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Una patria de azúcar

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

Pocas veces habrá levantado tanta expectación una comedia con final anunciado. Por eso me había prometido levantarme de la tribuna de prensa a las 17.14 exactamente, en correspondencia poética a la pretensión independentista. Y fue en ese preciso momento cuando Mariano Rajoy, que se encontraba a mitad de su discurso de réplica a los tres comisionados del Parlament, advirtió:

–Y aquí, señorías, podría acabar mi intervención. Pero como les he dicho al principio, quiero ir más allá…

Habría sido ese un gran final, ceñido a la simbología cronológica que propone el nacionalismo, dejar que el discurso muriera tras cumplir su propósito vehicular: repetir que la purita ley impide, aquí y en la China popular, que la parte decida por el todo. Pero ya que había accedido a hablar, con lo que le cuesta eso, el presidente Rajoy quiso añadir consideraciones históricas, económicas, sociales e incluso afectivas sobre su imposibilidad de concebir España sin Cataluña y Cataluña sin España… y sin Europa.

En el hemiciclo no cabía un alma. A mi lado en la tribuna de prensa comparecía una delegación de diputados venidos de Cataluña sin necesidad de escolta para apoyar a su equipo pese a que el partido ya se había jugado: en concreto en 1978. Cuando el 90,4% de los catalanes votó a favor de la Constitución en su más genuino ejercicio de autodeterminación, según hizo notar Rajoy. Tomó primero la palabra Jordi Turull (¿Tururull?), que fue el más moderado de la terna dentro del disparate general que se oficiaba esta tarde en la sede de la soberanía española. Turull quiso cargarse de legitimidad apelando a los 103 de 135 escaños que obtuvo el proyecto suicida en noviembre de 2012, y evocando después el viscoso concepto de democracia popular: las masas diadas y su festivo juego floral. Cataluña, dijo, es un pueblo que siempre ha querido gobernarse a sí mismo, que siempre se ha sentido una nación, una de las más antiguas del mundo según Pablo Casals –y Pep Guardiola–, que nunca se ha resignado y que ahora contempla cómo una sensación de fatiga mutua se ha instalado definitivamente en Barcelona y en Madrid. Esto último, la fatiga que nos provoca a todos el Tabarrón Catalán, fue la primera verdad de su intervención, quizá la única. Luego Turull destapó el tarro de la esencia argumental que traía la terna o troika secesionista a la Carrera de San Jerónimo: el almíbar. La identidad como encarnizamiento sentimental. La vuelta rousseauniana a la aldea. El complejo de concejal perpetuo.

–Queremos mejorar porque amamos a este pueblo, y lo amamos porque es el nuestro. No desistiremos. El pueblo de Cataluña no se ha metido en un callejón sin salida sino en un camino sin retorno. La historia nos ha convocado a todos. ¡Desde el Parlament seremos dignos del mandato de nuestro pueblo!

Y gran aplauso a mi derecha de la delegación de les Corts. Jesús Posada reconvino su efusividad y les avisó de que en la tribuna de invitados no está permitido ni mostrar las tetas ni ofrendar otros testimonios de aprobación o descontento. Me fijé en una diputada con amago de llanto en el lacrimal que se frotó los ojos, emocionada. He ahí el hueso pálido, la víscera más bien, de todo este pifostio insensato, fenomenal farsa, anacronismo mareante. La misma lógica del cortatroncos que le oí al speaker de un campeonato de aizkolaris celebrado en el Arenal de Bilbao durante un Aste Nagusia:

–¡Tenemos que defender estos deportes! ¿Por qué? ¡Porque son nuestros!

Pero oiga, en Europa nadie compite cortando troncos ya. ¡Da igual, es nuestro! Y en este plan. Españoleo eterno con más franjas rojigualdas, nada más. Romanticismo tardío, pulsión decimonónica que no cesa, vigencia antiilustrada de las doctrinas del señor Herder que llevaron a Europa al desastre. Y junto al sentimentalismo grosero, sus primos hermanos: el moralismo, el paternalismo, la fabulación retrospectiva, el mesianismo comprado en los chinos que te vende a Gandhi y te da a Quico Homs, acodado sobre el reloj parlamentario. Nosotros, diputados del Parlament, peregrinamos limpiamente a la Meseta esteparia para ilustraros, para desasnaros un poco y podaros la lana facha de la dehesa, para iniciaros en esto de la democracia, que parece mentira, Señor, dame paciencia, seny mediterráneo. Y no es que las actuales bancadas de PP y PSOE reúnan muchas más lecturas que los rupturistas, pero al menos poseen mayor sentido del ridículo, ese que Pla siempre ponderó en la raza catalana y que parece haber naufragado entre pícaros y milhombres. Hoy, los sedicentes representantes de la vieja y admirable Cataluña han degenerado en pueriles Hansel y Gretel que aspiran a vivir en su patria de caramelo, que la cimientan sobre bases cariadas y que la defienden con fundamentos dialécticos nubosos y suaves como algodón rosa de verbena.

