Archivo de la etiqueta: cosas de la democracia

Muckrakers. Orígenes del periodismo de denuncia

9788434414778

‘Muckrackers’, en Ariel.

Durante las primeras dos décadas del siglo XX en Estados Unidos nació, se desarrolló y murió un movimiento periodístico formado por hombres y mujeres que confundieron la pluma con un rastrillo, el periódico con un capazo de inmundicia, el mundo político-financiero con una parcela abonada y la denuncia con el único género urgente al que debía entregarse un reportero con sensibilidad social y talento expositivo. Fueron los muckrakers, cuyas piezas fijaron a golpe de escándalo el canon del periodismo de investigación, y propiciaron algunas reformas de esas que sí justifican la condición de garante de la democracia que tan gratuitamente se arrogan plumillas de sigla o tertulianos de show.

Vicente Campos entrega una antología imprescindible que no solo selecciona sino también aporta el contexto sociopolítico y el perfil biográfico de cada articulista. El lector acaba inmerso en una época fitzgeraldiana de magnates intocables, editores lunáticos y reporteros orgullosos, decididos a barrer la porquería de América desde la Olivetti.

Fue Roosevelt quien acuñó el término de muckrakers -“rastrilladores”- en un discurso de 1906 donde revuelve interesadamente el periodismo digno que señala a los corruptos con el sensacionalismo de los “daltónicos morales” que solo miran al suelo y nunca al cielo del sueño americano. Los muckrakers no eran activistas ni militantes ideológicos más allá de una vaga adscripción progresista: eran reformadores vocacionales de clase media o alta con acceso a los salones donde los capos de los trusts se repartían la nación comprando a los legisladores, adaptando las leyes a sus intereses empresariales, sometiendo a sus trabajadores a condiciones dickensianas y diseñando estafas para saquear al contribuyente.

Leer más…

1 comentario

1 febrero, 2016 · 12:08

El aprendizaje de la decepción

56a23422537d3

Mesianismo Alcampo.

POR MOMENTOS uno desea que gobierne Podemos para acelerar el «aprendizaje de la decepción» en que consiste la misma democracia, según Innerarity. Hay burbujas, como la inmobiliaria o la populista, que no se desinflan gradualmente: se pinchan cuando el principio adulto de realidad perfora el principio adolescente de placer. Atraganta a España una ilusión de cambio tan hinchada que los pedazos de promesa barata acabarán saltando hasta Bruselas como en una de Tarantino. O una de Tsipras.

Los libros de historia y las páginas salmón se inventaron para no tener que escarmentar siempre en carne propia, pero al censo electoral afluyen cada día nuevos ignorantes ayunos de imaginación (vaya si se puede estar peor) y sobrados de utopía. Si fueron precisos 40 años de franquismo para vacunarnos contra el extremismo de derechas, calculo que cuatro de populismo de izquierdas serán suficientes para aprender que las situaciones complejas no se arreglan con soluciones simples. Que «blindar» en la Constitución el derecho a un curro fijo y a una manta de cuadros en invierno no es lo mismo que crear empleo y regular el mercado eléctrico. Que los desahucios no siempre se pueden prohibir sin desproteger al propietario. Que la suciedad no se muda por cambiar el nombre a las calles. Que el paternalismo de Estado es el opio del pueblo en el siglo XXI, y que una economía esclavizada por el reparto de paguitas sustituye el Estado de Bienestar socioliberal por el «ogro filantrópico» que Octavio Paz descubría en los regímenes latinoamericanos.

¿Necesitaremos pasar por eso para renegar de mesías comprados en Alcampo? ¿Logrará la democracia domesticar al populismo o embrutecerá este a las instituciones? Serán incógnitas divertidas de despejar si don Sánchez, elegido por las bases y por ello el más básico de los líderes socialistas, persevera en su pacto de regreso.

Leer más…

Esta semana en el Parnasillo de COPE hablamos de Cela, pero del escritor inmortal, no del personaje totémico.

