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Fado militar de José Mourinho

Acaba de morir el hombre que dijo que el poder desgasta al que no lo tiene: Giulio Andreotti. Y acaba de confirmar su salida del Real Madrid el entrenador que según decían tenía todo el poder, pero que se desgastó porque en realidad nunca lo tuvo: José Mourinho. Se va precisamente por eso, por falta de poder. De haber tenido el poder que Ferguson ostentó en el Manchester, su estancia en el Madrid habría sido más duradera y su salida tan plácida y unánime en el elogio como la del noble escocés. Pero esto es España, no Gran Bretaña: nosotros inventamos la guerra de guerrillas y ellos la flema británica.

de: de:José Mourinho - Inter Mailand en: en:Jo...

Un hombre y su destino.

Es evidente que José Mourinho militarizó el Real Madrid. Anteriormente había militarizado el Oporto, el Chelsea y el Inter, desplegando campañas victoriosas con cada uno de ellos. El Real Madrid venía de ser eliminado por el Alcorcón en la Copa del Rey y por el Olympique de Lyon en octavos de final de la Champions League por sexto año consecutivo.

Y lo que era peor y más sangrante, literalmente irrespirable de hecho: su decadencia competitiva coincidía con el esplendor imperial del eterno antagonista capitaneado por Pep Guardiola, quien a su vez se había beneficiado de la laureada herencia de Frank Rijkaard. Urgía militarizar al club blanco o hundirse en una década ominosa de abulia institucional y rencor de equipo pobre, y Florentino Pérez tomó la decisión correcta: contratar al único hombre que ofrecía garantías creíbles de interrumpir primero y revertir después la hegemonía futbolística del Barça.

Por semejante garantía, como por todo servicio mercenario de élite, había que pagar un precio. Algunos lúcidos augures ya vaticinaron entonces que ese precio acabaría resultando demasiado alto para la racanería espiritual de una afición pacata y rumiante, devota de su espejo y de la pipa, bien nutrida de colesterol mediático y poco habituada a la marcialidad. Esa confortable posición de privilegio no es sino el daño colateral que inflige la conciencia de poseer el mejor palmarés del mundo en una Meseta con pocos motivos adicionales de orgullo desde la desocupación de El Escorial: debemos entender que el ‘piperismo’ ocupa un rango de prosperidad tan deseable como la carnosidad femenina entre los coetáneos de Rubens. Pero para ganar títulos se necesita estar delgado.

Para ganar habría que despojar a la plantilla del cómodo chándal del fatalismo y también de la película protectora que le tejía esa prensa beneficiada por sus filtraciones y restituir valores ásperos como la disciplina, la autoridad, el control, la independencia, la jerarquía, la meritocracia, el silencio y la amnesia, que es lo contrario del estatus. Más o menos las cosas que enseñaban a los chicos en Esparta. Esparta sabía que Atenas tenía más talento, pero la venció cuando se convenció de que la épica lacedemonia podía despertar tanto terror y tanta piedad como el afamado teatro de los atenienses.

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21 mayo, 2013 · 14:35

Los últimos mourinhistas de Filipinas

«Cuando la porquería se desparrama algunos corren y otros se quedan. Aquí está Charlie, afrontando el fuego, y ahí está George escondiéndose en el bolsillo de papaíto. ¿Y qué hacen ustedes? Van a recompensar a George y a destruir a Charlie». Así aullaba el teniente ciego Frank Slade por medio de Al Pacino en el memorable discurso que cierra Esencia de mujer, evangelio personal que revisito en mis momentos bajos. Quien pasa por un momento definitivamente bajo es el mourinhismo, cautivo y desarmado José Mourinho por el periodismo deportivo, el vedetismo de vestuario y el piperío sociológico.

Cuando la mierda rebosa algunos se quedan. Si hay un precio, habrá de pagarse. Porque Mourinho nos ha desgastado a todos -a Mourinho el primero- en la épica tarea de la afloración de quistes malignos bajo la piel endurecida y avejentada del madridismo. Cansados pero lúcidos comparecen hoy en la prensa, señalándose la espalda para que no haya dudas en la hora más ingrata, Ignacio Ruiz Quintano, Manuel Jabois y Federico Jiménez Losantos y algunos otros resistentes entre los que, permítanme la autocita, me incluyo. Más Hughes, que sintetizó en ABC el sábado la causa de la expulsión de Mourinho de España: «No ha comprendido tres castas que ni en la India: el canterano, el periodista y el árbitro».

