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Simpatía por Iglesias

"Qué lúser estás hecho, Alberto".

«Qué lúser estás hecho, Alberto».

Repasa uno este verano la historia de griegos y romanos y constata que en materia de poder no hemos sido capaces de inventar un solo vicio. ¡Qué envidia de Tucídides o Livio, que pudieron hacer la crónica política de su país sin que nadie les pisara los temas! El entusiasta de Juego de Tronos que añada a su militancia HBO una cierta curiosidad intelectual y se aventure en los estertores del siglo de Pericles, o en las intrigas sangrientas que sucedieron a la pax augusta, comprobará que el tal Martin no es como mucho otra cosa que un hábil sastre de tramas ya sucedidas. Miento: creo que en ningún episodio hemos visto a un rey que, tras matar a su mujer embarazada de un patada abortiva en el vientre, en un acceso de nostalgia se case con un joven cuya cara le recuerda a la difunta, y al que castra para asemejarlo aún más. El tipo se llamaba Nerón. Los romanos comentaron al enterarse: «¡Ah, si su padre hubiese hecho lo mismo…!».

De todas estas historias, gracias a las cuales he sobrellevado ese penoso trance de bajar a la playa que nos impone un tétrico mandato de felicidad social, me ha divertido especialmente la breve experiencia bélica del poeta Horacio. Nuestro Quevedo comparte con Horacio hasta sus achaques, y desde luego su talento satírico. Pero Quevedo tiró de espada siempre que pudo con tanto arrojo como vocación, mientras que Horacio encarna el paradigma del intelectual purista, que no arriesga ni se mancha, parapetado en su severidad virgen de acción.

Se encontraba Horacio en Atenas estudiando y allí coincidió con Bruto, que por entonces ya había hincado el puñal miserable en su genial padrastro y combatía a su legítimo heredero, Octavio. A Bruto le cayó en gracia aquel joven de aguda labia y le concedió por las buenas el mando de una legión. Se comprende con ese criterio que Bruto perdiera la batalla. Se vio el sensible Horacio en el fragor de la pelea, tiró yelmo, escudo y espada y echó a correr de vuelta a Atenas, donde se puso a componer una exaltada pieza sobre la necesidad de dar la vida por la patria.

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18 agosto, 2015 · 15:53

Disney o el fin de la razón

¿Y esto es todo...?

¿Y esto es todo…?

La última de Pixar es la menos inocente de todas las suyas. La premisa es brillante, el desarrollo coherente y el final sostenido, por lo que la crítica la ha aplaudido como la obra de arte que es. Hay obras de arte, sin embargo, que transportan ideas funestas. Si en la Europa romántica no hubo mejor propaganda del suicidio que el Werther, en la era global no ha habido apostolado del animalismo como el de Disney. Y no me refiero a la pena que nos da la madre de Bambi, sino a la pena que nos da la opinión que el ser humano le merece al creador de Del revés, don Pete Docter, asesorado en esta cinta por dos psicólogos de Berkeley. Se confirma que la psicología guarda una relación más estrecha con el arte que con la ciencia.

Premisa argumental: cinco emociones básicas -Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Asco- dominan la mente de una niña de 11 años enfrentada a esos primeros traumas que comparecen en el quicio entre infancia y adolescencia. Uno esperó inútilmente al muñequito que encarnara el juicio incipiente, pero quia: cuando sale el tren del pensamiento, carece de maquinista. Y la capacidad de abstracción es presentada como un ámbito grotesco del que conviene desconfiar. Docter aducirá que a los 11 años no se tiene aún uso de razón; pero es que también reduce las conductas de los adultos al mecanismo estímulo-respuesta. No sorprende, en fin, que hasta perros y gatos se guíen por las cinco mismas emociones de la niña. Disney cierra el círculo: antes humanizaba a los bichos y ahora animaliza a los hombres, como ha visto Juaristi.

No hay lugar en Disney para la inteligencia. De ahí el éxito de la película, supongo. Que en una sociedad que sorbe lágrimas por Cecil triunfe el irracionalismo es lógico: ya hay activistas por el DNI canino (va a llegar antes que el catalán, con perdón) y los perros están a punto de ser permitidos en el AVE. Lo paradójico es que un templo de la razón como Berkeley expenda el conductismo animalista más grosero. Ya imagino a Monedero chillando ante una clase de monas gramscianas con derecho a voto.

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17 agosto, 2015 · 18:19

Rodrigo-Díaz: cantar de gesta

"No les puedo dejar solos..."

