
Ignoro si Ortega tuvo la culpa cuando grabó en el mármol sentencioso y atildado de su fraseo aquello de que España es el problema y Europa la solución. Pero tantos años después, ante el proyecto comunitario una porción no desdeñable de españoles se debate entre la idolatría y la demonización. En un extremo (aunque ellos se perciben moderados) figuran profesionales vinculados a la política, el periodismo o la academia que se creen herederos del europeísmo orteguiano sin sospechar que a menudo solo militan en el tópico del oscurantismo español, la excepción cultural ibérica, el secular prejuicio negrolegendario. Para no ser confundidos por su colegas con la estirpe neandertal de paisanos que repta por la caverna nacionalcatólica a la espera del próximo alzamiento, se ponen una banderita azul en sus perfiles. Creen aún que el mayor de nuestros males es el nacionalismo español: por alguna tara sinestésica los aurreskus y las sardanas del nacionalismo catalán o vasco suenan en sus finos oídos como la Novena de Beethoven.













