
Podemos convenir en la definición del tardosanchismo como una sucesión de escándalos apenas velados por sus correspondientes cortinas de humo. Hace tiempo que el búnker se ha poblado de penélopes con doctorado en posverdad que tejen volutas en el aire antes que leyes en el BOE, fundamentalmente porque no hay mayoría para aprobarlas. Todavía no se ha dado cuenta, pero ya falta menos para que Pedro comprenda que debió haber dimitido tras los famosos cinco días de reflexión. No solo habría recobrado la salud sino que habría legado a la izquierda un capital de misterio y victimismo, un relato casi suareciano desde el que intentar la tercera salida quijotesca en el momento oportuno de desgaste de un gobierno de derechas.






