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¡Viven!

James planeando.

James contra Newton.

Si en los telediarios se libra a diario una batalla territorial entre los sucesos, el deporte y el tiempo, el Madrid-Sevilla conjugó todos esos elementos en un partido crítico que desde el principio se planteó como una lucha por la supervivencia. Saltar al campo en calzones a cero grados condiciona decisivamente el juego: los delanteros corren más para entrar en calor, los defensas se quiebran con la delicadeza de un témpano y los centrocampistas, antes de meter la pierna, meditan inevitablemente si les tocará ponerse en la barrera. Todo eso sucedió mientras los jugadores iban cayendo lesionados, Casillas se aparecía y los lobos aullaban.

El Real Madrid recordó a tiempo que en ¡Viven! uno sobrevivía comiéndose a los compañeros crudos, pero antes había que encontrarlos y desenterrarlos. La tarea de buscar comida en el área les fue encomendada a expedicionarios como Marcelo, que botó la imprevisible asistencia del primero, y a zapadores como Benzema, que desmintió su sangre fría implicándose en Stalingrado al punto de lesionar a Beto, con el solidario objetivo de nivelar las bajas de Ramos y James: su gol en plancha pedía un patrocinio de Red Bull. Las carreras de Bale por la izquierda merecieron aplausos de desagravio; o quizá eran piperos sacudiéndose el frío.

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Los predicados del madridismo

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

[Los amigos de Qué Crack me pidieron un texto para su sección de Cómplices y les pasé esta tipología del madridismo que escribí como prólogo a un libro de relatos editado en mayo por la peña Primavera Blanca, libro que sujeto en la foto adyacente. Lo reproduzco en su práctica integridad porque sigo estando de acuerdo conmigo mismo]

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose inexorablemente al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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La del pulpo

No lo intentéis en casa.

No lo intentéis en casa.

Magia blanca resultó ser la de las meigas de Riazor, estadio otrora maldito de cuyas redes hubo que arrancar ocho goles como ocho conjuros que abortan con crueldad la misa negra del antimadridismo. Estaban las cajas de turrón de Jijona embargadas en Alicante para que no llegaran hasta el pobre Carletto, cuyo destino pendía de una victoria en La Coruña, donde el Madrid se la jugaba y tal. Aceptando la premisa, el entrenador de la Décima tiene de momento derecho a engullir turrón hasta que se le almendre la ceja. Jugando en tierra celta en la semana del no escocés, las gaitas prohibidas que siempre madrugan su fúnebre son enmudecieron también. Y de qué forma.

Y eso que el partido empezó brumoso como el tiempo para los blancos, un correcalles sin contrapeso que hacía temer lo peor. El Depor se mantenía replegado atrás pero salía a galope sobre las piernas de Isaac Cuenca, el mejor de los gallegos. El Madrid no conseguía asentar su nueva idea de fútbol-control. Pero arriba hay pólvora como para civilizar Irak, señores. Dicen que Arbeloa no sabe centrar pero lo hizo, y si el centro es demasiado alto o demasiado curvo o demasiado fuerte no importa, porque los muslos hidráulicos y el cuello retráctil de Cristiano han sido creados para graduar el centro al remate y no al revés. Al caer de la estratosfera, con el balón ya en la red, se cree que Cristiano pisó un ajo malaje puesto por las meigas, que perdió así su maléfico poder para el resto del partido.

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In Kroos we trust

Reyes de Europa. Más aún.

Reyes de Europa. Más aún.

Sinunaduda partido de muchos quilates –resumía antes de empezar Radomir Antic en ese dialecto escarpado suyo por el que se despeña toda gramática. ¿Cómo se habrá hecho entender entre tantos equipos españoles como ha entrenado? Junto con el origen del euskera, queda el misterio verbal de Rado para arqueólogos del indoeuropeo.

El Real Madrid empieza la temporada a la altura vertiginosa de su mito, ganando con suficiencia al Sevilla en la campiña galesa que primero vio corretear al niño Gary Bail (en antiqués). El de Cardiff no pudo marcar en su tierra pese a que lo intentó con esa machacona inocencia de sus carreras sustanciales, donde el balón parece mero accidente y el viento silba en su diadema de dama de Elche celta.

