
No acaban de sentirse los efectos de unidad espiritual que pretendía el retiro en Quintos de Mora. Pero no porque en el gabinete asomen brotes de pensamiento propio y dignidad rebelde sino por un exceso de celo entre los agradadores del presidente. La vicepresidenta Ribera, experta en sostenibilidad, ataca al juez García-Castellón (el mismo que procesa a Jorge Fernández Díaz por la Kitchen) porque no distingue entre sostenedor y sostenido, entre Puigdemont y Sánchez. Ambos piensan lo mismo del juez que pone en peligro la premisa corrupta de esta legislatura, que es la amnistía. Así que Ribera, harta de que las escopetas disparen a los pájaros y de que los jueces persigan a los delincuentes, invierte los términos de la normalidad democrática con tal de preservar el hábitat de poder que ella vicepreside.













