Cometió el peor de los pecados que un artista puede cometer: tuvo éxito. Las semblanzas que conservamos de él son escasas, porque la dicha no atrae a los biógrafos, pero en los testimonios de sus contemporáneos no consta registro alguno de infortunio. El drama huyó de él como la buenaventura del gafe. Como la honradez recela del dinero. Como escapa la inteligencia de una red social.
Todos hablan de la canción de Sergio Ramos, y no es para menos. Yo mismo la he reproducido fascinado una y otra vez a lo largo de esta semana, y puedo decir que creo haber penetrado en el sutil espíritu que anima su composición. En las líneas venideras, con las luces que permita mi pobre juicio, trataré de desentrañar las claves líricas de esta obra notable, claramente deudora del Siglo de Oro español.
Afirmar que Leni Riefenstahl fue una cineasta nazi es tan impreciso como afirmar que no lo fue. De ahí la dificultad de partida del documental de Andres Veiel, y de ahí también su mérito. Veiel no subraya: sugiere. Trata a su personaje con respeto, pero sin condescendencia. No es fácil acercarse al arte de una amiga de Hitler sin incurrir en el apriorismo de la condena, y al mismo tiempo sin desoír la razón moral que se eleva hasta nosotros desde las cenizas de las víctimas.
No fatigaré por piedad el número infinito de las diferencias que separan Estambul de Torre Pacheco. Bastará decir una sola: Estambul desafía como ninguna otra ciudad el apetito de homogeneidad que viene de serie con el animal humano. En la noche de los tiempos fuimos cableados para sobrevivir agrupándonos en tribus idénticas, definiendo el perímetro instintivo de lo propio y el comienzo amenazante de lo ajeno. Los disturbios raciales o culturales son el eco de ese recelo prehistórico que los reformadores morales de la especie impugnan cada tanto, con poco éxito. Y sin embargo hay lugares tan cargados de historia -es decir, de mezcla- que se burlan perezosamente de cualquier añoranza de pureza. Y por tanto, de la posibilidad misma de la xenofobia. Y en consecuencia, de todo proyecto nacionalista. Que equivale a arar en el Bósforo.
No entendí que el público del Real aplaudiese el martes con tanto entusiasmo al barítono que había encarnado el papel de Giorgio Germont en la emocionante representación de La Traviata que acabábamos de presenciar. No es que no se lo merecieran su técnica vocal o su talento interpretativo: es que no se lo merece su personaje. No podemos perdonar a Giorgio, el estricto padre de Alfredo, ni siquiera cuando en el último acto se derrumba y pide perdón a Violetta por haberla forzado a romper con su hijo.
¿Cuándo dejarán de gustarnos los genios torturados? ¿Regresará Occidente a la mayoría de edad que perdió victimizándose, enamorándose de sus propias ruinas? ¿Archivaremos de una vez el mito del romanticismo, con sus egos problemáticos y sus psiques atormentadas, para redescubrir el arte espléndido que nace de la serenidad clásica? Ni la lista de novelas más vendidas ni la apuesta programática de TVE permiten abrigar grandes esperanzas, pero no será porque el Museo del Prado no lo esté intentando. De hecho, la muestra de Veronese que acaba de inaugurar puede interpretarse como un ejercicio de subversión cultural; precisamente porque no hubo pintor más disciplinado, exitoso y seguro de sí mismo en el Renacimiento italiano.
Invitado por su amigo, poeta como él, un joven tuberculoso llega a Roma a principios del siglo XIX para alimentar la vaga esperanza de curarse. Él quiere vivir, aunque sea para seguir escribiendo, quizá para volver a amar, pero tampoco se hace demasiadas ilusiones. Por mucho que insista Shelley en que el cálido clima de la ciudad secará sus pulmones podridos, el joven Keats sabe íntimamente que no hay nada que hacer. Que Roma será su tumba. Como un don (como una condena), recibió al nacer esa punzante revelación de la finitud humana con la que algunos se labran toda una carrera de malditos, librados a la voracidad del carpe diem, y otros perfeccionan el arte de la elegía o se encierran en un monasterio. Luego están todos los demás, el llamado común de los mortales.
Si el cuerpo del pastor se enfría a los pies del baldaquino de Bernini no será por el calor de gratitud que desprende el desfile de sus ovejas. El espectáculo de la capilla ardiente de un pontífice no pone la condición de la fe, pero sí la de cierta sensibilidad artística para admirar la fusión perfecta entre la solemnidad litúrgica y el arrebato de piedad. Ese producto emocional es único. La Iglesia Católica lleva facturándolo siglos y nadie más conoce la fórmula. No reside solo en los gestos, en los colores, en los sonidos. Uno contempla la escena y no sabe dónde acaba el llanto viril del guardia suizo en formación y dónde empieza la fragilidad desafiante de una monja solitaria.