«No les puedo dejar solos…»

Ya le han estropeado las vacaciones a don Mariano. Si es que no les puedo dejar solos, habrá pensado esta mañana mientras marcaba rítmicamente el sendero gallego con sus botas -uno, dos, uno, dos- junto al marido de Ana Pastor (Ferreras no: me refiero a la autoridad portuaria de Marín). Pero tan difícil resulta batir la torpeza épica del ministro Fernández Díaz como pretender que la corrupción no persiga al PP hasta la misma jornada de reflexión. Se lo han ganado a pulso.

A quién se le ocurre recibir a Rato, ese Himalaya del cinismo pijo, ese Nagasaki de radiación mefítica para el partido, en el Ministerio del que dependen los agentes que llevan su investigación. Hombre, sí, más vale en el Ministerio que en el puti donde concedía audiencia Correa. O no, mira: si se trataba de contratar un servicio, cuanta más transparencia mejor.

Así las cosas, ¿cómo vamos a creer que Rodrigo, el pluriimputado, fue al despacho de su amigo Jorge, el jefe de la Policía, para tratar del fichaje de De Gea, según reza aproximadamente el comunicado de Interior que redactó algún Berlanga? No es que la mujer del César no deba recibir a corruptos en casa: es que la foto presenta a la legítima abrazando a la querida con el marido en Pontevedra. El pueblo de Roma se mosquea, claro.

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17 agosto, 2015 · 18:13

Balance interior de una quijotada

Ruidera, oasis de Castilla.

Ruidera, oasis de Castilla.

Nueve meses de invierno y tres de infierno, dicen por aquí. No sé si es la misma ola de calor de todos los veranos, pero padecerla sobre la llanura manchega desquiciaría a Alonso Quijano y a Mariano Rajoy. Por eso finalizamos nuestro viaje en Ruidera, que es el gran oasis de Castilla. El origen mítico de sus famosas lagunas se cuenta en el capítulo XXII de la segunda parte: en la cueva de Montesinos tenía el mago Merlín encerradas a quinientas personas, pero «se apiadó de Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de La Mancha las llaman las lagunas de Ruidera».

Su paisaje es un bálsamo para mentes recalentadas. En algunos puntos el agua es tan turquesa como en Ibiza, con la ventaja de que aquí uno no necesita dejar de ser humano para gozarla. El silencio es total, solo roto por el canto de las aves y el extemporáneo quejío flamenco de unos gitanos en vena de domingueros. El olor a tomillo y a romero que perfuma la estepa es sustituido por la atmósfera fresca de un pantano, y las langostas y los saltamontes son relevados por libélulas y mariposas. Da gusto terminar aquí, flotando en el llanto legendario de las hijas de Ruidera. Se me ocurre que la fecundidad final de este paraje metaforiza el nivel de vida interior que uno ha logrado embalsar en esta semana de nomadismo, ajeno a toda noticia que no datase del XVII.

A la mañana siguiente, antes de volver a Madrid, me acerco a la cueva de Montesinos en pos de la última alucinación. Es una abertura abrupta en mitad del monte; una reja candada nos cierra el paso, pero aún es posible descender hasta la boca y aventurarse unos metros en su interior rezumante, calizo, espeso. Lagartos y polillas, pero ni sombra de los murciélagos que decoraron la estancia onírica del héroe en uno de los pasajes más inquietantes y modernos de la novela. De aquella cala en lo mágico en que contempló espíritus caminando por palacios de cristal saldrá don Quijote un poco más cerca de saber quién es realmente, al modo en que los viajes ácidos -cuentan- pasean al consumidor por su yo más íntimo e incomunicable. Por eso queríamos concluir aquí: porque el llano recorrido durante días prepara los anhelos reprimidos que nutrirán visiones en la cueva de Montesinos. Esta caverna es la Ítaca no tanto del caballero como del lector que ha procurado identificarse con las tierras, los hombres y los ánimos que explican su cuerda locura. Después de este lisérgico colofón ya solo quedan los sueños. Y los sueños, sueños son.

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17 agosto, 2015 · 17:50

La tabarra constitucional

Wilfredo el Velloso muriendo antes que pagar impuestos.

Wilfredo el Velloso muriendo antes que pagar impuestos.

Mientras usted se tiende felizmente al sol, un comité de sabios salido de un casting de Ferraz se quema las pestañas sobre legajos de jurisprudencia comparada para cerrar de una santa vez el mapa de España. Hay que agradecer al PSOE esta vigilia constituyente que afianza su hegemonía en la izquierda española, pues sus sabios trabajan mientras Iglesias Turrión huelga en su cabaña roussoniana. Pero ya dice ‘Kichi‘ que Podemos es un estado de ánimo, y no hay estado de ánimo que predisponga a nadie a redactar una Constitución.

