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Cameo cinematográfico

Mi buen amigo Alberto Martín-Aragón tuvo a bien pedirme que participara en su última película, creada en colaboración con su mujer Julia Doménech. Accedí encantado. Se trata de cine amateur pero plagado de referencias de culto: una factura visual morosa entre Godard y Tarkovsky, un guión negro astracán entre Greene y Berlanga, una dirección de actores low cost que evoca irremisiblemente a Ed Wood. Su primera película, el documental Taxidermias, me parece una obra de arte destinada a una futura recuperación estelar, y si no corre ya de boca en boca es porque el mercado de lo indie también está saturado. Responde con creces a una pregunta seria: si se puede hacer humor y poesía con el cáncer.

En Deconstrucciones hago de mí mismo bajo el nombre de Winston: un escritor sentencioso y misántropo que no cree en casi nada salvo en que hay gente que no merece vivir. Los diálogos los imprevisamos sobre la marcha. Creo con todo que no quedaron mal. Y en todo caso nos reímos mucho. Yo salgo en el 27:27 y en el 1:08:08. Es una cosa bastante disparatada, aviso:

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Cómo confundir a Anna Karenina con Ana Torroja

No hace falta leer a Wilde para saber que en arte la separación entre forma y fondo es puramente convencional. Cuando se afirma que un escritor o un cineasta prima el preciosismo de la expresión sobre la transmisión de unos hechos o de un mensaje moral se quiere subrayar tan solo que el artista posee una marcada voluntad de estilo, que le gusta llamar la atención sobre cómo dice las cosas; no se le acusa de carecer absolutamente de algo que decir. Porque el cómo no opera en el vacío, sino siempre sobre un qué. Cuando se tiene un qué poderoso, un artista sabio escoge un cómo modesto, elástico, adaptado generosamente a la idea o argumento que se pretende realzar. Y viceversa, cuando el artista sabio solo dispone de un qué vulgar, extremará los recursos de su talento expresivo para lograr un efecto artístico de similar calado.

El fondo es la forma, el medio es el mensaje, etcétera. Por eso yerran en su argumentación las críticas que han destrozado por esteticista la Anna Karenina de Joe Wright, estreno de cine en el que tuve la desgracia de invertir una lluviosa tarde de domingo y un billete canjeable por una cena opípara comparada con las que en los últimos tiempos se encuentra en disposición de sufragar mi exhausto bolsillo. La película es la broma cara de un director pueril con serios problemas de adaptación social, dandismo hueco y comprensión lectora, y que sea tratada como tal por la crítica especializada constituye una magnífica noticia para la maltrecha causa de la veracidad periodística. Pero esas críticas insisten en el estéril y huero esteticismo de la película, advirtiendo en Wright la “arrogancia artística” del cineasta enamorado de sus propios trucos de estilo. Y se olvidan de decir lo fundamental: que ese barroquismo efectista y meramente pirotécnico no solo no logra nunca servir a la historia, que es a lo que debe aspirar toda competencia en técnica artística, sino que la opaca y hasta sustituye groseramente, de donde el espectador medianamente formado infiere, atendiendo a la ecuación con que empieza este párrafo, que la única medida de consistencia de la que es capaz el cerebro de Joe Wright la da el cartón piedra coloreado de un atrezzo de ópera rusa.

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6 abril, 2013 · 21:01