Deja un comentario

29 enero, 2016 · 10:27

La democracia en pañales

pablo-iglesias-lagrimas--620x349

Las lágrimas del Pueblo.

Claro que la política está hecha de símbolos. Pero no sospechaba Bescansa hasta qué punto el uso político de su bebé simbolizaba el adanismo del partido de la madre. Los diputados de Podemos tomaron ayer posesión de sus escaños como los niños toman posesión de su juguete el Día de Reyes. Los adultos inventaron la democracia precisamente para protegerse de los nenes, que son las criaturas totalitarias por excelencia. Madurar consiste en ir alejándose del niño interior y anterior, en proscribir su tendencia al sectarismo en el patio, en aprender a no despreciar al distinto -¡incluso al votante del PP!-, en descubrir que el mundo preexiste a sus caprichos, como la democracia parlamentaria existía antes de la llegada de Podemos. Los más pesimistas dicen que veremos si existe después.

Ayer el patio del Congreso fue más patio que Congreso, con tanta joven señoría correteando de excitación: mira mamá, un escaño. Las sonrisas las pusieron Patxi López, que pronto sería presidente del parvulario, y Albert Rivera, satisfecho por la habilidad demostrada en el primer acto político de la legislatura, que es la conformación de la Mesa. Ahí ha probado el líder naranja su cintura negociadora y la propia utilidad de su partido, mucho más libre que cualquier otro por ideología y por talante para alcanzar acuerdos. Si el símbolo es la gracia de Podemos, el pacto es el fuerte de Ciudadanos. Los que criticaron la cortedad de su resultado deberán reconocer ahora que le ha bastado para madrugarle la iniciativa política a Iglesias, quien retrató su frustración en el programa de Herrera.

¿Pero qué es la constitución de la Mesa del Congreso al lado de una madre que amamanta al niño en el centro del Hemiciclo? La nueva política se ha traído de la tele su obsesión teatral -no trae otra cosa-, y durante toda la mañana se entregó a ella para pedir foco como el nene llora para pedir teta. ¿Que los fotógrafos se le distraían enfocando a Rajoy? Iglesias agarraba el bebé y lo mecía como un San José laico. ¿Que Rivera se levantaba a votar? Iglesias tomaba el sonajero -adelantándose a Errejón, que quizá lo miraba con deseo- y se ponía a agitarlo como el paleontólogo de Spielberg atraía al Rex con la bengala roja. Y Spielberg emocionado, claro.

Leer más…

En tiempos de parlamentarismo agitado, traemos al Parnasillo de COPE al mejor cronista en Cortes de nuestro periodismo: Wenceslao Fernández Flórez

1 comentario

14 enero, 2016 · 12:30

Hemiciclo Price

1452681588_028089_1452681909_noticia_normal

La democracia balbuciente.

Ni cuando la proclamación de Felipe VI recuerdo una ebullición parecida. Los periodistas mal que bien nos conocemos todos, pero por el patio del Congreso pululaban caras nuevas que sonreían para el selfie y que, por descarte, solo podían ser diputados emergentes. El Parlamento más plural de la democracia ha abierto sus escaños a toda la ancha policromía de la España real, donde como sabía el torero hay gente pa tó.

Ya no se podrá decir eso de que no nos representan, porque los que lo gritaban en el vallado ahora pueden desarrollar su original cosmovisión del trabajo parlamentario desde su mismo estreno, esos segundos warholianos en que prometieron el cargo. «Nunca más un país sin su gente ni una España sin sus pueblos». Se conoce que hasta hoy el país era el centro de un donut, no tenía ni gente ni pueblos, ni nada. Un páramo de puertas giratorias, era.

Cuando alguien lo apuesta todo a la transparencia acaba exhibiendo sus partes menos airosas. La ropa se inventó por respeto a nosotros mismos y a los ojos del prójimo, y el protocolo democrático lo mismo. Ahora a los españoles nos representan demasiado, y a lo peor alguien ahí fuera nos esté mirando. Alguien que nos presta dinero, incluso. Este hemiciclo enseña ya más que la Pedroche.

