Archivo de la etiqueta: El poder desgasta a quien no lo tiene

La venganza de Rajoy se sirve fría, como el gintonic

Me ha sorprendido el tipín de Rajoy visto desde la tribuna de prensa del Congreso, de donde he estado ausente tres meses que el presidente ha aprovechado para reducir el déficit y apretarse el cinturón de cara al verano, porque contra lo que se dice yo advierto en Rajoy una coquetería sutil que se distingue del postureo más teatral de Toni Cantó. Cantó –o Cantuvo, que dice Hughes– ahorra en corbatas para transmitir desenfado por si le apunta una cámara, y Rajoy ahorra en general para evitar el enfado con que le apunta otra cámara, en concreto la del Reichstag. La legislatura de Rajoy acusa por tanto el rigor de una operación bikini perpetua, no sujeta a estacionalidad, y Rajoy ha somatizado su política hasta presentársenos descarnadito, aunque todos sabemos también que el plasma engorda.

Además de delgado, conciliador. El primer diputado opositor del orden del día le ha preguntado por qué tanto empeño en legislar sin consenso, que es lo que más molesta de las mayorías absolutas, pero va el presidente y en vez de señalarse los votos como Cristiano el muslo murmura al borde de la disculpa que está dispuesto a hablar. Lo hace con ese rumor quedo que complica la vigilia del periodista madrugador, y es que a Rajoy no le gusta el protagonismo ni cuando responde en el Parlamento y prefiere sonar de fondo como dice Jabois, quien me ha firmado su nuevo libro bajo los inspiradores disparos de Tejero que veía por primera vez. Rajoy también ha tendido la mano a Sánchez LlibreDuran no estaba, y eso siempre es un problema pues se pierde la referencia del momento apropiado para salir a fumar, que coincide normalmente con su pregunta– a cuenta de una propuesta de microcréditos para pymes y autónomos, y no satisfecho con el despliegue de cortesía realizado se ha mostrado “dispuesto a llegar a un entendimiento” con Rubalcaba para llevar a Bruselas un plan presupuestario concertado por el máximo número de partidos.

Todo este derroche rajoyesco de talante, creo yo, no es más que una fría venganza contra Aznar, abundando en la rabia con que desde las Azores debió de contemplarse la foto parisién con Felipe. El peligro que corre Rajoy si persiste en su huida hacia delante de empatía socialista es que acabe levantándole las primarias a Madina, a quien Gallardón, tras citarle en la cara a Indalecio Prieto y a Lincoln –Gallardón cualquier día rompe a hablar en latín–, ha animado a “liberarse de los prejuicios del pasado”, que es la perífrasis más elegante que he oído para aludir a Rubalcaba.

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29 mayo, 2013 · 17:17

Las damas de hierro también lloran

Único llanto documentado.

Único llanto documentado.

[Escribí en La Gaceta lo que reproduzco a continuación el 17 de septiembre de 2012, día en que Esperanza Aguirre anunció entre lágrimas su dimisión. Las lágrimas de Aguirre, como las de Chuck Norris, curan el cáncer, pero no se le había visto llorar hasta la fecha, siquiera bajo una balacera hindú o un helicóptero grávido. De aquellas lágrimas -hoy queda claro que prematuras-, mezcladas con el polvo de la mentira programática, bajan hasta Génova los actuales lodos de la división interna. Ingenuo de mí que pensé que Aguirre, efectivamente, se estaba despidiendo]

Las damas de hierro también lloran, pero nunca lo harán por frivolidades como una balacera terrorista en Bombay o un accidente de helicóptero. Esperanza Aguirre sólo llora cuando dimite y por eso sólo la veremos llorar una vez en la vida. A una dama de hierro se le quiebra de veras la voz cuando se despide de sus periodistas más incisivos, como ella misma reconoció. Y en esa nostalgia anticipada de la emboscada mediática revela Aguirre su temple anacrónico de auctoritas sin complejo, de político previo a los sonrosados tiempos del gabinete profiláctico. ¡Dimitir en una rueda de prensa con preguntas, dejarse preguntar entre lágrimas hasta que enmudecen los preguntadores atónitos! Fue el postrer desafío torero de Aguirre a Rajoy, alérgico a la modalidad interrogativa del lenguaje y al propio concepto de curiosidad civil, de modo que el alivio cierto que bajo los chorretones de la emoción constatábamos en la lideresa ha coincidido por primera y última vez con el alivio superviviente de Mariano, ingeniero mayor del puente de plata.

