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Las cinco falacias de nuestro periodismo

[Me anuncia el director de Revista de Libros, Álvaro Delgado-Gal, que muy pronto la revista conocerá un relanzamiento digital de primera magnitud. Como crítico de RdeL desde hace tres años y medio, me llena de alegría la noticia y me apresto a la tarea. Pronto reseñaré un nuevo y delicioso Camba, y postearé algún artículo en su galería de blogueros.

Para celebrarlo, copio aquí mi primera colaboración en RdeL, número de enero de 2010, que tanta ilusión me hizo dada la categoría de la publicación, y que cosecharía este generoso comentario de Arcadi Espada en su blog. Yo creo que su contenido no ha caducado en este tiempo. Si acaso la cosa ha acelerado su degeneración y la denuncia ganado pertinencia. Pero juzguen ustedes mismos]

(…)

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Los periodistas de hoy han padecido la formación tecnicista y hueca de una universidad decadente, que es aquella que se obsesiona con enseñar cosas útiles y con «preparar a los estudiantes para el mercado laboral», con Bolonia como estación término, o terminal. ¿Debemos recordar una vez más que la universidad se creó precisamente para enseñar lo inútil, para cultivar el espíritu de las personas que tenían la suerte de no tener que apacentar ganado –algo muy útil, desde luego– para vivir? El humanista primero aprende a pensar, y luego va conociendo y perfeccionando los trucos y las técnicas de un oficio tan intuitivo y experimental como el de periodista. (Los titulados lloriquean por el intrusismo en vez de formarse mejor para batir a la competencia.) ¿Por qué nadie dice de una vez que los periodistas de la primera mitad del siglo XX, y aun los del franquismo –adictos o no al régimen–, estaban incomparablemente mejor preparados que los de hoy, en términos generales, y a despecho de tanto avance tecnológico? ¿Por qué en las facultades de Periodismo no se olvidan un poco de tanta práctica técnica y obligan a leer a los cinco periodistas citados hasta que los alumnos dominen la lengua castellana siquiera como la mitad de la mitad de cada uno de ellos, ninguno de los cuales por cierto –oh, sacrilegio– estudió la carrera de Periodismo? Sin embargo, son sus retratos los que cuelgan de las paredes de un pasillo del Congreso de los Diputados, junto a la sala de prensa.

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15 octubre, 2013 · 23:16

Protrusión o intrusión

Una protrusión discal es un desplazamiento del núcleo pulposo del disco intervertebral hacia el anillo fibroso, generalmente en dirección posterior o posterolateral, de tal forma que se ejerce una presión sobre la raíz nerviosa que solo a veces cursa con lumbalgia y que no degenera en hernia mientras no se produzca una brecha parcial en las fibras colágenas del anillo.

Ya disculparán ustedes que refiera estas perogrulladas de curso común en el conocimiento del pueblo español, no digamos ya en las redacciones de la prensa deportiva. El español sabe de todo, como bien saben ustedes, pero una de las disciplinas que domina especialmente es la medicina deportiva, de tal manera que ha habido partidos del Barça en que ante las volteretas desgarradoras de un Alves, un Busi o un Neymar, si no andaba atento el doctor Ricard Pruna se ha estado a punto de enviar con la camilla al cronista del Sport.

Lo explicaba muy bien un joven Julio Camba enviado de corresponsal al grave país donde hoy entrena Guardiola. Se encuentra nuestro periodista a un médico español que ha ido a Berlín a mejorar su formación y que se deshace en elogios a la competencia de los especialistas alemanes:

–Desde luego para estudiar medicina hay que venir aquí.
–Pues yo conozco a un médico alemán que tiene mucha fama y que, cuando yo le dije que era español, me preguntó si el rumano era un idioma muy difícil –replica Camba.
–Es que aquí los médicos no saben nada más que medicina. Es lo contrario de lo que pasa en España. Allí todos tenemos una cultura general, y nadie tiene una cultura especial.

