Lo lógico sería pensar que la derecha en España se dirige al mismo lugar que en otras democracias de Occidente. Pero por más que la globalización tienda a acompasar los cambios y a unificar las tendencias, sigue encontrando aquí y allá resistencias idiosincrásicas o condiciones materiales que ralentizan o corrigen los grandes rumbos apuntados.
No es la caída de Íñigo Errejón: es el derrumbe de la casta de airados fariseos que durante la última década ha envenenado la vida pública de este país. Una generación de resentidos que proyectó su íntima deformidad sobre el adversario para auparse al poder institucional. Engañaron a millones de ciudadanos. Y ahora descubrimos que se cebaron especialmente con la fe de las ciudadanas.
Es justo que la Biblioteca Nacional dedique una exposición al hombre más libre de una España de fanáticos. Diez años tenía Miguel de Unamuno cuando vio entrar a las tropas liberales en Bilbao y sintió que su corazón de «niño viejo» cabalgaba con ellas como si fueran contradicciones. En el laberinto de causas políticas y controversias históricas que fatigó el menos cerebral de nuestros intelectuales parece fácil perderse, pero es más fácil encontrarse si tiramos del hilo intacto de su espíritu, que siempre toma partido infalible por el individuo y no la masa, por la dignidad y no la ideología.
Un gran periódico de papel hoy tiene algo de catedral añosa, enclavada en el centro de una metrópolis de vidrio y acero. Durante mucho tiempo no fue más que una villa incipiente, y sus pobladores se congregaban periódicamente en los bancos de la catedral, y allí recibían la palabra y allí socializaban. La catedral hizo al pueblo que había levantado la catedral, del mismo modo que el periódico hizo a la comunidad democrática que se reconocía a sí misma leyendo el periódico.
Clareaba el banco azul en la sesión de control, con medio Gobierno en viaje de absentismo a Portugal. Tanta crueldad con el país vecino resulta innecesaria. Qué nos habrán hecho los portugueses para mandarles a Pedro y su corte itinerante de ministros fusibles, al asesor que le alinea los bolis y al académico que le convalida las mentiras. No se veía semejante hostilidad ibérica desde que nos peleábamos por las especias en el puerto de Macao. Al menos Pedro podría haber aprovechado para pararse en Elvas a saludar al figura del hermano.
Los últimos partes de guerra desde el búnker de Moncloa insisten en la voluntad de resistencia de su inquilino atrincherado. La semana pasada prometió un régimen que aún dure mil días, y esta promesa es la única que formula con intención de cumplimiento. Si Pedro promete solucionar el caos ferroviario, la falta de médicos de atención primaria, la equidad presupuestaria, la precariedad laboral o el acceso de los jóvenes a la vivienda, todos comprendemos que está difundiendo bulos, porquela onomatopeya propia del espécimen sanchista es la patraña: los perros ladran, los elefantes barritan, las gallinas cacarean, las hienas himplan, Pedro miente. La única verdad que puede salir de la boca presidencial es un solemne o desesperado propósito de perpetuación.
Un documental de A Contracorriente Films relata la lucha a muerte entre los dos últimos gladiadores de Roma. La pelea enfrentó a un napolitano con un suizo hasta que uno logró acabar con el otro sin necesidad de tocarlo. Durante cinco décadas del siglo XVII los romanos asistieron sobrecogidos al progreso de su odio, que iba cristalizando en las calles y plazas de toda la ciudad. Sus armas no fueron el tridente o la red sino el escoplo o el lápiz. Al rastro sublime y feroz de su contienda se le llamó barroco.
La mano del presidente todavía tiembla en las sesiones de control. No lo anotamos para burlarnos: más bien ese comprensible temblor nos lo humaniza. Se agitaba el argumentario en su mano como el corazón de una swiftie prepúber en la cola de un concierto. Esa mano nervuda y viril ilustró aquel delicioso tuit norcoreano que provocó el descojono de Gistau, cuando la cuenta oficial de Moncloa la llevaba el inefable Iván Redondo. ¿Por qué tiembla aún el presidente? ¿Será el temor que de veras siente, por parafrasear a Pessoa? ¿Cómo es posible que aún le cueste sujetar el pulso mientras hilvana sus embustes después de tanta práctica?