El fango es como los ansiolíticos: cuando te enganchas necesitas doblar la dosis para obtener el mismo efecto. Los plumillas acudíamos al Congreso con las expectativas cenagosas muy altas, calzados con katiuskas y cubiertos por impermeables, confiando en recibir la crecida de fango que promete cada sesión parlamentaria. Y sin embargo apenas se nos obsequió con un puñado de lamparones.
Por si fuera poco drama el desplome de su partido y la dimisión de Aragonès, Gabriel Rufián tiene que soportar que Figo se mofe de él en las redes. ERC arrancó a don Gabriel de su baja de paternidad para que acudiera a tapar vías de agua en precampaña. Incluso pactó con Sánchez la pregunta sobre su fe en la Justicia que sirvió de preámbulo al psicodrama del divo en fuga. Rufián ha sido un jornalero de la bronca, un aplicado obrero del muro, un charnego reclutado durante el procés para medirse libra por libra con la chulería mesetaria.Rufián era el Joselu del parlamentarismo que nos solucionaba la crónica en el minuto previo al bostezo final. Lo mismo te blandía una impresora que exhibía unas esposas o depositaba solemnemente tres balas sobre el atril, precipitando en Pedro otra de esas lipotimias impostadas con las que aspira a que la causa (la masacre de Melilla) quede sepultada bajo la sobrerreacción.
Cuando una ballena aparece varada en la playa enseguida acuden manos solícitas a verter agua sobre la piel del cetáceo para impedir que la sequedad lo termine ahogando. Hay una ballena varada en el Congreso llamada PSOE que ya no puede vivir por sí misma, y Pedro lo reconoció al felicitarse de que los ganadores empatados de las elecciones vascas votaran su investidura. Donde hubo un gran partido autónomo hoy alienta apenas un cachalote en agonía al que mantienen vivo los independentistas y refrescan desesperados los periodistas más húmedos del oficio.
Nos dijeron que el periodismo debe salir a la calle, acudir al concreto lugar donde se produce la noticia, pero hoy la mejor manera de contar la vida pública española exige guardar una higiénica distancia del Congreso. De allí no sale una verdad ni por orden del Tribunal Supremo. Y como este miércoles no pude asistir a la sesión de control, seguramente estoy en disposición de interpretar mejor la realidad política que cualquiera de los sufridos compañeros que aún creen que personarse en el epicentro del infundio parlamentario forma parte de sus obligaciones profesionales.
Las dos únicas cosas debidas a la mano del hombre que en estos momentos se ven desde el espacio son la Gran Muralla china y el cráter abierto en la bancada socialista por don José Luis Ábalos. El torero muerto del sanchismo, el Pasmo de Torrent capaz de recibir a portagayola la embestida de su propio partido no estrenó escaño en el Grupo Mixto porque había decidido contraprogramar la sesión de control con una entrevista en lo de Alsina. No necesitó hacer en ella grandes revelaciones: el mensaje era la entrevista misma, la primera de las muchas exhibiciones de munición reservada para la guerra orgánica que acaba de declarar. Se trata de disputar el favor de la militancia socialista ante el ocaso del sanchismo: Ábalos ha sustituido el relato oficial de la tolerancia cero con la corrupción para un doliente alegato contra la crueldad de un césar paranoico, ingrato, que va arrojando al vertedero todos los fusibles quemados de tanto iluminarle. Carbonerito carbonizado, pero aún en pie.
Nos sorprendió que Pedro apareciera por el escaño tras la debacle gallega. No es la clase de carácter que encaja con torería las humillaciones. Podría haber excusado la espantada en un despegue anticipado del Falcon hacia Marruecos, pero no lo hizo. ¿Por qué? El motivo no podía ser noble y quedó al descubierto en su respuesta a Feijóo, recibido en el hemiciclo bajo una balsámica lluvia de aplausos peperos. Cuando el líder de la oposición le preguntó por su responsabilidad en el fiasco del 18-F, el presidente felicitó a Feijóo no por su victoria sino por sumarse a la ¿tesis? de la reconciliación a través de la amnistía. Ya saben, aquella sobremesa con periodistas que sirvió al oficialismo para alimentar una equivalencia paranoica entre las opiniones y personalidades de Feijóo y de Sánchez. Que una cosa es especular torpemente entre cervezas y otra reventar el Estado de derecho tramitando una amnistía redactada por un fugado. Por cierto que ni Yolanda Díaz ni Santiago Abascal se dejaron ver por el Congreso. Igual no vuelven hasta que pasen las vascas.
Antes de comenzar la batalla, el valido dispuso con cuidado una botella de agua en la mesa de su escaño como invocando la resistencia psicológica de Nadal. Iba a necesitarla frente a las baterías de la oposición, cargadas de razón fiscal, municionadas por la sucesión de escándalos que apuntan a Félix Bolaños como muñidor de una amnistía empantanada y corrosiva que cae sobre la calidad democrática de España como el ácido sulfúrico sobre la piel de un bebé.
Cumplió Junts su amenaza y tumbó la ley de amnistía porque no era lo suficientemente integral, es decir, lo suficientemente humillante para la democracia española. Ahora el partido de Pedro tendrá que sentarse otra vez en la Comisión de Justicia, con el dilatador puesto, para que pasen por el esfínter del articulado la alta traición, el terrorismo malo, las evasiones de los Pujol y una remesa de pinganillos con traducción simultánea al ruso. Si Irene Lozano hubiera trabajado para Dostoievski, en lugar de Crimen y castigo habría titulado Poder y amnistía.