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9 abril, 2014 · 10:00

Dejad algo de Suárez para nosotros

Pudo prometer y prometió.

Pudo prometer y prometió.

Yo, perdonadme, nací en 1982 y todo mi vínculo con Adolfo Suárez se reduce a mis libros de historia de España, mi fidelidad a la imprescindible serie documental de Victoria Prego y un padre que votó a la UCD, aunque ahora dice que se arrepiente. Avanzo estas cosas para que quede claro el lejano ángulo del salón desde el que observo el retrato del prócer ido, colgante ya del muro de la eternidad, pinacoteca de la historia, galería de padres de la patria. Puedo prometer y prometo que escribo en consecuencia desde la resuelta falta de conocimiento personal, desde la limpia ausencia de testimonio coetáneo, desde la exclusiva impresión –si aún resulta perceptible– de su huella sobre la memoria cívica de mi generación, que es a la que corresponderá poco a poco asumir la dirección de este país, si es que nos dejan. Porque sí, caballeros: el tiempo pasa y ahora nos toca a nosotros.

¿Y qué interés puede tener lo que sobre Suárez opine un debutante en la treintena que ni estuvo allí, ni de la Transición escribió un mal teletipo, y ni siquiera oyó zumbar las balas sobre su democrática cabeza un excitante 23 de febrero que los ancianos del lugar recuerdan con puntualidad de club de veteranos de Omaha? Se lo preguntarán despectivamente los tertulianos de la Santa Transición, todos ellos en activo, todos ellos eternamente hegemónicos, todos ellos dispuestos a morir con la voz en el micrófono y la pluma en la columna como si ello entrañara alguna gloria y no el dudoso mérito de obstruir la reposición generacional del periodismo español, descarrilada de la ley de vida por la tormenta perfecta, el sabotaje conjunto en el que conspiran crisis económica, debacle industrial, rigidez sindical, cobardía empresarial y cainismo profesional. En su epicentro boquea mi generación cuando va y se le muere Suárez, el hombre que citó a Machado ante nuestros padres el día de junio de 1976 en el que ofició el bautismo de los partidos políticos: «Está el hoy abierto al mañana. / Mañana, al infinito. / Hombres de España: ni el pasado ha muerto / ni está el mañana / ni el ayer escrito».

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24 marzo, 2014 · 14:45

Las naturalezas muertas de Mariano Rajoy

Nacionalismo catalán, según Eddie Hopper. Artur Mas va de rojo.

Nacionalismo catalán, según Eddie Hopper. Artur Mas va de rojo.

Si la legalidad internacional ha ingresado en el dominio del oxímoron con las últimas travesuras de Putin por el Mar Muerto, las travesuras de ERC-CiU por la parte noroccidental del Mar Mediterráneo pretenden extender el manto pardo de la paradoja a la legalidad nacional. El diputado Alfred Bosch, afectado por una ptosis palpebral que no creemos a salvo de ciertas metáforas, tomó el primero la palabra esta mañana en el Congreso y le espetó a Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España según todas las disposiciones vigentes:

–¿En qué se basa usted para asegurar que impedirá la votación del 9 de noviembre?

Pues en la ley, claro, contestó Rajoy. El otro soñaba que le dijese los tanques, a poder ser con rancho de paella para todos y el clan Tejero al megáfono, pero don Mariano es el donjuán de los silencios políticos, aquel por quien se inventó la expresión de matar callando. Entonces, Bosch, desde la ranura visual que le está permitida, volvió a la carga en procaz mixtura de lírica y amenaza, de Lorca a Corleone en un abrir y cerrar de ojos (y disculpen la maldad):

–Verde que te quiero verde. Ponga el semáforo en verde, que lo tiene siempre en rojo y encima va empujando. Haga una propuesta. En Cataluña hay millones de personas esperando, y si no cambia el semáforo puede provocar un accidente. Nosotros siempre cruzamos en verde, pero si el semáforo no cambia ya encontraremos un paso de cebra.

