
Durante años defendí que se podía ser una persona viciosa pero un político virtuoso. Que la conducta íntima de nuestros dirigentes no tenía por qué influir en la eficacia de su desempeño institucional. Invocaba la ya tópica contraposición entre el alcoholismo notorio de Churchill y la germánica morigeración de Hitler. O relacionaba el puritanismo de Robespierre con el despliegue sistemático del terror social. A ese moralismo intransigente que accionaba la guillotina opuso Constant su reivindicación de la esfera privada.













