Es justo que la Biblioteca Nacional dedique una exposición al hombre más libre de una España de fanáticos. Diez años tenía Miguel de Unamuno cuando vio entrar a las tropas liberales en Bilbao y sintió que su corazón de «niño viejo» cabalgaba con ellas como si fueran contradicciones. En el laberinto de causas políticas y controversias históricas que fatigó el menos cerebral de nuestros intelectuales parece fácil perderse, pero es más fácil encontrarse si tiramos del hilo intacto de su espíritu, que siempre toma partido infalible por el individuo y no la masa, por la dignidad y no la ideología.
Era el único tenista que jugaba con el alma. Y eso que el suyo no era precisamente un cuerpo vulgar. Incluso un observador tan inteligente como David Foster Wallace abonó el tópico maniqueo del poderío físico de Rafa frente a la elegancia mística de Roger. «Nadal es la némesis de Federer. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del norte. Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo». Error, David. Te traicionó la sensibilidad protestante.
Está previsto que suceda un milagro en el Congreso de los Diputados. Tras dos años y medio de prórrogas mezquinas, a dos meses de cumplirse el primer aniversario del alzamiento del muro, la ley que garantizará una vida digna a los enfermos con esclerosis lateral amiotrófica empezará a tramitarse gracias al dispar compromiso de PP, Junts, PSOE y Sumar. Por una vez los parlamentarios españoles -incluidos aquellos que no quieren ser españoles- se elevarán por encima de sí mismos, reventando el corsé tribal que sujeta su disciplina de voto. La política se reconciliará con la vocación de servicio, rehabilitando la dignidad del representante a ojos de sus representados. La ética derrotará a la táctica.
Esta semana el presidente de Castilla-La Mancha pasó de las palabras a los hechos: recurrió ante el Tribunal Constitucional la ley de Amnistía que ha permitido a Pedro Sánchez mantenerse en La Moncloa. Allí, hace tiempo que lo dan por amortizado. Pero quizá es Page el que da por amortizado a Sánchez.
Esta semana ha declarado que «le dan por perdido en Ferraz». ¿Percibió cierta tensión o recelo hacia usted en el Comité Federal?
Yo llevo prácticamente desde los 16 años en el partido. Soy muy veterano en la militancia y por eso no me entra ningún tipo de complejo. La camiseta la llevo desde hace mucho tiempo y con mucho orgullo. Pero en la militancia en general el comportamiento es mucho más fraternal y de camaradería de lo que parece. Hombre, luego hay debates más acalorados o que tienen más carga de tensión y, obviamente, llevamos una temporada de debate tenso por la situación general del país. Ellos saben cuál es mi posición y creo que han renunciado a intentar convencerme. Estoy abierto a escuchar todo tipo de planteamientos, pero no soy persona que le guste hablar por hablar. Algunos destacan de su currículum político el decir lo que piensan; yo pienso lo que digo, que quizás es más importante.
Parece que la condescendencia hispánica ha cambiado de bando y ahora son los periféricos los que se burlan de los centralistas. Yo aún tarareo inocentemente aquel estribillo gamberro que Séptimo Sello aportó a la Movida: «Todos los paletos fuera de Madrid». Pero este verano un bar gallego ha sido noticia no por cerrar en agosto sino por la aparatosa xenofobia del motivo: «Si cae una bomba en Mera se quedan sin tontos en la Meseta». Hay paisanos míos que se han ofendido, pero a un verdadero madrileño -es decir, alguien venido de provincias que desprecia el peso del terruño en la conformación de su identidad y en la elección de su proyecto de vida- una frase como esa lo moverá mucho antes a la carcajada que a la indignación. Sobre todo porque si semejante declaración de hostilidad surtiera efecto y los mesetarios dejaran de veranear en aquellas hermosas rías, la economía gallega se vería dramáticamente devuelta a la edad del zueco, el azadón y la gallina. Bien lo sabe el astuto alcalde de Vigo, que cada navidad prende luces más grandes para atraer más carteras del resto de España.
Al presidente no le gusta la poesía. Todos recordamos el día en que se refirió a Albert Camus como «aquel viejo poeta argelino». Lo cierto es que no dio ni una: Camus era de nacionalidad francesa, escribió novela, drama o ensayo y murió joven. En otra ocasión se plantó en Collioure y habló de la «cuna soriana» de Machado, cuya infancia -como sus lectores de verdad saben- son recuerdos de un patio de Sevilla.
Otra de las cosas que nos quiere arrebatar el sanchismo es el derecho a la desconexión estival, y no debemos dejarnos. Cuando hasta en agosto se suceden los escándalos y la intensidad política no cede al marasmo veraniego existe la tentación de soltar la jeremiada: ¿queda alguien ahí para escandalizarse? ¿Es algo más que un puñado el número de conciencias a las que les sigue doliendo España bien entrado el periodo vacacional? Nos acordamos entonces de aquellos que se fueron a los toros la tarde en que llegó a Madrid la noticia de la pérdida de Cuba y Filipinas, y concluimos siglo y cuarto después que el españolejo no ha superado su atávico pancismo, su incurable alienación institucional.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.