Cambia, que algo queda

El cambio inamovible.

El cambio inamovible.

Al lado de mi casa han abierto un local sospechoso que ocupa el inmueble donde estuvo el Cine Bogart. Junto a la puerta, bajo toldo oscuro, un rótulo discreto reza: Asociación de Amantes del Género Teatral de Variedades. Cuando pregunté por tan chandleriano antro a mi portero Frutos, cuyo laconismo sólo es comparable a su eficiencia, musitó: «¿Eso? Un puticlub de alto standing». Quizá lo sea, pero no sé qué excusa poner en el periódico -y en el chat de la familia- para salir de dudas. Avalan la tesis de Frutos las berlinas de lunas tintadas que suelen aparcar en esa acera, el kosovar de pinganillo apostado a la entrada así como la señorita que se entrevé desde la calle, encaramada a un alto taburete desde el que exhibe el vertiginoso recorrido de sus medias. En ocasiones sale una compañera suya de escote himaláyico a quitar el hipo a los obreros de enfrente mientras echa un pitillo fatal. Ahora bien: sobre todas estas pistas el mayor aval a la hipótesis prostibularia lo concede el hecho de que el Congreso se encuentra a 50 metros.

No pretendo insinuar de momento que nuestra partitocracia tenga mucho de compraventa de culos (parlantes), ni que sus señorías frecuenten el oficio más viejo del mundo más allá de la afición púnica a los volquetes de putas. Me interesa el vínculo eufemístico entre ambos gremios: la política es una fábrica de eufemismos como el burdel prefiere llamarse club de alterne o asociación de amantes de las variedades. Y toda campaña electoral arma una seductora pasarela de eufemismos que taconean en los oídos aturdidos del votante.

El eufemismo rey de esta campaña ha sido el cambio. El cambio a mejor, se entiende. Todos tironean del cambio hacia su sigla como los caballos de Levi’s del pantalón. Podemos ha querido patrimonializar el bello concepto asegurando que su cambio es el verdadero y el de los demás un macguffin del Sistema, una revolución comprada en los chinos. A su favor juega la mutación meteórica ya acreditada por su líder: de cultivar el bacilo leninista en la placa de Petri del campus de Somosaguas a descubrir la burbuja universitaria. C’s abandera el cambio sensato, sintagma salomónico que pende de un balancín semántico: si es muy sensato no será cambio, y si trae mucho cambio ya no será sensato. El cambio propugnado por el PSOE -el de Sánchez, no el de Díaz, que es hija de una siesta de 36 años- es el del autonomismo por el federalismo, que es como el del pan por las tortas, y el de la socialdemocracia por un índice onomástico: Juana, Valeria, Verónica.

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Los molinos de viento de Cospedal

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Según reciente confesión, María Dolores de Cospedal está leyendo La templanza, de María Dueñas. Es de suponer que la novela metaforiza de algún modo esta virtud cardinal, tan importante en campaña para un político expuesto al vaivén de la demoscopia, razón para elogiar la pertinencia con que la presidenta de Castilla-La Mancha -y secretaria general del Partido Popular- escoge sus lecturas.

Las encuestas sientan al PP manchego en un balancín que oscila entre el cielo de la mayoría absoluta -fijada en 17 escaños por la nueva Ley Electoral- y el infierno del pacto necesario si saca 16 o menos. En este segundo supuesto, Ciudadanos emerge como árbitro merced a una horquilla de entre tres y cuatro diputados; en una correlación de fuerzas tan apretada, y dado el emblemático perfil de Cospedal, no es descabellado calcular que aquí los de Rivera acaben cerrando el paso al PP. Los dos o tres que los sondeos otorgan al otro partido nuevo, Podemos, volverían insuficiente un presumible frente de izquierdas con el PSOE de Emiliano García-Page, que bascula entre los 10 y los 11 asientos. Así que sobre el tablero manchego el bipartidismo puede pese a todo aguantar bastante bien el tipo.