Así hablaba el bravo Bosch, de tremolante penacho. Rajoy, conductor de pueblos, ni siquiera se dignó a dirigirle la “mirada torva” con que Homero suele anticipar una resuelta paliza. Clavó la vista en el folio y leyó su respuesta con desgana oceánica, escuchando el gozoso crepitar del jarro frío sobre la brasa insurgente, también llamada Tabarrón Catalán (¡TC!):

–Usted pretende saltarse la Constitución, y eso sí que es un semáforo en rojo. Yo quiero que sigamos juntos, compartiendo la misma historia como venimos haciendo desde hace siglos. Y no quiero una Cataluña empobrecida y fuera de Europa. No se lo merece. Ni siquiera se lo merece usted –apostilló, en postrera concesión a la tribuna.

La mujer de Hopper lamentaba la oscuridad creadora en la que su marido se abismaba de pronto, rachas desoladas de mutismo y cavilación. “A veces hablar con Eddie era como tirar una piedra a un pozo”. Rajoy no sabe pintar noctámbulos acodados en barras melancólicas, pero solo en un tosco sentido real. En el plano figurado, en cambio, ya empezamos a vislumbrar el mentón de Artur Mas en el ángulo del lienzo que ocupa la mujer de rojo, alma embarrancada por la desatención, solitaria y rebelde porque el mundo la ha hecho así, porque nadie la ha tratado con amor. ¿Es Cataluña la naturaleza muerta de Rajoy? ¿No suena el nacionalismo como una eterna viuda quejumbrosa?

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19 marzo, 2014 · 19:17

Rajoy ya nota el calor

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Para ser ese país demoscópicamente harto de políticos y periodistas, el jaleo como de primer día de rebajas que se monta en el Congreso por el debate del estado de la nación está de lo más conseguido. ¿No sería una teatralización para afianzar el crédito dañado del sistema parlamentario? En vano busqué entre el gentío la barba de Garci o las gafas endiabladas de Évole. Pero lo cierto es que si las elecciones son la fiesta de la democracia, el patio de las Cortes se antojaba a mediodía un after-hours con derecho de admisión reservadísimo. Desde luego disimulamos bastante bien la famosa desafección hacia la política.

Un reportero logra acomodar el culo en la tribuna de prensa solo después de soportar la cola de acreditaciones, persuadir al departamento de prensa de que no trabaja para Manikkalingam, acreditar un buen juego de codos con los colegas para avanzar por los pasillos abarrotados, pasar el escáner de rayos X y probablemente otro de rayos UVA, reptar bajo la alambrada de espino y dirigir una caída de ojos reverencial a don Jesús Posada. Superados todos los filtros, accede uno al hemiciclo en el momento justo en que Mariano Rajoy está constatando que se ha invertido la dirección de la economía nacional.

Rajoy venía al debate a señalarse la espalda, porque un año después puede presentar datos para ello. Repasaba el jardín en que estamos metidos como el jardinero al final del invierno, cauto ante los restos del granizo pero optimista por la llegada de la primavera. Exponía con cuidado cada brote verde y depositaba luego la maceta en el suelo matizando que con cinco millones y medio de parados aún es pronto para decretar una semana de circo, naumaquia, cuentacuentos y juegos florales. Pero vamos, que el orgullo se le escapaba por las cinchas del traje. En la tribuna de invitados, un cortejo de barones o alfiles varios no tan pendientes de reparar en el jefe como de que el jefe reparara en ellos: Pío, Rudi, Monago, Fabra, Pedro Sanz, Herrera, los de Ceuta y Melilla e incluso Cospedal, que estaba tan guapa que no me atreví a saludarla en el patio y cuyo broche lila emitía destellos cegadores cada vez que Rubalcaba la llamaba cacique durante su réplica vespertina. Por la mañana, sin embargo, la oposición escuchó a Rajoy sin patalear, como si de verdad rigiera un protocolo diferente al de las sesiones de control de los miércoles. Esa formalidad duraría poco, como veremos ahora.

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26 febrero, 2014 · 0:01

De la oratoria a la neurastenia

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Don José Echegaray, Nobel español y comediógrafo feble, no solo acredita el menos merecido de los grandes galardones hasta el cuarto Balón de Oro de Leo Messi. También entró en la Real Academia cinco años tarde por culpa de don Emilio Castelar, el mayor orador que ha dado la política española. Era tan buen orador que no sabía escribir sus discursos y por eso tardó cinco años en tener lista la pieza de bienvenida a Echegaray.