Sobre nuestra cultura general acaba de dictaminar la OCDE con entusiasmo perfectamente descriptible, pero eso es porque de los tiempos de Camba a esta parte el español ha preferido sacrificar lo general a lo particular, y así vemos manifestaciones que ejecutan la sardana cerril del aldeanismo y leemos titulares tremebundos de una prensa deportiva que ha preferido especializarse en Traumatología, quizá sospechando que de fútbol ya sabe todo el mundo.

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14 octubre, 2013 · 17:11

Las ansias infinitas de entrar en la RAE

“Quienes me conocen saben que entre las ambiciones legítimas que he perseguido no se encontró nunca la de ingresar en esta docta casa. Y no porque no me ilusionara la idea, sino porque veo a esta Institución tan encumbrada en el reconocimiento de nuestros conciudadanos, y tan arraigada en la historia de nuestro país, que no podría creerme yo ni con los méritos ni con los apoyos necesarios para aspirar a ocupar uno de sus sillones”.

La cita corresponde al discurso de entrada en la Real Academia Española de Juan Luis Cebrián, a quien una decisión salomónica como pocas otorgó la dignidad de ingresar en la RAE a la vez que a Luis María Anson. Es una cita paradigmática de lo que la retórica clásica llamaba captatio benevolentiae: la estratagema de predisponer al auditorio en tu favor blasonando de una indignidad personal que tu propia posición de orador desmiente sutilmente. Al público le conmueve tu falsa modestia y te presta atención. Cebrián declara no haber ambicionado jamás la altísima condición de académico –cómo osaría yo, les dice a los sabios de la patria–, pero si aquel 19 de diciembre de 1996 no se hubiera pronunciado el apellido Cebrián junto al de Anson, el prestigio secular de esa Docta Casa que tan inalcanzable le parecía a don Juan Luis habría quedado arrasado bajo llameantes editoriales de El País.

Este año la Española cumple tres siglos exactos de limpieza, fijeza y dación de esplendor. Pronto sus integrantes empezaron a ser llamados “inmortales”, como si el ingreso en la RAE garantizara un sillón simétrico en el Parnaso. El hecho es que todas las inteligencias hispanohablantes con alguna conciencia de méritos humanísticos ambicionan en secreto –o abiertamente– cruzar el docto umbral. La ambición suele ser tanto mayor cuanto más desafiantes son las invectivas que el frustrado aspirante dirige contra el elitismo y la caspa que se le presuponen a la Academia. Así Umbral, cuyos puyazos columnísticos a “Don Concha” –Víctor García de la Concha­ dirigía la RAE en los años en que más sonó la candidatura umbraliana– disimulaban mal la querencia del gran articulista por el sillón que sí lograron otros articulistas geniales como Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán o Julio Camba. En Camba, por cierto, no había sombra de falsa modestia cuando rechazó a Dámaso Alonso el sillón que le ofrecía:

–Me ofrece usted un sillón y yo lo que necesito es un piso –le espetó el insobornable inquilino del Palace.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

Otros célebres escépticos de la gloria académica vienen consignados en el ameno discurso de ingreso del filólogo Pedro Álvarez de Miranda en 2011, que trata precisamente sobre los discursos de ingreso y sobre cuya pista me puso Yolanda Gándara. Pérez de Ayala fue elegido por unanimidad en 1928 pero nunca escribió su discurso, como tampoco lo hizo Unamuno, electo en 1932. Ambos habían criticado tan duramente a la RAE que su rechazo no sorprendió; con humor, Laín justificaría la elección de Unamuno “por la calidad y la índole de su antiacademicismo”. Tampoco Antonio Machado se veía académico, y aunque fue elegido en 1927, a su muerte sólo había dejado un perezoso borrador. Benavente, elegido en 1912, transcurridos 30 años seguía sin entregar la pieza oratoria debido a un temor supersticioso: algunos provectos académicos habían muerto al poco de leer su discurso y estaba convencido de que le pasaría lo mismo. Al parecer acabó muriendo de todas maneras.

