Mi Banville

Banville, gran estirpe literaria de Irlanda.

Banville, gran estirpe literaria de Irlanda.

[La concesión del Príncipe de Asturias de las Letras a John Banville me invita a recuperar una reseña de la que se considera su obra maestra, El mar. La escribí en octubre de 2006. Por entonces yo trabajaba como crítico literario de la agencia Aceprensa, que en 2002 me había fichado con 19 años, edad imborrable en que vi por primera vez mi nombre impreso en una publicación. Releyendo la reseña, creo que no he cambiado mi opinión sobre el gran prosista irlandés, más allá de algún exceso de ortodoxia fruto de un candor juvenil. La ofrezco a continuación por si fuera de interés.]

El mar
John Banville
Anagrama. Barcelona (2006). 219 págs. T.o.: The Sea. Trad.: Damián Alou.

 John Banville (Irlanda, 1945) pasa por ser uno de los más grandes estilistas contemporáneos en lengua inglesa. Su obra ha merecido elogios de autores como Magris o Steiner, y eso es toda una garantía. Con El mar ha ganado el Premio Man Booker 2005, uno más para su colección de galardones. Lo único malo de Banville es, justamente, no ser aclamado como un gran novelista, sino como un gran prosista, que lo es.

El mar es una novela proustiana en procedimiento y temática: Max, el protagonista-narrador, que acaba de sufrir la pérdida de su mujer Anna, se retira a una pensión de un pueblo costero donde pasó un inolvidable verano adolescente para buscar el consuelo de la memoria. Allí, veraneando con sus padres, conoció a la familia Grace –madre, padre, hijos y niñera– y recorrió todas los típicas estaciones de la iniciación amorosa. El relato avanza en primera persona alternando tres tiempos narrativos: el pasado remoto de aquel verano iniciático; el pasado reciente de la convivencia con su esposa y posterior agonía; y el presente de su estancia meditativa en la casa junto a la casera –que resulta ser la niñera de los Grace– y un estrafalario coronel que se revelará lleno de humanidad. Las transiciones entre una materia y otra son constantes y suaves, en analogía simbólica con el movimiento marino, lo que es una muestra más de la sabiduría narrativa de Banville, quien emplea así el mismo recurso de identidad escritura-naturaleza que ya utilizara Virginia Woolf en Las olas. Banville sin embargo es un decidido posmoderno: lo que en la inglesa era una poética de los sentidos, para él es un círculo que se perpetúa en los laberintos del nihilismo. De nuevo tenemos un protagonista derrotado por la vida, sin creencias ni certezas, que cuenta su mera perplejidad existencial. Sin embargo, en los arrebatos en que deplora la pérdida del amor de su esposa –su único medio de conocerse y realizarse a sí mismo– vislumbramos una posibilidad de redención, de sentido vital, a través del amor, lo mismo que en su amistad final con el coronel, que le salvará la vida cuando menos atención esperaba de él, y también en el rescate que le sobrevendrá por parte de su olvidada hija.

Es revelador que todos los elogios de la crítica se circunscriban a su magnífico estilo, que sin duda lo merece: elegancia con llaneza, precisión implacable en las descripciones, originalidad y sorpresa en las metáforas… un verdadero estilista, sí. Es cierto que Banville no tiene una propuesta de valores demasiado sólidos. En algunas partes de la novela se deja llevar por el sensualismo tópico adolescente y la misma tópica animadversión a la oscurísima y represora educación católica recibida, aunque es demasiado sutil para cargar la mano en ninguno de los dos casos. Puede decirse, pese a todo y en resumen, que ha escrito una de sus novelas más esperanzadoras, pues en su feliz final deja entrever, a faltar de otras cosas, la perenne necesidad humana de un afecto generoso. Y con un gran prosa.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

El último monárquico de mi generación

Abdicación de un Rey.

Abdicación de un Rey.

