
El sanchismo podía predicarse de muchas maneras. Para no perdernos en sus innumerables accidentes (toma del partido, vaciamiento doctrinal, tesis fraudulenta, guerracivilismo premeditado, blanqueamiento del separatismo violento, tramas de corrupción, degradación institucional, persecución mediática, colonización empresarial), Aristóteles recomendaría atender a su sustancia inmutable: la obsesión por el poder de un solo hombre. Pero los accidentes se acumulan a tal velocidad en esta fase terminal que incluso la sustancia se encuentra amenazada. Ante la conciencia de su creciente debilidad, Pedro trata de multiplicarse una vez más, estirándose hasta la cocina de Telefónica, maniobrando contra el Supremo o mendigando deuda mancomunada en Bruselas. Pero su figura ya no luce como antaño. Incluso el todavía presidente de su periódico lo ha comparado con Franco. Con el Franco, de hecho, más flebítico.













