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Waiting for Maggie

[Reproduzco, por si fuera oportuno, la página que le dediqué el 10 de enero de 2012 en La Gaceta al biopic de Margaret Thatcher, protagonizado por Meryl Streep, que nos dio a una dama de cobre. Eso sí, formidablemente interpretada]

Al cine prefiero ir con mujeres, aunque también he ido bastante con hombres, incluso con niños –no míos, según me aseguraron– y probablemente con ácaros invisibles prendidos a la ropa en las tórridas noches de verano. Para ver La Dama de Hierro no encontré acompañante, pero casi mejor –pensé luego–, porque así sería todo de la Thatcher por un par de horas. No creo que Margaret sea de la clase de mujeres que admiten fácilmente la competencia de otras en un plan de cine.

English: Margaret Thatcher, former UK PM. Fran...

Iron Lady. (Wikipedia)

Las dos advertencias que me habían hecho sobre la película resultaron de lo más fundadas. Meryl Streep al parecer sabe algo de interpretación, eso por un lado. Este papel otoñal suyo equivale al de Marlon Brando en El Padrino por calado artístico, cota de madurez y hasta por concomitancia argumental: el tema shakesperiano del poder y sus efectos. Y dos: la industria del cine occidental se ha internado tanto en el lugarcomunismo de progreso que ya no sabe cómo desandar el camino de las baldosas melifluas para retratar debidamente a una mujer memorable no por mujer, sino por adalid desafiante del conservadurismo. Quiero decir que la Thatcher es la Dama de Hierro y en la película la muestran mayormente como a la anciana de cobre o así. Su ideología desacomplejadamente conservadora se yergue como piedra de escándalo insalvable para cualquier guionista o cinero posmoderno, con todas las servidumbres rosas o verdes o marrón glacé que el público necesita para irse a dormir echándole la culpa a otro, que es como duermen los niños. La película falla porque traiciona la razón vital de la propia biografiada, tal y como ella misma la expone en una visita al médico, pasaje excepcionalmente thatcherista de la película:

—¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente… ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien.

Se me quedó grabada de una vez esta retahíla como de sermón de la montaña tory que colisiona con el imperio Disney del cerebro licuefacto, este algodón de azúcar que habita hegemónicamente las paredes craneales de nuestra sociedad pueril en el lugar del seso individual y reivindicable.

La película, como los jueces maniqueos, se deja ir por la pendiente del aplauso feminista cuando describe el ascenso de la hija del tendero en un mundo de machos inmovilistas, pero enceguece ante sus triunfos verdaderos, los hechos políticos, y justifica su caída por su falta de empatía proponiendo la demencia senil como justo castigo narrativo a tanta soberbia. Y eso, como diría Fouché, es peor que un crimen: es una equivocación. Es no entender que Maggie siempre prefirió hacer antes que ser. Otra cosa es que la política haya devenido identitarismo –sustituir la trabajosa forja de un carácter individual por una hospitalaria militancia: la gay, la nacionalista, la vegetariana o la del club de las almendritas periodísticas al punto de sal–, como bien olfateó el Zapatero paladín de las minorías en su primer mandato, cuando se podía uno mear en los hechos y la prima de riesgo estaba vacacionando. Si Chacón quiere aspirar a algo más que a Dama de Barro(so), debería dejar de enredarse en viajes de la identidad catalana a la almeriense pasando por la cabra de la Legión y ponerse a hacer, verbo que custodia el secreto de la perennidad de su rival Rubalcaba, que se cena políticos con imagen desde hace un cuarto de siglo.

Luego está ese marido de celulosa, un payaso alucinatorio que sólo parece existir para dar base a un nuevo aforismo: “Detrás de una gran mujer sólo puede haber un pelele”. Esperemos que el de Merkel mantenga mejor la dignidad.

Seguiremos esperando una película valiente sobre la más valiente de las mujeres del siglo XX –una señora que hundía barcos enemigos y bebía whisky–, del mismo modo que Soraya sueña ya con su propio biopic protagonizado por la eterna Streep.