Si un desfile militar, donde al menos pueden verse armas chungas y ropa vistosa, le parece a don Mariano un coñazo, podemos imaginar lo que le parece redactar constituciones. Y sin embargo dicen que ha aceptado abrir el melón del 78 -en realidad dijo lo de siempre: «Yo no me niego a hablar de una reforma»-, y hasta es posible que lo haga si revalida el cargo. ¿Aceptará en ese histórico trance el criterio de los sabios de Ferraz, que propugnan el reconocimiento de la «singularidad catalana»? Federalismo asimétrico, como inteligencia emocional o elegancia veraniega, es otro de esos oxímoron que cuajan exclusivamente por reiteración, no por congruencia. En romance, lo que se pretende es callar la boca así sea por un lustro a los del tabarrón identitario del nordeste con un periódico fajo salido de los bolsillos del resto de los españoles. Que ahí, en la pedestre aspiración de que la pela se quede en mi tribu y los del sur que se jodan, por pobres, es donde concluye toda la odisea diferencial del fenicio desembarcado y la peluda alcurnia de Wilfredo el Velloso.

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17 agosto, 2015 · 17:45

Ruta Quijote VIII: Serán ceniza, más tendrá sentido

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

En Villanueva me aguardaba una sorpresa heráldica. Yo sabía que aquí estaba enterrado Quevedo, pero desconocía que reposara en la capilla de mis antepasados. Los Bustos, familia pudiente en todo el Campo de Montiel, de aficiones literarias y querencia al mecenazgo, acogieron a don Francisco en vida muchas veces, prestándole culta compañía que lo resarciera de sus amargos líos con la Corte. A unos pocos kilómetros de aquí se encuentra la finca de Torre de Juan Abad que el poeta heredó de su madre, desiertos a cuya paz confesaba retirarse el mayor sonetista de nuestra historia.

Resulta asimismo que los Bustos compraron la posada de un Juan de Vargas, caballero de cuantía, en donde tengo la fortuna de hospedarme y practicar un cierto delirio identitario. La calle se llama Cervantes, claro, y en su trazada se concentran los monumentos más sugestivos del pueblo. En su origen está la plaza, con el ayuntamiento, las terracitas para la caña y la iglesia de San Andrés, que guarda la capilla bustiana; y en ella, protegida por un rectángulo de cristal que transparenta la bajada a la cripta, se ilumina la urna funeraria del genio. Me guía hasta ella Inés, encargada de la oficina de turismo y quevediana hasta lo temerario: de mutuo acuerdo decidimos correr la luna de la tumba, que pesa casi tanto como mi cámara de fotos. En el momento exacto en que cede, con un ligero chirrido, aparece el cura. Inés se va hacia don José Luis muy sonriente y le explica que hago un reportaje. A don José Luis le parece estupendo y se ofrece a encender las luces de la nave central. Con su bendición e indulgencia, por tanto, desciendo los seis escalones de la cripta y me paro frente al cofre metálico, ornado con la cruz de Santiago y rotulado con el nombre del ilustre inquilino. Huele intensamente a moho, y hace frío.

Pasó con este cuerpo un poco lo mismo que con el de Cervantes. En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo, en cuyo convento -que ahora visitaremos- pasó sus últimas semanas. Pero el vicario de San Andrés estimó que era barata sepultura para tan conspicuo difunto: desoye escandalosamente la voluntad expresa de Quevedo y arrima el ascua a su templo con la cooperación necesaria de los Bustos, que ceden encantados su capilla. Pero en el siglo XVIII se remueve el enterramiento y los restos del escritor quedan mezclados con los de un osario común. Para entonces hacía mucho que ya habían profanado la tumba para robar las espuelas de oro. Esto de andar toqueteando fémures se ve que es una costumbre muy nuestra. Aquí no lo dejan a uno tranquilo ni fiambre. Total, que tuvo que venir el mismo antropólogo forense que contrataría luego Ana Botella para individualizar -con mayor grado de certeza que en las Trinitarias- un puñado de huesos quevedianos, que fueron reunidos en esta urna de metal para su venerable exhibición y descanso eterno. Hasta que alguien decida que lo que hay que hacer es llevarlos a Tokio de gira o fumárselos en pipa de kif.

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10 agosto, 2015 · 12:40

Ruta Quijote VII: El último quijote

Felipe, el último guardián de la Venta.

Felipe, el último guardián de la Venta.