Lo normal, en todo caso, es perder el culo por entrar en la RAE. El caso más recordado es el de Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, cacique imbatible y conspirador impenitente. Tras una larga carrera haciendo y deshaciendo –fue diputado ininterrumpido desde 1886 hasta 1936–, Romanones empezó a sentir que su nombre quedaría excluido de toda gloriosa participación en el mañana a menos que una institución menos sospechosa que el Parlamento le reconociese como uno de los suyos para los restos. La cultura siempre ha servido para lustrar las manchas de la política, y no hay sede más aquilatada de lo cultural que el caserón de sabios del barrio de los Jerónimos. Blandiendo una modesta producción historiográfica y jurídica se puso a perseguir la nominación a la Academia con denuedo de niño caprichoso. Su nombre fue finalmente propuesto y él, para amarrar el resultado, al más puro estilo caciquil visitó casa por casa a cada uno de los académicos electores. Todos le prometieron su voto. Pero antes de que llegase el día en que tocaba debatir su ingreso, el Gobierno cayó y don Álvaro se vio en la bancada de la oposición. Allí lo encontró el ujier que le comunicó la noticia: su candidatura no había fructificado. Romanones, atónito, preguntó cuántos votos había obtenido. “Ninguno, señor”, contestó el ujier. Entonces don Álvaro hizo una pausa melancólica, se resignó a constatar el crecimiento de los enanos en el circo de su España y musitó célebremente: “Joder, qué tropa”.

Otro fracaso aristocrático lo protagonizó hace no tanto el marqués de Tamarón, por nombre Santiago de Mora-Figueroa y Williams, que tiene un impresionante currículo diplomático pero contaba sólo dos o tres libros ­–y uno de artículos recopilados­– en su haber cuando concurrió a la votación. El marqués, a diferencia del conde, acató el veredicto desfavorable con caballerosidad de buena cuna.

Habría que matizar mucho esa cédula de inmortalidad que una generosa tradición concede a los académicos. El escritor verdaderamente inmortal lo es por su obra al margen de que termine su vida ocupando un sillón de la Española. Y viceversa: si la aportación de un novelista o un periodista o un filólogo a sus respectivas disciplinas resulta mediocre, el hábil politiqueo que le haya granjeado el escaño académico no bastará para reservarle un sitio en la memoria cultural del país. No nombraré ilustres culos con asiento vigente en la RAE. ¿Pero quién se acuerda hoy de Jacinto Octavio Picón, bibliotecario de la RAE cuando en 1921 atendió para su desgracia la visita del corrosivo reportero peruano Alberto Guillén, autor de La linterna de Diógenes? En ese libro diabólico se recoge este coloquio que ya cuestionaba el mérito y la sindéresis de según qué académico:

»–Hoy se hace del idioma lo que se quiere, se le aplebeya, se le envilece, se le hace hacer cosas propias sólo de un payaso o una meretriz. ¡Si no fuera por la Academia!

–¿Qué cosa hace la Academia, señor Picón?

–¡Qué ha de hacer! Vela por la pureza del idioma, cierra las puertas a los vicios, hace los diccionarios, define las palabras. Y ya sabe usted lo que cuesta definir una cosa; no hay nada más difícil. ¡Coño!

Español: Retrato de Gertrudis Gómez de Avellan...

Gertrudis Gómez de Avellaneda chocó contra el sólido machismo académico (óleo de Federico Madrazo, 1857).

Estudio aparte merecen las mujeres. A María Isidra de Guzmán la admitieron como académica honoraria en 1784, pero la primera en postularse abiertamente fue la escritora de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se debatió el caso, pero una sociedad que prohibía a la mujer acceder a las bibliotecas públicas no iba a hallar respaldo fácil en los señores académicos. El veto a Gómez de Avellaneda sentó jurisprudencia machista, y contra ella se estrellaron los incuestionables méritos de Emilia Pardo Bazán, cuya pretensión académica zanjó el venenoso Juan Valera: “Harían falta dos sillones libres para tan robustas posaderas”. Más sangrante si cabe fue el veto a María Moliner, que en 1972 compitió por un sillón con el lingüista Emilio Alarcos Llorach. A la hoy venerada lexicógrafa le cerraron la puerta bajo acusación de intrusismo, pues era historiadora y no filóloga. Fue el último veto imputable a discriminación, y pocos años después ingresarían con normalidad Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, etcétera. Hoy solo hay 6 académicas entre 46 plazas, pero si la RAE se empieza a regir por cuotas, pronto el diccionario lo acabaremos haciendo por Whatsapp.

