
Cuando muere junio los niños vuelven a casa como pequeños bárbaros triunfantes, con la cabellera de otro curso en la mano y una pradera de tres meses de ocio por delante. Su energía está intacta, lista para derramarse ajena a los mapas cárdenos del hombre del tiempo. Es una energía que no se crea ni se destruye sino que se transforma en impaciente expectativa de playa o de montaña o de pueblo de los abuelos.
El colegio prescribe actividades -cuadernos de ortografía, problemas de matemáticas, deberes de inglés- para recordarle a cada césar bajito que sigue siendo mortal, es decir, alumno del sistema obligatorio de enseñanza. Pero esas tareas no acallarán la llamada de la naturaleza, la vocación silvestre de unas buenas vacaciones infantiles. Ser niño en agosto es la primera encarnación de la felicidad humana. En no pocos casos la intensidad de esa vivencia brillará de tal modo en la memoria que oscurecerá sin remedio la comparación con el resto adulto de nuestra biografía.