Leer más…

Deja un comentario

13 enero, 2016 · 16:11

El abrazo que no une

14522025157186.jpg

Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

Leer más…

Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

Deja un comentario

8 enero, 2016 · 12:16

España, la Transición que no cesa

IMG_3713 (2).jpg

Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

1 comentario

31 diciembre, 2015 · 8:00

Del turno al Twister

14506987413255

Don Mariano hace amago de cubrirse: llega la nueva política.

Transcurría la tarde y el pueblo hablaba, pero a decir verdad no se le entendía. Unos decían una cosa y otros la contraria en proporciones inconciliables, y el fantasma del señor Victor D’Hondt se las vio y se las deseó para ordenar el guirigay. El gráfico de las israelitas presentaba una correlación de fuerzas imposible y todos empezamos a disponer el espíritu para el luto por el bipartidismo y para la paciencia ante unas eventuales elecciones con la primavera.

Que España es ingobernable ya lo sabía Amadeo de Saboya cuando nada más pisar su reino le mataron a Prim y le declararon una guerra carlista. Duró en el trono dos años, cifra que no le garantizamos al próximo presidente del Gobierno. Después de don Amadeo llegó el turnismo, o sea, el bipartidismo de Cánovas y Sagasta, época que se recuerda como la de mayor estabilidad política en España hasta 1978. Hoy riega el suelo la espuma del cava electoral, pero cuando cierre el bar del adanismo aquí muchos van a añorar la geometría clara y confiable de la alternancia PP-PSOE. La Bolsa la que más, y la prensa la que menos.

Leer más…

Análisis de la noche electoral en COPE

Deja un comentario

21 diciembre, 2015 · 14:16

A la búsqueda del centro político después de Suárez

31

Buscando el centro.

Cuando Aristóteles situó la virtud en el medio no se declaraba centrista. Cuando ubicó el valor a medio camino entre la temeridad y la cobardía, afirmaba una virtud sin ambigüedades, que es la propia de los hombres valerosos. Pero sentó un precedente espacial para pensar lo abstracto. Dibujó el primer mapa de la ética. Y por tanto también de la política.

Casi tres de cada cuatro españoles se ubican entre el centro-izquierda y el centro-derecha según el último CIS. Así ha sido desde la Transición. Pero en la actual campaña electoral los líderes de una izquierda y una derecha más definidas tachan a los centristas de calculada equidistancia a fin de captar el máximo número de votos. ¿Por qué atacar al centrismo si siempre se ha dicho que las elecciones se ganan por el centro? «Es que estas elecciones pueden ser las primeras que no se ganen por el centro», explica Pablo Simón, analista de Politikon. «El centro es una medida oscilante entre el 3 y el 6, en una escala en que el 1 es la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. España se ubica en el 4,5-4,7, un poquito más a la izquierda, según las encuestas. Sin embargo parece que el 20-D muchos votantes elegirán al PP para distinguirse del centro puro, o a Podemos para alejarse del centro-izquierda». Por eso la estrategia de Rajoy pasa por asegurar la parte conservadora de su electorado, dando por perdido el centro que le arrebata Ciudadanos. Y por eso también parece que pervivirá un partido de nicho tan puro como IU, pues tiene un vínculo muy fuerte con su votante, al que avisa de que Podemos no es de fiar: no es rupturista de verdad.

El centro puede ser muchas cosas. Desde aquel que se declara apolítico al centrista informado, consciente. «Un centrista ateo votará a C’s, y uno creyente más bien al PP. Muchos jóvenes se declaran de centro para evitar posicionarse, para rehuir la polaridad. Valoran sobre todo la transversalidad. El eje que manda ya no es izquierda/derecha sino viejo/nuevo», dice Simón, pese a que los viejos etiquetan incansablemente a los nuevos para fijarlos en el eje ideológico. En política uno no es tanto cómo se presenta sino cómo te presentan.

Leer más…

Deja un comentario

20 diciembre, 2015 · 11:14