(Revista Leer, número 246, Octubre 2013)

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2 octubre, 2013 · 12:17

Una historia de la literatura para estómagos agradecidos

Famoso entre los griegos era el lujo con que vivían los habitantes de Síbaris, colonia aquea fundada al sur de Italia en el 721 a. C. que prosperó hasta extremos fabulosos gracias a la feracidad de sus campos y a la neurálgica ubicación de su puerto comercial en el Mediterráneo. Famoso fue el gobernador de Síbaris que prohibió los gallos para preservar el despertar natural de sus habitantes, y desterró a herreros y carpinteros porque el ruido de su oficio trastornaba el descanso popular. Famosa se hizo la leyenda de un sibarita que dormía en un lecho de pétalos de rosa y sin embargo un día se quejó a un forastero de que no había podido pegar ojo porque uno de los pétalos estaba doblado. Era fama que una red de canales transportaba el vino directamente del campo al centro urbano de Síbaris, para que sus avecindados pudieran embriagarse abrevando en las fuentes públicas. Y famoso fue el final de Síbaris, cuyos guerreros presumían de que sus caballos bailaban al son de la música; cuando entraron en guerra con la vecina Crotona, los crotonenses contrataron a músicos que en el fragor de la batalla empezaron a tocar sus instrumentos, poniendo a bailar a los caballos de los sibaritas, causando el desconcierto general –la lírica batiendo a la épica– y rindiendo la prodigiosa ciudad a sus enemigos, que la redujeron bárbaramente a cenizas, seguramente por envidia. Como siempre sucede en el mito griego, la soberbia acaba dictando la condena del héroe.

No estaban tan locos estos romanos.

No estaban tan locos estos romanos.

Nuestro tiempo no globaliza el lujo con la misma uniformidad que la miseria. Lo más parecido a Síbaris que tenemos hoy son los paraísos fiscales, que están restringidos a unos pocos sibaritas por herencia, pelotazo o maletín traspapelado. El sibaritismo se antoja una verdadera provocación en esta hora de socialdemocracia moral y liberalismo exclusivo, y desde luego se antoja un pecado bíblico para esa clase menestral de la intelectualidad que forman los buenos escritores. Los buenos escritores suelen ser sibaritas encerrados en el cuerpo de un pobre; de ahí el resentimiento que profesan a los grandes potentados de la sociedad, que suelen ser pobres recubiertos de sibaritismo deslumbrante. El buen escritor se encuentra entonces ante la disyuntiva del rencor o la imitación voluntariosa. Quienes se lanzan por el primer camino no revisten mayor interés, porque la envidia es un patrimonio barato, al alcance de cualquier fortuna. A mí me gustan, por su falta de hipocresía, los segundos, quienes escurren con sacrificio su pluma para reunir los honorarios que les sufraguen tanto confort como se puedan permitir.

Sibarita fue Larra, quien pese a todo su romántico dramatismo era la pluma mejor pagada del país y lo demostraba lavándose a diario con jabón de almendras, manteniendo un servicio plural y ceremonioso en su céntrica residencia de Caballero de Gracia y haciéndose ver por El Retiro en el mejor cabriolé del mercado, lo que equivaldría exactamente a revolucionar el Infiniti en un semáforo de la calle Serrano. Sibarita fue Wilde, que dilapidó su fortuna de exitoso dramaturgo llevando a cenar al diabólico Lord Alfred unas noches a Kettners y otras al Savoy hasta la catástrofe final. Debemos a Wilde –uno de cuyos más famosos personajes sentencia incontrovertiblemente: “Mis deseos son órdenes para mí»– el evangelio pagano del sibarita moderno en forma de aforismos: «El placer es la única cosa por la que se debe vivir. Nada envejece tan rápido como la felicidad».

