
Invitado por su amigo, poeta como él, un joven tuberculoso llega a Roma a principios del siglo XIX para alimentar la vaga esperanza de curarse. Él quiere vivir, aunque sea para seguir escribiendo, quizá para volver a amar, pero tampoco se hace demasiadas ilusiones. Por mucho que insista Shelley en que el cálido clima de la ciudad secará sus pulmones podridos, el joven Keats sabe íntimamente que no hay nada que hacer. Que Roma será su tumba. Como un don (como una condena), recibió al nacer esa punzante revelación de la finitud humana con la que algunos se labran toda una carrera de malditos, librados a la voracidad del carpe diem, y otros perfeccionan el arte de la elegía o se encierran en un monasterio. Luego están todos los demás, el llamado común de los mortales.