No sé si seré el último monárquico de mi generación, pues nací –perdonadme– en 1982 y pertenezco por tanto a la camada de cachorros mejor parida del Sistema, crecida en tal prosperidad que la Historia le ha permitido aburrirse y andar ahora pidiendo revoluciones más o menos estéticas para recorrer con alguna emoción cada domingo por la tarde. Mi padre es monárquico por lecturas y mi madre republicana por temperamento, pero sobre mi educación yo soy monárquico por pura metafísica, como Dalí. La monarquía es una idea hermosamente anacrónica y sorprendentemente funcional que defiendo y defenderé como todas las cosas irracionales, que son aquellas que están precisamente necesitadas de defensa. Aunque la decadencia intelectual de mi país va exigiendo, orwellianamente, el enojoso recuerdo de lo obvio.

Obvio es que toda monarquía parlamentaria encierra un oxímoron, que a los reyes no se les vota y que su pervivencia consagra un privilegio. Obvio es que los miembros de una Casa Real del siglo XXI no se ganan el jornal arando campos ni comandando a los ejércitos en singular batalla, sino que pastan en el Presupuesto como el último concejal de Bildu o como el gabinete de prensa de cualquier Instituto Cervantes. La democracia tributaria tienes estos gajes, que uno no sabe qué vicios del último descastado subviene con sus impuestos, pero los de la Zarzuela los conoce todos, y al menos allí un Rey pidió perdón por cazar elefantes cuando en todo caso debiera haberlo pedido por cazar ratones. Obvio es que las monarquías europeas encabezan todos los índices de prosperidad del primer mundo, y nadie le va a dar lecciones de democracia a Inglaterra, cuyo genio asombroso volvió compatibles la decapitación de un rey antes que nadie y la patente mundial del parlamentarismo. Obvio es que las repúblicas cuestan también dinero, que los aspirantes a presidente republicano saldrían de alguna facción cainita de la partitocracia –topando con la desafección de la contraria– y que ante un jefe de Estado llamado Felipe González no se pondrían los jeques tan ceremoniosos como ante un rey. Obvio, en fin, es que la monarquía instaura el poder simbólico de una familia no sometida a la fiscalización de las urnas, y obvio es que esa es precisamente su ventaja, su garantía de estabilidad, su premisa de abnegación, su tarea sin jefe ni vacación posibles, cumpliendo agendas diplomáticas que suscitarían las protestas de cualquier alto directivo y renunciando prácticamente a la vida privada. En un tiempo en que se apela al pueblo para votar a la puta televisiva que se echa de una isla, es bueno que coloquemos alguna institución a salvo del escrutinio bajo y tornadizo de medios, partidos y plebe. Obvio es que España cuando no ha sido reino ha solido ser caos, que a veces es ambas cosas al tiempo y que discutir ahora la jefatura del Estado son ganas de degenerar hacia cuatro o cinco ruinosas repúblicas ibéricas en menos de un lustro.

Monárquico no es cortesano. Los monárquicos –hará falta recordarlo, claro– perdonamos corinnas pero no urdangarismos porque manchan de negro y no de rosa la institución que querríamos ver resplandeciente. No han de confundirnos a los monárquicos con los cortesanos, que sería como confundir a los ensayistas con los tertulianos, al boxeo con el Pressing Catch y al noble escalafón de los bufones con los payasos de la tele. El monárquico suele ser pobre y crítico; el cortesano, melifluo e interesado. El monárquico tiene un ideal, un único ideal en pie entre los embates groseros de la mesocracia, dos si es del Real Madrid. Y nada más.

Leer más…

4 comentarios

2 junio, 2014 · 18:59

La luminosa magnesia de Manuel Alcántara

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

Hay dos lecciones que sacar de La edad de oro del boxeo, la modélica antología de crónicas pugilísticas de Manuel Alcántara que acaba de publicar Libros del KO (no podía ser una editorial con otro nombre), con esmeradas introducciones de Teodoro León Gross y Agustín Rivera, más un fraternal epílogo de Garci. La primera de ellas es que el boxeo es el único deporte al que nadie llama juego, en sentencia famosa del histórico cronista. La segunda, que el periodismo deportivo se puede hacer con clase y estilo. Ambas lecciones resultan subversivas.