No es mala compañía para ir a la hoguera.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

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La mastectomía nacional

Espero no ser el único que advierte tremendos paralelismos entre la mastectomía de Angelina Jolie y la posición política de Mariano Rajoy. Ambos fenómenos se presentan a mi imaginación febril tan relacionados que he de realizar un severo esfuerzo de sindéresis para no acabar escribiendo sobre la mastectomía de Rajoy y la toma de postura de Angelina.

Veamos. La mastectomía es la remoción de una o ambas mamas de manera parcial o completa. Tras averiguar que su probabilidad genética de padecer un cáncer de mama ascendía al 87%, Jolie, de acreditada audacia, decidió literalmente cortar por lo sano. Muerto el perro se acabó la rabia. Ahora no tiene glándulas mamarias, sino cuidadosas reconstrucciones huecas, y al parecer ha logrado salvar los pezones. Da cuenta de su odisea quirúrgica en el New York Times, desde donde hace un llamamiento a otras mujeres para que sigan su ejemplo, ignorando que las mastectomías preventivas con resultado satisfactorio –de alguna lograda vistosidad– no están al alcance de cualquier economía, y cuando lo están no salen en el Times; todo lo más en el Interviú.

Rajoy es un hombre cuyo programa electoral ha sido sometido a una remoción por Bruselas, más completa que parcial, y sus sorprendentes efectos también salen en los periódicos. La remoción programática de Rajoy igualmente obedece a razones preventivas, pues los análisis le diagnosticaron altísimas probabilidades de rescate si no se prestaba a la dolorosa cirugía que tanto se le critica. Nos encontramos, por tanto, ante una política mastectomizada, que ha renunciado a sus atractivos más rotundos para conjurar la negrura de un futuro previsible. Ahora bien: el futuro previsible siempre se guarda un margen nada desdeñable de imprevisibilidad, y de esta forma desembocamos en el atributo semántico que según Sáenz de Santamaría mejor definía a Rajoy y que ha desaparecido, así como ha desaparecido el atributo morfológico que mejor definía a Jolie.

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15 mayo, 2013 · 11:56

Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: «No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido», apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

Mariano Rajoy y la gente en general

La frustración que produce la crisis hay que quemarla porque si no se queda dentro y puede uno acabar cualquier noche haciendo un Miguel Ángel Rodríguez. En otros tiempos la frustración nacional sabía canalizarla cualquier dirigente medianamente leído contra un enemigo exterior bien reconocible y acotadito, por ejemplo Las Malvinas o por ejemplo los masones, cuyo cripticismo funcionaba muy bien como una paradójica y desafiante omnipresencia. Pero contra la crisis, con sus causas arcanas y sus resortes remotos, no sabemos cabrearnos de forma plenamente satisfactoria, evacuar digamos un cabreo transitivo, externalizable, escrachante sin miramientos morales, y éste yo creo que es el secreto del fracaso del 15-M y de las huelgas generales. Si la calle no arde como viene pidiendo ilusionado Raúl del Pozo, deseoso de hallar nuevos términos de comparación entre Viriato y algún discípulo entusiasta de Sánchez Gordillo, es porque la calle ha visto que ni con el PSOE ni con el PP: ha visto que esto o se soluciona solo o no lo soluciona ni la revolución. Otra cosa es que intentemos robar jamones de vez en cuando.

Durante un tiempo traté a un ingeniero de caminos pero con vocación de ingeniero social que encabezaba todas sus opiniones diciendo: «La gente en general quiere…» O bien: «La gente en general busca…». Pues bien, la gente en general está mucho menos cabreada con el Gobierno que la prensa, cuyo enojo no obedece sino a su tradicional función de ignorar lo que sucede e imponer lo que le afecta, que aquí y ahora es la extinción de su propio modelo de negocio, de lo cual ni siquiera Rajoy tiene la culpa.

