Archivo de la etiqueta: crítica literaria

Gastos, disgustos y tiempo perdido

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Un clásico vivo.

Continúa Debate publicando la obra ensayística de Ferlosio con este volumen, el segundo de los cuatro que integran el proyecto de Ignacio Echevarría. Aunque para algunos será siempre el autor de El Jarama, muchos críticos -y sospecho que él mismo- reivindican por encima del narrador al ensayista fino y enciclopédico, moderno como un posestructuralista y tradicional como un escolástico, sincrónico en prensa y diacrónico en historiografía, insobornable, severo y humorístico. Su entrañable odio a Ortega no le exime a él mismo de una prosa igualmente culta y barroca, tan prolija como la del filósofo oficial pero sin sus raptos de cursilería: los famosos “ortegajos”. Ahora bien, Ferlosio es muy capaz de escribir “sinaítico” porque “veterotestamentario” le parezca manido.

Ferlosio compensa lo que le falta de sintético con la hondura del análisis y una mareante -¡más hipertáctica que hipotáctica!- capacidad de abstracción. Los artículos reunidos aquí abarcan desde la Transición hasta el zapaterismo, la mayoría publicados en El País, en un alarde continuo de libertad de opinión y de sintaxis que hoy, bajo la dictadura del buenismo político y el cretinismo expresivo, invita a la melancolía. Aunque los temas sonarán al lector -del café para todos de Suárez al GAL, del Prestige al Quinto Centenario del Descubrimiento-, su tratamiento no hace concesiones. Arremete por igual contra Suárez y contra Felipe, contra Rouco -sus diatribas eclesiásticas revelan una pasión de canonista- y contra Aznar, contra nacionalistas y monárquicos, contra los mandarines culturales y los policías de manga ancha, contra otros escritores con nombre y apellidos.

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30 enero, 2017 · 13:10

En el café de los existencialistas

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Vino, rosas y existencialismo.

Tiene Sarah Bakewell el raro don de la oportunidad filosófica. Si su laureado Cómo vivir. Una vida con Montaigne respondía a una intuida nostalgia del yo íntimo en tiempos de ruido identitario, esta cálida reivindicación del existencialismo repone el anhelo de libertad radical en los asfixiantes escaparates del pensamiento único. Porque eso fue el existencialismo, un hondo grito libertario, si aceptamos el axioma de Sartre según el cual la existencia precede a la esencia. Nada nos determina. El hombre es arrojado al mundo y debe construirse decisión a decisión, lidiando con la ansiedad que provoca la conciencia implacable de la responsabilidad personal. Fue esa ansiedad, preconizada por Kierkegaard, la que propaló un aura fúnebre de jersey de cuello alto lucido por extranjeros espirituales. Nada más lejos, al menos en la escena francesa. Los existencialistas fueron trasnochadores libertinos y carismáticos que exprimían la vida de café y boîte sin entrar en contradicción con sus tesis sino por coherencia con ellas, y así los retrató el espumoso Boris Vian.

Demuestra Bakewell que el rigor no excluye la amenidad. Un grato instinto anglosajón para lo comercial -aunque la cubierta promete más sexo del que el libro da- sostiene el pulso ensayístico de la autora, alentado por un tono confesional en primera persona mediante el que la Bakewell madura se enfrenta a los ídolos intelectuales de su juventud inquieta. Se trata de hacer una relectura personal, alejada del academicismo de una monografía o una biografía, aunque cada afirmación está documentada en los apéndices. El jugoso anecdotario -del puñetazo de Koestler a Camus a la adicción al Corydrane de Sartre- contribuye a avivar el fresco.

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10 octubre, 2016 · 16:06

El fútbol (no) es así

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Boda argentina por el rito maradoniano.

El antropólogo Manuel Mandianes es enviado por él mismo al planeta fútbol como un etnógrafo a una tribu remota, y desde el centro de aquella jungla envía este informe pericial que retrata al deporte rey como aquello en lo que ya se ha convertido: la primera expresión antropológica de nuestro tiempo. La genuina religión de las sociedades secularizadas y hedonistas. La actualización solo en apariencia trivial de la frase de Carlyle según la cual toda comunidad humana se funda sobre el culto a sus héroes.

Más que un ensayo, este libro es un curioso estudio académico, escrito con el tono técnico de un científico del CSIC, que analiza los diferentes aspectos del fútbol -del entramado industrial al impacto mediático, del comportamiento de los jugadores al de los hinchas- como si Mandianes jamás hubiera oído hablar de semejante fenómeno. El asombro estratégico que adopta el autor ante algo tan abrumadoramente invasivo y cotidiano causa asombro a su vez en el lector, pero ayuda a desautomatizar las muchas verdades que tenemos interiorizadas sobre el fútbol, que ya no sabemos si sigue siendo la más importante de las cosas sin importancia o algo mucho más importante que una cuestión de vida o muerte, como sugería Shankly.