Cospedal se juega el 24 de mayo su carrera política: su sillón en el Palacio de Fuensalida y puede que su despacho en la planta noble de Génova. Si internamente ya ha sido muy cuestionada la compatibilidad de ambos cargos, e incluso se ha atribuido a este pluriempleo la falta de una estrategia política clara a lo largo de la legislatura -por no hablar de la relación Soraya-Cospedal, manifiestamente mejorable-, mantener a una perdedora al frente del partido podría resultar difícil de justificar hasta para Rajoy. Así que en los comicios manchegos se dirime una clave nacional, en tanto que juicio al PP en la efigie de su número dos. No deja de ser la persona que se enfrentó en solitario a Bárcenas, y también la que avaló su finiquito «en diferido».

Consciente de lo que se juega, la presidenta reformó la Ley Electoral al poco de llegar al poder, y volvió a reformarla el verano pasado. La oposición no duda en tildar la medida de cacicada, aunque el Tribunal Constitucional ha salvado su legalidad. El hecho es que también José María Barreda había reformado la Ley Electoral: se conoce que aquí es tradición cambiar las reglas del juego si uno cree que le perjudicarán en las próximas elecciones. «La diferencia es que nosotros lo llevábamos en el programa, mientras que Cospedal primero aumentó de 49 a 53 los diputados un Miércoles Santo de 2012, y cinco meses después anunciaba un nuevo recorte que equiparaba nuestro nivel de representación al de La Rioja. Todo con tal de facilitarse la reválida. Pero le ha salido el tiro por la culata: no contaba con la irrupción de C’ s y Podemos, y la nueva ley pone tan caro el escaño que en cuanto entra una tercera fuerza se vuelve imposible la mayoría absoluta», explican fuentes del entorno de García-Page. Desde el PP justifican la medida por el deseo de adelgazamiento de la Administración manifestado en las encuestas por los ciudadanos.

Y es verdad que si una palabra ha guiado la primera ejecutoria del PP en Castilla-La Mancha, esa ha sido austeridad. A Cospedal no le ha temblado la mano que empuña la tijera -el PSOE cifra el tajo en 26.000 empleados públicos-, pero esgrime razones tan poco originales como imperiosas para hacerlo: una herencia ruinosa, que les habría obligado a gestionar la miseria y a embridar un déficit galopante (7,8%: la autonomía más deficitaria de España) como primera medida. El desempleo, pese a la última mejoría, se dispara hasta el 28,7%. Cospedal llegó a replantear el método de registro de paro para afinar su tipología, según el PP; para maquillar el dato, según la oposición.

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El ofendido autonómico

Folclor patrio.

Folclor patrio, en Buñol.

Si Leopoldo María Panero se autodestruía para saber que era él y no todos los demás, el español sabe que es español y no birmano o danés porque discute su propia identidad, cuando no la niega directamente. De ahí la españolidad profunda del nacionalista: solo el que es de la familia aspira a irse de casa. Aquí nunca se terminó de cuajar o coser un sentimiento de unidad nacional como pongamos el de Francia, y la fuente de este particularismo ha distraído mucho a los historiadores: Américo Castro la ubicó en la pugna religiosa de la Reconquista, Sánchez-Albornoz en la romanidad visigoda, otros en la energía centrífuga que absorbió el Imperio; pero todos vienen a compartir el diagnostico invertebrado de Ortega.

A falta de un patriotismo nacional, y dado que el desarraigo absoluto tampoco es humano, el español ha desarrollado un amor hipersensible a su patria chica. El CIS dice que solo el 16% de los españoles estaría dispuesto a defender su país con las armas, pero yo veo al 90% perfectamente capaz de matarse con el pueblo vecino si entiende agraviado su folclore. El fútbol es la épica de nuestro tiempo pero, más que cohesionar, la Liga yuxtapone municipios enfrentados.

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Ensayos literarios

Esto es un crítico.

Esto es un crítico.

Definimos la sensación que deja la lectura de Samuel Johnson como admiración intelectual en estado puro. Contemplar el espectáculo de una mente capaz de igualarse a los autores que reseña -y esos autores son Shakespeare o Milton-, incluso de señalar ¡sus fallos! con autoridad y convicción, es un placer no apto ciertamente para consumidores de novedades de aeropuerto, pero desde luego representa un acontecimiento editorial para los amantes de la literatura. Y cuando decimos literatura, decimos el pináculo anglosajón del canon occidental.

