
Los pueblos, como los hombres, no escarmientan en cabeza ajena. Por eso Polonia, víctima periódica de la hostilidad alemana o rusa, encabeza la tasa europea de inversión militar; y por eso España, soleada península en el extremo suroccidental del continente, exhibe desde hace décadas un olímpico desinterés por defenderse. No solo lo prueba nuestra cicatería presupuestaria: también nuestra cultura política, incluso nuestra flacidez moral. Este es el país en que escaquearse del servicio militar, antes que deshonra patriótica, ofrecía un fértil campo a la picaresca nacional cuando no proporcionaba todo un timbre de orgullo ideológico (hasta Santiago Abascal, líder del partido presuntamente más aguerrido del arco parlamentario, se fumó la mili). Este es el país cuyo actual presidente, preguntado en este periódico por el ministerio que suprimiría para recortar gasto, respondió que el de Defensa. Y este es el país en que la proporción de jóvenes dispuestos a enrolarse para repeler un ataque militar no alcanza el 30%, según un reciente estudio de Metroscopia. La coña marinera por lo de Perejil aún silba en los oídos de Trillo.