Mandianes acierta al presentar este juego global como la expresión religiosa más rica de nuestro tiempo, insistiendo en lo que tiene de rito y de fe para proporcionar un sentido de pertenencia a los hijos de la fragmentariedad posmoderna, en la cual la producción de sentido existencial ya no se confía a los fundamentos sino a los acontecimientos. Acontecimientos tales como un partido de fútbol. Se sirve para ello de un estilo poco elaborado, arrítmico, pautado por recortes de prensa cuya actualidad ha caducado aunque no su valor documental; pero ya hemos dicho que el autor no ha querido escribir un ensayo, sino un informe casi despersonalizado, sin juicios de valor. Se conduce como un Lévi-Strauss en un estadio.

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7 septiembre, 2016 · 12:32

La eternidad de un día

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Peter Altenberg en su Café Central de Viena.

Auguramos a este libro un exitoso recorrido por las bibliotecas de los periodistas patrios, algunos de los cuales ya han saludado su publicación como un pequeño acontecimiento editorial. No deja de tratarse de una antología de artículos de periódico, pero la nómina de los autores abruma por su categoría, y los nombres menos conocidos en absoluto desmerecen la compañía de los más canónicos. Hablamos de las plumas alemanas más conspicuas de finales del XIX y principios del XX: Heinrich Heine, Karl Kraus, Joseph Roth, Stefan Zweig, Thomas Mann, Hermann Hesse, Robert Musil, Alfred Döblin o Walter Benjamin. Pero también de Alfred Polgar, Peter Altenberg o Egon Erwin Kisch: escritores que elevaron el género del folletín a una condición plenamente literaria, reuniendo la filosofía con la amenidad, el costumbrismo con la denuncia, el yo con el nosotros. La eternidad y el día: deshacer en el folio cotidiano este bello oxímoron debería ser la tarea del articulista ideal.

El género francés del feuilleton (“hojita”, “suplemento”) lo inventa el Journal des Débats cuando el 19 de febrero de 1800 adjunta a su edición un cuadernillo con noticias ligeras y críticas de espectáculos. La buena acogida de los lectores acabó provocando que los contenidos del suplemento se incorporaran a la propia edición del periódico, bien que separados por una línea en portada que marcaba la diferencia tipográfica entre el rigor de la información y las licencias del entretenimiento (siglos después internet vendría a desbaratar para siempre esta noble distinción). Desde Francia el folletín se extendió por todo el periodismo europeo, recalando con especial éxito en Alemania y en la propia España. Aquí los llamamos columnistas, pero Larra no era más que un folletinista a la francesa, y la estirpe de opinadores con vocación de estilo que de él arranca resulta, a la vista de este volumen, menos endémica de lo que pensábamos.

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2 agosto, 2016 · 20:23

La dieta de la alcachofa

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Un hombre feliz.

Parece que a los españoles no les emociona que a don Mariano le emocione un campo de alcachofas. En cambio debería emocionarles la carta a sus padres de una bióloga molecular cuya pupila desaguaba orinocos al cierre de cada capítulo de Espinete, lo cual no le impide integrar la generación más preparada de la historia, lo cual no le impide votar a Unidos Podemos. Desde luego cada quien se emociona con lo que puede, pero entre las moléculas populistas y las alcachofas tudelanas uno considera más noble conmoverse ante las segundas. La química sentimental del gabinete del doctor Iglesias de momento ha deparado un revival de Llach y un documental de Aranoa, mientras que la agricultura mediterránea inspiró las Geórgicas de Virgilio y las odas al beatus ille de Fray Luis, a quien sin sospecharlo cita don Mariano cuando confiesa: ‘Ya me gustaría a mí vivir en el campo’. Para combatir el sobrepeso telecrático don Mariano nos propone la dieta de la alcachofa.

La diferencia entre la emoción podémica y la emoción marianista es que la primera está sostenida por la expectativa y la segunda se apoya en la realidad. En Rajoy habita ese instinto materialista de la provincia que desconfía de los ideales abstractos. Algo se ablanda dentro de él cuando acaricia la tierna cabeza de una alcachofa española que terminará en la boca de un comensal neoyorquino, viaje fabuloso que la globalización ha despojado de misterio. La bióloga podemita, en cambio, cuando sale del laboratorio se entrega a platonismos tan vagos como ‘valores’, ‘principios’, ‘ola de cambio’, ‘ilusión’ y un improbable sorpasso que la ‘I+D+i’ le va a infligir a ‘la juerga’ en España. Semejante fe en la política revela una simpleza dramática como la que ha descubierto Richard Ford en los votantes de Trump: ‘Intentaría hacer sus vidas más llevaderas, si pudiera. Les falta el consuelo de la imaginación. Y las novelas pueden aportar eso’. Claro que pueden: un adulto es precisamente alguien que distingue una novela de un programa electoral.

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Los cuatro machos alfa de la literatura mundial -Pynchon, McCarthy, Roth, DeLillo- a examen en el Parnasillo de COPE

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17 junio, 2016 · 16:35

Modric, la fuente de la eficacia

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El mejor futbolista de la historia de Croacia.