El propio Castelar había tardado otros nueve años en presentar el discurso de entrada cuando su insigne culo resultó bendecido con un sillón en la RAE. Los estatutos académicos obligan a leer un texto preparado con antelación, pero Castelar no había escrito un solo discurso en su vida y prefería demorar su ingreso en la Casa de los inmortales antes que coger una pluma. “Toda la prensa –cuenta don Gregorio Salvador, filólogo ilustre y también académico– comentó si, en razón de la personalidad del gran tribuno, no hubiese sido posible y, en cualquier caso, preferible olvidar por una vez lo establecido y permitirle que hablara en lugar de leer, porque en esto último no era ni sombra de lo que era al hablar”. La rectísima RAE no lo vio posible ni preferible y Castelar, al fin, escribió.

Por cierto que a otro gaditano ilustre, José María Pemán, le pasaba un poco lo mismo. Cuando le tocó a Eugenio D’Ors pronunciar su discurso de entrada en la Española, Pemán, que era quien debía darle la réplica, no llevó nada escrito: prefirió clavar la vista en unos papeles en blanco posados sobre el atril y fingir que leía un discurso que en realidad estaba improvisando.

Hoy el nombre de Castelar, liberal de Cádiz que llegó a presidente de la I República, apenas evoca el perpetuo embotellamiento de una glorieta de la Castellana. Pero si uno lee sus intervenciones parlamentarias descubre, bajo el follaje retórico y la consabida pesadez decimonónica, un cerebro prodigiosamente dotado para la sintaxis de ideas y oraciones, un dominio clásico del ritmo y la variación, una cultura vasta que armoniza con el giro improvisado, una interpretación fogosa y persuasiva; un hijo digno, en suma, de la estirpe de Demóstenes y Cicerón, de Disraeli y Churchill, de Lincoln y Mirabeau.

Hubo un tiempo en que la política fomentaba la oratoria. En que aferrarse al folio desde la tribuna del Congreso acarreaba un timbre de desdoro. El prestigio político de un aspirante –a alcalde, a diputado, a presidente– caminaba de la mano de su capacidad oratoria, promesa de aceptación en las urnas. Y si algún ambicioso llegaba a amasar poder sin pasar por el examen de la dialéctica, la anomalía se registraba mediante la concesiva de rigor: “Pese a no ser un gran orador, recabó el apoyo del partido”. Hoy la declamación política sin chuleta ha quedado restringida a los mítines de campaña, y así se dice en ellos lo que se dice. Y a veces vale más que lo que pone en la chuleta.

Uno tiene la suerte o la desgracia de ser cronista parlamentario y ha oído muy pocas intervenciones pasables en la Carrera de San Jerónimo en los tres últimos años. Se han pronunciado, sí, frases efectistas, párrafos incluso de hilada elocuencia; y hay señorías que se defienden con nota en la réplica y la contrarréplica, que son las suertes parlamentarias que exigen del orador algún talento propio, pues no cabe la lectura. En la tarea de replicar hay que decir que el presidente Rajoy es de los mejores, y esto lo digo como técnico de la palabra, al margen de ideologías. Es difícil despertarle, cierto; pero cuando un opositor lo consigue, el gallego sabe cómo ridiculizarle con poca piedad. A su estilo susurrante tampoco es malo Rubalcaba, cuya gestualidad profesoral y falso tartamudeo imitan descaradamente Eduardo Madina y algunos otros cachorros del PSOE. Elena Valenciano puede ser una pegadora notable en cuestiones de feminismo, ganando convicción y rabia según se acerque su reivindicación al tono carmesí del ideario. Wert y Gallardón tienen lecturas como para ensamblar sin papel una cita pertinente en un discurso articulado, y Sáenz de Santamaría es muy capaz de replicar con mordacidad sin caer en la frontalidad insidiosa de Rosa Díez. Duran Lleida me parece el mayor caradura de la democracia, pero si un tema le interesa sabe expresarlo con decoro, aunque personalmente suelo aprovechar sus intervenciones para salir a fumar. Recuerdo por último, y que Dios me perdone, a un portavoz de Amaiur, Iñaki Antigüedad, que celebró el retorno a las Cortes de su infame formación con un discurso potente, bien armado dentro de la paranoia criminosa en la que chapotean; creo que su locuacidad asustó a sus propios correligionarios, pues le echaron enseguida y pusieron a un cabrero en su lugar, supongo que para ganar coherencia entre su fondo y su forma.