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Periodista o escritor

English: W. Somerset Maugham British writer

W. Somerset Maugham (Wikipedia)

“El periódico tiene una impersonalidad que afecta insensiblemente al escritor. Quienes escriben mucho para la prensa parecen perder la facultad de ver las cosas por sí mismos, las ven desde un punto de vista generalizado, a menudo vívidamente, a veces con una brillantez febril, aunque nunca con esa idiosincrasia que sólo puede dar una imagen parcial de los hechos pero que está inmersa en la personalidad del observador. Lo cierto es que la prensa mata la personalidad de quienes escriben para ella”.

Cuando flaquea la vocación o cuando te echan de un periódico, citas como esta de Somerset Maugham vienen en tu ayuda, susurrando palabras de sabiduría. Falta saber qué se elige, periodista a lo Chaves Nogales o escritor a lo Mara Torres. Porque ahora el periodismo, como el fútbol, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin cartabones y pizarras y un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Esta hegemonía del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa ya dirigían el cotarro cuando negaron a César González-Ruano el carné de prensa. La respuesta de Ruano, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos (o a fascistas): “Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. Uno, por tanto, no debería aspirar jamás a gustar a todos, sino a ser considerado el más humilde de los epígonos de la escuela anarco-conservadora, hedonista y estilizada de Ruano.

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Hasta siempre, comandante

La Parca bolivariana.

La Parca bolivariana.

[Reproduzco, por debilidad sentimental, la última columna que publiqué en la contraportada de La Gaceta un  jueves 7 de marzo de 2013, escrito la víspera de que entrara en vigor la huelga indefinida que acordamos los trabajadores en protesta por el impago de cuatro nóminas. Poco después la empresa suprimió el blog en el que durante años yo había ido archivando mis artículos. Ya no volvería a escribir en ese periódico]

«Aprendimos a quererte, / desde la histórica altura / donde el Sol de tu bravura / le puso cerco a la muerte». Hasta siempre, Comandante, le canta con Carlos Puebla el lacrimoso orfeón de orfandad bolivariana desde la tierra del petróleo ingente que sufragó la última gran novela de dictador, género que no cesa nunca en Sudamérica. Hugo Chávez no era el golpista, el militar tronado, el presidente sospechosamente electo, el logomáquico gorila acallado por el rey de su ex colonia: qué prosaísmo el del periodismo que lo juzgará con tal inobjetable exactitud, ciertamente. Uno, no siendo víctima suya, lo circunscribió a las tablas de la ficción que interpretó mientras existía y no lo piensa bajar de ahí ahora que ha caído el telón tumefacto de su vida.

Hugo Chávez no era un hombre real, de carne y hueso. Por eso me indignó tanto aquella portada de El País: porque nos presentaba a un Chávez en exceso biológico, violentamente desmilitarizado por la enfermedad, humanizado por un tubo. Para mí Hugo Chávez era un personaje genial, era Tirano Banderas, el coronel que siempre tenía quien le escribiera, el supervillano remanente de la Guerra Fría, el chivo en su fiesta televisiva, la reencarnación épica de Jesús Gil, el prohombre de bronce que se arranca del tremendo caballo erigido en el parque y se pasea por una cumbre internacional como un presidente contemporáneo cualquiera, o que reserva toda una planta del Villa Magna como si las estatuas ecuestres necesitaran descansar.

Aprendimos a quererle no –imposible– como se quiere a las personas, sino como se celebra a los héroes y a los antihéroes de las series de televisión menos complacientes. Los noticiarios sacaban un corte de sus palabras en televisión y el mando se negaba a cambiar de canal, magnetizado por aquella retórica novelesca, improbable, narcótica. No podía ser verdad, no podía existir alguien así en este mundo de burócratas aburridos que nos siembra la peligrosa semilla de la expectativa mesiánica. Era una suerte poder contar con Chávez como archibufón del planeta mediático, y no confiamos en que Beppe Grillo sea capaz de suplirle porque Grillo, con todos sus monólogos de cómico nihilista, nunca se pondrá delante de la televisión a anunciarle al pueblo, íntimamente con en revolucionaria comunión, que le ha comprado a los rusos unos cohetitos capaces de llegar a Washington, donde mora la bestia yanqui entre géiseres de azufre. No es posible que un antisistema declare algo así, porque el antisistema cree luchar por el futuro, mientras que Chávez luchaba abiertamente por el pasado.

Si puede haber paz para los febriles, alucinados, indesmayables hijos bastardos de Bolívar, descanse en ella al fin el penúltimo ectoplasma de la Revolución.

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