El sibaritismo literario se ha vertido en géneros diversos, desde el erótico al convival, pero aquí queremos fijarnos en el género estrictamente culinario, pues comer y beber bien es quizá el más sólido y longevo de los placeres humanos. Uno, por ejemplo, deja de disfrutar del sexo mucho antes de seguir disfrutando de una botella de Borgoña; y cuando el Borgoña ya no nos sepa a nada, quizás haya sonado la hora de marcharse indignados de este mundo.

El banquete articula una de las vetas más cultivadas de la historia literaria desde la antigüedad grecolatina hasta los nuevos corifeos de la cocina fusión. Cada vez que los héroes de las epopeyas homéricas tienen algo que celebrar, se atracan de muslos pingües y jarras de vino convenientemente libado en honor de los dioses, lo que equivaldría a la bendición cristiana de los alimentos. De la Ilíada al Satiricón del árbitro de la elegancia, el romano Petronio –con su pantagruélico banquete del rico Trimalción–, la buena mesa sirve al escritor clásico para señalar la diferencia entre los pueblos bárbaros y la civilización. Dime qué comes y te diré lo que eres, proclamaría en el siglo XIX el fundador de la literatura gastronómica moderna, Jean Anthelme Brillat-Savarin, del que luego hablaremos. Homero, Hesíodo, Anacreonte, Píndaro, Heródoto, Jenofonte, Aristófanes, Plutarco o Ateneo concedieron a la gastronomía un lugar preponderante en sus obras, normalmente usando el motivo del banquete como marco narrativo o dialéctico. Pero fueron los romanos, con su proverbial sentido del orden y la jerarquía, los que nos legaron la primera monografía gastronómica medianamente completa de la literatura occidental. Se trata del De re coquinaria, o De la cocina, escrito en el siglo I d.C. por Marco Gavio Apicio, cuyo epicureísmo desacomplejado enojaba al bando estoico de su tiempo, formado por Séneca y Plinio el Viejo. En realidad, el epicureísmo de Apicio no llegaba a la suela de la incontinente sandalia de Lúculo, excesivo militar que se retiró con el botín de sus campañas a su fabuloso palacio del monte Pincio, cuyo lujo delirante sólo superaría la Domus Aurea de Nerón. Cuenta Plutarco que una noche, excepcionalmente, Lúculo no tenía invitados a cenar y sus criados le prepararon una colación si no frugal, tampoco suntuaria como era costumbre. Enfadado, Lúculo llamó a su mayordomo y le espetó: “¿No sabías que hoy Lúculo cena con Lúculo?” Y se hizo preparar en el acto un lujurioso convite para él solo. En 1929, Julio Camba se inspiraría en este legendario bon vivant para escribir la obra maestra de la literatura culinaria en castellano: La casa de Lúculo o el arte de comer. Si no es el mejor Camba –y eso es mucho decir–, no sé qué le puede faltar para serlo.

Hay tesis doctorales sobre la abundante cocina bíblica (que no se reduce al insípido maná). Y nos estamos ciñendo a la tradición occidental: China, Japón o la India –por no hablar del refinamiento culinario del mundo árabe, desde la voz incesante de Sherezade a los poemas andalusíes– manejan antiquísimas referencias gastronómicas. A una cocina propia, una literatura culinaria propia.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