El boxeo, como la decencia inmobiliaria, estuvo muerto en España un tiempo largo pese a haber dado campeones tan ejemplares como Javier Castillejo, y solo últimamente parece que repunta algo la afición en los gimnasios urbanos, en las veladas regulares de Sanse o Leganés, en las barriadas de chándal y periferia. El mismo Alcántara, en la entrevista que incorpora el volumen, afirma que la crisis puede estar alimentando las dosis de frustración necesarias para desahogarse pegando. Si Alcántara tiene más razón que De Guindos, entonces pronto veremos a los profesores de pilates gloriosamente derrotados por pegadores de doce onzas.

Al boxeo se le llama «noble arte» desde que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry (y padre del amante de Wilde), estableció doce reglas para golpearse del modo más caballeresco posible. Pero la nobleza, si llega, llega después; antes hay que estar bastante mal de la cabeza y pasar mucha hambre para elegir la carrera sacrificial sobre el ara de las dieciséis cuerdas. Así ha sido siempre y así sigue siendo: he tenido algún contacto con boxeadores profesionales o amateurs y ninguno había salido precisamente de La Moraleja. Pasé un tiempo haciendo guantes con un ingeniero extremeño que estudiaba oposiciones y tenía una izquierda como para descontracturar lomos de elefante. Y otro, empresario vasco, cambiaba la corbata por el casco sin perder la elegancia. Excepciones, en todo caso.

El boxeo tiene sus haters entre el clero vigilante de la opinión pública, sin llegar tampoco al campo semántico del genocidio hasta el que han desplazado la tauromaquia. Es lógico, tratándose la nuestra de una sociedad entrañable, dominada por la obsesión infantil de soñarse prósperos, perennes y confortables a la vez y de continuo según el modelo triunfante de la publicidad. En el toreo se mata a unos animales que mugen como en los audiolibros infantiles de Mi primera granja pero con mayor verismo y vierten litros de sangre aparatosa sobre la arena, mientras que en el boxeo se imprime a rostros humanos vistosas tumefacciones y, si estás a pie de ring, te pueden caer unas gotas de sangre tibia, de sudor caliente o directamente un protector bucal con diente dentro. Es la clase de espectáculo que explica de qué va la cosa en este valle, y es la clase de mercancía que no hay forma de colocar a una masa de consumidores cuya edad mental, en las sociedades desarrolladas, se ha cifrado en los doce años exactos. Quince todo lo más, si vivimos en Finlandia.

Leer más…

Deja un comentario

1 junio, 2014 · 20:36

Sin perdón

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Esta vez no vamos a pedir perdón por ser el mejor equipo del mundo. Por haberlo sido y por seguir siéndolo. No vamos a pedir perdón por ganar la Copa de Europa por décima vez, ni tampoco por haber aumentado el tamaño ya desproporcionado de nuestra gloria a costa de las esperanzas del Atleti.

Por una vez nos vais a perdonar si no pedimos perdón por generar millones de euros con una marca planetaria, al mismo ritmo que nacen nuevos aficionados por todo el mundo, sin que el club deje de pertenecer a los socios. Ni vamos a compadecer a nuestros rivales porque sean peores que nosotros.

Tenéis que entender que esta vez no queramos pedir perdón por las brazos al aire de Florentino en el gol de Ramos a centímetros de la cara de Villar, ni por la carrera de Xabi Alonso tras el gol de Bale, ni por el torso de mármol de Cristiano Ronaldo tras el suyo, ni porque Ancelotti sea tan querido por sus jugadores, ni porque nuestro joven vestuario evidenciara una unidad como no se recuerda hace años.

No vamos a pedir perdón tampoco por haber fomentado la abstención en las elecciones europeas con nuestra absorbente hazaña, porque a una Europa decadente quizá el Real Madrid sea la única épica que le queda. Tampoco nos arrepentimos de haber fundado la Champions con el aristocrático deber de retenerla en Chamartín cada primavera.