Y sin embargo ninguno de ellos resiste la comparación no ya con los portavoces de la época de Castelar, sino con los propios actores de la Transición. Desde Felipe y Guerra hasta Blas Piñar, desde Leopoldo Calvo-Sotelo hasta Adolfo Suárez –que no había leído un libro en su vida pero dominaba la pausa dramática–, desde Tierno Galván hasta Miquel Roca: cualquiera de ellos en su mejor forma dejaría con la palabra en la boca a cualquier diputadito con cuenta en Twitter muy seguida. La deriva estrictamente verbal que va de José Antonio a Carlos Floriano produce escalofríos. El nivel discursivo que hoy impera, y que algunos han bautizado como politiqués, ya estaba prefigurado por Wenceslao Fernández Flórez en una de sus crónicas parlamentarias de 1916:

«El señor Allende tiene, además, esa funesta costumbre de los oradores nada fáciles que les obliga a repetir tres o cuatro veces el mismo concepto.

El señor Allende dice:

–Es evidente, es innegable, es positivo, es público…

Y se queda una instante como buscando algo más en el fondo de su cerebro.

–Es notorio… –agrega, después de esa labor de rebusca laboriosa.

Si se pudiesen podar, como se poda un árbol, los discursos del ex ministro, apenas se aprovecharían cincuenta palabras. Es como si en ese árbol un hacha fuese echando abajo las ramas frondosas, y más ramas, y luego la acorchada corteza, y después la madera dañada, y los nudos, y la médula blanda e inservible… Y del corpulento ejemplar, tan solo un aguzado palillo para los dientes.

El señor Allende apela siempre también a las frases hechas y busca el apoyo patriarcal de los refranes. Él os dirá que a la tercera va la vencida, y que para muestra basta un botón, y que no las hagas y no las temas. Y después se quedará tan orgulloso, como si hubiese descubierto el Mediterráneo.

El señor Allende ha hecho perder mucho tiempo a España y ha sido causa de que muchos taquígrafos y periodistas que han tenido que tomar sus discursos falleciesen de neurastenia. Los gobiernos deben preocuparse de esta cuestión. Debe haber un español heroico bien retribuido, que se encargue de leer a solas los discursos del señor Allende y condensarlos en las líneas precisas.

El infeliz no tendría una vida muy larga, pero la patria sabría recompensar su arrojo».

La oratoria ha entrado en decadencia en España, y sus políticos no son desde luego ajenos al hundimiento, como tampoco la industria del teletipo. La neurastenia es general y nos tiene al borde del fallecimiento. Pero en este artículo, y como conocedor de primera mano de la retórica política, yo encuentro que han caído mucho más bajo la oratoria empresarial y aún la oratoria periodística: esos locutores que se han creído que por avillanar el lenguaje, por hablar “como la calle”, comunican mejor. ¿Alguien se explica cómo Juan Rosell ha podido llegar a presidir la patronal hablando como habla? Entiendo que la afasia patética de Ferran Adrià no le impida cocinar, pero ¿a qué oscura virtud deben tantos tertulianos de dicción pedregosa y mente escolar su micrófono y su silla? Hay gurús que escriben libros sobre cómo aprender a hablar en público y que van por las empresas dando charlas de formación durante las cuales comprimen en frases de galleta china conectadas por flechitas de Power Point los viejos esquemas de Quintiliano. Hay truquitos de asesor de imagen para que un candidato no haga el gesto feo que le resta simpatía en directo. Pero lo cierto es que no hay más atajos para alcanzar el dominio de la palabra que la lectura, la memoria y el ejercicio.

Compruebo además que nuestros políticos hablan peor cuanto más jóvenes son. Esta observación vincularía la ineptitud expresiva con el fracaso de la educación en España y el auge de lo audiovisual, como no podía ser de otra manera. En los próximos años no creo que surja en España un Matteo Renzi, quien no ha heredado tampoco la puesta en escena de Mussolini que sedujo a Ruano y a Pla –por no hablar de la elocutio volcánica de Hitler que enamoró a Heidegger y al último salchichero del país–, pero sí ha ganado debates sin mirar un papel y sabe al menos cómo apoyar despreocupadamente el codo en un ambón.

En todo caso, la oratoria como vehículo para la persuasión social no puede morir. Dicen que la democracia y las redes sociales han desprestigiado la propia idea de púlpito, pero no es cierto: más bien ha multiplicado y empequeñecido los púlpitos: un hombre, un púlpito. Ahora, en cuanto aparece un talento y se sube a lo alto de un buen púlpito, todo el mundo deja lo que está haciendo y le presta atención. Lo que faltan son púlpitos resonantes de verdad. Nadie puede desvincular el éxito en ventas de Apple del carisma derrochado por Steve Jobs en sus míticas presentaciones de aparatitos. Ni tampoco habría sido posible la creación de la marca Obama sin su reconocida (y trabajada) facundia. El hombre ambicioso que en un mundo global tenga una idea y cultive la elocuencia necesaria para comunicarla, partirá con la ventaja decisiva que le falta al hombre de labia embotada, por preparado que esté en lo suyo. En la sociedad de la información cada vez hay menos profesiones que puedan permitirse el lujo de la inexpresividad. Quizá la excepción más flagrante a esa norma se llame Messi.

