Se abre el portón de la abadía milenaria y en el umbral se recorta la menuda figura de Dionisio. Del hábito negro emergen unas manos nerviosas en las que tintinea el manojo de llaves. Me estudia con ojos serios y de pronto sonríe.
-Sígueme, que te enseño esto. Si quieres cambiarle el agua al canario, es ahí a la derecha.
La cárcel, como la muerte, es eso que les sucede a los demás. Tal cosa piensa al menos el delincuente cuando delinque, que a él no lo van a pillar, y tal cosa pensamos todos los mortales hasta que la vida nos da el primer susto o doblamos el cabo de cierta década psicológica: que nosotros no nos vamos a morir. Un delincuente se ve a sí mismo como un vitalista irrestricto, un apóstata del orden o un hombre de fe en los mares sin orillas, en las noches sin finales y en las democracias sin leyes. Lleva el carpe diem tatuado bajo la costra de su conciencia, y no tiene tiempo que perder hasta el día en que el juez le quita de golpe el tiempo que le quedaba.
Un presidente socialista acudió a la puerta de la cárcel para despedirse de Barrionuevo, pero nadie acudirá ahora a despedirse de ti, Jose. Y es posible que en el duro trance de bajar del furgón y encarar el recinto siniestro te preguntes si acaso es más grave robar que matar. La respuesta es tan lacónica como la que se te escapó incontenible ante la reportera que quiso saber si tenías miedo: «Sí». Y te voy a explicar por qué.
Confiamos en que vayan siendo las últimas sesiones de control de la legislatura, no vaya a ser que alguien termine viéndolas por ahí fuera. Imagínese usted que le llega un vídeo de María Jesús Montero al comisario de Economía de la Unión Europea, que ya está bastante preocupado con España. En concreto imagine que le llega el críptico pasaje en el que este miércoles la ministra de los presupuestos incapaz de aprobar presupuestos le explica a José María Figaredo, de Vox, lo siguiente:
-A pesar de intentar hacer una interacción, lo mire por donde lo mire, la justicia fiscal en España que tenemos es buena y permite financiar servicios.
Será una paradoja lo que voy a decir, pero la izquierda antiayusista se ha vuelto tan conservadora como la derecha antiayusista de Abascal, aunque ambas odiarán reconocerlo. Por las dos orillas de la ideología van rezongando al unísono por el traspaso de la propiedad del Café Gijón, o por la epidemia de restaurantes con ínfulas de acuario para ricos que someten a la tasca y al bareto, o contra el cierre de una farmacia histórica que ahora oferta bisutería china. Es culpa de este Madrid misceláneo y fluido que no negocia con la unanimidad museística de las nostalgias ochenteras. En esa añoranza rígida coinciden el humorista de Más Madrid, la charo sociata y el joven Quero de Vox, que tiene pendiente y estudios, a diferencia de todos sus compañeros, y eso lo vuelve inevitablemente llamativo como una tarántula sobre un trozo de bizcocho. Desde la razón iliberal compartida con el progre, los pisazos en Salamanca o Chamberí pagados a tocateja por un mexicano podrido de pesos irritan al portavoz de ese giro lepenista que quieren imprimirle los visionarios de Bambú a la derecha de toda la vida (tarea hercúlea que vamos a ver si no termina como el rosario de la aurora, porque quiero ver yo al cayetanado votando a favor de más intervención del Estado y menos libertad para las empresas).
Cuando denunciamos el deterioro institucional experimentamos la misma sensación que Lyndon B. Johnson cuando hablaba de economía, según le confesó a Galbraith: «¿No has pensado, Ken, que hacer un discurso de economía es como mearse encima? Uno nota el calor, pero nadie más se da cuenta».
Fui el jueves a ver Los domingos, un raro milagro del cine español. Todavía no comprendo bien que la directora haya nacido en Baracaldo hace 47 años y no en la Noruega de Ibsen, en la Dinamarca de Dreyer o en la Suecia de Bergman, con perdón. Su inmersión en los claros y en los oscuros de la institución familiar no puede ser más reconocible -conflictos universales a fuerza de locales-, pero la sutileza con la que rueda Alauda Ruiz de Azúa y la obstinación con que se sustrae una y otra vez a la tentación del dogmatismo no parece de este suelo, ni de ese gremio. Nuevamente con perdón. Pero es que por aquí estábamos acostumbrados a otra cosa, doña Alauda.
La naturaleza navarra imitando el arte valenciano. En realidad el milagro ocurrió el miércoles por la tarde, pero el hijo más célebre de Milagro, en involuntario homenaje al título de Berlanga, eligió el jueves para regresar a su aldea originaria recién salido de Soto del Real. Pero el milagro no es que saliera: el milagro sería que no volviera a entrar. Y como él lo sabe, ha decidido reestrenar la libertad que le quede revisitando el lugar donde todo empezó. La suya es la chispeante historia de un electricista que se conectó a la fuente, organizó la red, sobrecargó el circuito y terminó electrocutado.