Hierro se pinzaba el índice y el pulgar en el banquillo con la mirada tensa y racial, que no tiene nada que ver con la de Zizou. Carletto mascaba chicle; lo mascaría también sobre un vehículo anfibio en Omaha.

Comenzó el Madrid encadenando fallos primorosos en defensa, a un millón el fallo, pero no tardó nada en asentarse y ponerse a desplegar ese juego que, con Kroos y James, ya no podrá ser del todo igual al que detonaba la BBC. Será complementario, pero a nadie se le oculta que, sin renunciar a la tendencia genética a la verticalidad, este Madrid mejorado por el medio deberá perfeccionar la técnica costurera de la circulación paciente y la posesión con sentido. Otra opción es turnarse para que en cada partido se ocupe de marcar los goles una línea distinta, tal es la versatilidad del potencial ofensivo blanco.

Pero un jugador como Kroos es de los que imponen el estilo. Anoche parecía que hubiera ganado no ya la Décima, sino incluso la Novena y la Octava. Qué imperio. Que alemanidad admirable en el criterio siempre correcto para cambiar el juego, para posicionarse, para meter la pierna cuando se debe. Qué bueno es Toni Kroos. Y qué barato, coño.

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13 agosto, 2014 · 10:30

Palizas sin calorías

El coloso de Cardiff.

El coloso de Cardiff.

La reforma moral de la grada del Bernabéu es un proyecto hermoso porque es estrictamente irrealizable. Será una de los pocos alardes de genuino romanticismo al que pueda entregarse cualquier madridista tribal o en solitario. Es cierto que Byron cruzó a nado el Helesponto pese a la deformidad congénita de sus pies, pero su hazaña no sirvió a la independencia de Grecia. Hoy Grecia pertenece a Alemania y las gradas del Bernabéu –que hoy vieron un 5-0 y se vaciaron mucho antes de verlo entero y pitaron a Diego López, a Cristiano y a Benzema– pertenecen al alma mesocrática, ternurista e invencible del pipero español, categoría eterna contra la que ya se estrelló Alonso Quijano. ¿Pasó Rust Cohle por Chamartín? ¿Se le reveló allí el secreto de la misantropía? Ya que la reforma moral del Bernabéu no es posible, Florentino Pérez, con pragmatismo, impulsa la reforma urbanística.

El resultado, digámoslo todo, engaña. Apalizar al Rayo de Paco Jémez es como pegar al Dalai Lama y no sirve como termómetro de recuperación anímica, como el crecimiento de las exportaciones no vale para medir la recuperación económica. Hasta el segundo gol, de hecho, el equipo blanco exhibió las mismas dudas que ante Barcelona y Sevilla; la herida, a qué ocultarlo, ha sido profunda. El orgullo podría sanarla en un día, pero de momento el Madrid no lo encuentra dentro de sí y necesitará un pinchazo de sus rivales para enchufarse de veras a la esperanza. La persistencia de la épica culé –penalti y expulsión– no ayuda.

En todo caso se merodeó el área rayista desde el minuto cinco. Illarra quiso ser Modric por momentos pero sus pases al hueco resultan aún de una timidez enternecedora. Xabi recibió algunos gritos de don Carlo motivados supuse por su querencia a las tablas. Pero a cambio están Di María y Bale. Fuera de Suárez no hay otro hombre que simbolice mejor la transición que el galés: va del medio a la banda, de la banda al medio, de la carrera al frenazo, de la asistencia al gol, del poderío a la caricatura también. Ejecuta la pared y el disparo con la suficiencia con que Roddick hacía su tenis de saque y volea. Cambia de ritmo como Butragueño (como dos Butragueños, uno encima de otro). Metió un gol de rematador, otro de fondista para el que partió desde el punto en que Lasa vio al portero adelantado y asistió a Ronaldo con una pausa exquisita, incoherente casi con su potencia. También falló, claro, como falló Benzema, y esta es la parte que nos desespera al pensar en Dortmund.

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30 marzo, 2014 · 14:03