(Publicado en Suma Cultural, 22 de febrero de 2014)

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Cita en Zugarramurdi

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Amèlie Nothomb ha señalado que la Inquisición constituyó un hito progresista, pues antes de ella a las brujas se las quemaba sin proceso previo. Algo es algo. En ese sentido, las sesiones de control al Gobierno de los miércoles escenifican el mismo avance instituido por Torquemada, si bien en la hoguera democrática arden más bien las vanidades que desinhibidas señoras de Zugarramurdi. Son fuegos fatuos sin la espectacularidad del alarido poseso –como mucho el abucheo de bancada– y con las cenizas de cada ministro fénix puntualmente regeneradas para la pira de la semana que viene.

Este cronista tiene la incómoda impresión de que los verdaderos incendios se declaran en todas partes menos en el Congreso: en Suiza a cuenta de la cuenta de Granados, censor del fraude fiscal en mil tertulias; en Ceuta, a propósito del muro de las lamentaciones negras; en Andalucía, al hilo del hilo telefónico entre Moreno Bonilla y Dolores de Cospedal, apagado o fuera de cobertura en este momento; o en el Canal de Panamá, o en la Extremadura del extremoduro Monago, o en los Madriles revueltos de Espe, o en Kiev, o en Venezuela o qué sé yo. En cualquier sitio menos en el hemiciclo soberano.

La voluntariosa Soraya Rodríguez trata de paliar esta dislocación de la noticia concentrando en su pregunta semanal todos los asuntos de actualidad que pueden dañar al Gobierno. La rea de su torquemadismo sumario es tocaya, paisana y compañera de insti: Soraya Sáenz de Santamaría. Entre ambas se entabla una sorayomaquia más pirotécnica que combustible, prendida en la mañana de hoy por una traca compuesta de los siguientes petardos:

1) Molinos o gigantes. Acusación de pucherazo electoral por la voluntad autonómica de recortar el parlamento manchego en 15 diputados.
2) Gürtel. Analogía abrupta entre la trama corrupta y la mentada reforma estatutaria: «es la misma filosofía: sobres de más y escaños de menos» (sic);
3) Elegía ceutí. Se pide la dimisión del delegado del Gobierno y se formula una amenaza escalofriante: si Interior no entrega al Parlamento en 24 horas las cintas con las cinco horas de grabación de los hechos del Estrecho, este grupo parlamentario registrará ip-so fac-to una petición de demanda de amago de comisión de investigación. Ojito.
4) «¡Y además no fue penalti!», completó oficiosamente Gistau desde la tribuna de prensa.

La vicepresidenta se puso en pie, se arremangó mientras Posada trataba de apagar las teas recién encendidas y contestó solo al primer punto, que era el previsto en el orden del día. Dijo que recortar el número de diputados obedece a una demanda de ajuste que está en la calle hace tiempo. Se entiende la pataleta con que la Cámara recogió este pretexto de ahorro: no se mete uno a estudiar oposiciones si baja la tasa de reposición, y no se mete uno a medrar en un partido si le achican la boca del embudo que traga torrentes de ambición y escupe chupitos de escaños.

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19 febrero, 2014 · 19:10

Pasión bíblica y aborto pasionario

De entre los muchos tipos de democracia que existen, la parlamentaria no es de las que menos me gustan. Ciertamente no es tan eficaz como la democracia gamonalera, pero a cambio es más aseada y se pasa menos frío ejerciéndola. Uno ocupa su sitio en la tribuna de prensa y contempla a los diputaos, que dice Rajoy, y puede entretener el fárrago de 16 folios que ocupó su balance del Consejo Europeo decidiendo qué señoría le representa mejor.

¿Quizá Rosa Díez, cruzada de piernas en su escaño, los tacones color cereza apuntando peligrosamente a la escalera? ¿Y aquellas diputadas populares del fondo que han pasado las navidades consumidas en la impaciencia de pasear el nuevo modelito por la sede de la soberanía nacional? Desde luego no nos representa el montaraz jersey de cuello vuelto de Errekondo, como tampoco la maraña húmeda que corona el cráneo de aquella otra diputada de Esquerra. ¿Qué puede haber de monárquico en un secador? Luego pasa lo que pasa, que el hemiciclo era hoy un mar de gripe A agitado por olas de pañuelos blancos, sonoros, sacudidos violentamente por las narices congestionadas de nuestros representantes. Y uno, que arrastra un catarro reglamentario, se siente al fin perfectamente representado por los mocos de sus señorías. «¡La democracia gripada!», me señaló un ágil tuitero.

