Hay personas descubriendo ahora que en el Real Madrid manda Florentino Pérez, y todo apunta a que Xabi Alonso es una de ellas. Su proyecto necesitaba paciencia, pero olvidó que la paciencia no es la marca de la casa más laureada del fútbol mundial. Quien desee ejercitarse en la paciencia antes que en la acumulación bulímica de títulos lo mejor es que se haga del Atleti, donde reina una calma geológica gracias a la figura del entrenador vitalicio. Dinástico incluso, si aguardamos pacientemente a la retirada de Giuliano, que activará la sucesión al trono de su padre.
Hemos dicho ya que la responsabilidad es la criptonita del populista, ese superhéroe del zasca al que toda la fuerza se le va por la boca. Gestionar nunca es tan sexy como predicar, ni cuadrar un presupuesto promete las mismas emociones que reconquistar penínsulas: nadie imagina a Don Pelayo echando las tardes ante una tabla de Excel. Pero si un partido populista -todos lo son al nacer- no crece, no se transforma, no pierde pureza a medida que gana sabiduría, corre el peligro de terminar convertido en un restaurante de Lavapiés.
La imagen que ve usted encima de estas líneas parece demasiado hermosa par ser veraz. Una mujer joven, rabiosamente atractiva, respondiendo al fuego de la represión con la lumbre de la irreverencia: la efigie del tirano se consume mientras prende el libérrimo cigarro. La tiranía se apaga a medida que el placer se enciende: el futuro naciendo de las cenizas del pasado. El machismo teocrático muriendo en las llamas del placer femenino. No cabe mayor desafío a un régimen demasiado triste para ser considerado siquiera medieval.
Lo que más me gusta de los resúmenes informativos de fin de año son los obituarios. En 2025 emprendió Robe la vereda de la puerta de atrás. O se apagó la eléctrica belleza de Cardinale. O se jodió definitivamente el Perú sin Vargas Llosa. O David Lynch descubrió lo que hay al otro lado del telón de terciopelo azul. Pero ninguna de estas muertes, con ser lamentables, marcarán una época. Hace unos días Darío Prieto dio con el hito cultural por el que será recordado 2025: ese documento de cultura (que según Benjamin lo es de barbarie al mismo tiempo) que clausura un mundo y desvía el curso de la civilización es la muerte de la fe en la veracidad de la imagen. Gracias a la eclosión popular de la IA que se registró el año pasado, ya nunca confiaremos sin más en que lo que vemos sea cierto, real, fáctico. El fotoperiodismo continuará haciendo su heroica labor, por supuesto; pero ya no podrá aspirar al inmediato poder de persuasión que ha administrado con orgullo durante siglo y medio. El cuñado y el catedrático, el analista de inteligencia militar y el taxista ahíto de tertulias reaccionan hoy igual ante cualquier imagen medianamente noticiosa que se presente a sus ojos: «Esto es IA, ¿no?».
Hay un trumpista macizo que no padece la funesta manía de pensar. Le basta la fe, una fe protestante que no necesita la justificación por las obras. Da igual que su Donald haga lo contrario de lo que prometió, y da igual que aquella promesa fuera aplaudida por nuestro trumpista macizo con la misma ferocidad con la que ahora aplaude la decisión opuesta. Porque la conexión del creyente con el ídolo no es ideológica sino religiosa, es decir, biográfica, fieramente psíquica. Trump es el hombre fuerte que él quiso y no pudo ser, y desde que el algoritmo los presentó -hace ya algunos años- rinde al Gran Hombre un culto existencial que lo redime a diario de su insignificancia, de su pequeña herida a cuestas, de su rutinaria humillación laboral o su falta de estructura familiar, de su involuntario celibato.
El 1 de enero de 1986, hace ahora 40 años redondos, con Felipe en La Moncloa y Juan Carlos en la Zarzuela, España firmó el tratado de adhesión a la Unión Europea a la vez que Portugal. Dos países siameses salidos de sendas autocracias se incorporaban no a Europa, a cuya geografía humana pertenecen desde hace milenios, sino a un club supranacional de democracias fundado precisamente para volver imposible el retorno de las dictaduras; es decir, de los regímenes nacionalistas. Una dictadura no es nada más que la consumación de un proyecto nacionalista. Mediante aquella firma solemne en el Salón de Columnas del palacio real más grande de Europa, España se zafaba del abrazo asfixiante de sus demonios familiares, que lo aislaban del continente, y se abrazaba al ángel de la autoestima, la apertura y el futuro.
Muerta Bardot, dos rubios copan la actualidad. Marco Rubio es el hombre del momento en el plano internacional: suya esa es la estrategia que debe conducir a la democratización de Venezuela. Deseamos de corazón que ese plan se ejecute con la misma brillantez con la que Maduro fue extraído de la Casa de los Pinos, aunque sabemos que extraer a un dictador es más fácil que extraer un régimen entero. Ojalá la designación de Delcy como presidenta interina obedezca a ese ejercicio de pragmatismo que dicen. Ojalá se conduzca como la dócil mucama de don Marco que procede a desmontar su propia obra siniestra desde dentro mientras permite salir a los presos políticos y entrar a las empresas extranjeras. Ojalá el protectorado yanqui sobre Venezuela no se cronifique por la rapacidad de los amiguetes plutócratas de Donroe.
Ojalá pudiéramos detenernos en la felicidad pura del venezolano medio, del caraqueño oprimido y del madrileño de acogida. Ojalá quedarnos a vivir en sus lágrimas de incredulidad, fluido sagrado de la historia, pequeño río de libertad bajando por millones de pómulos morenos después de tres décadas de tiranía. Pero nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco en el justísimo llanto de quien ve a su verdugo esposado al fin, reducido a la ceguera y al silencio, privado para siempre de su insoportable galleo retórico, en expectativa de una lenta pudrición carcelaria. El anhelado castigo del castigador justifica sobradamente unas horas de euforia, pero no demasiadas si la obra del tirano permanece intacta.