 Decir que el sibaritismo literario no estuvo bien visto en la Edad Media no deja de ser un prejuicio progre en cuanto traemos a la memoria los versos dionisíacos de los Cármina burana, los relatos licenciosos del Decamerón de Bocaccio o el programa vital de nuestro Arcipreste de Hita: “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera / el mundo por dos cosas trabaja: la primera / por tener mantenencia; la otra cosa era / por tener juntamiento con hembra placentera”. Nótese que el sexo va en segundo lugar: lo primero en esta vida es comer bien. Pero la guadianesca corriente de lo pagano –siempre presente, aunque corra por el subsuelo– aflora en Europa con toda su transparencia al estallar el Renacimiento, que como sabemos no fue un estallido, como no lo es nada en la historia, y menos el Renacimiento. Y aquí surgen dos genios, franceses tenían que ser tratándose de cocina: Montaigne y Rabelais. ¿Hasta qué punto el estilo moroso y claro de Montaigne es un trasunto textual de la acción de paladear ese Château d’Yquem que le volvía loco? También el sensible trance de adjetivar lo acompañaba Pla del acto cadencioso de liar un cigarro. Y en nuestros días, un planiano acreditado como Arcadi Espada ha dedicado páginas de delicado estilo a la vida de château, al sabroso universo del queso y a la tarea de resaborización emprendida por El Bulli de Adrià.

En cuanto al genio incontinente de Rabelais, legó a la literatura mucho más que el adjetivo “pantagruélico”, el mismo que los tertulianos repiten sin saber de dónde procede. En su Pantagruel y en su Gargantúa, Rabelais reinventó la farsa narrativa a partir de la comedia aristofanesca, dio carta de naturaleza al humor grotesco, proveyó a Cervantes de los últimos mimbres para la invención de la novela moderna –Sancho es un personaje rabelaisiano-, prestó a Bajtín la teoría de lo carnavalesco –fundamental para la historiografía literaria– y en suma otorgó a la glotonería la centralidad temática que le venía siendo escamoteada en la ficción, al contrario que en la vida.

A partir de ahí, todo fue rodado. El género de la novela tuvo campo abierto a la gastronomía desde sus orígenes modernos, como prueba el Quijote en su segunda frase: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. La literatura picaresca española está obsesionada con la comida –el hombre se obsesiona siempre con aquello que se le niega–, del pobre Lázaro al “archipobre” Dómine Cabra de Quevedo. Los ilustrados, con esa manía de sistematizarlo todo, encerraron la cocina en tratados y enciclopedias, hasta que el advenimiento de un epígono genial, ya metido en rebeldías románticas: el citado jurista Jean Anthelme Brillat-Savarin, que elevó la cocina hasta el merecido cielo de nuestra gratitud: “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella. Estrellas hay ya bastantes”. Brilliat-Savarin escribió la normativa Fisiología del gusto, donde se contradice resueltamente ese estúpido refrán que reza que sobre gustos no hay nada escrito y donde se sienta jurisprudencia todavía vigente sobre las combinaciones de sabores admisibles en el marco legal de toda sociedad civilizada. Aún Camba le invoca a menudo como cita de autoridad, y eso que el gallego, anarquista de espíritu, reconocía pocas autoridades.

El mejor Camba surgía al hablar de comida.

El mejor Camba es el que habla con la boca llena.

El modernismo abrió paso a los más descarados epicúreos de la literatura occidental. De Wilde a D’Annunzio, de Huysmans a Valle-Inclán. Sin salir de España cabe vengar el hambre proverbial que aquí se ha pasado con la prosa deliciosa de obras como La casa de Lúculo, de Camba; La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro; Historia de la gastronomía o Viaje a Francia, del catalán Néstor Luján –quien luego escribiría al alimón con su paisano Joan Perucho El libro de la cocina española– ; Lo que hemos comido, del payés Pla; o Contra los gourmets, del bienhumorado Manuel Vázquez Montalbán.

Leamos, queridos lectores. Pero ante todo comamos. Comamos despreocupados del dinero, porque es en la falta de recursos donde comienza el apetito, y despreocupados también del colesterol, porque el arte de comer no debe ser sustituido por la ciencia de nutrirse. Comamos con la audacia del primer hombre que probó los caracoles, que ciertamente fue un hambriento y no un epicúreo, razona Camba, pero cuya valentía recibió el premio del sabor. Comamos concediendo a este acto la gravedad cultural que merece, conscientes, como nos pide Cunqueiro, de que “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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16 julio, 2013 · 12:45

La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

¿Es compatible la ética con la ola de calor?