¿Por qué se va Esperanza? En España, y esto en el caso de tener mucha vergüenza, uno se va antes de que lo echen. Pero con la garantía de tantas mayorías absolutas –Madrid es de derechas, no hay mucha vuelta de hoja– como veces siguiera presentándose, no queda más remedio que abundar en la excepcionalidad política de Aguirre, que sonreía traviesa al blandir su triunfo final:

—Lo llevaba pensando hace mucho tiempo. ¡Y no se ha filtrado! ¿Se han dado cuenta ustedes?

Aguirre era sobre todo una forma de estar frente al toro de los medios que ya no veremos más. Nadie para, templa y manda igual entre los correveidiles alcornoqueños y veletas que nos va dejando la partitocracia. Aguirre se quedaba de pie en la trayectoria menos airosa, como Belmonte, y o te quitabas tú o había cogida. Un periodista sabía que había cogido a Aguirre porque normalmente quedaba peor que ella. Ella dominaba el arte de cavar trincheras y hacer levas de partidarios, y también el de acoger conversos y no dejar prisioneros. Son habilidades bélicas propias de los viejos y heroicos juegos de tronos que ofertan de primeras el pacto y de últimas la guerra y no al revés, como se hace ahora. Imaginamos a Aguirre pactando con el oncólogo como en el chiste del paciente que aferra al dentista de los huevos:

—¿Verdad que no vamos a hacernos daño, doctor?

Personalmente opino que el cáncer es una de las razones fundamentales por lo que apareja de cansancio vital incompatible con el navajeo trapero del puesto. Aguantar, con escasas compensaciones y la vanidad colmada, no tiene sentido pero irse en la victoria está al alcance de altiveces en peligro de extinción. No quiero decir que la enfermedad constituya el motivo fundamental porque ante esta adversaria eso sería sobrevalorar al cáncer; y el apacible retorno a la familia, a estas alturas de vivencia en el poder, supone para Aguirre antes un aprendizaje horaciano del beatus ille que una añoranza sentida. Pero en el fondo yo creo que Esperanza Aguirre se va para darse el gustazo definitivo de mirar las caras de tonto que se les quedan a sus enemigos, desposeídos súbitamente de todo argumentario, es decir, de chivo expiatorio, con el vídeo Marquesa Antisocial, toma VII a medio montar.

Aguirre dice adiós con un pasado cumplido, un presente de huelgas y un futuro de rescate. Su mutis exhausto parece sobrellevar discretamente una certeza terrible: la vecindad de novedades testimoniables preferiblemente desde casa, lo cual quiere decir más o menos que vamos a morir todos y pronto. Ella se va y deja al articulismo huérfano de sus micrófonos indiscretos y sus rajadas gloriosas que actuaban sobre la jodida disciplina de partido como esa palanca de hierro que Sam Spade profesaba en El halcón maltés como epistemología favorita:

—Mi método para averiguar las cosas es arrojar, violenta e impredeciblemente, una barra de hierro en medio de la maquinaria. Por mi parte, no tengo inconveniente, si tú estás segura de que las piezas, al saltar, no te van a hacer daño.

Yo, que no la voté, la voy a echar de menos a diario.

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Mariano Rajoy y la gente en general

La frustración que produce la crisis hay que quemarla porque si no se queda dentro y puede uno acabar cualquier noche haciendo un Miguel Ángel Rodríguez. En otros tiempos la frustración nacional sabía canalizarla cualquier dirigente medianamente leído contra un enemigo exterior bien reconocible y acotadito, por ejemplo Las Malvinas o por ejemplo los masones, cuyo cripticismo funcionaba muy bien como una paradójica y desafiante omnipresencia. Pero contra la crisis, con sus causas arcanas y sus resortes remotos, no sabemos cabrearnos de forma plenamente satisfactoria, evacuar digamos un cabreo transitivo, externalizable, escrachante sin miramientos morales, y éste yo creo que es el secreto del fracaso del 15-M y de las huelgas generales. Si la calle no arde como viene pidiendo ilusionado Raúl del Pozo, deseoso de hallar nuevos términos de comparación entre Viriato y algún discípulo entusiasta de Sánchez Gordillo, es porque la calle ha visto que ni con el PSOE ni con el PP: ha visto que esto o se soluciona solo o no lo soluciona ni la revolución. Otra cosa es que intentemos robar jamones de vez en cuando.