Precisamente haber leído antes a Harold Bloom -con Borges el discípulo más famoso del Doctor inmortalizado por Boswell– depara la certeza de una noble genealogía que arranca en nuestro autor y que, hilando cumbres como Hazlitt, Wilson o Connolly, llega hasta Bloom y George Steiner para avalar la canonización de la crítica literaria como una de las bellas artes. Decía Steiner que cuando un crítico mira hacia atrás contempla la sombra de un eunuco; pero si el que mira es Samuel Johnson, más bien descubre el alargado reflejo de un semental. Un gigante no ya de la ilustración dieciochesca sino de la de todos los tiempos.

Pero que nadie se asuste. Porque precisamente no es el menor logro de Gonzalo Torné, al cuidado de esta edición, el haber entregado un Johnson que no solo se lee con amenidad, sino que envejece y avergüenza la prosa de los críticos actuales por comparación. Johnson instituyó el modelo de crítica impresionista que Sainte-Beuve llevaría a su más puntiaguda perfección, pero en el maestro escocés aún no encontramos el capricho y la venalidad que llevaron a titular al francés uno de sus crueles ejercicios de taxidermia literaria como Mis venenos. Al contrario: Johnson pontifica, pero pontifica siempre imbuido de un sentido moral bien argumentado amén de confesional, y de un alto sentido de la responsabilidad estética, consciente de que sus juicios podían destruir a un escritor para siempre. Claro que si es capaz de censurar el zascandil gusto de Shakespeare por los juegos de palabras, o reprobar la aridez abstracta del Paraíso Perdido (“Nadie jamás lo deseó más extenso de lo que ya es”), o de acusar a Swift de “instruir sin persuadir”, no queremos imaginar la brutalidad que podría desplegar contra los autores de nuestro tiempo.

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Al basket lo que es del basket

La Novena.

La Novena.

-Oye, ¿y el Madrid de basket también genera antimadridismo?

La disciplina impenitente de la tertulia lo tiene a uno habituado a repentizar contestaciones, pero esta vez no supe qué responder. Por un lado pienso que el equipo de baloncesto, pese a su gloria equiparable -la Novena soplando en la nuca de la Décima-, se hace más simpático, sus hazañas resultan más ecuménicas, sus títulos siembran más adhesiones sinceras que semillas de resentimiento. Pero pienso también que entre el monoteísmo del fútbol y las confesiones menores de la idolatría deportiva media una distancia insalvable por cuyo camino se van atemperando los odios como las euforias. Y esta es la causa de que hoy tenga tanta razón el antimadridista que empatiza con el título impoluto de los chicos de Laso como el madridista que no termina de consolarse con la Euroliga en el día en que el Barça canta el alirón.

El madridismo circunscribe al parquet la posibilidad de la alegría esta primavera, dejando al margen el pichichi de Cristiano, que alegra lo que alegra y nada más. Y repetir que no basta no deja de enmascarar alguna forma de desprecio al trabajo ejemplar de los Chacho, Rudy, Nocioni, Carroll, Llull y compañía: han tenido que pasar ¡20 años! y perderse dos finales seguidas para asir esta copa.

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El otro Principado de Lampedusa

De aquellos Cascos vienen estos lodos.

De aquellos Cascos vienen estos lodos.

Asturias es cuna de muchas cosas. Para empezar de España, don Pelayo mediante. Fue chispa de la revolución. Su Principado es la fuente heráldica del trono. Y su Parlamento fue el primero que vio caer al bipartidismo por el empuje personalísimo de Francisco Álvarez-Cascos y de su criatura Foro, escisión del PP que ganó las elecciones de mayo de 2011. En su liderazgo carismático, Foro ya prefiguraba el partido de Pablo Iglesias y el de Albert Rivera. Pero un año después Cascos tuvo que convocar elecciones porque nadie le apoyaba los Presupuestos. Perdió cuatro diputados y la nueva correlación de fuerzas permitió al socialista Javier Fernández alzarse con la investidura gracias a IU y al único voto de UPyD: el del diputado Prendes, que concurre a los comicios del 24 de mayo por Ciudadanos, al que el CIS concede cuatro diputados. Para redondear la policromía de la tarta astur Podemos irrumpe con fuerza -10 escaños según el CIS, a uno del PP-, debatiéndose con C’s por recoger el voto descontento y transversal de Foro, que se quedaría en cinco, y disputándole a la vez el espacio por la izquierda al hegemónico FSA-PSOE, que con 13 es el último bastión con el andaluz que parpadea en el oscurecido mapa de poder territorial de Ferraz. Un pacto de izquierdas con Podemos e IU mantendría a Fernández en el poder.