Hubo un tiempo en que los Balcanes criaban genios al mismo ritmo en que los morteros alteraban el plan urbanístico municipal. Será cosa de la «destrucción creativa», que decía Schumpeter. El caso es que Luka Modric (Zadar, 1985), quien es ya unánimemente considerado el mejor futbolista croata de todos los tiempos, aprendió a jugar al fútbol como todos los niños: en la calle. Solo que en su calle caían a diario un número constante de granadas serbias, y la carrera hasta el refugio formaba parte de un juego al que, no nos engañemos, no todos los niños tienen la oportunidad de jugar.

Modric sobrevivió a las bombas pero por poco acaban con él los ojeadores, según narran Vicente Azpitarte y José Manuel Puertas en su deliciosa biografía Luka Modric. El hijo de la guerra. «Enclenque». «Tiene las piernas muy cortas». «Nunca se desarrollará lo suficiente como para jugar en la élite». Son las frases que se interponían entre aquel manojo de talento dálmata y el Dínamo de Zagreb en el que soñaba debutar. Para cuando lo hizo, los ojeadores ya se habían escondido.

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Literatura y boxeo: homenaje a Alí en el Parnasillo de Herrera en COPE

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9 junio, 2016 · 20:06

El amor caníbal de D’Annunzio

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D’Annunzio, el primer narciso satánico.

Ya su nacimiento fue heroico y maldito, pues venía el niño con tres vueltas del cordón umbilical alrededor del cuello. Sobrevivió a esa y a emboscadas aún peores, la mayoría de ellas tendidas por su propia, retorcida egolatría. Triunfó en todo -en el periodismo, en la literatura, en la guerra, en el amor- y sobre todos. Conquistó la cima de la estética y paseó por las simas de la inmoralidad. La nación le concedió unánime el sobrenombre de Il Vate, y eso fue mucho antes de que Mussolini le otorgase el principado de Montevenoso después de haberle llamado, preso de admiración, «el Juan Bautista del fascismo», digno de los funerales de Estado que le organizó. Si bien el aludido, siendo diputado, prefería el sencillo título de «candidato de la belleza».

Bajito, alopécico y cargado de hombros, tuerto tras el accidente del avión que pilotaba, su voz y su palabra sobraron para domeñar a las masas como para rendir a mujeres de toda extracción, del palacio lampedusiano a la escena teatral. Con mechones de sus cabelleras -se decía- confeccionó el relleno de la almohada sobre la que reposaba todas las noches, después de beber buen vino de una copa -se decía- fabricada con el cráneo de una joven que se había suicidado por amor. Su nombre de pila era Gaetano Rapagnetta, pero el mundo lo conoció como Gabriele D’Annunzio (1863-1938). Satánica majestad, pero de veras.

De un molde entre Byron y Bonaparte, a D’Annunzio no le bastó con ser considerado el mejor poeta desde Dante: tuvo que ponerse al frente de 2.000 hombres, reconquistar Fiume a Croacia y fundar allí un estado protofascista, una especie de Síbaris o Nínive de orgías cotidianas con acentos marciales, saludos a la romana -él los recuperó- y uniformes luego imitados al por mayor. La editorial Fórcola ha publicado sus crónicas periodísticas y su correspondencia amorosa con Barbara Leoni: si, para muchos, las primeras fundan el género de la moderna crónica mundana, la segunda instituye el canon del amor fou, y quizá no ha sido superada como monumento de la literatura epistolar erótica.

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16 mayo, 2016 · 12:58

Viaje a la aldea del crimen

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El Nuevo Periodismo antes y mejor que Capote.

Hay que felicitar a los sellos independientes que se han propuesto el rescate del mejor periodismo español; ese que, contradiciendo a Connolly, admite una participación en el mañana. Que sean reconocidos hoy los Camba, Chaves Nogales, Gaziel, Xammar o Assía es mérito de editoriales como Acantilado, Fórcola, Renacimiento y, muy especialmente, Libros del Asteroide. Claro que para que un texto periodístico conquiste el porvenir, el periodista debe cumplir unos requisitos que se resumen en dos: una mirada honda y larga, capaz de explotar la potencia simbólica -y por eso duradera- de un acontecimiento noticioso; y un estilo propio y rico, en el que la precisión no esté reñida con la belleza. Porque, de hecho, nunca lo está: no se es un gran literato si no se sabe hacer precisión, a despecho del errado aforismo de Ortega.

Ramón J. Sender debutó como novelista con Imán, pero se desempeñó como periodista sin preocuparse demasiado de esos deslindes gremiales tan del levítico gusto de las asociaciones de prensa. A él le bastaba con tener clara su misión: averiguar la verdad de los sucesos acaecidos en la aldea andaluza de Casas Viejas en enero de 1933 y contarla en nueve entregas en el diario progresista La Libertad. Su trabajo fue tan impactante que desencadenó el primer impeachment de nuestra historia democrática, forzando la dimisión de Azaña. Ese trabajo es el que recupera ahora este librito -brillantemente prologado por Antonio G. Maldonado-, basándose en la reelaboración que el propio Sender hizo un año después, enriqueciéndola con conclusiones de la comisión parlamentaria, confiriendo unidad al conjunto mediante aportes de contexto y juicios indignados a posteriori, propios del reporterismo comprometido ante la injusticia más obscena.

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18 abril, 2016 · 11:45