Aunque el centenario de la publicación de Ulises se celebró el año pasado, es pertinente leerlo y comentarlo en el año Picasso: al fin y al cabo el impacto del irlandés en la literatura es comparable al del malagueño en la pintura. «Joyce se destruyó al convertirse en un genio», ha dicho John Banville. Y ciertamente uno cierra el libro totémico con la convicción de que el autor ha ido demasiado lejos, más lejos de lo que había ido ningún narrador antes que él y de lo que pueda hacerlo ningún otro después. Tras Joyce la literatura quedó hecha pedazos, y los que han venido luego ya solo serán eso: epígonos.
Les habla el único periodista de este diario que lamenta el regreso de la tilde a solo. Durante años batallé por la adecuación de nuestro libro de estilo al criterio académico en las reuniones editoriales de EL MUNDO, pero salí derrotado. Los otros jefes despachaban mis argumentos con una mezcla de piedad y escepticismo, aferrados a su memoria escolar, y Joaquín Manso recurría siempre al mismo escabroso ejemplo para desautorizarme: «Esta noche tuve sexo solo dos veces». ¿Exceso onanista o coito doble? Trampa saducea de nuestro director para elevar la excepción a norma.
No es posible comprender tres décadas de historia literaria española sin detenerse atentamente en el creador de la mítica colección Espejo de España y posterior director literario de Planeta. No hay hogar sin libro editado por él. Entre el veneno madrugador de la escritura y la urgencia del compromiso democrático, el joven Borràs resolvió tirar por la calle de en medio y hacerse editor, paseando un espejo stendhaliano con el que retratar a escritores de todas las aceras. Borràs también ha escrito: tres tomos de imprescindibles memorias, tres ensayos sobre (contra) la monarquía y dos novelas que cuentan mentiras muy verdaderas sobre su experiencia de editor. Hemos venido a Barcelona a entrevistarle, sin ninguna excusa, porque sí, justo cuando la ciudad se llena de zombis tecnológicos atraídos por el Mobile. Su luminosa atalaya del paseo de Sant Joan solo tiene espacio para libros de papel que forran las paredes. En ella nos recibe, pulcro como un esteta de las palabras; zumbón como un viejo rockero de la contracultura; cordial como un superviviente del humanismo.
Sin darse importancia, aunque la tenga, Andrés Trapiello (León, 1953) no solo está construyendo el más imponente edificio literario de nuestras letras, sino que se ha propuesto recuperar la técnica barroca del bel composto, la integración de las artes: sus libros son objetos hermosos sobre los que opera como artista total, desde la documentación y la tipografía hasta esa prosa honesta y rica que actualiza una sensibilidad clásica, en la tradición que va de Cervantes a Galdós, de Juan Ramón a Baroja. Nadie más confiable para contar -y curar- las cicatrices del fratricidio español.
¿Cómo consigues separar siempre al pecador de su pecado, es decir, admirar el coraje personal y prescindir del sesgo ideológico, sin dejar de señalar sus errores?
El tema del que trata el libro es muy difícil de dilucidar. ¿Fue justa o no la acción revolucionaria antifascista en aquellos años? Todos ellos son valientes, porque se juegan la cárcel o el pelotón de fusilamiento. Es gente desesperada, que sabe que la alternativa es obedecer o morir. Franco también está en la tesitura de vencer o morir: ha ganado la guerra pero mientras no termine la Segunda Guerra Mundial su poder no está seguro. Mussolini va a acabar colgado por los pies y a los aliados les quedan tres meses para entrar en Berlín cuando suceden los hechos de este libro. El tipo que dirige la célula, Vitini, acaba de ser condecorado en Francia por las fuerzas de liberación de De Gaulle. Y recibe la encomienda del Partido para hacer lo mismo en Madrid, solo que aquí, por hacer lo que él creía que era lo mismo -asesinar falangistas como seguramente ejecutaría nazis y colaboradores de la Gestapo en Francia- se le va a ejecutar.
Un diplomático busca en Roma a Roma y a Roma misma en Roma va y la encuentra. Parafraseando a Quevedo, con este libro Juan Claudio de Ramón (Madrid, 1982) cumple a la vez con la modestia y con la temeridad de su propósito.Solo desde la modestia puede escribirse sobre la única ciudad del mundo que no es un espacio sino un tiempo, que nos da «todas las épocas posibles». Y solo un temerario, reconoce el autor, añade otro intento a una nómina de romanólogos que incluye a Goethe, Stendhal o Henry James. De Ramón asume el reto con la autoridad que le otorga su desempeño laboral de cinco años en el Palazzo Borghese y lo salva con la inteligencia de quien opta decididamente por el tono clásico.