El parón navideño y la envidia del relumbrón de que ha gozado la democracia real en Burgos preparaban el desquite de los portavoces, quienes no ahorraron ni un minuto de intervención al sufrido reporterismo. Fue servido sin pausas un engrudo retórico que se extendió uniformemente desde la nueve hasta las tres. Ahí queríamos ver nosotros al llorado Leguineche. Se oyó a Rajoy insistir en que los eurolíderes reunidos en Bruselas le ven mejor color a la orina del enfermo. Se oyó a Sánchez Llibre mentar a Schumann y a continuación oponer al tabarrón catalán «la política con mayúsculas» –qué será eso de la política con mayúsculas: ¿una teocracia?– para acabar quejándose de los procedimientos de limpieza de los cuarteles. Sic.

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22 enero, 2014 · 19:50

El prestigio mediático de la violencia

Quién nos iba a decir que la revolución saltaría en Burgos y por un bulevar de más. La yesca hace mucho que está repartida y la pérdida de plazas de aparcamiento es una chispa tan inflamable como cualquier otra. Tampoco sorprende el entusiasmo mediático ante el guevarismo comprado en los chinos, surja en la Puerta del Sol en el barrio de Gamonal, pues permite a los redactores maduros reblandecer idealismos costrosos al tiempo que ofrece baratas prácticas de corresponsal de guerra al becario primermundista.

Uno fue un adolescente anómalo que ni militó en Ultra Sur, ni se peleó por un estilo musical, ni sintió que el mundo estaba mal hecho o que la democracia real necesitaba de su compromiso. Yo entre los 15 y los 21 básicamente leía libros consignados en el canon occidental de Harold Bloom, el póster de mi pared era de Beethoven –hay que joderse– y mis fantasías se movían entre los laberintos de Borges y la vecina pija de la parada del autobús. Luego todo fue a peor y en el colmo de la frivolidad me hice periodista. Mi prematura senectud me salvó de perder el tiempo en cualquier forma de gregarismo que me admitiera como socio, pero no soy ajeno al romanticismo de la ideología en acción porque me lo encuentro todos los días en el tratamiento que el periodismo regala a hechos heroicos como la quema de contenedores o el derrocamiento épico de mobiliario urbano. Ese enternecedor recurso (de amparo) al santo contexto que cursa más o menos con “los vecinos están hartos” si admiramos el coraje burgalés o con “la realidad social de Euskadi ha cambiado” si jaleamos la impunidad de los perdonavidas de pipa y boina.

No vamos a descubrir ahora el prestigio intelectual de la violencia, historia del mundo desde que el primer hechicero justificó las ganas del irascible jefe de su tribu de invadir la aldea vecina. Este primitivo mecanismo luego ha conocido picos de sofisticación gracias a la Revolución Francesa o a la bulliciosa prole de Lenin, pero en esencia es lo mismo: la fuerza de la razón dura exactamente lo que tarda el ideólogo al mando en temer que otro le quite el puesto, momento en que se pasa a la divertida fase de las purgas encadenadas. Y ojo, que prestigiadores de la violencia los ha tenido la izquierda por ortodoxia y la derecha por afición. Dice el gran columnista mexicano Ibargüengoitia que todos convenimos con Juárez en que la paz es el respeto al derecho ajeno, pero nadie se pone de acuerdo en qué sea lo ajeno.

Lo que no admite duda es que la violencia es eficaz, también en democracia. Sin ETA quizá los vascos no habrían conservado sus privilegios fiscales y hoy seguramente no estarían a la cabeza del Estado en renta per cápita y tasa de empleo. Yo no digo que no haya que defender tus fueros, dejados en la noche de los tiempos por el Olentzero al pie del árbol de Guernica, pero tengo claro que no a hostias o no mientras duren las hostias. La violencia también les ha funcionado a los burgaleses, que han logrado del alcalde la paralización de la obra indeseada. Y no entro ahora en que la obra sea o no indeseable: desde luego, algo tienen que hacer los concejales de urbanismo mientras se infla de nuevo la burbuja, y un carril bici es una coartada bella y saludable para seguir pedaleando en la cinta rumbosa de las comisiones.