Castilla se ensancha antes de desembocar en Sierra Morena como el agua embalsada se prepara para la catarata. Es el valle de Alcudia, rubio de espigas, punteado de encinas solitarias, atravesado por rebaños de ovejas minúsculas por contraste con la ancha llanura y las cumbres verdes que cercan el valle y levantan frontera entre Castilla y Andalucía. Esta región limítrofe, escarpada y dispar la asendereó mucho el alcabalero Cervantes, y como tal encuentra un reflejo privilegiado en su obra. Solía pernoctar en una venta misteriosa que hoy perdura. Me han hablado de un tal Felipe.

Ni el GPS ni el móvil encuentran conexión y cae fuego del cielo como en los días de Pompeya. En el kilómetro 129 de la carretera que baja en dirección a Córdoba descubro al fin un sendero de grava que se abre a la derecha. No será cosa de un momento, no: hay que tener paciencia para recorrer nueve kilómetros sin asfaltar en segunda, reduciendo a primera en los pasos-trampa para ganado, cuyas bandas de hierro pueden filetearte los neumáticos sin preaviso. Se deja atrás la venta de La Pastora, se persevera en las virtudes teologales y al final del camino se descubre una mansión encalada, con palmeras y césped, que contradice lujosamente la idea que uno tenía de las posadas del Siglo de Oro.

Merodeo un poco con el coche. Me bajo, doy una vuelta. Saludo a una coqueta abubilla. Vuelvo a subir al coche. Llamo a la cancela. Camino unos metros más. Me pica una puta avispa en la axila izquierda que me dobla de dolor durante minuto y medio. Me incorporo y, cuando me dispongo a marcharme, no sé si más colérico que decepcionado, oigo una voz que me dice:

-Aparque usted el coche, que estamos aquí.

Un viejo de pelo cano y pantalón azul está sentado sobre un tronco a la puerta de una casa tan modesta, por no decir ruinosa, que no la había creído habitada.

-¿Es usted Felipe?

-Soy un Felipe.

Lo dice de tal modo que me evoca de inmediato la declaración de don Quijote: «Yo sé quién soy».

-¿Es esto la Venta de la Inés?

-Aquí es.

-¿Y la lujosa mansión de al lado?

-Eso no es la Venta, sino la finca del pudiente. Entre que le explicaré.

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9 agosto, 2015 · 12:19

Ruta Quijote VI: Síntomas de locura… o de idealismo

El hombre eterno.

El hombre eterno.

Para llegar a Ciudad Real decido atravesar las Tablas de Daimiel, siguiendo el curso inapresable del Guadiana. Es un paraje alucinógeno. Hay que cruzarlo despacio y permitir que dos caballitos del diablo se pongan a zigzaguear a la proa del coche como delfines de secano. Una enorme grulla salta del pretil del puente, a mi izquierda, y ya no sabe uno si es un símbolo, y de qué. Un cartel advierte: «Peligro: autocombustión de las turberas».

Mientras cruzo el parque natural, sin nadie con quien comentar lo que veo, se me ocurre que Sancho Panza -el confidente- es quizá la gran innovación del libro. Kafka así lo creía, y en uno de sus microrrelatos hace derivar de la mente de Sancho al propio don Quijote. Pero el recurso de la pareja dialogante, que luego hemos visto tantas veces en mil novelas y películas policíacas, carecía hasta Cervantes de antecedentes claros. También Cervantes, al fatigar estas tierras visionarias, echaría de menos a alguien con quien hablar. Así que después de una primera salida hizo acompañar a Alonso de Sancho, el demente lúcido y el sensato que acabará demenciándose, en recíproca influencia. Antes de ellos el héroe estaba solo en su epopeya, y como mucho hablaba con los dioses. Cervantes lleva el antropocentrismo a la práctica, y se lo toma tan a pecho que no lo encarna en un personaje humanísimo sino en dos. No solo alumbra al antihéroe redondo por contraposición al héroe plano, sino que insufla en su pareja tanta autonomía como interdependencia, de modo que terminamos por no saber quién es el héroe, quién el antihéroe o si ambos viven por fugaces momentos la plenitud de ambas condiciones. Como nos ocurre a los vivos. Por esto, también, es el mejor libro del mundo.

Cuando arribamos a la capital de la provincia nos recibe el serrucho insidioso de la chicharra. Hace un calor totalitario, corrosivo, que seguramente inutilizará mi camiseta para siempre. Para llegar hasta aquí he debido sortear un sorprendente número de cadáveres animales aplastados en la carretera. Quedan en tal estado que no puedo decir si eran zorros, liebres o ginetas.

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8 agosto, 2015 · 11:34