Ya está la ola de calor abriendo telediarios como cada verano, bien que en cada país el calor se traduce noticiosamente de modos diversos. En El Cairo por ejemplo desahogan la canícula mediante el “golpe revolucionario popular”, que no debemos confundir con el golpe de Estado de toda la vida según lo tiene teorizado Curzio Malaparte. En España perdimos esa ambición y el hábito entrañable de la asonada decayó a partir de 1981, por lo que ahora, cuando Madrid se sarteniza y en las aceras hierven los callos del pinrel urbano, el único golpe que recibe el país es el de los agresivos escotes de la femineidad retadora. El calor, por cierto, en eso se parece al alcohol: estimula el deseo pero frustra la ejecución. Ustedes me entienden.

–La moral y las buenas costumbres tienen en la actualidad una reputación deplorable, y de ahí el que las chicas más virtuosas se las echen hoy, hipócritamente, de corrompidas y perversas. Es una forma un tanto extraña de la hipocresía, convengo en ello, pero así anda el mundo…

Eso le decía a Camba un amigo suyo ya en 1935, razón por la cual no podemos creer en la nueva jeremiada de Baltasar Garzón, penúltima voz jupiterina de la regeneración moral (la antepenúltima fue la de Mario Conde, y en este plan). Garzón ansía sacarnos a los españoles del “pozo gris” en que penamos como bárcenas descabalgados de las buenas costumbres, que en España duran lo mismo que una recesión. En cuanto vuelve el dinero, vuelve de su mano la alegría, el derroche, la coima, el lerele y la vicepresidencia del Banco Europeo de Inversiones do mora todavía Maleni Álvarez, la monologuista mejor remunerada de la democracia hasta que topó con el trolley tremebundo de Mercedes Alaya, mazo de roble en piel de porcelana.

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8 julio, 2013 · 14:15

La impúdica lucha contra el reloj

Reseña de 'Manu' en Revista Leer.

Lo último de Jabois en ‘Leer’.

[Reproduzco a continuación mi crítica del último libro de Manuel Jabois que acaba de publicar la Revista Leer en su número especial de verano]

A Ruano se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

Manuel Jabois no ha necesitado ser corresponsal en Berlín –aunque sí en Sanxenxo, donde nació en 1978– para alcanzar la sabia conclusión de Ruano. Su novedosa forma estilizada y autoparódica, descaradamente personal, de ejercer el columnismo le ha granjeado una meteórica posición entre las firmas imprescindibles del articulismo patrio, hoy desde las páginas de El Mundo, y estoy seguro de que su antología de columnas Irse a Madrid (también editada por Pepitas de calabaza) quedará como hito renovador del género. Tras publicar unas memorias futboleras de candorosa niñez (Grupo salvaje, Libros del K.O.), abunda ahora en la veta subjetiva con un dietario de madurez primera: aquella que inaugura la experiencia decisiva de la paternidad. El autor lo cuenta todo, desde la concepción hasta el parto de su hijo Manu, porque sabe como Ruano que en la salvaje exposición de sí mismo radica magnetizado el interés lector. Y sin embargo en el escritor hecho que es Jabois el impudor no puede sino funcionar como la más refinada de las máscaras, bajo cuya brillante comicidad encontraríamos la cara sombría de la soledad y la insatisfacción, saldo consabido en la pugna de la escritura contra el tiempo.

La fluidez musical de un fraseo ya inconfundible amalgama suavemente lo coloquial con sencillas notas de perfecto lirismo, acreditando un dominio poco habitual del tono y del ritmo que no permite suspender la lectura, a cuyo término llegamos con una ansiedad caníbal de la próxima ración de sí mismo.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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4 julio, 2013 · 16:37

Jabois en Es Radio

La criatura.

La criatura.

Carmen Carbonell entrevista en Es Radio a Jabois a cuenta de su último libro, con el concurso entusiasta de su familia -Ana confirmando lo autobiográfico del texto y Manu balbuceando papá- y de uno mismo. Por si gustáis.

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