Bustos es jefe de opinión del diario El Mundo y uno de los columnistas de referencia de la prensa española, amén de uno de los más claramente letraheridos.
Depositario y gestor de innumerables lecturas, y poseedor de una mirada poética que a menudo se ve forzado a sacrificar, o supeditar, a la crónica política, este año se dio el gusto de dar rienda suelta a su vocación más puramente literaria con ‘Asombro y desencanto’, un singularísimo libro de viajes por el París ilustrado y La Mancha de El Quijote.
Con anterioridad escribió ‘La granja humana’, ‘El hígado de Prometeo’, ‘Crónicas biliares’ y ‘Vidas cipotudas’, siempre en los márgenes del ensayo y lo literario. Bustos no oculta que fue educado en una familia conservadora católica y esa herencia, nunca negada, aflora por aquí y por allá en sus columnas y sus textos como instrumento de interpretación del mundo.
En esta entrevista habla con claridad de ese legado y de otros asuntos que conciernen al futuro del hombre en nuestro tiempo. Y en casi cualquier otro tiempo.
– Escribió ‘Asombro y desencanto’ para huir de la política, que monopoliza su actividad profesional. Pero más allá de sus circunstancias particulares, es verdad que la política cada vez lo invade todo más. Hay una creciente sensación de asfixia.
Pero no sé si no es culpa nuestra también. No es que unos malvados políticos nos estén obligando a dejar cada vez más espacio a su voracidad intervencionista. Es que somos los ciudadanos los que estúpidamente pedimos a la política más. El vacío moral, existencial, llámese decadencia, lo que provoca es que la gente tiene hambre de soluciones y se las pide a la política.
Hace poco más de un lustro que la escritura de Jorge Bustos deflagró en el columnismo español con la potencia de una supernova. Sabe, como Julio Camba, como Francisco Umbral y otros príncipes, viajar en 500 palabras entre el planetario de las ideas y el runrún de lo cotidiano, hacer nido entre dos tonos, dos modulaciones, dos acentos, que lo mismo tiran a lo político que deslumbran con hogueras de corte intimista. Jefe de opinión de «El Mundo», publica con Libros del Asteroide una joya, «Asombro y desencanto», prologado por Andrés Trapiello. Un fabuloso libro de viajes donde narra dos periplos complementarios, por la Mancha y por Francia.
Le pregunto por la vieja oposición turista/viajero. «Resulta un poco esnob. No estamos en el XIX. Tampoco somos Henry James. Somos turistas. Pero cada turista viaja con un equipaje distinto y en cuanto sale a la carretera arrastra su bagaje vital y literario. Es mucho más placentero recorrer Francia, como fue mi caso, a los 36, 37 años, que no lo había recorrido jamás, pero había leído a un puñado de autores franceses, y confrontar el viaje con lo leído. Si hay alguna posibilidad de volver a ser viajero frente al cazador de poses de instagram del turista posmoderno, pasa por llevar la mirada limpia de prejuicios y cargada de literatura». «Conforme cumplo años», explica, «me doy cuenta de la importancia de quitarse las poses, también las más queridas, las que recibiste en el ambiente de la propia crianza con más esmero. Hay que despojarse de imposturas, también en el estilo, descartar los barroquismos y buscar la autenticidad, en la escritura y también allí por donde viajas, en las personas y en los lugares».
En su nuevo libro, el periodista de El Mundo Jorge Bustos realiza sendos viajes por La Mancha y por Francia en busca de los caracteres colectivos de lo español y lo francés. Critica la distinción esnob entre viajero y turista, reivindica el turismo de masas y un periodismo de viajes desprejuiciado, y defiende la necesidad de “volver a lo ya conocido con la mirada del niño”. También reflexiona sobre el liberalismo, la historia de España y del Quijote y la relación de amor-odio que existe en España hacia lo francés.
Leyendo el libro pensaba en lo extraño que es leer sobre viajes cuando no se puede viajar. Ahora quien viaja, durante la pandemia, es quien se paga una PCR o no le importa una multa. De pronto el turismo ha vuelto a ser algo elitista, tras décadas de “democratización”.
Vamos a volver al Grand Tour, el que hacían Henry James y el que hacían los ricos americanos por Italia. El libro es pre-covid pero creo que volverá a contar la cotidianidad de nuestro ocio. Ahora produce frustración, te da ganas de viajar y no puedes. Pero al mismo tiempo es un libro que puedes leer tras viajar a esos lugares y comparar tu experiencia con la del narrador. Hay una distinción esnob entre viajero y turista. Pero quién pudiera ser turista otra vez, cazador de selfies.