La imagen de Feijóo junto a Page en una Talavera conmocionada por la histórica crecida del Tajo que ha dejado tuerto al viejo puente ofrece el alivio de la institucionalidad recobrada en estos tiempos de anomalía pedrista. No solo fue una imagen. El jefe de la oposición y el barón socialista también coincidieron en el diagnóstico: un plan de infraestructuras hidráulicas ejecutado a tiempo -el mismo que el dogmatismo ecologista bloqueó en Valencia- ha salvado a los talaveranos de un daño mayor.
Una de las formas más nobles de la melancolía española es el suspiro liberal. El canon estético de esta emoción tan nuestra lo fijó Goya exactamente un siglo antes de la pérdida de Cuba y Filipinas, otra memorable cosecha de frustración patria. Pero en 1798 el imperio aún malvivía. Desterrado a Gijón tras su caída en desgracia, Gaspar Melchor de Jovellanos retorna fugazmente a Aranjuez y Goya captura el estado de ánimo del exministro -también es el suyo- para cifrar el triste destino del reformista español. Jovellanos nos dirige una mirada vencida, apoya su cráneo privilegiado en la palma izquierda, el codo sobre la mesa, la mano derecha aferrada a la ley agraria que las nacientes dos Españas se negaban a aceptar. Demasiado afrancesado para unos, demasiado castizo para otros, de la boca entreabierta del ilustrado se escapa un suspiro que ya nunca cesará. Si un romántico alemán como Caspar David Friedrich se abisma ante el espectáculo de la naturaleza, un romántico español como Goya se abisma ante el espectáculo no menos salvaje de la política.
Pero cómo no va a enfermar MJ Montero si lo incomprensible (más allá de su sintaxis) es que haya logrado reponerse. Llegó al hemiciclo, se sentó entre la displicencia del número uno y el rencor de la vicepresidenta segunda y se puso a encajar palos de socios y de adversarios como si zurrarla desgravase. Hasta que pasó lo que tenía que pasar: que doña Marichús confundió a Ione con Cuca. De los labios dalinianos de la vicepresidenta primera ha nacido «Ione Gamarra», animal mitológico que ilustra la pinza tributaria entre PP y Podemos.
El índice de Transparencia Internacional dirá lo que quiera, pero todos sospechamos que las sesiones de control en el parlamento de Ruanda son más divertidas que en el nuestro. Así que tenemos lo peor de los dos mundos: el tedio argumental del primero y la higiene institucional del tercero. Ya que siete años de CoPro (coalición progresista) nos han instalado en niveles subsaharianos de corrupción, podrían darnos al menos un poco más de espectáculo. Pero al parecer la fase terminal del sanchismo se propone conciliar la cooptación del gran capital -de Telefónica a La Caixa- con la manufactura desganada de un cainismo de pésima calidad.
A su regreso de la Unión Soviética, en fecha tan temprana para la decepción de un comunista como 1937, André Gide escribió: «Gracias a Pravda cada vez que se habla con un ruso es como si se hubiese hablado con todos ellos». Aparte de comunista, Gide era homosexual y el escritor más prestigioso de Europa en aquel momento. Había viajado al paraíso soviético con la conmovedora intención de acumular razones para la alabanza del sistema que teóricamente había abolido las desigualdades entre los hombres. Pero solamente encontró terror, censura y miseria. Fue, volvió y lo contó, a pesar del argumentario global en contra.
Pedro Sánchez accedió a su escaño forzando mucho la sonrisa, lo que en términos politológicos se conoce como hacerse un Pantoja. Tras la derrota en la votación de la víspera, Pedro necesitaba enseñar muchos dientes para impostar seguridad. Feijóo lo recibió con artillería pesada: «Ha pasado usted de tener problemas con la verdad a tenerlos con quienes la cuentan. No se veía una cosa así desde Franco. Casos de corrupción abiertos y una legislatura cerrada». El jefe del PP no tiene un problema con el mensaje, que de hecho ha ganado contundencia, sino con el reloj: alarga tanto el primer round que se queda sin tiempo en el segundo, lo que afea la diatriba. Pero su rival no atraviesa precisamente por su pico de forma. Desató la carcajada cuando declaró que el suyo era «el Gobierno del acuerdo y el diálogo» antes de ponerse a olfatear el pasado del líder de la oposición en la Xunta de Galicia. Incurrió en la cursilada de llamar templo de la palabra al Congreso, como si eso fuera a ablandar a Junts con vistas a la negociación presupuestaria. Y citó al Banco de España como fuente de autoridad para celebrar el cohete económico español, momento en que el escaño que ocupaba Escrivá hasta anteayer emitió un crujido sospechoso.
Existe cierta nobleza en la desesperación. Por eso nuestro personaje favorito de los Monty Python siempre fue el Caballero Negro, entrañable paladín medieval que pretende seguir peleando contra el adversario que acaba de segarle los brazos y las piernas, degradándole a pedazo hemorrágico de voluntad ciega. Ahora veremos a Pedro vendiendo su hemorragia de dos millones de votos como una victoria, por más que el PP lo aventaje en cuatro puntos y dos escaños. Es cierto que la gestión de expectativas en Génova se parece más a la cabalgata navideña de Willy Wonka que a un partido organizado en torno a cierta cordura estratégica y alguna coordinación narrativa.
Nos sorprendió que Pedro apareciera por el escaño tras la debacle gallega. No es la clase de carácter que encaja con torería las humillaciones. Podría haber excusado la espantada en un despegue anticipado del Falcon hacia Marruecos, pero no lo hizo. ¿Por qué? El motivo no podía ser noble y quedó al descubierto en su respuesta a Feijóo, recibido en el hemiciclo bajo una balsámica lluvia de aplausos peperos. Cuando el líder de la oposición le preguntó por su responsabilidad en el fiasco del 18-F, el presidente felicitó a Feijóo no por su victoria sino por sumarse a la ¿tesis? de la reconciliación a través de la amnistía. Ya saben, aquella sobremesa con periodistas que sirvió al oficialismo para alimentar una equivalencia paranoica entre las opiniones y personalidades de Feijóo y de Sánchez. Que una cosa es especular torpemente entre cervezas y otra reventar el Estado de derecho tramitando una amnistía redactada por un fugado. Por cierto que ni Yolanda Díaz ni Santiago Abascal se dejaron ver por el Congreso. Igual no vuelven hasta que pasen las vascas.