No fue un periodista deportivo -la estirpe mejor dotada para el epíteto- quien le puso a Julio Rodríguez el sobrenombre de «ángel de Adamuz». Fue Carmelo, el padre de uno de los viajeros a los que Julio rescató del jeroglífico de hierro del primer vagón del Alvia.
Para humillar el orgullo de Francia antes no había más remedio que batirse bajo el sol de Bailén o cruzar la Línea Maginot por las Ardenas. Ahora basta con subirse a una scooter y presentarse en el Louvre a las nueve y media de la mañana por la fachada que da al Sena, elevarse en la grúa de una furgoneta de reformas, cortar la ventana con una radial, acopiar las joyas que quepan en la mano y salir zumbando por donde has venido aunque en la huida pierdas la corona de una emperatriz. No niego que el robo del Louvre sea de película, pero del cine quinqui.
Todos quieren saber el secreto de Maria Branyas para haber llegado a los 117 años. El Titanic ni se había proyectado cuando la nena Maria empezó a gatear por los suelos de su casa de San Francisco, California. Nuestra supercentenaria, vencida al fin por la parca en 2024, ha sido la española más longeva de todos los tiempos. La cubre ya el polvo ancestral de la Cataluña de sus padres emigrantes, pero nació en unos Estados Unidos que conservaban aún la edad de la inocencia. Tuvo ella la coquetería suprema de donar en vida su cuerpo a la ciencia, cosa que no está al alcance de cualquier metabolismo. Y el doctor Manel Esteller, autoridad mundial en epigenética, acaba de publicar los resultados de su estudio.
Si de lo que se trata es de apuntalar la coherencia de una línea editorial, habrá que salir en defensa del fichaje de Belén Esteban por parte de una televisión pública ahormada a imagen de Pedro. Después de la exclusiva de este periódico ya nadie pondrá en duda la continuidad ética y estética entre el presidente del Gobierno y la reina de la telebasura. Dios cría a chonis con horteras y el dinero público los junta.
Cada generación tiene el deber moral de descubrir el Mediterráneo, pero inmediatamente después debería ponerse a descubrir el Atlántico. El lugar adecuado para hacerlo es un archipiélago nacido de una perfecta colaboración entre los cuatro elementos: el fuego que lo alumbró y que aún lo amenaza, el mar del que emergió y que lo circunda, la tierra que lo nutre y el aire que lo conserva. Los romanos las creyeron habitadas por perros salvajes, así que las llamaron Canarias.
La autovía de Levante es un hilo de alquitrán que conecta la realidad con la ficción. Todas las catástrofes tienen al menos esa virtud: desvelan violentamente la condición artificiosa de nuestra seguridad. A cualquiera que tenga ojos para ver y corazón para sentir le parece hoy Madrid un lugar inconcebible: lo real es Valencia.
La cruda dimensión en la que va ingresando el coche viene anunciada por señales turbadoras: vehículos militares, furgonetas atestadas de cajas, arcenes costrosos de arcilla, quitamiedos retorcidos como si fueran de regaliz. Pero la que sale a recibirnos no es una dimensión espacial sino temporal. Entramos en otra época, una antigua y terrible que solo hemos visto en los cuadros de ciertos museos y en las películas que recurren a la distopía por falta de imaginación.
No es la caída de Íñigo Errejón: es el derrumbe de la casta de airados fariseos que durante la última década ha envenenado la vida pública de este país. Una generación de resentidos que proyectó su íntima deformidad sobre el adversario para auparse al poder institucional. Engañaron a millones de ciudadanos. Y ahora descubrimos que se cebaron especialmente con la fe de las ciudadanas.
Siguen yendo los periodistas a las ruedas de prensa de Pedro como si Pedro estuviera moralmente capacitado para responderles. Como si el tétrico palacio de La Moncloa fuera hoy algo distinto que un laberinto de espejos de barraca ferial diseñado por el hermano tonto de George Orwell. Mis compañeros se acreditan, van, preguntan cuando les dejan pero sistemáticamente topan contra el muro facial de un hombre absurdo, vaciado de sentido como un grito munchiano, reducido a una enorme jeta hialurónica, elástica e impermeable. Si la piel de la cara de Pedro Sánchez pudiera clonarse quedaría obsoleto el kevlar para los chalecos de los marines.