No pediremos perdón, perdonadnos, por aspirar desde ya mismo a ganar la Undécima. Por querer ganarlo todo cada año y por llevar la exigencia a niveles inasumibles por la mediocridad ambiental que empatiza con el derrotado para disculparse a sí misma.

Nos vais a perdonar, pero hemos ganado la Décima y somos los mejores. Lo sentimos de corazón.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de mayo de 2014)

2 comentarios

Archivado bajo Real Madrid TV

Señales de vida bipartidista

"Ya les gustaría", se dicen.

«Ya les gustaría», se dicen.

Hoy en el hemiciclo se habló de cosas secundarias como la justicia universal. ¿Qué importancia puede tener que 43 narcotraficantes –o eso dice Irene Lozano– sean excarcelados por culpa de la reforma que acota la jurisdicción de los llaneros solitarios de la Audiencia Nacional, mientras no encarrilemos la sucesión de Rubalcaba? El todavía secretario general del PSOE se ausentó hoy de la sesión, y sobre su escaño vacío creímos vislumbrar por unos segundos la sombra alargada y pendulante de una coleta: la coleta de Damocles, vulgo Podemos. No estando Rubal tampoco apareció Rajoy, claro, porque el bipartidismo es un tango que no se puede bailar solo. Que faltase también Duran ya entra dentro de las clandestinas exigencias de la secesión o bien del servicio de lavandería del Hotel Palace, y no queremos conjeturar.

Encomiables, conmovedores fueron los esfuerzos de la bancada socialista por ejercer su labor de oposición como si no pertenecieran a un partido recién jibarizado por las urnas, una vetusta organización que pierde a raudales capacidad de colocar a sus miembros, que es lo último que debe perder un partido político. Cuando los diputados del PSOE se levantan en el escaño ya empezamos a temer que en vez del micro enarbolen un violín, mientras la bancada entera se empina de popa y se parte por la mitad, hundiéndose en el Atlántico norte.

Leer más…

Deja un comentario

28 mayo, 2014 · 17:00

«Oh justo, sutil y poderoso veneno» (Los escritos de la anarquía)

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

No se trata de otra antología que viene a surfear la ola editorial tan postrera como bienvenida que vive el artículo cambiano. Gracias a esta colectiva reivindicación, hoy Julio Camba ocupa el mismo panteón que Larra como genios mayores del género articulístico, y esto no es ditirambo concedido por gusto personal sino mera taxonomía. Pero sobre el articulista gallego, que fue la pluma más leída y mejor pagada de su tiempo, se abatió después el consabido anatema que Trapiello esclareció en Las armas y las letras: aquellos que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. Puesto que Camba había dejado en evidencia la República (que contribuyó a traer) y tras la guerra ni repudió a Franco ni se exilió a otro sitio que al Palace, a despecho de su lacerante genialidad fue encontrado culpable por el sanedrín cultural de la gran revancha.

Por eso coincido con Arcadi Espada en que a Julián Lacalle, editor de este monumento bibliográfico para cambianos y apetitoso para todos, quizá le ha movido en su ingente labor rastreadora un íntimo deseo de sustraer a Camba de la filiación conservadora que pesaba sobre él. Como si el conservadurismo fuera pecado en un escritor inmortal. El caso es que Lacalle ha querido dar la medida exacta de aquel anarquismo juvenil que le conocíamos al personaje únicamente por El destierro, memorias de juventud que el gallego camufló de novela y pieza de un perfecto equilibrio entre la distancia irónica, que es su marca de madurez, y la peripecia sentimental de una novela beat.