Durante un tiempo traté a un ingeniero de caminos pero con vocación de ingeniero social que encabezaba todas sus opiniones diciendo: «La gente en general quiere…» O bien: «La gente en general busca…». Pues bien, la gente en general está mucho menos cabreada con el Gobierno que la prensa, cuyo enojo no obedece sino a su tradicional función de ignorar lo que sucede e imponer lo que le afecta, que aquí y ahora es la extinción de su propio modelo de negocio, de lo cual ni siquiera Rajoy tiene la culpa.

Rajoy es el primer presidente de la democracia que desvincula olímpicamente su agenda política de la opinión pública, lo cual es admirable y cabrea mucho al periodismo, si bien cabrear al periodismo ya no exige los cojones de antaño porque el cuarto poder no es lo que era, debe de andar por el octavo o el noveno lugar. La prueba es que la pinza contra el PP de los dos grandes periódicos a propósito del caso Bárcenas no ha arrancado una sola dimisión, cuando antiguamente bastaba con parecerlo para rendirse al apremio mediático. Ignorar a la opinión pública es la contribución revolucionaria que ha deparado Rajoy a la historia de las ideas políticas; para grabar con letras de bronce sobredorado su nombre en el perenne inventario de la Historia, al político gallego únicamente le ha faltado ya fundar su Gobierno sobre los intereses del pueblo español, y no sobre los del pueblo alemán. Pero tampoco es cosa de pedir peras al olmo, oigan.

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8 mayo, 2013 · 16:39

Giulio Andreotti: el obispo isósceles

Giulio Andreotti, il Divo que llena la escena de la política italiana desde la posguerra hasta ese guadianesco avatar de sí mismo que es Berlusconi, fue en todo caso un caballero, por lo que decidió ceder el paso postrero a Margaret Thatcher para que la Dama de Hierro fuera la primera de los dos en llamar a las puertas del cielo. Ahora don Giulio, que como político de longevidad mitológica llamó a todas las puertas incluidas las del infierno, habrá de armarse de paciencia ante la aldaba celestial. “No tengo vicios menores”, confesó él mismo, porque tenía el único que los engloba a todos: el poder, el poder en estado puro, sin condicionantes onerosos por culpa de los malditos principios, ese poder que sólo desgasta a los que no lo tienen, como dejó esculpido en cita memorable.

Andreotti fue el inveterado líder de una cosa que llaman Democracia Cristiana, sintagma inconciliable que a Unamuno, si no me falla la memoria, le suscitó una analogía genial: “Decir democracia cristiana es como decir obispo isósceles”. Y así es, porque el cristianismo es una respuesta unívoca a la búsqueda de la Verdad, mientras que la democracia no es más que un concierto aritmético de opiniones coyunturales. Y aunque todo partido democrático reproduce en la práctica un funcionamiento tan jerarquizado como el de la Iglesia, un político con convicciones demasiado definidas se revela pronto una rémora para el mercadeo partitocrático. En términos radicales o se es cristiano, o se es demócrata. El propio Andreotti –y en esto no hacía sino preconizar el comportamiento de las futuras derechas europeas, que equivale al presente relativista de nuestra época y país- no perdió demasiado tiempo tratando de justificar la ideología de su partido, y si a alguno se le ocurría pedirle un poquito de coherencia no tenía empacho en invocar las mismísimas Escrituras como fuente de su pragmatismo: “Lo leímos en los Evangelios: cuando a Jesucristo se le preguntaba qué es la verdad, nunca respondía”. Uno de sus más brillantes fustigadores, el inmortal Indro Montanelli, resumía plásticamente la inspiración maquiavélica de su proceder político: “De Gasperi y Andreotti iban siempre juntos a misa; De Gasperi para hablar con Dios y Andreotti para hablar con los curas”. Que a Dios no se le pueden hacer ofertas irrechazables. Y sin embargo, rara vez a lo largo de su vida faltó a misa de siete de la mañana. Algo tendría pactado con Él; quizá la gratitud por salir adelante como hijo huérfano de familia modesta en la Italia devastada por la guerra.

