En 1917 el avión de Valle-Inclán sobrevuela las cicatrices abiertas en los campos del frente de Verdún. El escritor en funciones de corresponsal de guerra, invitado por el ejército francés, escudriña el terreno desde el aire. Allá abajo se agitan ínfimos como insectos los soldados sobre el barro de una trinchera infinita. Visto desde arriba el hombre pierde su grandeza y adopta la escala ridícula del títere. Entonces Valle comprende. La experiencia de esa cobertura periodística matizará definitivamente aquel ideal caballeresco que le hizo comenzar cierto discurso ante los cadetes hispanos de West Point proclamando: «Yo amo la guerra».
Era la primera vez que cubría una campaña electoral y se presentaba un nuevo partido en aquellas generales de 2008. Se hacía llamar Unión, Progreso y Democracia (UPyD). Su candidata era una antigua dirigente socialista significada por su valor en la lucha contra ETA: Rosa Díez. Los grandes partidos estaban sobradamente cubiertos, así que le propuse a mi jefe en aquel periódico que me dejara seguirla un día entero. Cuando llegué descubrí que yo era el único periodista interesado (aciago destino de los partidos de centro). Acompañé a la candidata a grabar unos anuncios en un estudio de radio y a algún acto más, pero el plato fuerte de la jornada consistía en un mitin en el Círculo de Bellas Artes. Recuerdo allí a Savater. Y recuerdo, claro, a Álvaro Pombo.
Tiene 27 años, un padre carlista al que ha decepcionado, una esposa de conveniencia a la que no ama y un contrato oneroso con el empresario del Teatro de la Cruz. Apurado por las deudas cargadas a sus hábitos bohemios, cierta noche de insomnio concibe José Zorrilla el pastiche romántico de un arquetipo trillado, entre el barroco truculento de Tirso de Molina y el moralismo preilustrado de Antonio de Zamora. En el escritorio de la modesta pensión donde se aloja se sienta a escribir al día siguiente, y 21 días después el drama está concluido.
Es justo que la Biblioteca Nacional dedique una exposición al hombre más libre de una España de fanáticos. Diez años tenía Miguel de Unamuno cuando vio entrar a las tropas liberales en Bilbao y sintió que su corazón de «niño viejo» cabalgaba con ellas como si fueran contradicciones. En el laberinto de causas políticas y controversias históricas que fatigó el menos cerebral de nuestros intelectuales parece fácil perderse, pero es más fácil encontrarse si tiramos del hilo intacto de su espíritu, que siempre toma partido infalible por el individuo y no la masa, por la dignidad y no la ideología.
Una mañana de principios de los 60 el maestro de esgrima don Afrodisio Aparicio se acercó al velador del Café Comercial donde escribía César González-Ruano. Vencido por los años y por la modernidad, el viejo espadachín regentaba en la calle Echegaray la última sala de armas de Madrid. Se desplomó en la silla y se mesó su bigotazo de mosquetero intempestivo.
Conocí a David Gistau en el mesón Paxairiños de Madrid, un asturiano tradicional de esos que predisponen a la desinhibición de la amistad y a la derrota de todos los eufemismos. Debió de ser hace catorce años, en 2010, yo andaba en la veintena larga y empezaba a ser lo que siempre había querido ser. No poeta ni narrador: exactamente columnista. A Gistau lo había traído al mesón para presentármelo Ignacio Ruiz-Quintano, que lo apadrinó en sus inicios como luego hizo en los míos, pertrechándonos de referencias clásicas (pero olvidadas) del articulismo español. El almuerzo fue un festín dialéctico. Recuerdo que David y yo lo rematamos intercambiándonos los números de teléfono y que esa misma tarde le escribí agradecido, y que me contestó al instante con aquella camaradería tan suya que confinaba con la generosidad. Había conocido por fin al hombre tras la firma que buscaba con avidez en LaRazón y en ElMundo desde mi primer curso universitario. Había contraído con él, con su personalidad impresionada en el folio como el fogonazo atómico que tizna la tapia blanca, una misteriosa sensación de familiaridad. Las columnas de Gistau suponían una ampliación del campo de batalla: yo no sabía que se podía escribir en periódicos de tan irreverente manera hasta que lo leí.
Cuenta Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) que siempre quiso continuar Las máscaras del héroe (1996). Y por fin ha encontrado el tiempo (el París ocupado) y el espacio: nada menos que las 1.600 páginas divididas en dos tomos que componen Mil ojos esconde la noche (Espasa). El primero, La ciudad sin luz, ya desafía desde los escaparates todas las reglas de nuestra época, empezando por la brevedad. «Había un tapón que me reprimía y cuando lo he quitado ha salido todo a chorro».
Si la vida de un alpinista se divide en dos, antes y después de coronar el Everest, quizá tuvo razón Vargas Llosa cuando afirmó que la vida de un lector cambia definitivamente después de ascender La montaña mágica, de cuya publicación se cumple un siglo en este 2024. No siendo formalmente tan revolucionaria como el Ulises, la obra magna de Thomas Mann (1875-1955) pertenece al selecto panteón de novelas geniales que ensancharon drásticamente los límites del arte narrativo en el primer cuarto del siglo XX.