Es la primera joya de un volumen que abarca textos publicados entre los 16 y los 22. A esta edad su estilo ya es el del Camba que conocemos y estudiamos tratando de destripar su mecanismo de relojería paradójica. Pero alguien que culmina su maduración estilística a los 22, por fuerza ha de ser más que interesante a los 18. Y allí descubrimos a un Camba inédito que foguea la pluma en textos de combate que hoy un fiscal perfectamente tipificaría entre los delitos de enaltecimiento del terrorismo. Desafió al presidente Maura a que le matara, por ataques a la moral cristiana fue juzgado y sufrió cárcel, y no tuvo reparo en dar publicidad martirial a su encierro con tal de atraer lectores -que pagaran la suscripción- al diario antisistema que dirigía: El Rebelde. Entretanto, su escritura maduraba a toda velocidad y él apuraba en Madrid la bohemia primisecular con la arrogancia del que se siente llamado a epatar al burgués y bendecido por el don de la suprema inteligencia.

Leer más…

1 comentario

26 mayo, 2014 · 15:37

Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

Leer más…

Deja un comentario

25 mayo, 2014 · 1:49

Berlín, o la dura conquista de la armonía

El bloguero ante el Muro. East Side Gallery, Berlín oriental.

El bloguero ante el Muro. East Side Gallery, Berlín oriental.

Se regresa de descubrir Berlín con las categorías temblando, sin una comprensión clara de lo que significa esta ciudad-trauma; esta ciudad-fénix, también. La medida de la barbarie es tan desproporcionada allí como la de su resurrección. Ante el exceso ininteligible de lo alemán uno debería enmudecer, experimentando el temor y el temblor por las calles donde la Historia desfiló con la bota más pesada que holló sitio alguno del planeta. Qué huellas más hondas ha dejado y qué bien han florecido las hojas de hierba, una y otra vez, sobre ellas.

Por su rara, sibarítica afición a las guerras mundiales, Berlín es una ciudad amputada y sin embargo colosal. Es, disolviendo la paradoja, un monumento a la ausencia. Cada enorme avenida y cada edificio de modernísima factura le evoca por contraste al viajero el rasero geológico que marcaron las bombas, medio millón de toneladas arrojadas durante la II Guerra Mundial. Calculen ustedes eso. No es extraño que cada mes se encuentre otro artefacto aliado sin explosionar, que por eso los alemanes prefieran construir el metro en paso elevado y que una berlinesa vieja, cuando ve salir de una estación cualquiera del suburbano a una partida de turistas que contrató el tour de los refugios nucleares, le cuente con toda naturalidad al nieto que detrás de esas paredes nació su abuelo, en alguna de las 365 noches que durante tres años de bombardeos los berlineses pasaban en el búnker cuando ululaba la sirena al atardecer.

Recorriendo atónito Berlín por unos días he creído sin embargo intuir el oxímoron fundamental que la define. La vieja capital de Prusia es una ciudad que ama el orden por razones genéticas y que al mismo tiempo protege hoy la libertad de sus residentes por traumático imperativo de la experiencia. ¿Tiene reparación el Holocausto? Yo no me atrevo a responder a esa pregunta que ha mareado a los mayores filósofos y poetas del siglo XX, pero digo que el Berlín contemporáneo asumió la culpa sin excusarse, y eso no está al alcance de otras culturas precipitadas por el sumidero del horror. Durante décadas, desde el fondo de su arrasador sentimiento de culpa, los berlineses han ido erigiendo el mayor búnker de todos contra las bombas del negacionismo, el relativismo, el olvido, el sutil pretexto historicista o económico y la mera ignorancia de las nuevas generaciones. El Monumento al Holocausto cerca de la Puerta de Brandeburgo es lo más parecido a la expiación religiosa que pueda lograr un Estado laico, una ética universal, una moral democrática, si eso existe. Y es solo uno de tantos recordatorios urbanos con los que el alemán enseña penitencialmente la cicatriz de su alma culpable al turista. Todo berlinés registra la noción más extrema de la responsabilidad colectiva con el despertar de su uso de razón, y parte de ahí para fundar el único concepto válido –trabajoso, vigilante, exigente– de ciudadanía.

Leer más…

1 comentario

22 mayo, 2014 · 17:39