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7 mayo, 2013 · 12:57

Waiting for Maggie

[Reproduzco, por si fuera oportuno, la página que le dediqué el 10 de enero de 2012 en La Gaceta al biopic de Margaret Thatcher, protagonizado por Meryl Streep, que nos dio a una dama de cobre. Eso sí, formidablemente interpretada]

Al cine prefiero ir con mujeres, aunque también he ido bastante con hombres, incluso con niños –no míos, según me aseguraron– y probablemente con ácaros invisibles prendidos a la ropa en las tórridas noches de verano. Para ver La Dama de Hierro no encontré acompañante, pero casi mejor –pensé luego–, porque así sería todo de la Thatcher por un par de horas. No creo que Margaret sea de la clase de mujeres que admiten fácilmente la competencia de otras en un plan de cine.

English: Margaret Thatcher, former UK PM. Fran...

Iron Lady. (Wikipedia)

Las dos advertencias que me habían hecho sobre la película resultaron de lo más fundadas. Meryl Streep al parecer sabe algo de interpretación, eso por un lado. Este papel otoñal suyo equivale al de Marlon Brando en El Padrino por calado artístico, cota de madurez y hasta por concomitancia argumental: el tema shakesperiano del poder y sus efectos. Y dos: la industria del cine occidental se ha internado tanto en el lugarcomunismo de progreso que ya no sabe cómo desandar el camino de las baldosas melifluas para retratar debidamente a una mujer memorable no por mujer, sino por adalid desafiante del conservadurismo. Quiero decir que la Thatcher es la Dama de Hierro y en la película la muestran mayormente como a la anciana de cobre o así. Su ideología desacomplejadamente conservadora se yergue como piedra de escándalo insalvable para cualquier guionista o cinero posmoderno, con todas las servidumbres rosas o verdes o marrón glacé que el público necesita para irse a dormir echándole la culpa a otro, que es como duermen los niños. La película falla porque traiciona la razón vital de la propia biografiada, tal y como ella misma la expone en una visita al médico, pasaje excepcionalmente thatcherista de la película:

—¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente… ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien.

Se me quedó grabada de una vez esta retahíla como de sermón de la montaña tory que colisiona con el imperio Disney del cerebro licuefacto, este algodón de azúcar que habita hegemónicamente las paredes craneales de nuestra sociedad pueril en el lugar del seso individual y reivindicable.

La película, como los jueces maniqueos, se deja ir por la pendiente del aplauso feminista cuando describe el ascenso de la hija del tendero en un mundo de machos inmovilistas, pero enceguece ante sus triunfos verdaderos, los hechos políticos, y justifica su caída por su falta de empatía proponiendo la demencia senil como justo castigo narrativo a tanta soberbia. Y eso, como diría Fouché, es peor que un crimen: es una equivocación. Es no entender que Maggie siempre prefirió hacer antes que ser. Otra cosa es que la política haya devenido identitarismo –sustituir la trabajosa forja de un carácter individual por una hospitalaria militancia: la gay, la nacionalista, la vegetariana o la del club de las almendritas periodísticas al punto de sal–, como bien olfateó el Zapatero paladín de las minorías en su primer mandato, cuando se podía uno mear en los hechos y la prima de riesgo estaba vacacionando. Si Chacón quiere aspirar a algo más que a Dama de Barro(so), debería dejar de enredarse en viajes de la identidad catalana a la almeriense pasando por la cabra de la Legión y ponerse a hacer, verbo que custodia el secreto de la perennidad de su rival Rubalcaba, que se cena políticos con imagen desde hace un cuarto de siglo.

Luego está ese marido de celulosa, un payaso alucinatorio que sólo parece existir para dar base a un nuevo aforismo: “Detrás de una gran mujer sólo puede haber un pelele”. Esperemos que el de Merkel mantenga mejor la dignidad.

Seguiremos esperando una película valiente sobre la más valiente de las mujeres del siglo XX –una señora que hundía barcos enemigos y bebía whisky–, del mismo modo que Soraya sueña ya con su propio biopic protagonizado por la eterna Streep.

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