Recuerdo cierta tarde en que accedí a participar en una mesa redonda sobre el orgullo de ser español, no me pregunten por qué. Sin duda tenía más tiempo libre, y quizá las posiciones sobre la identidad estaban menos fatigadas que ahora: el debate identitario todavía discurría por cauces saludablemente excéntricos, casi underground. Ahora todo el mundo está terriblemente orgulloso de lo que es, aunque en realidad solo está orgulloso de lo que cree ser. Pero ese es otro debate.
Hemos dicho ya que la responsabilidad es la criptonita del populista, ese superhéroe del zasca al que toda la fuerza se le va por la boca. Gestionar nunca es tan sexy como predicar, ni cuadrar un presupuesto promete las mismas emociones que reconquistar penínsulas: nadie imagina a Don Pelayo echando las tardes ante una tabla de Excel. Pero si un partido populista -todos lo son al nacer- no crece, no se transforma, no pierde pureza a medida que gana sabiduría, corre el peligro de terminar convertido en un restaurante de Lavapiés.
Hay un trumpista macizo que no padece la funesta manía de pensar. Le basta la fe, una fe protestante que no necesita la justificación por las obras. Da igual que su Donald haga lo contrario de lo que prometió, y da igual que aquella promesa fuera aplaudida por nuestro trumpista macizo con la misma ferocidad con la que ahora aplaude la decisión opuesta. Porque la conexión del creyente con el ídolo no es ideológica sino religiosa, es decir, biográfica, fieramente psíquica. Trump es el hombre fuerte que él quiso y no pudo ser, y desde que el algoritmo los presentó -hace ya algunos años- rinde al Gran Hombre un culto existencial que lo redime a diario de su insignificancia, de su pequeña herida a cuestas, de su rutinaria humillación laboral o su falta de estructura familiar, de su involuntario celibato.
Es importante entender que las elecciones extremeñas le han salido a Pedro exactamente como él quería. El plan de momento va como la seda: el PSOE sale más mutilado de cada cita electoral, pero Vox sigue creciendo. Y eso es lo único que importa. Hay que imaginarse al presidente en la salita de cine de Moncloa este domingo por la tarde, siguiendo el escrutinio con un bol de cortezas, camiseta verde y boina de cazador, dando rienda suelta a su pasión privada por Abascal.
Se me ocurrió viendo un canutazo de Santiago Abascal en medio de la sierra extremeña, flanqueado por hombres rudos de ceño fruncido. No había una sola mujer, una sudadera informal, una frente relajada. Ya sé que describir en estos términos un acto electoral de Vox coincide con el tópico progre que persigue la caricaturización del tercer partido de España, pero cuando se trata de posar de hombre rudo con el ceño fruncido, nadie pone más empeño que Vox en amoldarse a su propia caricatura. Considera que el uniforme perpetuo de cazador-recolector le sienta bien.
Antes de dirigirse hacia el tirador, a Ahmed al Ahmed se le oyó decir: «Voy a morir, díganle a mi familia que he bajado para salvar la vida de unas personas». Si preguntáramos al héroe de Bondi Beach quién le mandó bajar a morir por un puñado de desconocidos, siendo padre de dos niñas a las que iba a dejar huérfanas, quizá respondería que escuchó la llamada de Alá. Pero si preguntásemos al terrorista al que Ahmed logró inmovilizar, quizá respondería que también oyó la voz divina. Solo que a él lo llamaba a la guerra santa contra los perros judíos mientras que a Ahmed, musulmán como él, lo invitaba a dar su vida por esos enemigos ancestrales del islam que celebraban Janucá en la playa. ¿Quién se comportó entonces como un buen musulmán?
Arranca la campaña extremeña más quijotesca desde que Cortés salió de Medellín. Guardiola sueña con la absoluta, hazaña pareja a la de Juanma Moreno. Según Google el candidato de Vox se llama Óscar Fernández, pero su concienzudo anonimato no afecta a las altas expectativas del partido de Abascal, el verdadero candidato en todas las circunscripciones de España.
Será una paradoja lo que voy a decir, pero la izquierda antiayusista se ha vuelto tan conservadora como la derecha antiayusista de Abascal, aunque ambas odiarán reconocerlo. Por las dos orillas de la ideología van rezongando al unísono por el traspaso de la propiedad del Café Gijón, o por la epidemia de restaurantes con ínfulas de acuario para ricos que someten a la tasca y al bareto, o contra el cierre de una farmacia histórica que ahora oferta bisutería china. Es culpa de este Madrid misceláneo y fluido que no negocia con la unanimidad museística de las nostalgias ochenteras. En esa añoranza rígida coinciden el humorista de Más Madrid, la charo sociata y el joven Quero de Vox, que tiene pendiente y estudios, a diferencia de todos sus compañeros, y eso lo vuelve inevitablemente llamativo como una tarántula sobre un trozo de bizcocho. Desde la razón iliberal compartida con el progre, los pisazos en Salamanca o Chamberí pagados a tocateja por un mexicano podrido de pesos irritan al portavoz de ese giro lepenista que quieren imprimirle los visionarios de Bambú a la derecha de toda la vida (tarea hercúlea que vamos a ver si no termina como el rosario de la aurora, porque quiero ver yo al cayetanado votando a favor de más intervención del Estado y menos libertad para las empresas).