Rajoy es el primer presidente de la democracia que desvincula olímpicamente su agenda política de la opinión pública, lo cual es admirable y cabrea mucho al periodismo, si bien cabrear al periodismo ya no exige los cojones de antaño porque el cuarto poder no es lo que era, debe de andar por el octavo o el noveno lugar. La prueba es que la pinza contra el PP de los dos grandes periódicos a propósito del caso Bárcenas no ha arrancado una sola dimisión, cuando antiguamente bastaba con parecerlo para rendirse al apremio mediático. Ignorar a la opinión pública es la contribución revolucionaria que ha deparado Rajoy a la historia de las ideas políticas; para grabar con letras de bronce sobredorado su nombre en el perenne inventario de la Historia, al político gallego únicamente le ha faltado ya fundar su Gobierno sobre los intereses del pueblo español, y no sobre los del pueblo alemán. Pero tampoco es cosa de pedir peras al olmo, oigan.

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8 mayo, 2013 · 16:39

Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15

El difícil arte de matar

Las calles se están poniendo peligrosas para la democracia. Tiene que ver con la crisis y sus desahucios pero también con la primavera, que caldea los ánimos. Con el calor uno puede salir a escrachar o a rodear el Congreso con el vademécum de Hessel en una mano y la petaca de vermú en la otra sin dejar en ningún momento de luchar por la democracia.

Sucede que la democracia es a la calle lo que la gastronomía al canibalismo, y esto lo entendía muy bien la picaresca castiza que hubo de acuñar el tópico de la «universidad de la calle» para distinguirla de la universidad de los libros, distinción que ahora ha complicado muchísimo el Plan Bolonia, cuya bibliofobia termina por devolver a la rúa a los estudiantes tan ayunos de gramática como los canis de cuello vuelto, solo que después. De esa universidad callejera van graduándose al sol de abril los primeros licenciados en totalitarismo de primer ciclo como los que el otro día enviaron una carta con bala a Javier Arenas. Lo noticioso es que el sobre, en vez de incluir la bala sin más, que por sí sola resulta un mensaje tan elocuente como los peces de Luca Brasi, incluía una carta plagada de anacolutos, solecismos, mugidos y amenazas construidas con sintaxis de nominación de Gran Hermano. Esto es una redundancia semiótica en la que el terrorista de antaño no habría incurrido jamás, pues la concisión siempre fue virtud del mafioso elegante.

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24 abril, 2013 · 17:32

Tú a Boston y yo con la Pantoja

Lo malo del periodismo parado es que el espíritu crítico no se aviene al estatismo y se amarga en el reproche incesante no ya de los hechos, sino de la cobertura que el periodismo activo dispensa a los hechos, y así no hay modo de descansar y de esperar la muerte. Causaron cierto bochorno en amigos míos periodistas –parados, claro, si es que aquel sustantivo no incurre ya en pleonasmo seguido de este participio- los reflejos artríticos, estatuarios, ficticios en suma demostrados por Televisión Española al respecto del atentado de Boston, del que los contribuyentes tuvieron noticia mayormente a través de los programas nocturnos de deportes y las tertulias de la TDT. Lo que es la cobertura se escogió una especialmente opaca, para entendernos, que lo mismo podía haber debajo un atentado que un regimiento de legionarios atracándose de puré de patatas cocido en los fogones de Master Chef.

Del atentado no sabemos pero de las protestas tuiteras sí debió de enterarse el director Julio Somoano, quien al día siguiente destituyó a su subdirectora bajo la peregrina excusa de un mail en que ella denuncia la ideologización de la cúpula de TVE. Uno, oigan, de ser Somoano habría esperado a que la mujer dijese una mentira para justificar el despido, más que nada por apurar la vocación de servicio a la verdad que ha de guiar al ente público. Me gusta particularmente escribir esta palabra, ente, con sus reminiscencias de metafísica tomista, participio de presente del verbo ser que inventaron los escolásticos para definir lo que está siendo. Que no siempre coincide con lo que está pasando.

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17 abril, 2013 · 11:58