
Siempre que se aproxima un periodo vacacional las radios se ponen a emitir los entrañables anuncios de la Dirección General de Tráfico. Usted sabe: la voz cavernosa, el victimario atormentado, el frenazo seguido del impacto, la fúnebre nota sostenida del electrocardiograma. Son fábulas morales adscritas a un género negrísimo, entre el lienzo de Solana y el catecismo del padre Astete: unos ejercicios espirituales encomendados cíclicamente a ciertos espíritus severos que cada año escapan de la cripta de algún convento barroco, guionizan el escalofriante spot de la temporada y retornan discretamente al inframundo.






