrepancia es tomada por traición. El aficionado tiene todo el derecho a dar pábulo a conjuras; pero el presidente del Real Madrid, y en concreto Florentino Pérez, no. ¡Aunque fueran ciertas!

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Los predicados del madridismo

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

[Los amigos de Qué Crack me pidieron un texto para su sección de Cómplices y les pasé esta tipología del madridismo que escribí como prólogo a un libro de relatos editado en mayo por la peña Primavera Blanca, libro que sujeto en la foto adyacente. Lo reproduzco en su práctica integridad porque sigo estando de acuerdo conmigo mismo]

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose inexorablemente al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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Sin perdón

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Esta vez no vamos a pedir perdón por ser el mejor equipo del mundo. Por haberlo sido y por seguir siéndolo. No vamos a pedir perdón por ganar la Copa de Europa por décima vez, ni tampoco por haber aumentado el tamaño ya desproporcionado de nuestra gloria a costa de las esperanzas del Atleti.

Por una vez nos vais a perdonar si no pedimos perdón por generar millones de euros con una marca planetaria, al mismo ritmo que nacen nuevos aficionados por todo el mundo, sin que el club deje de pertenecer a los socios. Ni vamos a compadecer a nuestros rivales porque sean peores que nosotros.

Tenéis que entender que esta vez no queramos pedir perdón por las brazos al aire de Florentino en el gol de Ramos a centímetros de la cara de Villar, ni por la carrera de Xabi Alonso tras el gol de Bale, ni por el torso de mármol de Cristiano Ronaldo tras el suyo, ni porque Ancelotti sea tan querido por sus jugadores, ni porque nuestro joven vestuario evidenciara una unidad como no se recuerda hace años.

No vamos a pedir perdón tampoco por haber fomentado la abstención en las elecciones europeas con nuestra absorbente hazaña, porque a una Europa decadente quizá el Real Madrid sea la única épica que le queda. Tampoco nos arrepentimos de haber fundado la Champions con el aristocrático deber de retenerla en Chamartín cada primavera.

No pediremos perdón, perdonadnos, por aspirar desde ya mismo a ganar la Undécima. Por querer ganarlo todo cada año y por llevar la exigencia a niveles inasumibles por la mediocridad ambiental que empatiza con el derrotado para disculparse a sí misma.

Nos vais a perdonar, pero hemos ganado la Décima y somos los mejores. Lo sentimos de corazón.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de mayo de 2014)

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Bale y la edad de la inocencia

La masa y el coloso.

La masa y el coloso.

Si una final de Copa en Mestalla detonó el principio del origen del declive culé, otra final de Copa en Mestalla había de servir para certificar la caída. Hoy hasta los periódicos más acérrimos y locales coinciden en decretar oficialmente el famoso “fin de ciclo”, sintagma-botín de la entrañable codicia periodística, como “crisis de gobierno” o “estallido social”. En ambas finales restallaron las piernas de látigo combado de Di María, mezcla inusual de fondista y velocista en el mismo cuerpo, y en ambas finales acabaron resolviendo las grandes estrellas del firmamento financiero y muscular: en 2011 Cristiano, ayer con gorra de caddy espiritual, y en 2014 Gareth Bale, ayer desagraviado ante el senado y el pueblo romano y reivindicado para los restos en virtud de una gesta homérica, un gol icónico destinado a colgar en papel satinado de la sala de santiaguinas del Bernabéu y de Valdebebas junto a otras tallas sacras y altorrelieves gloriosos.

La alegría de Florentino, aunque la contuviera en los márgenes reventones del protocolo, tenía ayer la cualidad dulcísima de la revancha interior. Daré audiencia a las doce: poneos en fila y secad los espumarajos de vuestras bocas maledicentes en el borde de armiño de mi manto, mis queridos caínes. El bonapartismo de Florentino tiene hoy todo el derecho a la autocoronación porque su trono es una condena que obliga a batallar cada día contra el borboteante patrimonio de rencor que mana de España y porque su campeón galés le ha venido a dar la razón en el campo de batalla contra el dicterio de algún olvidado rey gurú. No cabe mayor éxtasis para él.

También Ancelotti tenía anoche derecho a descorchar el mejor Vega Sicilia en el reservado más selecto de Madrid, usando apergaminadas portadas ofensivas como posavasos. Pero el italiano ha alcanzado la ataraxia del alto burgués a la que aspiran secretamente los dirigentes de Podemos, la suprema sabiduría del Lazio que concilió epicureísmo y estoicismo: terma, vino, doncellas, hijos legionarios y filosofía. Ancelotti no ajusta cuentas porque es demasiado afortunado para perder el tiempo en odiar. Y puede ser aún tan afortunado como para llevar al madridismo a Cibeles alguna vez más este año. Salve, Carlo, bendecido por la diosa, magnánimo en la lucha, conductor de escuadras.

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17 abril, 2014 · 17:30