Asturias es mina de añejas esencias que no permiten un análisis unitario: poco tiene que ver el tradicional obrerismo de Gijón con el modelo burgués, clariniano, que Gabino de Lorenzo (PP) ha fomentado durante décadas en Oviedo. En la ciudad de La Regenta el PP es inexpugnable. Su mayor oposición la desempeña otra Ana, de apellido Taboada, candidata a la Alcaldía por Somos Oviedo, marca local del partido de otro Iglesias. En la céntrica sede de Podemos Oviedo cierran a contrarreloj un programa de unidad popular. Y se trabaja por amor al arte de lo posible; o sea, a la política. «Somos un equipo de 10 o 15 pero cobrar, cobran tres», cuenta entre risas Daniel Ripa, secretario general de Podemos Asturias.

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Monedero desencadenado

Boceto para otro Rodin.

Boceto para otro Rodin.

Siempre pensé de aquella cursi confesión de Juan Ramón Jiménez («Soy un mártir del perenne proyecto fujitivo») que se ajustaba como un guante al gomoso delirio identitario de Artur Mas; pero tras leer la entrevista en El País a Juan Carlos Monedero, un hombre tan poético que compara las tertulias de la tele de Pablo Iglesias con el tren de Lenin, creo haber encontrado al jinete idóneo para el buen Platero.

El ex pope de Podemos vive montado sobre el perenne proyecto fujitivo de la utopía revolucionaria como Juan Ramón sobre el pollino algodonoso de la poesía pura. Y ha preferido bajarse de la cúpula orgánica antes que apearse del burro doctrinario. Esta fidelidad a la ficción, esta ineptitud para adaptarse a lo posible en que consiste la política adulta nos vuelve irresistible a un personaje como no hay en esa centralidad del tablero que repite el astuto Pablo, este sí un prodigio adaptativo que interpreta la música de camaleones de Capote con partitura dúctil, batuta enérgica y oído fino. Entendemos bien la fascinación de Lomana, cuya vida marcada por el prosaico dinero la predisponía inmejorablemente al turismo del ideal. A falta de Chiapas, valga Malasaña.

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Papá, cuéntalo otra vez

Sócrates en Sol.

Sócrates en Sol.

Sería una pena que el simpático Karl Marx que luce al dorso el móvil de Alberto Garzón -según el modestísimo crédito de red social- resultara un fake. Porque no puede haber mejor imagen para casar comunismo y consumismo en un indisoluble matrimonio de posmodernidad. Lo posmoderno, según Lipovetsky, es una aleación de contracultura y sociedad de consumo que eclosiona en los 60 y que conoce en el mayo francés su clímax emblemático, aparte de un paroxismo de cursilería en el que todavía chapotea la publicidad. La imaginación al poder, prohibido prohibir y otros lemas sonrojantes, ya saben. Aquella revolución de burgueses bohemios se exportó con tanta profesionalidad que no pocos retenes de barricada acabaron de eurodiputados, y todos los hijos de la progresía europea crecieron marcados cruelmente por su iconografía sentimental. Ismael Serrano ha sido su mejor bardo: papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita, parece decir Garzón.

Y vaya si la historia se repite como farsa que no tardó en aparecer por allí Leo Bassi fidelizando clientela. No faltaron el vino (Don Simón) ni las rosas, bien que marchitadas de zapaterismo terminal; y tampoco esas entrañables cargas policiales que fabrican héroes de barriada y brindan al becariato un excitante vislumbre de corresponsalía en Gaza. Entre las jaimas asamblearias de Sol la quinta de la nostalgia reconocía una sucursal de aquel París abierta por algún ministerio del tiempo en el centro neurálgico de Madrid.

Era hermoso, sí, con la belleza que solo comportan los esfuerzos inútiles. Con el calor de la tribu recién formada y su ideario intransitivo y su tiempo estacionado. Con la deliciosa ingenuidad de las primeras citas. Con el arrebato naïf del inocente a fuerza de ignorante. Con la justificación irrebatible de una desesperante tasa de paro juvenil. Y del otro.

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