Al parecer en Gamonal la violencia mayormente la han puesto los profesionales del guevarismo flauta que según Interior forman grupos itinerantes, como la troupe de un circo en el que ellos mismos hacen de panteras famélicas: su oficio es rastrear altercados barriales que puedan convertir en una continuación nihilista de Sierra Maestra. Pues bien, no son pocos los medios nostálgicos del siglo XX a los que se les escapa aún una mirada simpática hacia estos idealistas, parteros del progreso cuando no sencillamente huérfanos de un Sistema impío. En un excelente documental dirigido por el gallego Manuel Fernández-Valdés, titulado significativamente “Fraga y Fidel sin embargo”, queda retratada con aséptica elocuencia la humana facilidad con que la historia cede a la campechanía, el déspota al icono, la sigla a la transversalidad del mero poder, la solidaridad de especie a la exaltación del terruño, la coherencia al esnobismo y en definitiva la ética crítica a la estética folclórica. El santo contexto que todo lo disculpa.

La violencia funciona en general cuando tiene detrás a un número representativo de cómplices o de tontos útiles, sea en la barricada o en la columna de progreso. Enfrente, Arcadi Espada escribía el otro día una frase terrible a cuenta de los 100.000 de la manifa proetarra en Bilbao: “Ahora sabemos que era un infamia acusarlos de cobardes cuando, en la plena actividad etarra, solo cuatro frágiles desairados salían a la calle a recordar a las víctimas del terrorismo y a acompañar a sus huérfanos. La violencia lleva dos años acabada y aún es el momento de que decenas de miles de personas recorran alguna calle vasca con esos propósitos. No, no era miedo. Aunque es cierto que ahora en la paz exhiben con más rotundo esplendor lo que son”.

No, no era miedo. No salían porque estaban de acuerdo con las nucas astilladas si eran de español. Una notable fracción de vascos ha apoyado, apoya y apoyará a ETA siempre, y por eso ETA dura y dura. Un par de cientos de miles de paseantes de por allí son zombis morales mezclados entre personas. Conviene decirlo para rendir justo tributo a la vida y milagros de los vascos normales. Conviene decir también que no hay izquierdista español que no ría privadamente el salto de altura de Carrero Blanco. Y sus hijos que se jodan, por nacer de fascista.

El intelectual normalmente admira los huevos del hombre de acción porque no los tiene y por eso se dedica a opinar. El hombre de acción admira correlativamente la formación y la labia del teórico, y por eso trata de emularle en discursos absurdos: inacabables oratorias castristas u ortopédicos comunicados batasunos. Juntos forman una sociedad bien avenida capaz de lo mejor y, con la historia del siglo XX en la mano, notoriamente de lo peor. Luego está lo que los antiguos llamaban la burguesía, cuya forma de estar en el mundo merece de Chaves Nogales esta dolorosa disección:

“Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad. El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado  entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el Estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente, es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando”.

Así que no por casualidad los riots de Burgos los han empezado automovilistas temerosos de quedarse sin plaza. Una sociedad lanar como la descrita por Chaves nos da rabia y tuvo su castigo en forma de bigotito. Un periodismo que habla del estallido social con la excitación con que el adolescente anuncia su inminente visita a un prostíbulo cubano nos da la misma rabia o más.

Más que cuándo rebelarse, importa siempre cómo y por qué. Para el rey inglés, Washington era otro terrorista independentista, pero luchaba en campo abierto y tenía un proyecto mejor de sociedad que la sumisión a Inglaterra. Probablemente no hay tarea más difícil para el derecho internacional que redefinir las bases objetivas del casus belli, de la lícita rebelión, de la guerra justa. Que se lo digan a los sirios a la espera del Tío Sam. Pero está claro que ni el País Vasco es la celda de Madiba ni Cataluña la India de Gandhi: más bien representan el caso insólito de dos metrópolis socioeconómicas que desean separarse de su colonia, como observó Wenceslao Fernández Flórez. La violencia sindical contra las fuerzas del patrón en los telares de Manchester posiblemente estaría justificada; el asalto al Mercadona de Sánchez Gordillo pide sanción ejemplar primero y todos los monólogos que queramos después. Y en Gamonal los destrozos los deben pagar los causantes o sus padres, y no los burgaleses que encima votaron a otro candidato.

Me ha quedado un poco largo el artículo para que valga por todos los gilipollas que siguen fantaseando con el estallido social a ver si pillan cacho en el río revuelto o si les sale más nerudiana la columna, género que se vuelve peligrosamente costumbrista con las salidas de las crisis.

(Publicado en Zoom News, 16 de enero de 2014)

2 comentarios

17 enero, 2014 · 15:42